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Prensa y canon · Polémicas

“Conjeturas sobre el fundamento que pudo tener la idea que dio origen a la patraña de El Buscapié (Continuación)”

Autor del texto editado
Barrera y Leirado, Cayetano Alberto de la (1815-1872)
Título de la obra
Revista de ciencias, literatura y artes, t. III, 1 de enero de 1856
Autor de la obra
Cañete, Manuel; Fernández Espino, José
Edición
Sevilla: Francisco Álvarez y comp.ª, 1856
Paginación
pp. 5-22
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Libros. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 15 abril 2026

Conjeturas sobre el fundamento que pudo tenerla idea que dio origen a la patraña de El Buscapié

(Continuación)


Todos los biógrafos y comentadores de Cervantes han estado acordes en calcular que el autor del Segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, publicado en Tarragona el año de 1614, ocultó su verdadero nombre y patria al titularse El licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas. Sus modismos y las expresas indicaciones de Cervantes han revelado que fue natural de Aragón; varios pasajes de su novela le dan evidentemente a conocer por fraile dominico, y de su empeño en disfrazarse, no menos que de la prudente reserva de Cervantes, se deduce que debía de ser personaje poderoso y calificado.

Con estos antecedentes ha trabajado la curiosidad ilustrada de muchos eruditos en averiguación de su verdadero nombre. Sospéchase que ya Pellicer hubo de tener algunos indicios personales, que no se atrevió a manifestar. Navarrete, sin duda, también entrevió algo cuando citó al padre fray Luis de Aliaga como probable apoyo del encubierto fraile. Los investigadores de esta presente época, ilustrados por nuevos descubrimientos y más libres de trabas, han podido ser más explícitos.

Don Adolfo de Castro fue, a lo que entiendo, el primero que en su curioso libro intitulado El Conde-Duque de 0livares y el Rey Felipe IV (Cádiz, 1846) señaló al padre fray Luis de Aliaga, confesor del rey don Felipe III y del duque de Lerma, como verdadero autor del Don Quijote supuesto de Avellaneda, fundándose en probables inducciones sacadas de datos impresos, y en otro inédito más terminante, pero citado por él inexacta e incompletamente y sin expresión de su procedencia. Cuatro años después, en otro papel suyo, habló de este curioso punto en los términos siguientes: «Un antiguo literato residente hoy en Cádiz, grande amigo del ilustre alemán Juan Nicolás Böhl de Faber y editor de los entremeses de Cervantes en 1814 1 , mil veces me ha comunicado sus sospechas de que fray Luis de Aliaga, confesor de Felipe III y dominico aragonés, quizá pudo ser el autor de la Segunda Parte del Quijote, escrita por el que se decía Alonso Fernández de Avellaneda. Fundaba su opinión en la semejanza de estilos que hay en esta obra y en la Venganza de la Lengua Española contra el autor del «Cuento de Cuentos» […]. Estas sospechas fueron publicadas por mí...», etc. Advertiremos, de paso, que tales conjeturas eran años ha moneda corriente entre muchos de nuestros eruditos.

El referido antiguo papel intitulado Venganza de la lengua española contra el autor del «Cuento de Cuentos», por don Juan Alonso Laureles, caballero de hábito y peón de costumbre, aragonés liso y castellano revuelto (Con licencia. En Huesca, por Pedro Blusón, impresor de la Universidad, año 1629 2 ; diez hojas en octavo) fue inserto el año de 1787 por don Antonio Valladares de Sotomayor en la colección que publicaba con el título de Semanario erudito, pero sin expresión de su origen y procedencia; al parecer, Valladares le creyó inédito. Es indudable que el estilo y lenguaje de la Venganza de la lengua española, el tono que su autor emplea para tratar e impugnar a su adversario (Quevedo), trayendo a cuento sus defectos físicos, y, además, las encarecidas alabanzas que prodiga en él a Lope de Vega Carpio, asemejan notablemente este opúsculo al prólogo del Quijote de Avellaneda; pero tal vez no se hubiera reparado en tales analogías si las enigmáticas señas que da el autor de su persona llamándose Alonso y declarándose religioso (caballero de hábito) y aragonés disfrazado de castellano (aragonés liso y castellano revuelto) no hubiesen fijado previamente la atención. ¿De dónde, sin embargo, se ha inferido que el supuesto Juan Alonso Laureles, fraile aragonés, fuese realmente el padre fray Luis de Aliaga? Don Francisco de Quevedo, ilustre objeto y blanco de la injuriosa crítica de ese papel, escribiendo en su Continuación de los Anales de quince días algunas noticias biográficas del padre Aliaga, si bien habló de él con justa severidad histórica, no de manera alguna como personalmente ofendido. Puede, no obstante, calcularse con alguna seguridad que el insigne autor del Cuento de Cuentos no llegó a conocer el verdadero nombre de su impugnador. Como quiera, debe de tenerse en mucho la opinión de los eruditos que han atribuido la Venganza de la lengua española a fray Luis de Aliaga, fundados, por ventura, no solamente en los expresados indicios, sino en otra observación de que luego haré mérito y en el carácter desabrido 3 , violento y mañoso de que se hallaba dotado el ambicioso padre confesor.

