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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“Conjeturas sobre el fundamento que pudo tener la idea que dio origen a la patraña del Buscapié”

Autor del texto editado
Barrera y Leirado, Cayetano Alberto de la (1815-1872)
Título de la obra
Revista de ciencias, literatura y artes, t. II, 1 de enero de 1856
Autor de la obra
Cañete, Manuel y José Fernández Espino (dir.)
Edición
Sevilla: Francisco Álvarez y compañía, 1856
Paginación
pp. 731-741
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Libros. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 14 abril 2026

CONJETURAS SOBRE EL FUNDAMENTO QUE PUDO TENER LA IDEA QUE DIO ORIGENJEN A LA PATRAÑA DE EL BUSCAPIÉ


1

El objeto que se propuso Miguel de Cervantes Saavedra en la composición y publicación de su admirable libro de Don Quijote ha sido fijado por la general opinión de los sabios después de luminosas controversias, en las cuales puede asegurarse que ha tomado parte todo el mundo civilizado.

Ridiculizar las ideas y las empresas caballerescas que, habiendo sido en la edad media una necesidad y un beneficio social, hubieron de llegar a un término de risible a la par que funesta exageración; desviar los ánimos del camino de lo inverosímil y fantástico, dirigiéndolo por el de la razón y de la verdad, tal fue el fin altamente moral y civilizador que movió la pluma del grande ingenio, pero que las trabas impuestas al pensamiento no le permitieron declarar. Como poderoso medio para lograrle discurrió combatir con el arma de la sátira la inventiva de los libros caballerescos, patentizando con una ingeniosa y aguda ficción su extravagancia y sus perjuicios, y dirigiendo así a mansalva el tiro contra los vicios, las preocupaciones y los abusos de su siglo. A este medio, hízole aparecer ostensiblemente como principal objeto, cual remedio saludable de la pasión loca del público a semejantes invenciones, y como impugnación literaria de estas y de sus autores.

En nada pudo, sin embargo, oponerse al filosófico objeto de la obra el que Cervantes, en el tejido, en los episodios y accesorios de su fábula, envolviese alusiones más o menos perceptibles a diferentes personas, cuya crítica, burla o alabanza creyese entonces oportunas, ya para darla más interés y gracia, ya para justo despique y desahogo propio.

De algunas de estas alusiones se han conservado en la antigua provincia de la Mancha, a la cual hizo Cervantes teatro de una parte muy principal de la acción, y se han trasmitido hasta nuestros días, tradiciones orales que merecen atención y estudio. Otra, por extremo picante y curiosa, parece descubierta por las investigaciones de un erudito de esta época. De otra nos dan indicios muy evidentes ciertos escritos del tiempo de Cervantes no bien conocidos o apreciados hasta la presente fecha. Finalmente, los biógrafos y comentadores de nuestro inmortal autor han rastreado y calculado diversas otras con mayor o menor probabilidad.

Las tradiciones conservadas en la Mancha, que dieron a conocer con su diligente celo don Tomás González y don Martín Fernández de Navarrete, se refieren a los sucesos ocurridos a Cervantes en aquella comarca, a su comisión en ella para la cobranza de contribuciones y a los malos tratamientos que le ocasionó, el más terrible de ellos su larga prisión en Argamasilla de Alba, prisión que otras diversas refieren al Toboso, dándola por motivo sus requiebros a cierta mozuela toboseña. Las investigaciones que para recogerlas se hicieron proporcionaron al paso otros indicios curiosos sobre las ideas exageradas de nobleza que infatuaban a los vecinos de Argamasilla en aquella época, y las disputas, pleitos y muertes que ocasionaron; sobre el parentesco y residencia de Cervantes en Alcázar de San Juan y sobre la conexión que pudiera tener la graciosa aventura de los molinos de viento con el escudo de armas de dicha villa de Alcázar, que representa a un caballero armado en actitud de acometer con su lanza a un castillo, y descubre por los cuatro lados los brazos de la cruz de la orden de San Juan. Esas tradiciones relativas a la Argamasilla vinieron a confirmar las inducciones sacadas del tono con que Cervantes habló del tal lugar al principio de su célebre libro, y del burlesco y satírico que usó haciendo panegiristas de don Quijote, Dulcinea, Sancho Panza y Rocinante a los que titula Académicos de la Argamasilla: el Monicongo, el Paniaguado, el Caprichoso, el Burlador, el Cachidiablo y el Tiquitoc, con alusión evidente, y en este último ya descubierta por mí 2 , a los motes o cualidades personales de varios de aquellos lugareños que, individuos del Ayuntamiento o concurrentes a alguna rústica reunión, serían los que principalmente le vejaran y atropellaran. Cuya conjetura se ve corroborada con la fingida dedicatoria que de su Quijote hizo el falso Avellaneda al alcalde, regidores e hidalgos de la noble villa de Argamesilla, patria feliz del hidalgo caballero don Quijote de la Mancha.

