“Conjeturas sobre el fundamento que pudo tener la idea que dio origen a la patraña de El Buscapié (Conclusión)”
- Autor del texto editado
- Barrera y Leirado, Cayetano Alberto de la (1815-1872)
- Título de la obra
- Revista de ciencias, literatura y artes, t. III, 1 de enero de 1856
- Autor de la obra
- Cañete, Manuel (dir.); Fernández Espino, José (dir.)
- Edición
- Sevilla:
Francisco Álvarez y compañía,
1856
- Paginación
- pp. 261-272
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Conjeturas sobre el fundamento que pudo tener la idea que dio origen a la patraña de El Buscapié
(Conclusión)
La relación del famoso escrutinio que el Cura y el Barbero practicaron de la librería caballeresca del venático hidalgo concluye en el capítulo 7.º con las palabras siguientes: «Estando en esto, comenzó a dar voces don Quijote... Por acudir a este ruido y estruendo, no se pasó adelante con el escrutinio de los demás libros que quedaban, y así se cree que fueron al fuego sin ser vistos ni oídos La Carolea y León de España, con los Hechos del Emperador, compuestos por don Luis de Ávila, que sin duda debían de estar entre los que quedaban, y quizá si el Cura los viera no pasaran por tan rigurosa sentencia». Con facilidad, al leer este trozo de discreta y aguda crítica, donde, ya por citar de memoria, ya por distracción, equivocó Cervantes (según se cree con mucha probabilidad) el título del poema Carlo Famoso, de don Luis Zapata, y el apellido de este autor, confundiéndole con don Luis de Ávila y Zúñiga, que escribió el Comentario de la Guerra de Alemania hecha de Carlos V, Rey de España, en el año de 1546 y 1547 (Anvers, 1550); con facilidad, digo, se incurre en la tentación de sospechar aquí una sátira atrevida de los hechos y hazañas de Carlos V. Es de notar que así don Luis de Ávila como don Luis Zapata fueron actores en las renombradas fiestas caballerescas de Bins, con que la reina de Hungría obsequió al emperador Carlos V y a su hijo el príncipe don Felipe, que asimismo representó en ellas un principal papel. Entre los nombres que en aquella farsa adoptaron los andantes caballeros, son curiosos, por su analogía con algunos de los que Cervantes empleó en el Quijote, los de Caballero Triste, del León y de las Estrellas. Pero, en realidad, si el pasaje del escrutinio encierra calificación satírica (tal creo yo, siguiendo a Pellicer), recae principalmente sobre los tres poemas: La Carolea de Sempere, el Carlo Famoso de Zapata y El León de España de Pedro de la Vecilla Castellanos, acreedores a ella por su corto mérito literario, aunque Cervantes quiso templarla dejándola un tanto dudosa y equivoca.
Ha debido, asimismo, de dar pábulo a esas fantásticas suposiciones el epitafio a la sepultura de don Quijote con que su autor dio fin y cabo a la obra, prohijándosele al bachiller Sansón Carrasco:
Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco,
fue el espantajo y el coco
del mundo en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
Una observación curiosa debemos añadir aquí. Don Juan Antonio de Vera y Zúñiga, después conde de La Roca, en su Epítome de Carlos V (1622), hablando de las primeras inclinaciones de este monarca, dice: «Tal vez le quitaron la espada desnuda de la mano, que, sin poderla sustentar, aspiraba a esgrimir con las figuras armadas de los tapices; y otras le cogieron con el instrumento que más a mano halló irritando por entre las verjas de una jaula los leones que había en ella, con tan posible peligro, que, por asegurarle, las cerraron de todo punto».