Con muy lógica inducció, se ha creído desde luego que el supuesto Avellaneda debió de ser compositor de comedias de la escuela dramática de Lope, al verle mancomunar su causa propia con la de este admirable ingenio, atribuyendo al mismo tiempo en su prólogo a Cervantes el haber tomado por medios para conseguir el fin de desterrar con su Don Quijote los libros caballerescos, «el ofenderle a él y más particularmente a» Lope de Vega (no le nombra, pero le señala claramente), siendo palpable que Cervantes no aludió a Lope en otro pasaje de la Primera parte del Quijote que en la juiciosa y moderada censura de la escuela teatral de su tiempo, que contiene el discreto coloquio del Cura y el Canónigo de Toledo 4 . Y como, dedicado el falso Avellaneda a la gramática, es de suponer que se ejercitase asimismo en otros géneros de poesía, fue confirmada aquella unánime deducción por el siguiente descubrimiento de don Juan Antonio Pellicer referido en la Vida de Cervantes que escribió al frente del Don Quijote anotado.

Entre diversos papeles contenidos en un códice (número 582) que formaba parte de la librería que fue del conde de Fernán Núñez, existían los Vejámenes o sentencias que se intimaron a los poetas concurrentes a dos certámenes literarios que, sobre la interpretación de dos ciertos Enigmas, se celebraron en Zaragoza el año de 1614, el mismo en que se publicó el Don Quijote de Avellaneda, a cuya obra y a su disfrazado autor hacen evidente referencia los dos que se siguen, correspondientes a cada uno dichos certámenes. He aquí el intimado a uno de los poetas del primero:

A Sancho Panza, estudiante,
oficial o paseante,
cosa justa a su talento,
le dará el verdugo ciento
caballero en Rocinante.


Y entre los pronunciados contra los poetas del segundo, se lee este:

Al blanco de la ganancia
dice con poca elegancia
que la ignorancia se encubre
Sancho Panza, y él descubre
la fuerza de su ignorancia;
y, pues afirma de veras
sus inventadas quimeras,
en galeras tome puesto;
que, tras azotes, es cierto,
se siguen siempre galeras.