Pero la tradición existente en el país manchego que más hace a nuestro propósito es la que ha sido hallada en estos últimos años por el señor don. J. Giménez Serrano en el viaje que hizo por aquella comarca y refirió en su opúsculo titulado Un paseo a la patria de don Quijote, compuesto de cinco artículos publicados en el Semanario pintoresco español de 1848, y que después han sido extractados en los Recuerdos de un viaje por España. Asegura el escritor viajero haber obtenido en la misma Argamasilla de Alba las curiosas noticias siguientes. Cuando Cervantes trató su casamiento con doña Catalina de Palacios y Salazar, se opuso tenazmente a este enlace un primo de dicha señora, natural y vecino de Argamasilla, hidalgo presumido y ridículo apellidado Quesada, y conocido en el lugar por el apodo de Quijada, alusivo a lo flaco y juanetudo de su rostro. El tal hidalgo, que no creía bastante noble a Cervantes para entroncar con su familia, rompió absolutamente sus relaciones con doña Catalina; y, cuando años después se presentó Cervantes en aquel pueblo comisionado para la cobranza de los atrasos de diezmos que allí se adeudaban al Gran Priorato de San Juan, influyó para que el alcalde, llamado Medrano, le encarcelase en una bodega del alcaldesco palacio bajo el pretexto de faltar algún requisito a los documentos que le autorizaban. Supónese, en consecuencia, que Cervantes dio principio en aquella cárcel a su admirable novela, tomando por tipo de la figura de don Quijote a su pariente el hidalgo Quesada, digno de su crítica y de su venganza. Añade el colector de esta tradición que la descendencia del Quesada se conservó en Argamasilla hasta hace pocos años, como igualmente su casa, que luego se quemó, y en cuyo escudo de armas se veía un cuartel con un guerrero escalando un molino. Y cita de paso una relación oficial dada por los vecinos de Argamasilla en 1575, según la cual existían en aquel pueblo seis hidalgos notorios con ejecutoria y otros seis de nobleza disputable, relación que más individualmente menciona Clemencín, como veremos después. Parece que en la Mancha existen aún varias familias nobles del apellido Quesada.

No se halla en verdad la antedicha relación tradicional fuera de los límites de lo verosímil. Pudiera citarse en su apoyo el mismo texto del Quijote: «Quieren decir» (escribe Cervantes) que tenía don Quijote «por sobrenombre Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben») ... Y más adelante: «Puesto nombre […] a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo […], y al cabo se vino a llamar don Quijote, de donde […], tomaron ocasión los autores […] que sin duda se debía llamar Quijada y no Quesada, como otros quisieron decir». Si bien al primer pasaje copiado añade: «aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba Quijana...», y después, al fin de la obra, refiriendo la muerte de su héroe, le llama Alonso Quijano, lo cual pudo llevar la idea de encubrir algún tanto la alusión 3 . Es de advertir que la palabra Quijote no fue de invención de Cervantes, aunque por él oportunamente aplicada, puesto que desde muy antiguo significaba en castellano aquella parte de las armaduras militares que vestía y defendía los muslos; femorale, que tradujo nuestro insigne Lebrija. Esta circunstancia puede indudablemente presentarse como argumento contra la tradición que nos ocupa. Pero lo que más fuertemente la contraría es el hecho de no encontrarse el apellido Quesada ni otro alguno que se le asemeje entre los que comprendía la citada relación oficial de los hidalgos de Argamasilla dada en 1575, que el señor Clemencín tuvo presente y de donde copió los nombres de todos ellos; a saber: don Rodrigo Pacheco; N. y N. Prieto de Bárcena, hermanos; tres ídem Vuldosleyas; dos ídem Valsalobres; Gonzalo Patiño; Cristóbal de Mercadillo; Juan de Salamanca, Diego de Vitoria (que tendía, pero no gozaba nobleza), y Esteban de Villoldo, Cepeda, Ruvián (que los tres la tenían en pleito).