El juicio que sobre el Quijote emitió nuestro sabio don Gregorio Mayans y Siscar al escribir en 1757 la primera biografía de Cervantes, juicio en el cual, después de considerar la obra bajo el aspecto de una sátira contra los libros caballerescos, sazonada e ilustrada con la represión moral de ciertos vicios y con excelentes máximas doctrinales, impugnó terminantemente la opinión de los que, «sin más fundamento que antojárseles así, pensaban que don Quijote era una representación de Carlos V o del duque de Lerma». Este juicio, decimos, fundado en breves pero sólidas razones, no bastó a desvanecer esa idea ni a desimpresionar los ánimos con ella preocupados. Y mal podía bastar, cuando el propio Mayans concurría indirectamente a fomentarla, escribiendo al lado de tal impugnación, guiada su pluma por las noticias tradicionales y por las suspicaces observaciones suyas, estas frases notablemente reticentes: «Sería menester hacer un libro muy crecido si en todo se hubiere de manifestar EL ALMA VERDADERA de esta fingida historia; y más si hubiésemos de hablar DE ALGUNAS PERSONAS QUE SE CREEN CARACTERIZADAS EN LAS DE ESTA MISTERIOSA HISTORIA. Pero, pues Cervantes anduvo tan CAUTO, que encubrió sus ideas con el velo de la ficción, dejemos estas INTERPRETACIONES a la curiosa observación de los lectores…».
Envuelto en esta nebulosa aureola se presentaba el libro de Cervantes, al tiempo que, lisonjeado el orgullo nacional con los honores tributados al ilustre autor y a la obra en un país extranjero, comenzaban a ser objeto de las investigaciones de nuestros eruditos los hechos y sucesos personales de tan esclarecidos ingenios, singularmente olvidados y oscurecidos.
Esta fue la época de la extraña invención del Buscapié, invención posterior al año de 1750, en que don Gregorio Mayans dio a luz en España la Vida de Miguel de Cervantes.
No reproduciremos aquí la historia de los datos más o menos gratuitos y fantásticos que acerca del tal Buscapié nos dejaron Ríos, Ruidíaz y Pellicer. Teniéndolos a la vista, calcularemos los distintos aspectos bajo los cuales puede ser considerada tan absurda patraña, engendrada y criada al abrigo de las tradiciones desfiguradas acerca del objeto y las alusiones del Quijote y nutrida con las dudas que suscitaban algunos pasajes oscuros del mismo.
Procediendo en buena lógica, dos extremos ofrece en primer término esta investigación. ¿Dimanó, en efecto, la noticia del Buscapié de un hecho material, o fue tan solo un rumor inventado y mentidamente afirmado por una o más personas? Imposible es ya en el día, con los escasos datos que poseemos, el decidir de un modo absoluto entre una de estas dos cuestiones. La probabilidad, sin embargo, nos inclina a dar crédito a la Carta famosa de Ruidíaz desechando, ante la idea del honrado carácter de este sujeto y de lo incomprensible de una tan audaz mentira, las dudas que sus términos ofrecen a la suspicacia del crítico, y admitiendo, en consecuencia, el supuesto de que positivamente vio y con singular premura leyó dicho señor un librejo impreso, sin nombre ni indicación de autor, intitulado El Buscapié 1 .
Partiendo de esta suposición, cuatro diferentes fines pueden conjeturarse en la impresión furtiva de un papel apócrifo de esta singular especie. Primero, el intento de dar apoyo, en descrédito de Cervantes, a la opinión de los que creían ver en el Quijote una sátira personal de Carlos V, Felipe II o el duque de Lerma. Segundo, el de desmentir el juicio crítico de Mayans, que había negado y rebatido semejante opinión con franqueza y lisura que pudieron agraviar a tales visionarios. Tercero, el de estafar a los curiosos o, en particular, a alguno de estos más crédulo o menos advertido. Cuarto, el de ejercitar la pluma y el discurso y satisfacer un capricho hijo de la ociosidad y de la afición a las letras, explanando con mayor o menor habilidad la opinión favorable a las supuestas sátiras, y dando al forjado librito, sin escrúpulo de conciencia, el carácter de contemporáneo de Cervantes.