Indudablemente es uno mismo el poeta sentenciado en estos dos vejámenes. Desígnasele con el apodo de Sancho Panza, y se le condena a recibir cien azotes montado en Rocinante, burlas que indican bien a las claras en su persona algo de conexión con la novela de Don Quijote. Cítase en el segundo, aunque confusamente, un dicho poco elegante del poeta vejado acerca de llevar o tener por blanco la ganancia. El falso Avellaneda, en su desaliñado prólogo, dice que no le parecerían a Cervantes ingeniosas las razones de aquella historia […], pero que se quejase de ella por la GANANCIA que le quitaba. Pudiera ser relativo eso de la ganancia al premio o premios de los certámenes; pero en los versos que después siguen se ve una alusión muy clara a obras o escritos de inventiva: inventadas quimeras, que el poeta castigado afirmaba como verdades. En lo de azotes y galeras se trasluce también alusión a la aventura que pintó el mismo encubierto novelista, aventura de cuyas resultas nos finge a su don Quijote en Zaragoza amenazado de tales castigos. Pellicer observa con razón que, aun cuando a la fecha de esos certámenes no estuviese publicada la obra del fraile aragonés, ya tendría el fiscal de la justa noticia y conocimiento de ella. A pesar de la acreditada diligencia del señor Pellicer, sería de desear un nuevo examen del códice para obtener completa la lista de los poetas que concurrieron a los certámenes. De la que él publicó resulta un solo nombre repetido en ambos, y este nombre es cabalmente el de un Alfonso Lamberto 5 . No sé que por los curiosos investigadores se haya fijado la atención en este nombre, que llamó muy particularmente la mía al discurrir sobre la construcción, a mi juicio semi-anagramática, del pseudónimo Avellaneda y del que usó el autor de la Venganza de la lengua española. Dando por evidente que los tales nombres Avellaneda y Laureles son ficticios, y por muy probable la opinión de ser un mismo sujeto el que se disfrazó con ellos, yo he creído descubrir en su formación indicios del nombre de fray Luis de Aliaga. Cavilosidad será tal vez, pero, a mi juicio, el del poeta de los certámenes de Zaragoza, Alfonso Lamberto, presenta la misma construcción. En todos tres vemos el nombre Alonso, cuyas dos primeras letras son las del apellido Aliaga. En Alonso Fernández de Avellaneda encuentro, cambiando un poco la colocación de las palabras, un anagrama imperfecto, limitado casi exclusivamente a las letras iniciales intermedias y finales de fray Luis de Aliaga; de esta manera: aLonSo FeRnández DE AveLlanedA: L.s (Fr.) de Al...a. Y tal vez el nombre Alonso se halle usado en estos pseudónimos como anagramático de Aloisio (Luis). En Juan Alonso Laureles se trasluce: Al.... Lu.s. = Aliaga Luis. Y asimismo en Alfonso Lamberto: Al..... L = Aliaga Luis. Pero otro descubrimiento aún más decisivo creo haber hecho en este punto, insistiendo en mis sempiternas cavilaciones. Ganoso el supuesto Avellaneda de imitar en un todo al ilustre Miguel de Cervantes, fingió compuesta primitivamente su novela en lengua arábiga. Cervantes había, con ingenioso artificio, inventado para su ideal autor el nombre de Cide Hamete Ben Engeli, que encierra la significación árabe (traducido por D. J. A. Conde) de hijo del ciervo; cervato o cervanteño; y al mismo tiempo (observación del erudito don Fermín Caballero) 6 es un casi perfecto anagrama del suyo = CiDE HAMETE BeN EnGELI: Migel de Cebante). Debe notarse que Cervantes escribía su apellido con b. Su encubierto rival quiso imitarle en este juguete anagramático: formó para el descubridor morisco del supuesto original árabe un nombre a lo moruno; y, sin la menor duda, procuró también componerle de modo que fuese hasta cierto punto un anagrama del suyo verdadero. «El sabio ALISOLÁN (escribe), historiador NO MENOS MODERNO QUE VERDADERO, dice que, siendo expelidos los moros agarenos de Aragón, de cuya nación él descendía.... halló...» etc. etc. Alisolán: he aquí claramente indicado el apellido Aliaga y contenidas además dos letras del nombre Luis, que también puede estar indicado en su forma originaria, Aloisio. Esta observación robustece las anteriores de la misma especie y presta una gran fuerza a la reunión de datos y conjeturas que señalan al padre Aliaga como autor del Don Quijote denominado de Avellaneda. En el pseudónimo Laureles debe notarse, además, su alusión a los que el autor con él disfrazado se figuraba tener merecidos por alguna obra o composición anterior: a mi juicio por el Pseudo- Quijote. Respecto a los certámenes de Zaragoza, no hay la menor dificultad en creer que Aliaga concurriese a ellos cuidando, para no amenguar su dignidad, de ocultar su nombre con artificio análogo al que creemos empleó en sus dos obras anteriores. La publicación de su Don Quijote en Tarragona indica también el empeño del autor en ocultarse, buscando para las licencias y aprobaciones un punto retirado y donde con secreto pudiese tal vez servirse de amigos o parientes. Las precauciones de Aliaga en este caso debieron de ser tan exquisitas como las que adoptó al publicar la Venganza, demostradas en aquellas palabras que dirige a su adversario: «no desee curioso saber quién soy que no sé si me hallará».