Es de creer que las noticias que acabamos de transcribir, referidas en Argamasilla al señor Giménez Serrano, tengan su fundamento más probable en la existencia de un hidalgo apellidado Quijada de Salazar, natural y vecino de Esquivias, pariente cercano de doña Catalina de Palacios y Salazar, esposa de Cervantes e hija del mismo pueblo; sujeto cuya existencia se halla comprobada suficientemente, y que pudo ser muy bien el que se opusiese al proyectado enlace de nuestro insigne escritor. En efecto: anotando el señor Clemencín en el capítulo último de la parte 2.ª del Quijote el párrafo en que Cervantes hace afirmar al andante caballero, ya cuerdo y moribundo, que su nombre era Alonso Quijano, escribe lo siguiente: «Aquí y en otras partes del presente capítulo se afirma decididamente que el verdadero nombre de don Quijote era Alonso Quijano, siendo así que en la 1.ª parte de la fábula se habló sobre esto con variedad e incertidumbre». Copia los respectivos pasajes de la parte 1.ª y continúa: «Si Cervantes quiso designar en su héroe algún original verdadero, lo que no es inverosímil, pudo tener este el apellido de Quijano, y Cervantes se contentaría con indicarlo del modo que lo hizo. Si después lo expresó sin disimulo al fin de su obra, acaso sería por haber muerto en el intervalo de los diez años que mediaron entre la publicación de la primera y de la segunda parte. Esta sutil e ingeniosa conjetura es del erudito don Ramón Cabrera. Por un padrón del pueblo de Esquivias hecho en tiempo de Felipe II, se ve que había en él dos vecinos llamados Alonso Quijano, mayor, y Alonso Quijano, menor; y es sabido que Cervantes casó con una señora natural de Esquivias y fue vecino del mismo pueblo… Salazar, en la Historia de la Casa de Lara, trata de don Manuel Manrique, que vivía en Esquivias, casado con doña Josefa Teresa Quijada de Salazar, hija y heredera de don Alonso Quijada de Salazar, caballero de la orden de Santiago; y, aunque la existencia de este D. Alonso fue algo posterior a la muerte de Cervantes, no sería extraño que entre sus padres o abuelos hubiese habido algunos de su mismo nombre, como sucede frecuentemente en las familias. Esta se hallaba establecida en Esquivias 4 . Avellaneda, en el capítulo 1.º de su Quijote, dijo que el nombre propio de este era el de Martín Quijada; y aun quizá por esta razón se fijó aquí Cervantes en el apellido de Quijano, desechando los de Quijana, Quesada y Quijada entre los que había titubeado en los primeros capítulos de su obra».

Otra nueva tradición sobre Cervantes, relativa a El Toboso, refiere el mismo escritor del Paseo a la patria de don Quijote. Redúcese a suponer que, fugitivo el ilustre ingenio de Argamasilla de Alba, llegó a El Toboso, donde le concedió albergue un rico labrador llamado Lorenzo, que tenía una hija muy coqueta y muy galanteada. Como se esparciese a la hora en el lugar la nueva de haber llegado un viejo sacamantas huyendo del otro pueblo, fueron aquella noche en su busca varios mozos borrachos para darle un baño en las Tenajerías, según acostumbraban con los recaudadores comisionados. Negole el compasivo Lorenzo, pero le descubrió su hija, y el triste de Cervantes fue arrastrado por aquellos villanos hasta que, acudiendo unos cuadrilleros de la Santa Hermandad, le libraron de sus garras para conducirle preso al pueblo de Argamasilla. Los que tal cuentan claro está que deducen ser la hija del labrador Lorenzo el tipo de Dulcinea del Toboso, de cuya sin par señora vamos a ocuparnos.