Las dos primeras hipótesis son tan posibles como difíciles de probar. De la tercera encontramos repetidos ejemplos en la falsificación de ciertas obras; pero ¿cómo es creíble que en el caso de haberse impreso más de un ejemplar del fingido Buscapié hubiesen desaparecido todos ellos en breve espacio de tiempo, ocultándose a la curiosidad de todos los principales eruditos que por entonces florecían? ¿Cómo es creíble que el falsificador se contentase con engañar y estafar a una sola persona imprimiendo un solo, triste y perecedero ejemplar? Es, pues, a mi juicio, el último sujeto el que abraza mayor número de probabilidades, teniendo a su favor indicios muy vehementes, que merecen ser inquiridos con detención.
Rebatiendo Pellicer a Ríos sobre el punto de que tratamos, estampó lo siguiente: «Así que el autor del folleto intitulado Buscapié, y leído por el señor Ruidíaz con tanta premura y con tantas angustias de tiempo, sería seguramente otro escritor que, fingiéndose motivos que no había y necesidades excusadas, se entretuvo en componerle, tan importuna como superfluamente, para hallar y descubrir en la historia de don Quijote alusiones personales e indecorosamente maliciosas, que no contiene». En la apariencia, Pellicer se refiere aquí a un escritor del tiempo o por lo menos del siglo de Cervantes; mas en aquella época está probado que no se escribió (si alguna vez hasta la presente se escribió en efecto) El Buscapié. ¿No es muy posible que el erudito biógrafo tuviese la intención de referirse en estas frases al siglo mismo en que las escribía? Ruidíaz asegura que el conde de Saceda, en su propia casa, le dio a leer El Buscapié, apurándole para su breve lectura con el misterioso apuro que a él le daba el incógnito dueño del libro. La reserva del conde acerca de este último es muy sospechosa, y muy impropia de quien, como él, se preciaba de literato y de curioso colector de libros. El Buscapié no era, ciertamente, un papel subversivo ni crítico del gobierno de aquella época.
El conde de Saceda, segundo marqués de Belzunce, don Francisco Miguel de Goyeneche y Balanza, que nació en Madrid, año de 1705, caballero no menos instruido en todo género de bellas letras que su hermano mayor, de quien heredó el marquesado en 1748 (el título de conde le obtuvo por gracia del señor don. Felipe V en 1745), adornado de grandes conocimientos en las artes liberales, a que debió su encargo de consiliario de la Real Academia de San Fernando, fue, a pesar de sus relevantes cualidades, editor nada concienzudo ni escrupuloso. Quiso contribuir a despertar el buen gusto reimprimiendo y publicando algunas obras del siglo de oro de nuestra literatura; pero ¿de qué manera? En 1746 hizo a sus expensas una edición nueva de las Fiestas de Denia a Filipo III, libro de los más raros de Lope de Vega Carpio, estampando en ella, en lugar del membrete correspondiente a la fecha expresada, el de su primera impresión: Valencia 1599. Publicó bajo el título de Poesías varias del mismo Lope una colección que solo contiene ocho composiciones de este ingenio, siendo todas las restantes de Francisco López de Zárate, ya impresas entre sus obras, y una de ellas celebrada por el mismo Lope en el elogio de su autor. Las ediciones contrahechas del Isidro, poema de Lope con la fecha de 1599; de las Rimas del mismo con la de Lisboa, 1605; de sus Rimas sacras (Lisboa: 1658); de los Soliloquios divinos; del Triunfo de la fe en el Japón (Madrid 1618), se atribuyen también, no sin fundamento, al singular capricho bibliomaníaco del señor conde. Con estos antecedentes, y dando fe a la aseveración de Ruidíaz, ¿se tendrá por temeraria la sospecha de que nuestro buen académico de San Fernando, creyendo decididamente en las