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Prensa y canon · Polémicas

“El correo de Alquife, o segundo aviso de Cid Asam-Ouzad Benenjeli (VII y último)”

Autor del texto editado
Díaz Benjumea, Nicolás (1829-1884)
Título de la obra
Revista Hispano-americana. Política, económica, científica, literaria y artística, año III, n.º 38, 12 de julio de 1866
Autor de la obra
Angulo Heredia, Antonio (dir.)
Edición
Imprenta a cargo de José Rodríguez, 1866
Paginación
pp. 641-644
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 20 abril 2026

El correo de Alquife o segundo aviso de Cid Asam-Ouzad Benenjeli

(VII y último)


Aquí debiera finalizar este breve extracto si no tuviéramos que consignar un hecho curioso, digno de especial mención, y cuyo examen servirá de apéndice y epilogo de este trabajo, puesto que forma una prueba o evidencia externa del sentido interno que se ha indicado, y es en cierto modo la representación pictórica o emblemática de la alegoría.

Se ha visto cómo Cervantes ajusta todo el arsenal mitológico de la caballería a su intención y propósito, o, valiéndonos de su expresión, a su sotil disinio. Una de las piezas importantes de este arsenal es el escudo. En el poema y en sus versos accesorios se habla mucho del escudo de don Quijote, de jeroglíficos, de figuras, de empresas y de motes estampados en él; mas parece que el autor, de hecho pensado, dejó este punto sin decidir, y ,tras de muchas opiniones y vacilaciones del hidalgo sobre la empresa y mote que había de grabar en el escudo, llega a su aldea y casa con el escudo en blanco, como novel caballero.

En el capítulo II de la primera parte, dice el héroe que, aun después de recibida la orden de caballería, había de llevar armas blancas, sin «empresa en el escudo hasta que por su esfuerzo la ganase».

Armado ya caballero, la primera vez que vuelve a hablar del escudo es en el capítulo XIX, en que le llama Sancho El Caballero de la Triste Figura, y propone pintar en su escudo una muy triste figura. En la Estafeta de Urganda expliqué lo que este apelativo significaba; y, si el hidalgo no cumple su propósito, es por seguir el consejo de la Desconocida de no estampar imágenes indiscretas en que se viera claramente una alusión personal a la suerte del autor:

que cuando es todo figu-
con ruines puntos se envi-.


En el capítulo XVII de la segunda parte resuelve mudar su apelativo por el de El Caballero de los Leones; pero en este, como en el otro caso, el escudo permanece en blanco.

Parece imposible que Cervantes recordase en tres ocasiones el escudo, sus motes y jeroglíficos o imágenes, y que dejase incompleto este punto tan importante de la mitología caballeresca. Si don Quijote era tan curioso imitador de los pasados caballeros, ¿cómo no piensa en la importancia del escudo y de su empresa? ¿Cómo un loco tan presumido de valiente, que tantas victorias cree haber ganado y tantas empresas acometido, no escoge una para grabarla y estamparla en su escudo a imitación de los perfectos caballeros andantes? Por poco versado que cualquiera esté en libros de caballerías y en prácticas caballerescas, sabe que el campeón, armado y calada la visera, por la empresa y mote del escudo se distinguía, que ella era su blasón y su heráldica, que por ella se daba a conocer, y en ella revelaba la divisa moral debajo de la cual campeaba. Y, sin embargo, ¡qué silencio el de Cervantes en materia tan esencial! ¡Qué olvido tan inexcusable!

Bien se advierte por qué don Quijote no lleva empresa ni mote en su escudo. Si la dicha imagen había de representar la fisonomía de su pensamiento, si había de revelar el espíritu que le movía en su peregrinación, Cervantes se comprometía a ser demasiado explícito y trasparente; los emblemas del escudo habían de ser la síntesis de su sentido o pensamiento esotérico, y había de leerse en esa portada lo íntimo del alma de don Quijote. Prefirió, pues, y prefirió con acierto, excusarse de esa indiscreta revelación, dejar el escudo en blanco y a su héroe falto de ese notable requisito y complemento del caballero.

No obstante, al examinar la cuarta espinela de Urganda, vemos que está expresamente dedicada a hablar de escudos y hieroglíficos. En ella dice:

No indiscretos hieroglí-
estampes en el escu-.