Las investigaciones de don Diego Clemencín, apoyadas en otra más positiva tradición y en el texto mismo del Quijote, y fundadas en documentos fehacientes, ofrecen tal conjunto de probables conjeturas acerca de la persona a quien aludió Cervantes en su figura de Dulcinea que puede casi tenerse por descubierta.

El Toboso, donde, según hemos dicho, se conservaba años hace el recuerdo de haber allí sido atropellado y maltratado Cervantes por cierto chiste o picante requiebro que dirigió a una moza, del cual se ofendieron sus parientes e interesados, existe una casa denominada de la Torrecilla, de la cual asegura la tradición del país que fue donde vivió la famosa Dulcinea. Cervantes, en el pasaje a que se refiere la nota del señor Clemencín que vamos a extractar (capitulo 32 de la parte 2.ª), hizo decir a don Quijote: «Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en El Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos». A buen seguro que no le cabe poca «parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Helena y España por la Cava, aunque con mejor título y fama». Y antes, en el capítulo 13 de la parte 1.ª: «No es [el linaje, prosapia y alcurnia de Dulcinea] de los antiguos Curcios […] ni de los modernos Colonas y Ursinos, ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña; ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia […], pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos». En otro pasaje (parte 2.ª, cap. 3.º) puso en boca de Sancho lo siguiente: «Nunca [...] he oído llamar [...] Don a mi Señora Dulcinea, sino solamente la Señora Dulcinea del Toboso...».

Pues bien: la Relación dada al Gobierno en 1576 por el pueblo del Toboso, que con otras se conserva en la biblioteca del Escorial (relativas todas al mismo punto de la citada de Argamasilla), dice: «que la mayor parte de su población era de moriscos, y que no había nobles, caballeros ni hidalgos». «Son todos labradores los vecinos (dice), sino es el DOCTOR ZARCO DE MORALES, que goza de las libertades que gozan los hijosdalgo por ser graduado en el colegio de los Españoles en Bolonia en Italia». Nótase la burlesca y maligna ironía con que Cervantes habló en el primer pasaje copiado de los hidalgos linajes del Toboso, y la marcada alusión del segundo al único […] linaje de los del Toboso de la Mancha, aunque moderno, capaz de dar generoso principio a los más ilustres de la posteridad, alusión afirmada por las expresiones de Sancho.

Con estos antecedentes sorprende agradablemente al curioso el saber que la casa de la Torrecilla, donde los toboseños aseguran por tradición que vivió Dulcinea, es cabalmente la que habitó con su familia el único y moderno hidalgo expresado en la referida relación: el doctor Zarco de Morales. Este señor doctor (en jurisprudencia, sin duda), llamado Esteban Martínez Zarco de Morales, fue hijo de Pedro Martínez Zarco y de doña Catalina Morales, probablemente el más rico e ilustrado del pueblo; así es que formó y firmó con un deudo suyo la citada Relación de 1576 a nombre y por comisión de sus convecinos. Tuvo un solo hijo, a quien, por un capricho originado de su educación y residencia en Italia, puso el nombre de Flaminio. Este procreó otro del mismo nombre, en cuya cabeza fundó el doctor su abuelo un mayorazgo el año de 1599. Falleció el doctor Zarco en febrero de 1600. Del expediente judicial seguido entre sus sucesores sobre la capellanía en que después se convirtió dicho mayorazgo constan estas dichas noticias y la siguiente: El doctor Zarco de Morales tuvo dos hermanos, llamados Bartolomé y Ana. Esta, según se infiere del silencio de las diligencias judiciales, no llegó a tomar estado; y debió nacer antes del año 1557, en que dan principio los libros de la parroquia del Toboso, puesto que no existe en ellos su partida de bautismo. Ana Zarco de Morales, hermana del doctor Zarco, es persona a quien puede fundadamente sospecharse que aludió Cervantes en su pintura de Dulcinea. Hija de labrador y educada en una tosca población, Ana Zarco debió de estar muy instruida en las faenas domésticas de semejantes casas, y avezada a las costumbres que le son anejas. Permaneciendo soltera, es de creer que siguiese habitando la casa paterna en compañía de su hermano, cuyas preeminencias hidalgas de colegial boloñés la granjearían el tratamiento medio de Señora En el epitafio de Dulcinea hecho por el Tiquitoc, académico de la Argamasilla, dice su autor: Fue de castiza ralea, / y tuvo asomos de dama; / del gran Quijote fue llama / y fue gloria de su aldea. . El vicio, tan frecuente en los lugares, de burlarse con todos y hacer de todo mueca y donaire pudo tenerle en más alto grado nuestra Ana, orgullosa con los humos de su hermano el doctor.