supuestas alusiones del Quijote a Carlos V., Lerma, etc., etc., tuviese la debilidad de intentar demostrarlas y acreditarlas a su modo, imprimiendo sigilosamente algunas pruebas de este trabajo, por decirlo así, vergonzante, explorando acerca de él con receloso cuidado el parecer de tal cual amigo y que, por último, arrepentido o poco satisfecho de su obra, renunciase a darla mayor publicidad? Pudiera pensarse de otro lo que del conde mueven a sospechar sus extravagancias literarias; mas, en tal caso, ¿hubiera resistido este bibliófilo al deseo de conservar una copia, algún extracto o nota, de papel tan peregrino? Ni una letra relativa a este punto ha parecido entre sus libros y papeles literarios, registrados por don José Mor de Fuentes, don Vicente Salvá y algunos otros. Ruidíaz nos habla de una encantada copia del Buscapié que a él le fue prometida, perteneciente a un sujeto desconocido; pero, no habiendo sido esta oferta hecha, según las misteriosas palabras de Ruidíaz, sino por otra persona intermedia que al fin no la cumplió, su existencia pudo ser una suposición más o menos gratuita. Finalmente admitida la del Buscapié impreso, adviértase, en comprobación de que debió de ser obra redactada en tono demostrativo, que no estaba escrita a nombre de Cervantes, sino de un anónimo que pretendía patentizar las supuestas alusiones del Quijote, excitando a su detenida lectura, y que el bosquejo de su plan, delineado por Ruidíaz, ofrece bien claras muestras de ese mismo tono propio del que señala, indagando y analizando.
En el extremo de suponer completamente falsa la relación de don Antonio Ruidíaz, El Buscapié no pudo pasar de ser una mentira forjada por este mismo sujeto, ya con intenciones siniestras, ya para llevar adelante el ridículo empeño de propalar y acreditar esas equivocadas opiniones y conjeturas.
Como quiera que sea, el mismo nombre que el inventor ideó para el decantado folleto, material o quimérico, está descubriendo claramente la hilaza. Según la relación de Ruidíaz, el autor anónimo decía que «...para desengaño de los preocupados» se había propuesto «echar un Buscapié que pusiese en movimiento a los embobados...». En el tiempo de la figurada composición del Buscapié no se usaba de tal término en esa forma: conocíase tan solamente el pluralizado buscapiés. BUSCAPIÉS se denominaba el cohete sin varilla que en las fiestas públicas celebradas con fuegos artificiales se soltaba dirigiéndole hacia la concurrencia, a la cual ponía en desordenado movimiento, corriendo y serpenteando entre los pies, juego de mala especie, hoy ya casi abolido, habiendo caído con él en desuso el nombre que le distinguía. Las carretillas, de la misma ralea, también usadas entonces y prohibidas con justa razón, han quedado todavía en manos de los muchachos como pesado chasco de carnaval. Decíase, pues, única y exclusivamente Buscapiés, porque a los dos pies, y no a uno solo, se dirigía el cohete, al modo que se decía también besapiés, como besamanos:
(Encájele un besapiés)
(Cervantes);
y al modo que se llamaba y se llama todavía guardapiés cierto vestido o traje mujeril. Numerosos ejemplos se pudieran allegar para comprobación de tal uso en lo antiguo; sirvan por lo gustosos y entretenidos los que siguen:
En el entremés de Salas Barbadillo que lleva el título de Doña Ventosa, impreso en su libro póstumo, Coronas del Parnaso y platos de las Musas (Madrid, 1650) hallamos un gracioso diálogo, cuyo es el siguiente pasaje:
Lanzarote:
Estoy ardiendo;
soy un trasgo de amor; soy un
cohete
de los que buscan pies
haciendo ruido.
Doña Eufrasia:
¡Qué mal tan grande amor habéis medido!
Cohete volador que sube al cielo
era comparación más semejante.
(¡A su centro se vuelve este ignorante!)