El consejo no es de que absolutamente deje de estamparlos, sino de que no los estampe indiscretos, y va dirigido, al parecer, al libro, y no al escudo de don Quijote. ¿Es posible que diez versos de esta poesía tan importante, misteriosa y significativa estén como en el aire, sin objeto, sin relación alguna con la obra? ¿Faltaba a Cervantes ingenio para cumplir con esa discreción que recomienda?

Ya hemos visto que los hieroglíficos que pudiera haber representado en el escudo del hidalgo corrían el riesgo de parecer indiscretos, por ingeniosos que fuesen. Pero, si no están en su escudo, ¿hemos de concluir que no se hallan en ninguna parte?

No se pierda de vista que la sabia Urganda habla con el libro y se dirige al libro, y, al examinar este, hallamos que la primera vez que sale al público lleva en la portada un emblema o hieroglífico que se llamaba escudo, insignia o divisa, y de cuyo origen y significación diremos lo necesario. Hoy, que he tratado de desentrañar el espíritu del Quijote, por un hecho providencial vienen los adelantos de las artes a reproducir, popularizar y universalizar ese notable escudo de la primera edición, que parecía perdido e ignorado, y, gracias a los progresos de la fotografía, corre de mano en mano ese emblema que vieron los lectores del siglo XVII, que encierra un significado importante y que tiene una relación estrecha con el espíritu del poema.

Yo no osaré afirmar que la idea del trazado y la inspiración de los signos sea obra de Cervantes, aunque revelan un ingenio muy superior, y coincide su aparición primera con la época en que Cervantes se hallaba en relaciones con Juan de la Cuesta. Me limito a señalar las circunstancias extraordinarias y la paridad y acuerdo que existe entre los hieroglíficos de este escudo y las alegorías ya explicadas. Los lectores juzgarán.

Para el mejor ordenamiento trataré con brevedad de los tres puntos siguientes:

1.º Significación de las divisas tipográficas.

2.º Origen e historia de la divisa de Juan de la Cuesta.

3.º Blasón del escudo del libro del Quijote.

¿Qué fueron las divisas de los impresores?

La respuesta es muy sencilla. ¿Cuál es la naturaleza de su arte o industria?

La imprenta sirve para difundir la instrucción y los conocimientos. Luego, siendo este su objeto, las divisas debieron tener con él alguna relación. En estas armerías o escudos de gremio o comunidad no hubo al principio prensas, ni rollos, ni cajas pintadas como insignias de la profesión. Esto era demasiado material y grosero. Hubo, sí, emblemas, insignias espirituales. Las figuras, los lemas y piezas del escudo aludían a ese instrumento moral que en la sociedad representaban los impresores con respecto a la educación del espíritu. Un sentimiento de dignidad elevaba a los discípulos de Fust y Guttenberg a tener una verdadera conciencia de lo que moralmente contribuían al desarrollo del saber humano, dando a esto más importancia que al materialismo de dar estampadas las ideas.

Las divisas, pues, eran emblemas de esta misión de la imprenta, y fueron coetáneas de las primeras impresiones que se hicieron, pues, aunque no la llevó la Biblia Mazarina de 1542, apareció ya la primera en la que estamparon Fust y Schoeffer diez años después. No la usó el impresor alemán inmediatamente posterior a los mencionados; pero Boengart, que imprimía en Colonia hacia aquella época, introdujo una, asaz disforme, que llenaba toda una hoja en folio, y que fue imitada por muchos impresores. Los famosos Juan de Colonia y Octaviano Scot las introdujeron en 1481; mas hasta la época de la Reforma no comienza la importancia de estas armerías, ni a participar de la índole de la que apareció en el Quijote.

Vinieron con la reforma la intolerancia y la previa censura de los libros. Ya las divisas no pudieron menos de caracterizarse por alguna relación o alusión a aquel nuevo estado de cosas. Si el objeto de la imprenta era la difusión de las ideas, claro es que nada se oponía más a su misión que la previa censura y la intolerancia, que venían a impedir y a estorbar su movimiento. Los símbolos y emblemas de la heráldica tipográfica habían de sufrir una reforma, pues, como no había entonces los infinitos canales por donde hoy se desagua la oposición, el espíritu de protesta, la idea liberal y revolucionaria, y, sin embargo, esta oposición existía, se manifestaba más o menos directamente: si no en palabras, en figuras; si no claramente, por señas. De todo se echaba mano; todo se aprovechaba para burlar al molesto despotismo. ¿Habían de olvidarse las divisas? Los ejemplos que pudiera presentar son numerosos; pero bastará concretarme a la del Quijote, cuyo origen e historia expondré brevemente.

