“Teatros. Coliseo de la Cruz. La villana de Vallecas, comedia de Tirso. Salida de la señora Antera Baus. Divertimiento del baile nuevo. El actor José Orgaz”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El Correo. Periódico literario y mercantil, nº 282, 30/04/1830
- Autor de la obra
- Ximénez de Haro, Pedro (dir.)
- Edición
- 1830
- Paginación
- [Sin página]
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 1 abril 2024
TEATROS
Coliseo de la Cruz.
La villana de Vallecas, comedia de Tirso. Salida de la señora Antera Baus. Divertimiento del baile nuevo. El actor José Orgaz
Sin haber una gran entrada, el teatro estaba cuajado, y la concurrencia era escogida. La salida de la Sra. Baus contribuyó a que desapareciese la espantosa soledad en que se están viendo los teatros los días de comedia desde que principió la temporada. Anunciándola el cartel en una producción de Tirso es lo mismo que decir que desempeña la función la actriz por escelencia: la única que hay en esta línea; en semejantes piezas no tiene rival. Al reclamo correspondió el éxito: la primera dama estuvo lo que se llama perfecta, ya en las escenas picarescas, ya en las descriptivas, ya en las de sentimiento. La complacencia del público no fue interrumpida un solo instante.
Siempre he deseado hacer un elogio del actor Montaño, porque su buena edad, su fina presencia para galanes jóvenes, su voz grata y su dicción armoniosa ofrecen elementos muy predilectos para la escena. Todo lo reúne, si quiere distinguirse en la carrera que ha emprendido. Le concedo el entendimiento; tampoco le niego la voluntad; pero en lo que discurro que hay sus trabajos es en la memoria. Debo inferirlo de la dificultad con que aprende sus papeles; pues ¿cómo ha de creerse que no los estudie? Pero lo que hay es (y lo saben los chicos de la escuela) que memoria excolendo augetur: es facultad que se adquiere cultivándola, y esto es tanto más deseable cuanto una pieza mal sabida nunca puede hacerse completamente bien. Salvo algún tropiecillo que otro de este género, Montaño ejecutó lindamente la totalidad de su papel; no en todo punto con igual calor, pero siempre con finura y una cierta compostura escénica que le recomienda muy particularmente. Su escena del segundo acto con la Villana salió a pedir de boca, bien que es tan linda, tan conceptuosa, y está versificada con tan fácil elegancia, que para no decirla sería necesario carecer de organización sensible.
¡Cuán bien se ejecutó el sainete de El maestro de la tuna! Nuestros actores por lo general desempeñan a maravilla estas piezas, que forman una parte muy importante del teatro nacional. Son el verdadero cuadro de las costumbres del país. El actor José Orgaz, que ya en la comedia había salido en el papel de novio simple, dio pruebas de poseer las tablas, y obtuvo justamente los aplausos que sonaron en su elogio. No dio golpe en vago; y el que quiera ver a un majo viejo, pillastre, socarrón, decidor y de sobra tuno asista a la representación de este sainete. Orgaz sabe lo que hace, y, si no le sacan de su línea, si no le postergan y arrinconan (como suele acontecer), y si en los demás papeles jocosos que vaya desempeñando manifiesta igual inteligencia, podrá figurar en muy buen puesto entre la numerosa caterva de graciosos que hormiguea en las listas de este año.
No terminaré este artículo sin confesar mi supina ignorancia por lo que toca al divertimiento del baile, que se atravesó entre la comedia y el sainete. Por más que puse mis entendederas en prensa, no pude ni aun columbrar la idea de la composición. Allí se vio, en montón que Dios crió, un grupo de bailarines disfrazados bizarramente, culebreando unos entre otros y multiplicando las piruetas, pero ni un padedú, ni un paso a solo, ni cosa alguna que indicase un plan, lo que se llama un argumento. Un baile, aunque reciba el modesto título de divertimiento, exige combinación, y esta debe entenderla el público. Los brincos se han de subordinar a una acción escénica, sea la que fuere; lo demás es un monstruo sin cabeza ni pies, y, por muy buena que tenga el compositor la primera, y los bailarines muy diestros los segundos, si esta circunstancia no se cumple, el divertimiento no divertirá y siempre quedará cojo. Ahora bien, las cosas cojas son defectuosas, y, tratándose de baile, la cojera es óbice que salta a los ojos.