El nombre de Dulcinea es contrahecho por el estilo de muchos pseudónimos usados en los libros poéticos y novelescos, conservando solo alguna sílaba o letras del verdadero. Así Cervantes hizo del suyo propio ELICio, y llamó a su Catalina GALATeA; Lope de Vega se llamó BELArdo: Arguijo ARcIcIo y ARGIO. En Dulcinea vemos la sílaba AN, la letra C, la preposición DE y la letra L de Ana Zarco de Morales. Y en el otro nombre que la da Cervantes de Aldonza Lorenzo vemos terminante la palabra ANA, la letra inicial Z y las letras D, E, y L. Por la inversa, también de aNA ZarCo DE mOraLEs se saca DOLZENEA. Dice que fue hija de Lorenzo Corchuelo, en cuyo nombre hallamos Z…RCO; y de Aldonza Nogales, que presenta casi completo el nombre de Catalina Morales: ( ...AL…N..A...O…ALES ). A estas mis observaciones anagramáticas añadiremos la que hace el señor Clemencín de ser los nombres Nogales y Morales propios ambos de árboles, consonantes y equisílabos. Y al mismo tiempo, las muy delicadas de nuestro ilustre escritor el señor don Juan Hartzenbusch en sus Observaciones al Comentario del «Quijote» por el insinuado Clemencín: «Tomando solo de Ana Zarco de Morales el nombre Ana con el apellido último de Morales y repitiendo una vez las letras O, L, y S, resultan los nombres Aldonsa Loremsa; pero usando también del primer apellido Zarco y repitiendo una O y la L salen perfectamente las dos palabras Aldonza Lorenzo […]. Aún hay más. A la madre de Dulcinea dio Cervantes el nombre de Aldonza Nogales; la madre de Ana Zarco se llamaba Catalina Morales: antepóngasele un de al apellido y con las letras de él y del nombre, repitiendo la C, la N y la O, formaremos Aldoncia Nocales [...]. Si no se pone la preposición y se repiten la C y la O resulta Altancia Nocales [...]. Todavía puede añadirse algo. Cervantes llamó al padre de Dulcinea Lorenzo Corchuelo, y, aunque las letras de este nombre no se avienen con las de Pedro Martinez Zarco, padre de Ana; aunque es probable que con el sobrenombre de Corchuelo, diminutivo de Corcho, quiso Cervantes ridiculizar el original que tuvo presente y tildarle de seco y soso, de hombre de poco peso y leve capacidad, todavía, examinando las letras de las palabras El hidalgo Zarco (pues así vulgarmente se le llamaría) y repitiendo las letras E, O, R y C dan las dos dicciones Lorenzo Gorchielo, sobrando las letras A, A y D». Por último, añadiré que en el nombre de Dulcinea puede también calcularse la significación de dulce Ana o Anica.

Las circunstancias que constan reunidas en Ana Zarco de Morales, de solterona y hermana del más notable toboseño, agregadas al hecho que parece muy probable de haber estado Cervantes de comisionado cobrador en aquel pueblo, dan materia para mil cálculos, apoyados en la tradición, sobre lo que pudo ocurrir al escritor alegre con dicha señora, y motivar acaso la maligna comparación que hace de la fama de Dulcinea con la de Helena y de la Cava y el burlesco retrato que de ella nos pinta. No concluiré este punto sin llamar la atención sobre el espíritu con que Cervantes calificó a la capacidad intelectual de generoso principio posible de los más ilustres linajes futuros.

(Se continuará.)

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