Volver a los resultados

Prensa y canon · Polémicas

“Conjeturas sobre el fundamento que pudo tener la idea que dio origen a la patraña de El Buscapié (Continuación)”

Autor del texto editado
Barrera y Leirado, Cayetano Alberto de la (1815-1872)
Título de la obra
Revista de ciencias, literatura y artes, t. III, 1 de enero de 1856
Autor de la obra
Cañete, Manuel (dir.); Fernández Espino, José (dir.)
Edición
Sevilla: Francisco Álvarez y comp.ª, 1856
Paginación
pp. 69-80
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Libros. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 17 abril 2026

Conjeturas sobre el fundamento que pudo tener la idea que dio origen a la patraña de El Buscapié

(Continuación)


A continuación del soneto van las dos décimas en versos cortados «Del Donoso, poeta entreverado, a Sancho Panza y Rocinante». La dirigida a Sancho es esta:

Soy Sancho Panza, escude-
del manchego don Quijo-;
puse pies en polvoro-
por vivir a lo discre-,
que el Tácito Villadie-
toda su razón de esta-
cifró en una retira-,
según siente Celesti-,
libro en mi opinión divi-
si encubriera más lo huma-.


Las ediciones de la Academia, la del señor Ferrer y otras escriben el donoso como adjetivo; Pellicer y Clemencín, como epíteto del poeta entreverado. Cualquiera que supongamos la verdadera lección, es lo cierto que el poeta de las décimas era, sobre gracioso, entreverado. ¿No choca desde luego el uso de este último adjetivo? Entreverar equivale, según la Academia, a mezclar, interpolar, entremeter una cosa entre otras. En mi opinión, Cervantes quiso expresar que una de las décimas llevaba, entre burlas, veras, y voy a exponer la conjetura en que me fundo para creer que en efecto las llevaba la primera arriba copiada.

Ante todo, observaremos la contraria interpretación que dan Pellicer y Clemencín al sentido en ella encerrado. Pellicer, sin manifestar duda, la explica diciendo que Sancho resolvió hacer vida caballeresca y cortesana saliendo o retirándose de su lugar; y Clemencín se expresa de este modo: «Se da a entender, según parece, que Sancho... se retiró discretamente del servicio de Don Quijote, pero no fue así». Ciertamente que no fue así. Mas plausible sería la solución de Pellicer si la marcha secreta de Sancho con el andante caballero pudiese calificarse de una retirada. Se retira el que desiste de un intento; el que se separa del paraje donde le amenaza un probable daño; el que apetece la soledad, la quietud; ninguno de estos casos es aplicable al de Sancho Panza. La especie de retirada a que alude Cervantes ya la determina él mismo diciendo que «puso pies en polvorosa», lo cual significa escapar, huir, poner tierra en medio; que se decía juntamente con el refrán de tomar las calzas de Villadiego. Sancho de ningún modo iba fugitivo de su aldea: salía por su voluntad libre en busca de fortuna, deseoso de mejorar de condición. Clemencín ya confiesa que las décimas son muy obscuras, y esto es una prueba de que envuelven oculto sentido. ¿Será el siguiente?

En los apuntes biográficos que sobre el padre Aliaga escribió don Francisco de Quevedo (Grandes anales de quince días) se dice: «Fray Luis de Aliaga, lector que había sido en Zaragoza de su convento, a quien echó de la ciudad el arzobispo por una proposición rigurosa...»; y más adelante: «Leyó teología en Zaragoza, mostrose licencioso en alguna proposición, y fue apartado de la ciudad con reprensión. Este descamino le negoció la asistencia al generalísimo de Santo Domingo, Javierre, y con título de provincial de la Casa Santa le vino sirviendo a Madrid en la visita de la orden». A este suceso y a sus resultados sospecho yo que alude Cervantes. El padre Aliaga, a quien ciertamente hubiera sido fácil hallar influjos para conseguir la revocación de esa providencia del arzobispo, prefirió como sagaz y astuto el retirarse de la ciudad y convento; y

puso pies en polvoro-
por vivir a lo discre-,


tan a lo discreto que en pocos años ascendió sucesivamente a confesor del rey don Felipe III, a inquisidor general, etc. Así,

toda su razón de esta-
cifró en una retira-.