Juan de la Cuesta usó de varios escudos en sus ediciones, aunque libros salieron impresos de su oficina que no llevaron ninguno. Pudiera, con mayor espacio a mi disposición, enumerarlos todos; mas citaré solo, entre los que no llevaron divisa, Los diálogos de la naturaleza del hombre, libro impreso en 1616; el Minerva Ciceronis, de Diego Blas de Segura, en 1626; La concordancia de los derechos civil y canónico con las leyes de Partida, de Sebastián Jiménez, en 1611; y la obra de Pedro Leydem, en 1610.

En 1605, año en que se imprime el Quijote, salen de sus prensas las obras de Luis Blosio, con escudo cuadrado, en cinco cuarteles, en cuyo centro está el de las hermandades sacramentales, rodeado de las figuras de los cuatro evangelistas; y los Emblemas morales de Horozco y Covarrubias llevan otro escudo diferente y un lema que dice: Par sit fortuna labor; y La Jerusalén conquistada, otro escudo representando un sagitario, y este lema: Salubris sagita a Deo missa.

El emblema o escudo del Quijote aparece por vez primera en 1604, en el Romancero general que imprime Cuesta, en el año mismo en que se da la licencia a Cervantes para publicar su poema, y cuando está en inteligencia y correspondencia con este impresor de Madrid, circunstancia que no se ha de perder de vista al notar las alteraciones y modificaciones que vemos en dicho escudo, tan singulares y extraordinarias, que no pueden atribuirse a un ingenio vulgar, ni su estampado en el Quijote, cuyo espíritu misterioso reproduce, a una mera coincidencia o elección arbitraria.

Ahora veremos qué fue en su origen este escudo, qué variaciones experimentó, cómo vino a noticia de Juan de la Cuesta, y qué adiciones y cambios se le hicieron por una mano maestra en esta época crítica de que vamos hablando.

El linaje de este escudo remonta nada menos que a la Universidad de París, que siglos antes usó un emblema o armería, una de cuyas piezas o figuras encontramos en el escudo del Quijote, y es la mano que sale de entre las nubes o torbellino de humo. Tenía por lema: Hic et ubique terrarum, y la figura era propia de un instituto de enseñanza, pues alude a las nubes que envuelven la mente de los discípulos, que con la mano y ayuda de los maestros salen de entre el espeso humo de la ignorancia a la diáfana claridad del saber.

Un impresor de Venecia, llamado Eneas Alaris, tomando esta figura de la armería universitaria, la aumentó, poniendo encima de la mano un halcón encapirotado, y pendiente de ella una cinta o lazo en que se lee: Dac in altum, y en esta forma entró por primera vez en el dominio de los libros de caballería en 1565, apareciendo al frente de la edición veneciana de El Palmerín de Oliva, circunstancia notable y significativa.

Después de Eneas Alaris, casi después de un siglo, aparece esta divisa en España, en el más famoso de los libros caballerescos. Y, ¿cómo aparece? ¿Es el mismo escudo del veneciano Alaris? No; hay en él aumento de piezas y figuras, complemento de las existentes, variación total de mote o lema; una composición, en suma, ingeniosa y adecuada a la obra en que figura. Es cierto que sale simultáneamente en dos obras, en el Romancero y en el Quijote; pero, si conviene a este en todas sus partes, y no a aquel, ¿sería aventurado decir que fue confeccionada para el Quijote y no para el Romancero? ¿No podría conjeturarse que, para no llamar la atención demasiado, se apeló al recurso de publicarlo con algunos días o meses de anticipación?

Los lectores comprenderán si hay fundamento para esta conjetura.

Tratemos de blasonar y explicar el escudo, que por fortuna corre hoy en manos de todos.

El escudo tiene forma oval.

En el flanco diestro, hay un torbellino de humo o nubes cirro-cumulus, de las que sale, ordenadas en faja y palo, una mano con un ave encapirotada.

La divisa de Alaris tiene nubes bien delineadas con mano y halcón; pero el cuello del halcón esta libre y desembarazado. En el del Quijote un lazo le oprime y parece como que le ahoga.

De la mano, en el escudo de Alaris, pende una cinta, con el lema mencionado de Dac in altum.

En el del Quijote la cinta se convierte en estola, claramente delineada, imposible de confundirse con faja, banda, cinta o lazo alguno, y carece de lema.

