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Prensa y canon

“Concluye la crítica de Lope de Vega comenzada en el número 169”

Autor del texto editado
Mensajero de Londres]
Título de la obra
El Sol, año 1, nº 174, 21/12/1829
Autor de la obra

Edición
Imprenta de Tomás Uribe y Alcalde, 1829
Paginación
pp. 693-694
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 abril 2024

CONCLUYE LA CRÍTICA DE LOPE DE VEGA COMENZADA EN EL NÚMERO 169


El mayor defecto de los poetas dramáticos españoles de la escuela verdaderamente nacional, de que Lope de Vega fue el principal maestro, es la redundancia de palabras, la sarta de epítetos con que empiezan, median y acaban las intolerables relaciones que se hallan a cada paso; requieren la paciencia de un Job y son capaces de helar a un volcán. En la comedia presente un pastor y una pastora que nada tienen que ver con la acción dramática se dan celos y satisfacción en dos relaciones que, por la multitud de nombres y verbos que como en procesión se siguen unos a otros, parecen dos diccionarios. Quiero dar solo una muestra:

Hermosísima pastora,
señora de mi albedrío,
reina de mis pensamientos,
esfera de mis sentidos,

alma del alma que os doy, [5]
sol que adoro, luz que miro,
Fenis de quien soy el fuego,
dueño de quien soy cautivo...



Pastora, señora, reina,
esfera, alma, albedrío, [10]
Fenis, dueño, primavera,
cielo, sol y paraíso,

si te he ofendido, me abrasen
celos, y en tu ausencia olvido,
atraviéseme una espada, [15]
por dar al que está conmigo,

que no hay muerte más cruel
que por ajeno delito.
Un pedreñal 1 catalán,
un dardo de un vizcaíno, [20]

una pica de un walón,
una lanza de un morisco,
una pistola francesa,
una daga de tres filos,

un cuchillo de Malinas [25]
por unos brazos malinos,
la pólvora de un barril,
el alquitrán de un navío,

un tiro de una galera,
un rayo del cielo mismo. [30]
Espadas, picas y lanzas,
pedreñales, dardos tiros,

pólvora, fuego, alquitrán,
pistolas, dagas, cuchillos,
si te he ofendido, me maten, [35]
Celos y, en tu ausencia, olvido...


A esta cáfila desatinada se siguen las cincuenta hijas de Dánae, Sísifo, Atlante y todo el calendario de la mitología griega. Para que no quede sin contrapeso, la pastora Celia responde con otra descarga semejante de

Tiempo, día, noche, invierno,
primavera, estío, otoño,
yerba, planta, sombra y agua,
sotos, montes, prados, campos...

El cielo, la mar, la tierra, [5]
el fuego, el viento, el agosto,
sembrados, cabras, corderos, ovejas, vacas y toros.


¡Cuán depravado debía estar el gusto de la nación que sufría que la entretuviera semejante tin-tin de palabras sin sentido! Hablan del siglo de oro de la literatura española: si por tal siglo entendemos el tiempo en que sus ingenios se esforzaban a remontarse a la altura que los talentos nacionales pudieran haber alcanzado, no sería difícil determinar la época. Pero el que entienda que el gusto y el saber estuvieron jamás bastante difundidos en ella para que la opinión pública acertase a dar la palma a quien la merecía se engaña absolutamente. Véase, si no, la injusticia con que Lope de Vega se llevó el aplauso nacional, en tanto que Cervantes escribía para tener que comer y casi pedía limosna en sus prólogos. Pero sigamos la acción dramática.

García, sin saber cómo, se pierde en los campos y viene a dar en las cercanías del castillo de Marialva [sic]. Encuentra a los dos enamorados, pastor y pastora, y esta le muestra la senda del castillo. Ramiro ve a lo lejos que su creída hermana va acompañada de un hombre y, sin más ni más, va en busca de una espada mohosa y ataca a García, quien pronto viene al suelo. Sale la reina, su madre, y le salva la vida, mas el desnaturalizado joven clama que por mandado de ella iba a matarlo Ramiro. La escena entre madre e hijo no está manejada con el menor talento dramático.