Cervantes hubo de conocer bien las ambiciosas miras de tan influyente personaje. ¿Será muy aventurada la sospecha de que el haber aplicado su mote a un escudero fuese tal vez con alusión al servicio que vino prestando al padre general? En esta clase de indagaciones deben de consignarse todas las sospechas, por remota que sea su probabilidad. Tal vez un ínfimo talento nota lo que no han observado muchos sabios 1 .

Las causas que pudieron motivar esa levísima ofensa de Cervantes al dominico Aliaga, circunscrita a la aplicación del nombre de burlas con que este era conocido y señalado, tal vez por muy contadas personas, ¿quién puede ya descubrirlas al través del largo periodo de 250 años, cuando del hecho mismo no restan quizá más vestigios que los expresados? Sin embargo, recordaremos aquí algunos importantes hechos de la azarosa vida del ingenio príncipe, recorreremos brevemente las noticias que de Aliaga se conservan y procuraremos dar a este curioso punto una hipotética explicación.

Es bien sabido que durante su cautiverio en Argel Cervantes, dando un heroico ejemplo de hábil, osada y constante resolución, de firmeza y generosidad de ánimo, intentó por cuatro veces recobrar su libertad y proporcionársela al mismo tiempo a muchos de sus compañeros de infortunio, empresa las cuatro veces malograda. Enlazábase con ella en la ocasión última, según indicios muy seguros, el arrojado proyecto de arrebatar a los piratas infieles aquel albergue, mengua de Europa, ganando para la monarquía española su rica e importante posesión. El hombre vil y malvado que delató al rey o Bajá Azar este último proyecto de fuga, ya puesto en el mejor punto de ejecución, fue el doctor Juan Blanco de Paz, FRAILE DOMINICO, profeso en Santisteban de Salamanca, y natural de Montemolín, villa de Extremadura. Ignoramos si alguna oculta y profunda antipatía que este pérfido abrigase quizá, con sus pervertidos instintos, hacia la persona de Cervantes (odio fundado acaso en las ideas de humanidad y de civilización que en este ilustre español se traslucían) fue la causa de tan infame delación; pero, cualquiera que fuese, resulta probado judicialmente por un número considerable de testigos que ratificaron la Información entablada por Cervantes, que el inicuo padre Blanco se declaró desde entonces furioso enemigo suyo y de algunos otros de los cautivos, cuyas cadenas había remachado; y que, diciéndose comisario del Santo Oficio, tomó, a fuer de tal, informaciones contra ellos, y en especial contra Cervantes, echando mano hasta del soborno para conseguirlas. En consecuencia, viose precisado Cervantes a formalizar la suya citada, en el mismo Argel, ante el reverendo padre fray Juan Gil, redentor de cautivos, y el notario Pedro de Rivera, acreditando con ella no solamente sus benéficos hechos en el cautiverio, cuya justificación le bastaba para solicitar el merecido premio, sino la pureza y rectitud de sus costumbres y el exacto cumplimiento de sus deberes de católico y fiel cristiano durante aquel periodo desgraciado; y al mismo tiempo el criminal proceder y la conducta irregular y escandalosa de su declarado enemigo y calumniador.

Natural era que el odio del padre Blanco subiese de punto con este paso de Cervantes, y que, impelido por aquella pasión exasperada, trabajase con empeño por vengarse de él, no menos que por desfigurar, en defensa propia, la verdad de los hechos. ¿Podrá creerse, pues, desatinada la suposición de que, rescatado a su vez y vuelto a España, lograse convertir en mérito su crimen por los secretos y poderosos medios que le facilitaba su estado, y valiéndose también de ellos, interponer un obstáculo insuperable al buen éxito de las pretensiones de Cervantes? ¿No aparece muy probable que la influyente orden de Santo Domingo patrocinase la causa de uno de sus individuos y que sus principales superiores conservasen por largo tiempo el recuerdo y el resentimiento de la Información hecha ante un religioso de otro instituto?