En la parte superior y centro del jefe del escudo de Cuesta, por encima de la orla, se ve una cabeza, al parecer de hombre, soportando una telera, por cuya muesca se introduce un husillo o espiga que oprime el cerebro y prensa el cráneo. Esta pieza o figura no se encuentra en el veneciano.

En la punta o base del escudo español o del Quijote se ve un león mohíno, postrado, aletargado o, mejor dicho, en profundo sueño. El escudo de Alaris no tiene león alguno, ni rampante, ni pasante, ni durmiente.

Por último, en el escudo español el lema esta trasplantado a la orla, y dice: Post tenebras spero lucem.

Son, pues, las diferencias y modificaciones las siguientes: Humo, estola, nuevo mote, león durmiente, lazo en el cuello del ave, y cabeza oprimida por un tornillo.

Es decir, la divisa es completamente nueva. En su confección predomina una idea y una lógica rigurosa. Es un emblema que habla con signos al entendimiento. Es una alegoría pictórica que reproduce en todas sus partes el significado de la alegoría poética. La pluma y el buril están en maravilloso acuerdo. Veamos en qué manera.

El torbellino de nubes indica oscuridad, tinieblas; pero el contorno parece representar más bien humo o llamas, figurando las de las hogueras de los autos de fe.

La mano que de las llamas sale con una estola representa al clero inquisitorial; no al clero ilustrado que enseña, sino al ignorante que se ensaña. No obstante la tosquedad del grabado, se ve que la mano esta calzada con manopla, para significar su férreo yugo.

El ave que posa sobre la manopla tanto semeja un halcón como un ave parlera. Si es halcón, y el lazo del cuello son las cintas del capirote, denota la imposibilidad de elevar la inteligencia el vuelo a las regiones altas. Si ave parlera, el lazo en la garganta indica que se ahoga la palabra, que se prohíbe la expresión del pensamiento. En ambos casos el capirote es emblema de la caperuza de penitente relajado, de esa caperuza que era el de los escritores de aquella época; de esa caperuza que puso miedo en fray Luis de León:

que suelen en caperu-
dar a los que grace-,


dice Urganda en sus versos al libro, y dar en caperuza significa traslaticiamente dar que sentir, como sabía Cervantes por experiencia.

Esta opresión del pensamiento se representa de manera más clara en la cabeza que corona la orla, puesta entre un tornillo que la aprieta y estrecha violentamente. El arte del dibujo no podía ir más allá en el simbolismo, ni con líneas se podía representar más al vivo aquel estado de cosas.

El león, según la ciencia heráldica, significa majestad, autoridad, poderío, vigilancia, grandeza. Se le pinta en los escudos rampante, de perfil, con la cabeza erguida, la boca abierta, la lengua de fuera, las manos elevadas, la diestra más alta que la siniestra, descubiertas las presas y con la cola alta. Así está pintado en nuestro escudo nacional; así representa al pueblo español, pueblo de héroes; así representa todas esas grandes y nobles cualidades que en el rey de los bosques el blasón simboliza. Pero ¿qué representa ese león postrado? ¿A quién simboliza un león tendido, aletargado, con la cola entre piernas? ¿por qué se pinta al pueblo español debajo de la estola adormecido, bajo esa mano de hierro que sale de entre las llamas de una hoguera? No, no es este el pueblo que asombró al mundo con su poderío. Aquella es la pintura de su decadencia, la pintura de su servidumbre y abatimiento.

Ahora bien, o los signos y las figuras significan esto, o no significan nada. ¿Será posible que este ordenamiento y disposición sea casual y no efecto de un plan estudiado del artista? Que pueda una figura representar al acaso esta o la otra idea o designio, y prestarse a variedad de inteligencia, lo comprendemos. Pero que muchas se concierten, formen un lenguaje mudo, conspiren a revelar un mismo pensamiento y sean partes de un todo único y armónico; que este todo reproduzca y sintetice en emblemas al frente de un libro lo que en este libro se muestra por alegorías, y que no haya plan preconcebido ni intención premeditada, no podemos admitirlo.

Pero no es esto lo sorprendente en el escudo del Quijote. Poco importará que los signos pictóricos de esta divisa tuviesen relación con el artificio alegórico de algunas aventuras, si el lema o mote, que viene a ser como el alma de estos cuerpos del blasón, careciese de correspondencia o afinidad. Pero ¿qué es lo que vemos? Vemos con admiración que el lema o divisa espiritual del escudo es el lema o divisa espiritual del hidalgo; es el lema que don Quijote hubiera inscrito en su escudo a haber grabado en él alguna empresa.