Belisardo, el supuesto padre de Ramiro, al oír que este le pide por mujer a la reina, le declara quién es, y en la relación hay versos llenos de frondosidad de dicción, que a mi parecer es el único mérito que de cuando en cuando aparece en las composiciones de Lope de Vega.

Ramiro promete a la reina defenderla contra sus hijos y le pide su bendición. Este pasaje y la despedida de su supuesto padre y hermana habrían dado campo a un escritor que supiese manejar las pasiones. Pero Lope sabía poco de semejante arte: la tragedia más dolorosa en sus manos se convierte por lo común en un verdadero cuento. Con todo, la despedida no está del todo falta de afectos, aunque, según el verso ridículo y desatinado en que usa un retruécano sobre la palabra Ramiro, el poeta estaba muy lejos de sentirlos. Rodrigo [sic] se hinca de rodillas ante la reina, quien dice:

Hijo que, no lo siendo, me das honra,
y que los que lo son me la han quitado,
Dios te bendiga y te guarde.
Ramiro.- Eso me honra,
y hoy de nuevo me habéis vos engendrado.
Reina.- Mi hijo no sea más que el me honra. [5]
Ramiro.- Adiós casa, adiós monte, adiós ganado.
Ya no veréis de hoy más vuestro Ramiro,
que pues Ramiro soy, la razón miro.
Belisardo.- Aguarda, esposa, hijo, porque lleves
las lágrimas de aqueste viejo anciano. [10]
Celia.- Aguarda, hermano, que a mi nombre debes
tiernos abrazos de querido hermano.
Marcelo.- Aguarda, espera, amigo, por que pruebes
del que te ha dado de amistad la mano,
quien más desea tu contento y gloria. [15]
Reina.- Noble mancebo, Dios te dé victoria.


La tercera jornada empieza presentando a Ramiro, todavía en su traje rústico, que, habiendo disparado dos o tres octavas sobre la corte y sus engaños, se tiende a dormir en las gradas del palacio de su padre. En las octavas hay versos más que medianos en mérito. Síguese una escena en que, a lo que parece, el poeta quiso presentar a los espectadores una visión o un sueño en que España (o Castilla, según se halla en la lista de las personas que hablan en la comedia), Aragón y el conde Garci Ramírez, primero de los condes de Castilla, se aparecen y hablan sobre la sucesión de la corona, destinando la reunión de ambos estados en Ramiro, muy contra la verdad de la historia, pues sólo heredó el de Aragón. El conde Garci Ramírez abraza a Ramiro y le deja una espada. Al despertar, dice que ha soñado lo que el espectador ha visto. Salen, en esto, el camarero del rey y dos guardas hablando del estraño suceso de haber el rey perdido su espada estando durmiendo en una silla; ven la espada en poder de Ramiro y quieren prenderlo, pero él se defiende y mata a uno. Acude el rey al alboroto y, según parece, no conociendo a su hijo, lo llama aparte, sospechoso de que pudiera serlo. Ramiro hace una de las relaciones de costumbre, desafía al acusador García, y quedan emplazados para entrar en rencle cuando haya llegado la reina, que ha de estar presente, según fuero.

El conde, a quien el rey envía a conducir a la reina, encuentra a los aldeanos celebrando las bodas de Marcelo y Celia, y el poeta se vale de esto para darnos otras relaciones que fueron tan del gusto del público español hasta nuestros tiempos.

Las últimas escenas, que debieran ser de grande interés, son dignas solo del trato que semejantes catástrofes tienen en España, quiero decir la impaciencia de los espectadores, que, levantándose y moviendo los asientos, dejan a los representantes con la palabra en la boca. Vese el palenque y en él la leña con que han de quemar a la reina si García saliere vencedor, pero nadie se asusta de semejantes preparaciones. Al primer encuentro Ramiro le hace confesar su traición, y todos quedan alegres y contentos: los actores de que se van a desnudar y tomar un trago; los espectadores de que Paca la catalana u otra heroína semejante va a bailar un bolero.



[Mensajero de Londres]

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