Nos hemos referido una y otra vez a cierto dato inédito hasta nuestros días, publicado primeramente por don Adolfo de Castro, como a la más evidente prueba en favor de la opinión que atribuye a fray Luis de Aliaga la composición del Quijote de Tarragona. Reimpresa últimamente esta obra en el 18.º tomo de la Biblioteca de Autores Españoles, que comprende una escogida colección de Novelistas posteriores a Cervantes, ha sido ilustrada en él por su erudito colector, don Cayetano Rosell, con puntuales documentos y con atinadas y discretísimas observaciones, que han dado lugar y origen a nuevas cavilosidades mías. Unas y otras nacen, pues, del dato siguiente.

Entre las agudas sátiras que con su libre pluma escribió don Juan de Tarsis, conde de Villamediana, se cuentan unas Décimas a la caída de los ministros y privados del Rey Felipe III que, con otras poesías del mismo Conde, asimismo inéditas, existen en varios códices y principalmente en el M-200 de la Biblioteca Nacional de esta corte. Una de ellas dice así 7 :

SANCHO PANZA, el confesor
del ya difunto monarca,
que de la vena del arca
fue de Osuna sangrador,
el cuchillo de dolor
lleva a Huete atravesado.
Y en tan miserable estado
que será, según he oído,
de inquisidor, inquirido;
de confesor, confesado.


He aquí un testimonio irrecusable de la existencia de cierta relación entre la persona de fray Luis de Aliaga, inquisidor y confesor de Felipe III, y la fábula de don Quijote. ¿Qué relación era esta? ¿Designó el satírico poeta con el nombre de Sancho Panza al padre fray Luis de Aliaga aludiendo a ser este el autor del falso Quijote? Tal creyó el erudito señor Castro: así lo juzgué yo en vista de su noticia. Por una inducción análoga hemos creído ver en el poeta encubierto de los Vejámenes de Zaragoza al mismo disfrazado autor; mas allí recibía claridad y vigor este raciocinio de otras expresiones y alusiones muy significativas. Aquí se nos presenta aislada la burlesca aplicación de ese nombre de inventiva al desterrado confesor de Felipe III. El señor don Cayetano Rosell, descubriendo con exquisita penetración lo que, al parecer, se había ocultado a la de tantos insignes críticos, ha dado a esa burla de Villamediana la interpretación más probable, confirmando con ella todas las conjeturas que van expuestas acerca del verdadero autor del Quijote titulado de Avellaneda.

«Por más que examinamos (dice) la Primera Parte del Quijote de Cervantes, no hallamos alusión ninguna, e injuriosa menos, hacia el supuesto Avellaneda, de manera que, en vista de todos estos antecedentes, hemos llegado a sospechar si el agravio hecho por Cervantes consistiría en aplicar a su escudero el nombre que por APODO llevaba ya anteriormente Avellaneda...».

Sin duda alguna. El señor Rosell ha descorrido ese velo, presentándonos claro y evidente el hecho de la verdad. Pero es indispensable para su mayor esclarecimiento completar hasta cierto punto el raciocinio de nuestro laureado académico. El agravio hecho por Cervantes al autor disfrazado con el nombre de Avellaneda consistió en aplicar al fingido escudero el que aquel encubierto llevaba anteriormente por mote o apodo. Ahora bien: el padre Aliaga era conocido por el apodo o mote de Sancho Panza, nombre del escudero de don Quijote, según aparece de la décima contemporánea escrita por el conde de Villamediana: luego el supuesto Avellaneda y el padre Aliaga eran una misma persona.

Convenimos, pues, en que nuestro Cervantes aplicó al fingido escudero del ingenioso hidalgo el nombre con que, por apodo o remoquete, era conocido y señalado fray Luis de Aliaga; y en que, resentido este, si bien creemos dio con su proceder motivo a tan disculpable desahogo, se arrojó a componer y publicar una Segunda parte del Quijote con el objeto de vengarse injuriando a Cervantes, retrayéndole de su intento de dar a luz la suya y apropiándose la gloria y la utilidad de esta publicación. He aquí una de las principales alusiones del Quijote. Descubierta por el señor Rosell, nuevas observaciones más han comprobado su evidencia.