El padre fray Luis de Aliaga, nacido en Zaragoza, año de 1565, profesó en la orden de Santo Domingo el 5 de noviembre de 1582. Fue colegial de San Vicente de dicha ciudad, y, en 1600, lector de Prima de Teología, de cuya facultad se doctoró en aquella Universidad el 16 de octubre de 1602, y desde entonces fue catedrático de Suma de Santo Tomas en la misma Escuela. Obtuvo el magisterio en su provincia de Aragón el año de 1606. En 20 de enero de 1607 fue nombrado provincial de Tierra Santa y visitador de la provincia de Portugal. De las noticias biográficas que el diligente Latassa (de quien son las que acabamos de indicar) refiere del padre Jerónimo Javierre consta que este religioso fue nombrado en el año de 1599 visitador de las abadías y monasterios del Real Patronato en Aragón; general de la Orden de Santo Domingo en el de 1601, y que, seis años después, obtuvo la dignidad cardenalicia. Estos datos inducen a creer muy posible que fray Luis de Aliaga le acompañase en calidad de secretario, ya durante aquella visita, ya después, cuando, promovido Javierre a general de la Orden, debió de residir en Valladolid, donde a la sazón se hallaba establecida la corte y donde Cervantes pudo conocer a entrambos desde principios de 1603, dos años antes de publicar la Primera parte del Quijote. Estos viajes de Aliaga no eran incompatibles con sus estudios ni con la enseñanza, a que se dedicó desde el año de 1602, enseñanza en la cual hubo probablemente de cesar a poco, por las causas que expresa Quevedo. Según este último, Aliaga era ya confesor del duque de Lerma cuando Javierre, siéndolo del rey, fue agraciado con el capelo, año de 1607. No hemos podido hallar documento alguno que fije la época en que el privado escogió para su confesor al padre Aliaga; pero, aun cuando su influjo por los años de 1603 a 1605 no fuese tan directo, si es cierto, como parece probable, que ya entonces servía y acompañaba al padre general; ¿dejaría de tener el suficiente para, secundando las miras e inspiraciones de su compañero de instituto el padre Blanco de Paz, insinuar a su superior especies y noticias poco favorables al digno y desatendido veterano de Lepanto, al desgraciado y benemérito cautivo de Argel? 2 Si no sucedió de esta manera, así parece que se esfuerzan a persuadirlo y demostrarlo muy notablemente los hechos. Las primeras pretensiones de Miguel de Cervantes fueron desatendidas; acalladas luego con una comisión mezquina y odiosa, que le acarreó insultos, atropellos y encarcelamientos, y, por último, de todo punto infructuosas. El duque de Lerma, que de hecho regía con valimiento sin ejemplo la monarquía de dos mundos, escuchó desdeñoso y adusto las súplicas del ilustre ingenio; ni recibió con más aprecio sus lisonjeros versos el conde de Saldaña, hijo del orgulloso privado. Cervantes, aun sin tener positivos datos, pudo creer debida a la influencia más o menos directa del padre Aliaga la desestimación de sus servicios, y esto acaso le indujo a desahogarse con la graciosa burla del apodo consabido, burla de la cual no podía el padre Aliaga darse públicamente por agraviado sin mengua de su carácter y dignidad.