Lanzarote:
Cohete
buscapiés
está bien dicho,
Que, como soy amante tan humilde,
no me atrevo a pasar, Señora, de ellos;
y aun es soberbia, porque son muy bellos.
Entre los asuntos que se propusieron para el Certamen que se dedicó a la V. imagen de Nuestra Señora. de la Soledad... (Madrid: 1664), fue el undécimo la descripción jocosa de los fuegos de artificio que amenizaron aquellas fiestas. «Al que peor y mejor discurriese» sobre el tal asunto «de pólvora y alcrebite» (decía el programa), en el cual «los cohetes le darían bien que glosar, pues muchos eran buscapiés», se le ofrecían en premio una esportilla de ciento y dos reales y medio de vellón gordo de todo peso». «Al que peor y no tan bien..., unos zapatos de vaqueta y una linterna con un librillo de cera», «y al peor y más malo..., una montera catalana con unos guantes aforrados». Aguzaron a porfía los ingenios el suyo, codiciosos de tan rico galardón, escribiendo burlescas y donairosas redondillas de a diez y seis la relación, número prefijado. De ellas hacen a nuestro propósito las siguientes:
Los bellacos polvoreros
al derecho y al revés,
para desollar los pies,
echaron unos rastreros.
…………………………….
Un buscapiés
que a compás
buscaba un chisgarabís,
dicen que estuvo en un tris
a pique de dar un tras.
(De don Nicolas Tineo)
Pero con iguales tratos,
llevado del interés,
si hay cohetes que buscan pies,
yo busco aquí los zapatos.
(De Juan Diaz de la Fuente)
Echaron cohetes después,
carretillas y varetas
que parecían poetas
que andaban a buscarpiés.
(De don Jacinto Alonso Lanini)
No se citará, de seguro, un solo ejemplo de nuestros antiguos libros que acredite el uso de ese nombre buscapié, y menos con la significación metafórica que le asigna la Academia: «especie que se suelta en la conversación para inquirir o averiguar alguna cosa». Indudablemente, este nombre, singularizado así, es de invención moderna: su inventor, el del embolismo con él bautizado, y su acepción, hija de la falsa idea que llegó a difundirse y a adquirir crédito hasta el punto de ser admitida de hombres tan doctos como Ríos, Navarrete y algunos otros, que incautamente contribuyeron a darle cuerpo y autoridad.
A mi juicio el inventor del falso folleto o del rumor mentido, desfigurando el genuino término compuesto (busca-pies), quiso hacerle servir con doble sentido para representar la falsa hipótesis que explanó el crédulo Ríos, a saber: la de que Cervantes le había compuesto con el fin de buscar pie para que su Quijote, no leído sino de cuatro necios (¡!), fuese leído de los que podían entenderle. Pero semejante significación doble carece de compatibilidad. Porque, si se deriva de la frase buscar pie (buscar ocasión, medio, fundamento, motivo, estímulo etc., etc.), no puede tener la más remota conexión con el nombre de cohete rastrero. Y aquí se presenta y resalta la contradicción bien sabida entre el relato histórico tradicional, muy seriamente afirmado por don Vicente de los Ríos acerca del Buscapié, y la descripción con honores de extracto del mismo, hecha por don Antonio Ruidíaz. El Buscapié de Ríos hubiera sido un Buscapiés: un aparente cohete dirigido contra el Quijote en busca de aliciente para su lectura; el de Ruidíaz, si existió, nada tuvo de cohete satírico. Solamente se halla una cosa de común entre ambos cuentos: la suposición atrevidamente falsa del indiferente y frío acogimiento público del Quijote, que a los cuatro meses de su primera impresión ya fue calificado de famoso y citado par con par de la Celestina, del Lazarillo y de Guzmán de Alfarache, por el autor de La Pícara Justina, en verdad no muy amigo de Cervantes.