Singular circunstancia ofrece la principal de ellas, que voy a exponer. Al analizar los ilustradores del Quijote en busca de indicios el prólogo del falso Avellaneda, han fijado exclusivamente su atención en aquellas frases que parecen aludir a una común ofensa hecha por Cervantes al Fénix de los Ingenios y al embozado escritor. «… tenemos (dice) ambos un fin (él y Cervantes),… si bien en los MEDIOS diferenciamos; pues él (Cervantes) tomó por TALES el ofender a mí y particularmente a.... (Lope de Vega)». Y no existiendo, como va dicho, en la Primera parte de Don Quijote ningún otro motivo de agravio para Lope (si este puede serlo) que la censura de su escuela dramática, han sacado por única y legítima consecuencia que el pseudo-quijotista debió de ser poeta cómico de los comprendidos en aquella razonada crítica. Satisfechos con esta explicación, muy ideológica, no han parado mientes en el inmediato párrafo que dice de esta manera:

«No solo he tomado por MEDIO entremesar la presente comedia con las simplicidades de SANCHO PANZA, huyendo de OFENDER a nadie ni de hacer ostentación de SINÓNOMOS VOLUNTARIOS, si bien supiera hacer lo segundo y mal lo primero».

En este párrafo se encierra el comprobante de la feliz conjetura de Rosell que más fuerza y más autoridad tiene: la autoridad de las textuales palabras del mismo Avellaneda.

Después de haber manifestado que el objeto de su libro era idéntico al del escrito por Cervantes, pero que ambos escritores diferenciaban en los MEDIOS, pues Cervantes había tomado por uno de TALES el ofenderle a él, añade con su mal estilo que por su parte había tomado por MEDIO entremesar la obra con las simplicidades de SANCHO PANZA, huyendo de ofender a nadie y de ostentar SINÓNIMOS VOLUNTARIOS: es decir, que Cervantes, al introducir en la suya la graciosa persona de Sancho Panza, había ofendido a alguno (al encubierto Avellaneda que se queja de la ofensa) y hecho como con alarde uso de APODOS o MOTES SINÓNIMOS VOLUNTARIOS (nombres equivalentes impuestos por la voluntad y el capricho ajenos). El encubierto escritor empleó esta última frase para declarar la especie de ofensa de una manera vergonzante a la par que significativa 8 . Los eruditos Pellicer y Navarrete creyeron ver en esta dicha frase una crítica del estilo del Quijote, profusamente abundante, según ellos, en palabras sinónimas. Las nuevas indagaciones dan completamente en tierra con una interpretación hecha con tan liviano fundamento. ¿A qué había el falso Avellaneda de entremezclar una frase crítica del estilo de su rival en un párrafo cuyo objeto evidente es quejarse de cierta ofensa, por aquel inferida a su persona?

Demostrado con la manifestación misma del ofendido que Cervantes le agravió usando sin rebozo alguno de cierto apodo u remoquete al pintar la figura de Sancho Panza 9 , pasamos a buscar en la contestación dada por el ofensor, que constituye casi todo el prólogo de su Segunda parte, algún dato favorable o contrario a esa demostración. Y ¿qué hallamos? Una prueba negativa, pero concluyente (quien calla otorga). Cervantes, que en lo relativo a la ofensa de Lope se vindica, dando a este grande ingenio una lisonjera satisfacción, en lo tocante a la de su enmascarado rival y acusador, alto silencio: ni la menor palabra, ni la más remota alusión estampa que se dirija a desmentir o atenuar la acusación. Mal podía negar Cervantes que el nombre impuesto por él a su inventado Sancho era el apodo con que por motivos que ya es difícil conjeturar designaban algunos al padre fray Luis de Aliaga, y con el que terminantemente le señaló en sus versos satíricos el conde de Villamediana.

Alude el apodado a la ostentación hecha de ese gracioso despique por su discreto burlador; y, en efecto, Cervantes, con finísima sutileza, había declarado en su propio libro la chanza de una manera tan ingeniosamente equívoca y aguda, que ,al paso (nótese bien esto) que la hacía más perceptible, no ofrecía probable obstáculo al pase y aprobación de la obra. Así creo yo haberlo traslucido, y algún erudito a quien he comunicado las siguientes observaciones las ha juzgado dignas de atención y de examen.

Dos composiciones hay entre las que Cervantes, con enigmática pluma, escribió al frente de la Primera Parte de Don Quijote, dirigidas al escudero Sancho Panza: un soneto y una décima. El soneto, puesto en boca de Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, dice de este modo:

Salve, varón famoso, a quien fortuna,
cuando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo pasaste sin desgracia alguna.

Ya la azada o la hoz poco repuna
al andante ejercicio; ya está en uso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberbio que intenta hollar la luna.