Para más decisiva comprobación de todo lo expuesto en apoyo de las conjeturas que tan evidentemente señalan a fray Luis de Aliaga por autor verdadero del Quijote dicho de Avellaneda, repetiré el notable pasaje de la Segunda Parte del de Cervantes, en el cual observé yo hace tres años, y posteriormente descubrió también uno de nuestros más laboriosos y modestos bibliófilos, publicando su descubrimiento en el Semanario Pintoresco de 16 de Julio de 1854, que el ilustre ingenio, jugando del vocablo, hizo una picante y oportunísima burla del padre Aliaga, logrando consignar en su libro con ingeniosa destreza el nombre de su adversario, de una manera tan despreciativa como intachable, describiendo en el capítulo 61 la entrada semitriunfal de don Quijote y Sancho en Barcelona, rodeados de los caballeros amigos de Roque Guinart, que expresamente habían salido a recibirlos, y saludaron al «valeroso don Quijote de la Mancha, no el falso, no el ficticio, no el apócrifo, que en falsas historias estos días nos han mostrado...». Continúa diciendo que «al son de las chirimías y de los atabales se encaminaron con él a la ciudad; al entrar de la cual, el malo que todo lo malo ordena y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellos, traviesos y atrevidos, se entraron por toda la gente, y alzando el uno de la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de ALIAGAS. Sintieron los pobres animales las nuevas espuelas, y apretando las colas aumentaron su disgusto de manera que... dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote, corrido y afrentado, acudió a quitar el plumaje de la cola de su matalote y Sancho el de su rucio...». Sin embargo de que Cervantes quiso con esta chistosa mofa tomar revancha de las injuriosas expresiones que le dirigiera su adversario, y sin perjuicio de la repetida crítica y del empeño, muy justo, con que rebatió en la suya la falsa Segunda parte de Don Quijote, todavía, para dar al vengativo Aliaga un ejemplo de moralidad cristiana, puso la siguiente clausula en el testamento de su moribundo caballero: «Item: suplico a los dichos señores mis albaceas, que, si la buena suerte les trujere a conocer al AUTOR QUE DICEN QUE COMPUSO una historia que anda por ahí con el título de SEGUNDA PARTE de las hazañas de D. QUIJOTE DE LA MANCHA, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, PERDONE LA OCASIÓN que sin yo pensarlo LE DI de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe; porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos».

Estas palabras, que parecen impropias en labios de don Quijote, personaje novelesco que, sobre serlo siempre, en este capítulo se halla pintado como sano de su locura; impropias, porque hacen a la ficción causa y origen de la realidad, sientan perfectamente en boca de Cervantes, que habla aquí por la de Alonso Quijano el Bueno confesando haber dado motivo y ocasión a su émulo para escribir su disparatado libro. Sin pensarlo es frase tan equivoca como adecuada a la apariencia del caso.

Largo y prolijo ha debido de ser indispensablemente el pasado discurso acerca de la más picante y notable alusión contenida en la grande obra de Cervantes; y para concluirle observaremos la escasa probabilidad que después de estas indagaciones ofrecen así la opinión de los que han atribuido el Don Quijote de Avellaneda al padre Juan Blanco de Paz, como las de otros escritores, entre ellos, el francés Germond de Lavigne, que le han supuesto obra de Bartolomé Leonardo de Argensola. No la ofrece mayor la ingeniosa conjetura del señor Castro sobre si pudo ser su autor un cierto Alonso Fernández, dominico, natural de Palencia, que perteneció a un convento de Toledo y publicó allí su Historia eclesiástica (1611), y en Madrid otra Historia de la devoción del Rosario (1615) y un Manual de devoción y ejercicios del Rosario (1626) Clemencín se mostró atinadísimo en su exposición a los indicios y cálculos relativos al falso Avellaneda. Recapituló todas las señales que evidencian a este escritor de aragonés y religioso de la orden de Santo Domingo, añadiendo varias que indican el conocimiento que tenia de las cosas de Toledo, donde seguramente pudo residir algún tiempo fray Luis de Aliaga. Insinuó después que fray Andrés Pérez, leonés, autor de la Pícara Justina, fue criticado por Cervantes, y probablemente su émulo. Este fraile pertenecía también a la religión de Santo Domingo. Refirió la opinión de Ceán Bermúdez, que, al parecer, conjeturó el primero si el falso quijotista podría haber sido fray Juan Blanco de Paz, el perseguidor de Cervantes, natural de Extremadura, concluyendo, en vista de aparecer indudable que el autor del pseudo-Quijote fue aragonés, con indicar que fary Juan Blanco pudo también a su vuelta a España influir con algún otro fraile de su instituto para que le compusiese. .

Otras cuatro principales alusiones a personas o sucesos más o menos determinados han creído ver diferentes críticos en la inmortal obra de Cervantes.

