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Prensa y canon

“Crítica de la comedia de Lope intitulada El testimonio vengado”

Autor del texto editado
Mensajero de Londres]
Título de la obra
El Sol, año 1, nº 169, 16/12/1829
Autor de la obra

Edición
Imprenta de Tomás Uribe y Alcalde, 1829
Paginación
pp. 674-675
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 abril 2024

CRÍTICA DE LA COMEDIA DE LOPE INTITULADA EL TESTIMONIO VENGADO


El fecundo ingenio de Lope de Vega no dejó asunto alguno acomodable al teatro que no redujese a la especie de drama que, sin seguir otras reglas que una especie de impulso nacional, se creó en España en aquel tiempo. Ya hemos visto en otro artículo de este número las ideas confusas que los españoles tenían del drama cuando se escribió La Celestina. Lope de Rueda, que fue el primero que a mediados del siglo XVI introdujo representaciones en España, sólo adelantó el arte en cuanto al mecanismo de las escenas, del cual el autor de La Celestina no tenía la menor idea. Lope de Vega, que con corta diferencia de tiempo tomó en sus manos el arte dramático, tiene el mérito innegable de haber comprendido claramente la diferencia esencial entre una historia referida y la misma historia representada. En este punto sobrepujó a Cervantes, tanto cuanto le fue inferior en su talento y verdadero genio.

La comedia presente, cuyo título es preciso advertir de paso, contiene una vulgaridad en la palabra testimonio, usada en vez de calumnia o falso testimonio, está tomada de la historia de España, según se ve en el artículo en que hemos referido la acusación y defensa de doña Mayor, mujer de don Sancho, rey de Navarra. El poeta, como era de esperar, ha alterado los hechos que se hallan en las crónicas: ha inventado personas con el solo objeto de llevar adelante la intriga y ha omitido otras de que pudiera haberse valido con muy buen efecto. El plan de la comedia es como sigue.

El rey se presenta de partida para la guerra y, despidiéndose de un cierto conde, le confía el secreto de que tiene un hijo natural llamado Ramiro, que se ha criado en poder de un rústico a quien el joven mira como padre. Encárgale que cuide, no sea que la reina, que sospecha la existencia de tal bastardo y está en estremo celosa, trate de hacerle algún daño. El conde confirma las sospechas del rey, diciéndole que había entreoído la intención que la reina tenía de matar a Rodrigo [sic] si lo hallase. El conde, en fin, recibe el encargo de ir a verle.

Pues, conde, debéis ir allá
y regalalle también,

que, aunque natural, ha sido
de un ángel que adoro en él,
y por hijo de Raquel [5]
fue Josephe más querido.

Un labrador o criado
del alcaide de Miralva
es quien me le guarda y salva
de este envidioso cuidado. [10]


Pedro Sessé, caballerizo mayor, entra en seguida, diciéndole que los caballos están prontos, y esto da motivo a una conversación sobre los dotes de este hermoso animal, cuyos requisitos para ser perfecto enumera el rey en uno de los pasajes descriptivos en que Lope de Vega se distingue por la propiedad y facilidad del lenguaje y versificación:

Pero el decir que ser breve
de cabeza, y de clin [sic] bello,
y crespo y corto de cuello,
ancho en pecho, de pies leve,

de piernas alto y derecho, [5]
de rodillas desvaído,
de vientre corto y corvado
de los lados junto al pecho,

largas cerdas encrespadas,
niñas negras, descubiertas, [10]
narices anchas y abiertas,
las orejas aplicadas,

y lo demás que ha de ser
conforme al mejor pintor
se comparará mejor [15]
comparado a la mujer.


A concluir esta conversación dice el rey que en el mundo no hay caballo igual al blanco que le regaló el califa de Córdoba. Sale en esto la reina, quien quiere persuadir al rey que los peligros y afanes de la guerra no convienen a los años de su marido:

La lanza es justo dejalla,
que pareceréis con ella
que os vais arrimando a ella,
que no que habéis de quebralla.


Esto es seguramente pintar al rey de un modo que no concuerda mucho con los requiebros que siguen:

No son los consejos malos,
y hallaréis en mis caricias
que son de amor las primicias
y de mujer los regalos.
Y si es, señor, que os vais, [5]
no sea como soléis,
porque muerta me hallaréis
si como soléis tornáis.


Pero el descuido de Lope de Vega en cuanto a coordinar las circunstancias y carácter de sus personajes es, si bien me acuerdo en una materia tan amplia, mayor que el de los demás dramáticos españoles. Aquí tenemos dos personajes muy principales de esta comedia pintados de un modo que no sabe uno cómo imaginárselos. Un hombre a quien su mujer dice que la lanza en su mano más parecerá muleta, que no arma de caballero, y, no obstante, se le oye hablar el lenguaje amoroso más ardiente. Si Lope de Vega hubiera tenido la menor idea de carácter dramático, si sus personajes fueran otra cosa que unos meros muñecos de que se vale al modo que los italianos en sus representaciones de Fantoccini o figuras movibles, sin que jamás muden de facciones y pocas veces de traje, habría pintado al rey y la reina como modelos del afecto puro conyugal, que, sin el fuego de la juventud, se alimenta con la memoria de sus primeros amores, y, como un claro sol que se va poniendo, anima no tanto con el calor que da entonces como con el que sus rayos han difundido en el discurso del día.

La reina, seguramente, podría suponerse aún en aquella parte de la edad madura que, sin bien quita la primer ternura a la belleza femenil, muchas veces le añade atractivos, por el sosiego y reconcentración que causa en sus afectos. La historia real y verdadera del hecho la presupone en tal estado. Cuán incierto es el carácter que le da el poeta se verá más adelante.

El último encargo que el rey da a su mujer es que no permita que nadie monte su caballo favorito, el árabe que le había regalado el moro.

En la escena que sigue a la partida del rey sus tres hijos, García, Fernando y Gonzalo, jóvenes disolutos, celebran la libertad de que iban a gozar por la ausencia de su padre. Hállase otra escena de galanteo, en que García habla a una querida y le promete carreras a caballo por la ciudad aquella tarde. Deseoso de presentarse con el mayor brillo, García pide a su madre el caballo blanco, y ella, movida de un demasiado afecto, se lo concede, aunque no sin repugnancia. Va García por él a las caballerizas, mas Pedro Sessé acude a la reina y, habiéndole pintado el disgusto de su señor cuando sepa que sus órdenes no han sido obedecidas, hace que se revoque la licencia. García vuelve enfurecido, averigua que Sessé es la causa de la mudanza que halla en su madre y, sin más ni más, asegura que está enamorada del caballerizo y que con él es infiel al lecho conyugal.

Que un joven desarreglado y tan poco civilizado como se debe imaginar un príncipe de aquellos tiempos fuese capaz de conseguir tan vil sospecha y darla por averiguada sólo con el objeto de vengarse no es increíble. Pero el poeta dramático que introduce tal personaje debería darnos alguna idea de los pasos sucesivos con que un corazón naturalmente dispuesto a semejante delito se precipita, al fin, en él, a pesar de la voz de la naturaleza. A no ser así, los personajes dramáticos son inútiles, y la satisfacción que de ellos resulta no iguala a la del lector a quien la historia cuenta sencillamente el resultado de las pasiones humanas. En este punto, es decir, en descubrir los secretos del corazón y en representar a los personajes dramáticos como si llevasen un cristal en el pecho que dejase ver todos los movimientos y operaciones del alma, no tiene igual el poeta inglés Shakespeare. Los poetas dramáticos de España apenas conocieron este arte.



(continuará)

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