Envidio a tu jumento y a tu nombre,
y a tus alforjas igualmente envidio,
que mostraron tu cuerda providencia.

Salve otra vez, oh Sancho, tan buen hombre,
que a solo tú nuestro español OVIDIO
con BUZ-CORONA te hace REVERENCIA.


Ilustrado yo con los antecedentes referidos, me impresionó vivamente el extraño sentido de ese último terceto. Deseoso de aclararlo, confirmando o desvaneciendo los indicios que en él creía entrever, consulté sobre este punto a los dos principales comentos del Quijote que poseemos.

Don Juan Antonio Pellicer dice que en este soneto Cervantes se calificó a sí mismo de Ovidio español, aludiendo a las transformaciones que hace en su obra, cuando convierte a un hidalgo en caballero andante, en gobernador a un rústico, en gigantes a los molinos de viento, a unos rebaños en ejércitos, etc.; que Gandalín quiere dar a entender que Sancho es el solo escudero pintado ridículamente, pues que a los demás guardaron decoro los autores, haciéndolos personas nobles y principales, y que Cervantes explica el carácter ridículo con que pinta a Sancho diciendo que le hace reverencia con buz-corona. Pues que buz-corona, añade, era, según el Diccionario de César Oudin, una burla que se hacía dando a besar la mano y descargando un golpe sobre la cabeza y carrillo inflado del que la besaba. Apoya este significado con dos ejemplos, de los cuales el más claro es aquella redondilla de una de las loas de Agustín de Rojas Villandrando (Viaje entretenido):

Pues, por vencido se da,
quiero hacelle una mamona,
y tras esto un buz-corona,
y luego entrarse podrá.


Y concluye advirtiendo que esta palabra es compuesta de los sustantivos buz y corona.

Don Diego Clemencín, después de repetir y apoyar la interpretación de Pellicer sobre el dictado de Ovidio español que Cervantes se aplica, se apodera de la palabra buz-corona y, fraccionándola en sus dos componentes, empieza explicando el significado de la dicción buz, que, según Covarrubias, es «el beso de reverencia y reconocimiento que da uno a otro...» Los ejemplos que presenta el comentador modifican en cierta manera esa definición. El primero es el del mismo Covarrubias, que añade: «...y entre otras monerías que la mona hace, es el BUZ, tomando la mano y besándola con mucho tiento… y luego poniéndola sobre la cabeza». Otro de Cervantes, que confirma el anterior, sacado de su comedia El rufián dichoso, donde fray Antonio encarga a uno que partía de Méjico para España que saludase a cierta persona, y le dice:

Encájele un besapiés
de mi parte, y otros dos
buces a modo de mona.


Otro, del libro caballeresco intitulado La Gran Conquista de Ultramar, en el mismo sentido. Expone las acepciones de la frase hacer el buz, también con autorizados ejemplos, de los que se deduce su equivalencia usual a obsequiar o cortejar damas,

Adiós, que es gran molimiento
vivir haciéndote el buz.
(Romance anónimo)

Solo estoy arrepentido
de que te hice la buz.
(Estebanillo González.),


a lisonjear el gusto de otro, agradarle,

y bien sé que el día de hoy
es grave y pesada cruz
hacerte, lector, el buz.
(don José de Villaviciosa.)


y alguna otra muy análoga. Y, sin hacer mención ni mérito del significado de la voz completa buz-corona, concluye diciendo que la añadidura de corona al buz puede tener conexión con lo que dice Covarrubias de tomar las monas la mano, besarla y ponerla sobre la coronilla de la cabeza, y que por esta adición sobrentendida convertiría Esteban González el buz en femenino.

Indudablemente, el significado burlesco y chancero que César Oudin, muy perito, aunque francés, en el idioma castellano, atribuye a la palabra buz-corona es el genuino y verdadero. Oudin vivía cuando esa expresión, hoy desconocida generalmente, estaba en uso: la autoridad única en este punto es la suya, puesto que ni Covarrubias, ni Lebrija, ni otros diccionaristas antiguos la tomaron en cuenta, y que la Academia Española copia literalmente su definición. Los ejemplos que aduce el comentador Pellicer la ofrecen usada en ese mismo sentido de burla o de castigo jocoso:

Pues por vencido se da,
quiero hacelle una mamona
y, tras esto, un buz-corona...