Don Juan Antonio Pellicer opinó y trató de probar en una larga y curiosa nota que los duques en cuya quinta o casa de placer pasa una gran parte de la acción de la Segunda de Don Quijote fueron los de Villahermosa, doña María de Aragón, hija del duque don Fernando (6.º de aquel título), y su esposo, don Carlos de Borja, conde de Ficallo. La quinta, colocada en situación topográfica bastante bien marcada por Cervantes, debió de ser, según el mismo anotador, la que dichos duques poseían cerca de Pedrola, riberas del Ebro, llamada el Palacio de Nuestra Señora de Buenavía.

Entre los más picantes sucesos ocurridos a Don Quijote en el castillo ducal, se cuenta la reprensión que sufrió de cierto religioso o clérigo, comensal de los duques, a que replicó de una manera tan firme como discreta y punzante. Don Vicente de los Ríos supone la existencia de una tradición según la cual el duque de Béjar repugnó la dedicatoria del Quijote hasta que, leyendo Cervantes la obra delante del mismo duque y de un auditorio numeroso, se captó el aplauso de todos, excepto el de cierto religioso que gobernaba la casa y se empeñó en despreciar el libro y desacreditar a su autor, reprendiendo al duque por el agasajo con que le trataba. Y explica de esta manera el silencio que después guardó Cervantes sobre la persona de su primer mecenas. El señor Ríos asegura que esas noticias tradicionales se extendían a señalar en el reprensor de don Quijote al religioso que logró por fin privar al ilustre ingenio del apoyo y favor del duque, y a explicar la contestación audaz del andante caballero por una venganza de tan injusto y personal agravio. Pellicer, no admitiendo la existencia de tales tradiciones, atribuye a escasa liberalidad del de Béjar el silencio de Cervantes, y después, anotando ese pasaje del Quijote, juzga ser la sátira que envuelve general e indeterminadamente dirigida al influjo que ejercían en las casas de los grandes sus directores espirituales. Indica, sin embargo, que tal vez alguno pudiera sospechar si el eclesiástico pintado por Cervantes sería el docto Bartolomé Leonardo de Argensola, que gozó de gran favor con el duque de Villahermosa y con el conde de Lemos. Esta sospecha es a todas luces infundada, pues que las quejas de Cervantes acerca de la voluntad corta de los Argensolas para con él fueron amistosas y mezcladas de elogios, y mal podía referirse al conde de Lemos, su bienhechor, y a quien dedicaba la Segunda parte en testimonio de su gratitud y reconocimiento.

Un escritor moderno, suponiendo, no sabemos con qué fundamento, que fray Luis de Aliaga era comensal del duque de Béjar por la época de la primera publicación del Quijote, ha explicado la alusión de que tratamos diciendo que Aliaga fue el religioso a quien dirigió Cervantes la elocuente arenga puesta en boca de su héroe, resentido de la censura que aquel hizo del libro, al tiempo que él se le presentaba al ilustre personaje solicitando su permiso para dedicarle públicamente tan deleitoso fruto de su ingenio. Y que, de resultas de este altercado, como quedaron muy enemigos Cervantes y Aliaga, vengativo y envidioso el fraile, compuso y publico su falsa Parte Segunda de Don Quijote. Pero de esta hipótesis, ¿qué pruebas se nos ofrecen? Ninguna. Apoyada en la tradición oral que aseguró Ríos y negó Pellicer, se funda principalmente en el supuesto de haber sido Aliaga comensal del duque de Béjar, pero de esto al poderoso influjo privado que criticó Cervantes va ciertamente mucha distancia. Por otra parte, ¿cómo es creíble que escribiese un nuevo Don Quijote, preciándose de llevar el mismo fin que Cervantes, quien había motejado de absurdas la idea y la composición del primitivo? De esta especie hubo de ser la censura que del Quijote hizo el figurado reprensor si en efecto Cervantes aludió a un hecho y a persona determinada, pues la opinión de Pellicer, que cree general su sátira en este punto, ofrece bastante probabilidad.



Cayetano Alberto de la Barrera


(Se continuará)

Volver a los resultados