Cierto es que el primitivo Diccionario de la Academia Española, publicado en el año de 1726, a continuación del artículo Buscapiés: cohete etc., etc., inserta el que dice de este modo: Buscapiés: se llama al asunto o palabras que se dicen o se fingen para meter a algunos en desconfianza o darles cuidado y en que entender.
De ninguna manera contraría esta definición las opiniones que acabamos de emitir sobre este punto etimológico. Observaremos, en primer lugar, que el vocablo no varía en ella de terminación: conserva la misma pluralizada. Ni pudiera cambiar, siendo, como es, su acepción en este caso una mera aplicación figurada del término original, cuyo sentido ideológico pasa en la misma de lo material y físico a lo idealizado. Buscapiés: cohete que, dirigido por diversión a una multitud, la pone en confusión, en movimiento, produciendo sobresalto, cuidado, en las gentes que la componen. Buscapiés: cuento o palabras que se fingen para causar a algunos recelo, desconfianza y ponerlos en cuidado. Observaremos así bien que la antigua Academia, cuyo trabajo en la redacción del Diccionario se distingue por los ejemplos con que autorizó sus definiciones, para autorizar esta acepción figurada no presentó ninguno, prueba evidente de que no se hallaba consignada en escritos más o menos clásicos, y que tan solo tenía uso y empleo en la conversación familiar. Suponiendo, sin embargo, que se halle usada por alguno que otro escritor de los anteriores a 1726, este hecho no destruye mi aserto relativo al significado metafórico y a la terminación de Buscapié que la Academia creyó luego conveniente sustituir en el lugar del artículo de que ahora tratamos, convirtiendo el Buscapiés: cuento o palabras que se dicen o se fingen para dar desconfianza, cuidado y en que entender, en Buscapié: especie que se suelta para inquirir o averiguar alguna cosa. ¿Por qué tal variación? ¿A qué puede atribuirse, sino al nuevo uso que la divulgada farsa del Buscapié introdujo de esta desfigurada palabra? No de otro modo ,los novísimos autores y redactores de cierto moderno Diccionario Castellano, fieles ortodoxos sin duda del antiguo y moderno Buscapié, creyéndose intérpretes del uso, han estampado en su libro, a renglón seguido de las vigentes definiciones Académicas, esta flamante del bellaco terminillo: Buscapié: CLAVE DESCIFRATORIA del sentido de alguna obra. ¡Así se ofusca la verdad, y se corrompen el lenguaje, las ideas y todo!
No faltará quien crea traslucir en la acepción figurada que consignaron los diccionaristas de 1726 una alusión al supuesto libro Buscapié. Tampoco haré yo hincapié en negarla, puesto que no median sino veinte y cuatro años entre esa fecha y la de 1750, y que todas las conjeturas y sospechas sobre ciertas personas, autores de tal invención, son extensivas a la primera de esas dos épocas; no obstante, juzgo que la definición cuestionada no envuelve una idea clara, distinta, positiva de los fines que supusieron en el falso Buscapié; que solo por una muy suspicaz y lata interpretación puede atribuírsela esa tendencia; que los diccionaristas hubieran probablemente aducido como ejemplo en ese caso el nombre, aunque deformado, del peregrino librejo; y, últimamente, que el eruditísimo y siempre difuso y atildado Mayans no hubiera con tales antecedentes guardado pocos años después el más profundo silencio sobre la existencia real o pretendida de semejante opúsculo.
Por consecuencia de cuanto sobre tan curiosa cuestión llevamos discurrido, cansadamente, a la verdad, en este artículo, deduciremos que las tradiciones desfiguradas al través del tiempo sobre ciertas positivas, aunque secundarias, alusiones personales contenidas en el Quijote, y, al propio tiempo, las vagas y misteriosas indicaciones en él observadas, presentaron una significación oculta y se interpretaron por determinadas sátiras dirigidas a elevados personajes históricos, e inspiraron la idea (que según diversas opiniones podrá ser diversamente calificada) de la inventada patraña del Buscapié.
Cayetano Alberto de la Barrera