Es evidente que este vencedor no había de hacer el buz al vencido, esto es, besarle la mano y luego ponérsela él mismo en la cabeza en señal de respeto. Que buz-corona significa en este ejemplo lo que Oudin y la Academia dicen se confirma con hallarse aplicado al vencido después de la mamona, que consistía en tomar a otro por la barba y darle golpes en ella. Era señal y acto de mofa, burla o chacota. De la misma especie es el otro ejemplo, a saber: cierto soneto en concordancias vizcaínas compuesto para las fiestas de san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, cuya Relación se publicó en 1625. Su asunto es una burla que san Ignacio hizo al diablo, y dicen sus dos tercetos:

Partes, al fin, corrido como un mona;
con maza arrastras que en cadena prendes;
golpe si en vano das, rompes hocico:

Mal que te pesas, haces buz-corona.
El mano a besar das, huyes pretendes.
mas Juancho el mono agarras, daca el mico.


Aunque el disparatado régimen de esta composición la hace algún tanto confusa, ya se entiende que el santo quiso completar la burla haciendo al demonio un buz-corona, dándole guantada en pago de besamano. No existe, pues, la relación sinonímica que supone implícitamente Clemencín entre las palabras buz y buz-corona. Para mayor ilustración del sentido propio de la primera de estas dos voces, quiero copiar aquí una curiosa letrilla que se lee en un códice comprensivo de varias Letras de Navidad, compuestas en los años de 1616 y 1625 por diversos autores, de los cuales solo constan en él nombrados el maestro Gabriel Díez, canónigo y maestro de capilla de la iglesia colegial de Lerma, y el padre fray Tomás Bravo. Dice así:

Al pecador descuidado
que de pecar no se harta:
cócale, Marta.

Al que se llega y abraza
con las armas de Jesús:
Buz, buz, Marta, buz.

Al malo desconocido,
en pecado envejecido,
tan obstinado y perdido
que de pecar no se harta:
cócale, Marta.

Al que hace resistencia
con ayuno y abstinencia,
y abraza la penitencia
y a cuestas lleva la cruz:
Buz, buz.

Al que con gusto dañado
y sentido depravado,
pecado sobre pecado
y mal sobre mal ensarta:
cócale, Marta.

Al que del pecado huye,
y de sus culpas se arguye,
y las tinieblas excluye
por se llegar a la luz:
Buz, buz, Marta, buz.


Era pues el buz una demostración de respetuoso cariño, de obsequio, de gratitud, de premio, hecha por el inferior al superior; y, en contraposición, el buz-corona un chasco gracioso y carnavalesco en que el superior convertía el buz, para burla, desprecio o castigo del que intentaba hacerle tal obsequio.

Fijada ya la significación de esa palabra compuesta, pondremos de nuevo a la vista los versos que dan motivo a mi nueva conjetura:

Envidio a tu jumento y a tu nombre
[...]

Salve otra vez, o Sancho, tan buen hombre
que a solo tú nuestro español Ovidio
con buz-corona te hace reverencia.


Y preguntaremos: ¿Es creíble que Cervantes, al escribirlos, llevase la exclusiva idea de terminar esa composición con una imagen tan impropia e importuna como la del buen Sancho, tipo de la realidad, de la razón y de la sencillez, besando la mano de su inventor y recibiendo de él a trueque un terrible bofetón? De ninguna manera. La frase hacer reverencia con buz-corona equivaldría en este caso a burlarse Cervantes de sí propio. No sería en este caso menos inoportuno y fuera de propósito el dictado de Ovidio español, que precisamente debió de ser allí puesto con alguna conexión y dependencia. Por todas estas razones creo yo que Cervantes, valiéndose con destreza de frases y palabras equivocas y denominándose Ovidio español, esto es, transformador, quiso indicar que, como tal, convertía burlescamente a su inventado escudero, y solo A ÉL, por haberle pintado tan bueno, en Reverencia: es decir, en el reverendo padre Aliaga, cuyo apodo o remoquete le ponía por nombre. Esta indicación de Cervantes, puesta para mayor salvedad en boca de Gandalín, se hace más notable con decir este al principio del soneto que envidiaba el nombre de Sancho Panza (el nombre, no el renombre); pues Gandalín ¿por qué había de envidiarle, sino porque con él se señalaba comúnmente a un personaje de notable influjo, como empezaba a serlo ya el padre fray Luis de Aliaga? 10 .

(Se continuará)

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