“Ensayos líricos de don Javier Valdelomar y Pineda. 1840”
- Autor del texto editado
- El Anticuario
- Título de la obra
- La Aureola. Periódico semanal de literatura, ciencias y artes, tomo III, nº 2, 14/05/1840
- Autor de la obra
- Guerrero, N. (dir.)
- Edición
- Cádiz:
Imprenta de Domingo Feros,
1840
- Paginación
- pp. 27-30
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
ENSAYOS LÍRICOS DE DON JAVIER VALDELOMAR Y PINEDA. 1840
Cesó el horroroso estruendo del cañón que asordaba las feraces campiñas de nuestras hermosas provincias del norte, y un cielo más puro y tranquilo brilla en el horizonte de la Iberia, augurando a sus habitantes nuevos días de paz y, con ellos, otros siglos de felicidad y gloria.
Las artes, las ciencias y el comercio, que en tan penosos tiempos luchaban por salvar los escollos que hallaban en su marcha regeneradora, no encuentran tan difíciles obstáculos que vencer, y cada uno de su parte emprende de nuevo la ya empezada carrera, pero con nuevas fuerzas para llegar a su término y engrandecimiento.
Lo que antes en España llevaba solo el sello de una imitación servil, hija de la grande influencia que aún nos domina, lo que nunca hubiera salido de una esfera pobre y mercenaria toma hoy entre nosotros un carácter original y verdaderamente español, y en este caso se encuentra nuestra poesía lírica, principalmente en nuestra deliciosa Sevilla. Así es que aquellos mismos que hace poco despreciaban altamente a nuestros mejores poetas por la sola razón de no ser ultra-pirenaicos y se dedicaban únicamente a traducir y parodiar escritos que ni están al alcance de nuestras creencias (porque en España hay creencias) ni se avienen con nuestras costumbres, por más que algunos malos españoles pretendan adulterarlas, estudian detenidamente a nuestros clásicos y los imitan, pero no del modo que lo hicieran con los poetas estranjeros, sino solo en la parte que debe imitarse de ellos, que es la que constituye la índole de nuestra poesía.
Herrera, Rioja, Jáuregui, Arguijo, Alcázar y otros genios que honran a la ciudad del Betis son los únicos modelos que les sirven de guía en sus estudios, sin olvidar a Garcilaso, León, Lope y otros; y estos estudios les han de ser infaliblemente de mucha utilidad, por llevar en sí el sello de la filosofía y marchar en unión con los adelantos de la época.
La colección de poesías que tratamos de censurar es una prueba, con otras publicaciones, de lo que acabamos de decir, y no lo es menos su autor, a quien conocemos íntimamente. Desde luego se nota en las composiciones que forman su publicación el sabor de la poesía castellana, el cual estaba muy lejos de las primeras que publicó (no por falta de genio, y sí por sobra de imitación), y desde luego se advierte también que son hijas del estudio y la meditación de nuestros clásicos.
La oda Al aire que va al frente de la obra está llena de entusiasmo y contiene rasgos propios de un gran poeta, si bien hubiésemos deseado que el autor hubiese guardado más clímax en toda ella, porque entonces el efecto sería mayor, y no tendríamos el disgusto de pasar violentamente de una situación apasionada a otra tranquila, y viceversa, borrando así unas impresiones el efecto que las otras causaran. Todo el siguiente trozo es hijo de una exaltación digna y solemne:
Del rey del esplendor subes al trono
y osado te presentas
con arrogante tono:
“Astro inmenso –le dices-,
tú eres solo señor de medio mundo; [5]
si al otro medio conquistar intentas,
pierdes el anterior, y yo potente
penetro en el abismo más profundo
y subo hasta la esfera más luciente:
lleno a la vez los ámbitos del mundo” [10]
No es menos digna de citarse la estrofa
“¿Y el fuego del volcán tu mano airada
hará que rompa el comprimido seno
y en estruendoso trueno
al mundo llene de pavor y asombro,
tornando monumentos y ciudades, [5]
que acatarán sumisas las edades
en tristes ruinas y olvidado escombro?”.
Las quintillas que siguen a esta oda están escritas con suma facilidad y llenas de armonía, siendo de notar la siguiente por la delicada imagen que encierra:
Sonó su voz melodïosa,
y el pecho principió a amar,
que los labios de una hermosa
son las alas do reposa
el amor para volar. [5]
Si el señor Valdelomar hubiese evitado algunos giros poco poéticos que se encuentran en ella, pudiéramos decir que era digna de un Meléndez esta graciosa composición, que, por otra parte, respira fuego y amoroso delirio. En la oda Al pensamiento, que tan justamente fue premiada en la Sociedad Económica Sevillana y que es quizá la mejor que ha escrito el señor Valdelomar, resplandece todo el brillo de la imaginación de este joven poeta, y es una prueba de las esperanzas que debemos concebir de él. Estro poético, gala sin hinchazón, armonía, fluidez, dicción, elocuencia ardiente y todos cuantos dotes requiere la buena poesía se hallan en esta hermosa oda, la cual ha sido corregida por el autor después de su primera publicación en El cisne y limada todo lo posible, pero sin hacerla fría ni perder sus formas primitivas. Mucho sentimos no poderla insertar íntegra, porque toda ella es muy digna de recordarse, pero para probar lo que hemos dicho bastará solo citar estos versos:
El pensamiento vuela por los mares,
gira también por la anchurosa esfera,
sube del Dios inmenso a los altares
y a más llegara, si mayor hubiera.