Ofrece el escudo del libro esa melancólica y desoladora pintura del pueblo español, y como para confortar y levantar el ánimo, circúndala una orla de esperanza, y dice al que la mira abatido: tras estas tinieblas vendrá la luz.

Trasplantémonos ahora del escudo al campo de batalla. El héroe esta vencido, melancólico, abatido, llorando el encanto y transformación de Dulcinea. Sancho, egoísta y sensual, ha gozado en parte de los bienes materiales y groseros. «Por mí te has visto gobernador ⎼le dice don Quijote⎼, y por mí te ves con esperanzas propincuas de ser conde o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto tarde en pasar este año, que yo post tenebras spero lucem».

Sí, el triunfo de los Sanchos está siempre a la mano. El ideal del materialista presto se cumple en medio de la degradación y la humillación de los pueblos. Mientras más degenerada está la sociedad, más triunfan, más se elevan, más frecuente es la apoteosis de los Sanchos; pero el ideal de don Quijote está siempre en lontananza; vive de la esperanza, se sostiene en la lucha y se alimenta con la fe. El materialismo grosero teme, como Sancho, mortificarse y macerar sus carnes, retardando siempre el desencanto de Dulcinea; pero la humanidad, como don Quijote, es incorregible: mientras más abatida, más espera; mientras más vencida, más cree en sus victorias; mientras más la degradan los vicios, mayor es su fuerza para rehabilitarse. Como el hidalgo, va tropezando y cayendo; pero en medio de sus caídas y de su ausencia de Dulcinea, la invoca, la ama, es capaz de todo por ella; y hoy uno, mañana otro, va venciendo gigantes y enviándolos rendidos ante las gradas de su brillante trono.

Más pudiera añadir, pero tal vez me he extralimitado de mi propósito. Pretendía solo acallar el sinnúmero de pueriles objeciones que se han hecho negando que hubiese pensamiento alguno importante entrañado en el Quijote. La mejor respuesta era comentar una de las aventuras, y comentarla llevando la evidencia al ánimo de los más incrédulos. Destruir las bases de mi interpretación es punto menos que imposible. Yo reto a los críticos a que lo intenten, y si lo logran, creeré en otra maravilla del Quijote: la concurrencia del genio y del acaso.

Se había dicho también, interpretando mal la Estafeta de Urganda, que yo reducía el Quijote a una simple cuestión personal del autor, a una pobre alegoría de asuntos particulares. Los críticos se desengañarán ahora. Hay asuntos particulares, sí; pero Cervantes supo enlazarlos con la causa común, con la causa nacional, con los intereses universales de la humanidad. Habla y se queja una víctima, pero esta víctima representa a todos los que sufren. Es genio, y engrandece y extiende sus miras y toma sobre sí cuidados ajenos, y defiende los fueros de la razón y la libertad opresas, y flagela todas las tiranías y engaños: todas, porque hombre es, y ninguna desdicha humana le es indiferente.

Dos palabras por conclusión.

Se ha hablado recientemente de una carta coetánea de la publicación del Quijote, y hallada en archivos de Venecia por un súbdito británico. En ella se dice que el Quijote contiene sátira política oculta en alegorías. Me felicito de que este descubrimiento venga a confirmar lo que desde 1859 he venido sosteniendo; pero sospecho que la dicha carta sea en resumen el contenido de la de Ruy Díaz, y no añada un punto a lo que constituía el fondo del Buscapié en posesión del conde de Saceda. Si se cree que hay sátira dirigida contra personajes públicos, como el conde de Lerma y otros, y que la mencionada carta puede dar clave para descifrar y refigurar caracteres en el Quijote, no vacilo en asegurar, desde ahora, que es una nueva ilusión, como otras tantas formadas por quienes no comprenden la índole de la sátira de Cervantes. La que en el Quijote existe, no solo en la aventura que he explicado, sino en otras que explicaré más adelante, es de la naturaleza general y trascendental que hemos visto: va dirigida a instituciones, a ideas, a sistemas, y de ningún modo al mezquino, estrecho y pobre círculo de las personalidades. Si excepción tiene esta regla, es solo con respecto a Blanco de Paz, y razón tenía Cervantes para hacerla.



Nicolás Díaz de Benjumea

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