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Prensa y canon · Polémicas

“Variedades”

Autor del texto editado
Díaz Benjumea, Nicolás (1829-1884)
Título de la obra
El Contemporáneo, n.º 1019, 1 de mayo de 1864
Autor de la obra
Jacobo y López, Pedro (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de M. B. de Quirós, 1864
Paginación
p. 3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 mayo 2026

VARIEDADES


Nuestro distinguido amigo el señor don Nicolás Díaz Benjumea nos remite la siguiente carta, referente al curioso Libro de retratos de varones ilustres, hecho por el insigne sevillano Francisco Pacheco, y del que ya tienen amplia noticia nuestros lectores:



Señor Director de El Contemporáneo.

Muy señor mío y de todo mi aprecio: En el número del viernes 29 de abril he leído una carta del señor don José María Asensio en la que se hace una reseña de la historia y contenido del Libro de retratos de hombres ilustres, hecho por el insigne pintor sevillano Francisco Pacheco, hoy por felices casualidades en poder de dicho señor. Su lectura me sugiere varias reflexiones, que creo oportunas en estos momentos en que la atención pública se halla preocupada con la agradable noticia del hallazgo del retrato auténtico de la vera efigie de Cervantes.

En efecto, días ha que la mayor parte de los periódicos de la corte y de las provincias nos dieron la gratísima nueva del milagroso hallazgo de un álbum que, entre otros de personajes célebres en ciencias, letras y artes, contenía el rostro mesmo, la mesma figura, la fisonomía mesma del monarca de la república literaria española. La alegría que esta nueva causó en apasionados e indiferentes no es para descrita, porque el hallazgo no solo suponía el conocimiento personal, por decirlo así, del autor del Quijote, sino que, sabida la costumbre que Pacheco tenía de añadir apuntes biográficos de los amigos que retrataba, nos lisonjeábamos con la esperanza de ver puesto un término a las acaloradas disputas sostenidas sobre el lugar de su nacimiento, y que hoy, cuando ya parecía ejecutoriada la sentencia que le daba patria conocida, se halla más que nunca en duda, merced a las investigaciones y argumentos presentados por el señor don Ramón Antequera, vecino de Argamasilla y mantenedor de las tradiciones que en Alcázar de San Juan ha conservado el pueblo con fidelidad sin ejemplo.

Confieso a usted que ventura tanta me parecía imposible, y aun inmerecida por nuestra habitual indolencia, aun contando con las felices casualidades, pues todo lo que nos importa lo debemos a las casualidades. Otra cosa fuera si se tratase de escudriñar escribanías y buscar procesos o notas, como las del menaje de casa que debimos a la incansable diligencia de Pellicer, y, en suma, todo aquello que pueda causar disfavor a nuestro ilustre ingenio. Era de creer que el libro de Pacheco existiese en España, y la razón que me tengo es que no se sabía de él pelo ni hueso; pues, si a dicha hubiese ido, como temía el actual poseedor, a algún museo extranjero, esté usted seguro que ha muchos años que el mundo de los curiosos estaría satisfecho, y el tesoro asegurado de vicisitudes.

Era de suponer también que el dicho libro no contuviese el retrato de Cervantes, y para esta suposición me tengo abundancia de razones. Una de ellas es la persuasión en que estoy de que Cervantes tuvo propósito deliberado de no dejar señales claras y distintas de su persona ni de su patria y vida, persuasión que no destruye la noticia misma dada por Cervantes de su retrato hecho por mano de Juan de Jáuregui, pues esta obra no implica aquiescencia ni voluntad por su parte, pues bien pudo hacerlo su amigo de memoria. Y si en el libro de Pacheco hubiese existido, ¿qué diríamos no ya del patrimonio, sino del sentido común de sus poseedores? No era un patán, un rústico, un hombre sin educación el que en reciente época poseía el álbum. sino nada menos que un médico. como aquel de marras que en una caja de plomo, según el señor don Adolfo de Castro, padre putativo del Buscapié, tenía los manuscritos o memorias de los hechos de don Quijote. En 1830, dice el señor Asensio, lo poseía ya don Vicente Avilés, médico de la villa de Fuentes de Andalucía, y ya por estos años tenía el público hambre y sed de investigaciones respecto a Cervantes. No digo nada de los que a su muerte fueron sus depositarios. ¿Es posible que estuviesen en lazareto y apartados como por cordón sanitario de la comunicación con las ideas o con las personas letradas? Todo es creíble; pero hay más probabilidades para creer que en el tal libro no apareciese retrato alguno de Cervantes, pues muy sandios debían de ser los poseedores que, viendo alborotada la república de las letras, y perdida en un mar de dudas y laberintos, no salían a ponerla en paz diciendo esta boca es mía.

De aquí mi razón de dudar cuando en estos días pasados se anunció la aparición del retrato de Cervantes en Sevilla. ¿Podía ser este suceso independiente de relaciones con el mencionado libro de Pacheco? No, sin duda; antes, se expresaba que el retrato era uno de tantos notables entre los que formaban la colección del ilustre artista sevillano. Su autenticidad en tal caso era irrecusable. No obstante, la duda seguía extendiendo, como diría un poeta, sus tenebrosas alas. Lo primero que debió saber el público, porque no había necesidad de largas epístolas, sino de dos letras para el caso, era qué patria le asignaba Pacheco, caso de haber puesto su epítome biográfico; y lo segundo, si se parecía al que los españoles e ingleses conocemos por rostro del autor del Quijote. Desde el punto y hora en que faltó esta revelación tan natural y consiguiente, no vacilé en comunicar claramente mis sospechas de que no había tal retrato de Cervantes en la colección hallada, por más que sea una gran ventura la feliz casualidad que nos hará conocer los de varones ilustres de los siglos XVI y XVII. Cuanto he leído después acerca del precioso libro es lo que vulgarmente decimos música celestial, y los que han sido sorprendidos y creyeron poseer la fotografía del príncipe de los ingenios deben leer la lista de los personajes cuyos son los retratos encontrados, y ver, ¡oh dolor!, ¡oh esperanzas vivas muertas en su flor!, que no se menciona ni siquiera al margen ni en postdata ni en nota el nombre de Cervantes.

¡Quedamos lucidos! Tiempo hacía desde la pasada broma de El buscapié que no corría una filfa de tal calibre por los dominios de España, siempre grave y formalota en estas materias. Pero extraño es el disimulo con que se va descartando el nombre de Cervantes de la cuestión del libro de Pacheco, supuesto que el actual poseedor debe saber que la prensa ha propalado este rumor, y que tales aseveraciones de alguna parte han nacido, si ya no es que hemos de achacarle, como Sancho lo del rucio, a yerro de los impresores. En suma, lo único que nos resta, en lo que a Cervantes toca, es saber a quién, dónde y cómo tuvo lugar esa super-visión de su retrato, o si, en efecto, muchos le vieron, y si su repentina desaparición ha de atribuirse a las brujas, los duendes, los mozos o los malignos encantadores, que todas sus cosas tocaban. Téngase cuidado de rociar el álbum con una escudilla de agua bendita, que todavía es posible que entre el forro, o al trasluz, como los sellos del fabricante de papel, aparezca el codiciado retrato; o tal vez, y es lo que más creo, los dichos mozos encantados hayan transformado su figura en la de algún maestro o fraile, licenciado o bachiller, de los que en él se contienen, y han de ser los que forman los números 31 y 32 de la lista. Si este recurso falta, la esperanza no puede quedar más muerta, ni más acreditada la musaraña.

Se repite de usted afectísimo amigo y seguro servidor, que besa su mano.



Nicolás Díaz Benjumea

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