La edad pasada, que al olvido corre, [5]
la edad futura con su denso velo
al través de los siglos las recorre;
nada sujeta su potente vuelo.
Cual segundo Creador, mil seres crea,
las artes funda, las esferas mide [10]
y, ante la inmensidad que le rodea,
parece el genio que su ser preside.
No ha sido tan feliz el señor Pineda en las composiciones escritas en varios albums, si esceptuamos un soneto titulado El poeta y el desengaño y una producción en quintillas inserta en el de doña Emilia Cueto. El soneto Al sol en oriente es también bastante bueno, por su delicado y fácil pensamiento, el cual está espresado con lozanía y terminado felizmente. El mensaje del cisne es un lindísimo juguete, hijo de un sentimiento apasionado y de una dulce melancolía. Las quintillas A las bellas sevillanas lo son igualmente de una galantería llevada al estremo, y abundan en imágenes felices y delicadas; y el epigrama único que hay en toda la colección tiene aquella chispa ática que tan celebres hizo a nuestros Torres, Iglesias y Quevedos.
Hemos dejado las dos composiciones religiosas que da al público en este tomo el señor Valdelomar para este punto, porque nos proponemos detenernos cuanto la estrechez de estas líneas nos lo permitan en su análisis, por ser este género de poesía mucho más difícil y apreciable que otro alguno. Fray Luis de León, Roldán, Lista y otros autores han pulsado la lira de la religión dignamente, y sus magníficas odas son otros tantos modelos que debemos imitar siempre que nos propongamos entonar cantos de esta naturaleza. Pero unos y otros han recurrido a la Biblia para beber sus inspiraciones, y en ella han aprendido a cantar al Hacedor supremo con toda la majestad que le es debida. El señor Valdelomar ha conocido esta verdad y no ha titubeado en seguir la senda que aquellos trazaron con sus producciones. La manifestación del Señor y la oda A la primera misa del señor José Mª Alonso y Elena. Aunque hubiéramos deseado que el poeta hubiese sostenido en todas las estancias el mismo fuego y el mismo entusiasmo, están sembradas de buenos pensamientos y rebosan, digámoslo así, de pompa poética, dejándose ver en ambas aquel bello desorden de Boileau, que tanto caracteriza a los salmos de la escritura sagrada y que tanto recomienda Marmontel en su trabajo sobre la oda.
La introducción de la primera es sorprendente y nos hace sentir la misma impresión que supone en sí el autor, llevándonos de situación en situación al término que él propusiera. Oigámosla:
¿Esa voz que me aterra
es la que conmovía
el alto Sinaí con fuerte estruendo
y, con fuego y tronido estremeciendo,
al israelita pueblo anunció un día [5]
que el potente Señor de cielo y tierra
a dar ley inmortal descendería?
Igualmente nos conmueve la siguiente estrofa, por la rapidez de la descripción y por la buena elección de circunstancias que hay en toda ella:
¿Tu presencia, Señor, qué nos conmueve?
Yo he visto los soberbios y anchos mares
sus olas arrojando a las estrellas,
destructoras centellas
sobre la tierra mísera a millares [5]
vi desplomarse entre el tronar horrendo,
y al huracán tremendo
con bramido iracundo,
abrazando los círculos polares,
cimbrar el eje colosal del mundo. [10]
El plan de esta oda está estudiado con madurez y conducido diestramente hasta el fin; presenta cuadros hermosos como este:
Ya el sacro velo a descorrerse empieza
del preste al canto, del incienso al humo,
de las torres y el órgano al sonido,
y, al ver tanta grandeza,
mi pecho confundido [5]
el labio sella...
Y, si el final correspondiese a todo lo demás, no hay duda en que el efecto que produjera en el ánimo del lector sería completo, y no tuviéramos que lamentar el cansancio que demuestra la imaginación del autor, que en vano se fatiga por sostenerse en la esfera a que se había elevado. Pero, no obstante, es una oda bellísima, que envidiamos al señor Valdelomar por el acierto en presentar el objeto y la sencillez con que lo ha descrito.
La segunda (para la cual reclama el poeta la indulgencia del público) no participa de un tono tan elevado como la que acabamos de juzgar, pero, en cambio, manifiesta la gran facilidad que tiene el señor Pineda para espresar sus pensamientos y dejar ver de cuando en cuando rasgos que en nada desmerecen de la primera. Tal es el siguiente:
... mayor sea tu pureza
mientras más grande aparecer quisieres
a los ojos de Dios, y cuando fueres
a su cuerpo tocar tiemble tu mano,
tiemble tu corazón, si eres profano. [5]
Hemos hablado de las composiciones líricas; en otro artículo consideraremos la dramática que el señor Valdelomar nos ofrece en su obra, y, mientras tanto, damos la enhorabuena al dicho señor por su publicación y los grandes adelantos que ha hecho en el término de un año en la literatura.
El anticuario