“Refutación de la creencia sostenida hasta nuestros días de que el Quijote fue una sátira contra los libros caballerescos. III”
- Autor del texto editado
- Díaz Benjumea, Nicolás (1829-1884)
- Título de la obra
- La América. Crónica Hispano-americana, n.º 16, 24 de octubre de 1859
- Autor de la obra
- Asquerino, Eduardo (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de La América, a cargo de F. S. Medirolas,
1859
- Paginación
- pp. 6-8
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
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Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 mayo 2026
Refutación de la creencia sostenida hasta nuestros días de que el Quijote fue una sátira contra los libros caballerescos.
III
Que el libro de Cervantes acabó con las historias fabulosas de los andantes caballeros fue una verdad cuestionable para todos aquellos críticos que han sostenido la opinión que venimos combatiendo. Según ellos, la crónica de Policisne de Boecia fue el último libro de caballerías que se compuso y salió a luz, y esto acaeció tres años antes de la publicación del Quijote. Era necesaria esta aserción, aunque pugnase con la verdad histórica, para dar valor a la obra de Cervantes como sátira de los tales libros. Hoy, sin embargo, se tiene por averiguado, apoyándose esta certidumbre en testimonios irrecusables, que, después de la publicación de la primera parle del Quijote, salieron a luz cuatro historias más de caballerías, inclusa en este número la de Avellaneda, a que aquel dio origen. El cómo pudo sostenerse lo contrario solo se explica por la conveniencia de acomodar un error que daba consistencia a la opinión admitida, no de otro modo que acontece a los que quieren defender la peregrina fábula del Buscapié; los cuales, a trueco de salir adelante, se ven obligados a desfigurar los hechos y a apadrinar errores, hasta el punto de afirmar que el público recibió con desdén, frialdad e indiferencia la obra de Cervantes, cuando se sabe que casi simultáneamente salieron cuatro ediciones, dos en Madrid, una en Valencia y otra en Lisboa; que en el mismo año fue impreso en París el episodio de la pastora Marcela, según nota manuscrita que hemos visto del citado don Bartolomé José Gallardo, y yendo finalmente contra el texto de la obra, que los adversarios de la tal opinión no dejan de citar en apoyo de sus argumentos 1 .
Concederemos, no obstante, y daremos por cierto que después de la crónica de don. Policisne «no hay ejemplar de que se imprimiese en España libro alguno de caballerías». ¿Significaría este hecho que la intención de Cervantes fue hacer contra ellos una sátira? Cualquiera obra del mérito de la del Quijote habría conseguido el propio resultado. La de Cervantes fue un acontecimiento que debió causar honda sensación en la república de las letras. Nuestra época la llama «la primera novela del mundo». Si al cabo de tantos años nos sorprende su originalidad; si, comparada con la muchedumbre de obras de este género ameno y recreativo, damos aun la superioridad a Cervantes, ¿qué efecto no produciría en su época la aparición de este coloso al lado de tantos pigmeos? Los lectores de aquel tiempo, puestos en el caso de admirar una producción que, llenando cumplidamente todos los objetos que el arte debe proponerse, llenaba, muy en particular, los de enseñar causando deleite al ánimo, mal podrían volver a aficionarse a las obras de aquellos que habían desconocido su ministerio, y que, si antes se les aficionaron y se alimentaron con un manjar grosero, efecto fue de la carencia de otro más delicado. Salvá cree, con razón, que el Quijote no acabó con los libros de caballerías porque fuese una sátira o invectiva contra ellos, sino por la inmensa superioridad que sobre ellos tenía; y que no trató de atacar su esencia, sino limpiarlos de sus absurdos desaliños, escribiendo otro más del mismo género. Y en verdad, ¿cómo atacar su esencia sin desconocer la historia? ¿Cómo atacar su esencia sin dar a entender que ignoraba el papel que había venido a representar la institución de la caballería en el periodo de autoridad de la civilización cristiana? ¿Qué materia más elevada y fecunda, para un escritor de esclarecido talento y buen discurso, que la que ofrecía el apoderarse de esa noble figura histórica del caballero, que, dejando el ocio y el regalo, consagraba sus fuerzas a una santa causa, y cuya ancha esfera de acción le daba coyuntura para desenvolver por completo un elevado y noble carácter? Cervantes, en la forma, hizo un nuevo libro de caballerías, aunque en el fondo supiese bien distinguir el noble fin de los mezquinos medios, punto en que estriba la parte crítica de la obra, no solo en lo que respecta al caballero andante como reformador, que ya en sus tiempos debía arrojar la espada y tomar la pluma, abandonar los despoblados y lanzarse a las ciudades, dejar de perseguir vestiglos y gigantes, símbolos del mal, y perseguirle y lanzarle de las instituciones humanas, si no de la sociedad entera, que había también adoptado la fuerza como principio y alma de su conservación, como remedio y panacea de todos los males. De esto trataremos más extensamente cuando, en otro artículo, acometamos el explicar la significación de la locura de don Quijote, bastando por ahora lo enunciado para demostrar que era imposible que Cervantes confundiese tan lastimosamente la materia o sujeto con los que tan mal la habían tratado y comprendido. Y eso que damos por cierto que todos le manejasen con poca habilidad, en lo que vamos por un momento contra la opinión misma de Cervantes, que entre sus antecesores hallaba algunos a cubierto de censura y dignos de alabanza, como lo da a entender por boca del cura de su lugar, cuando en el expurgo o escrutinio de los libros del hidalgo, dice, al topar con el de Amadís de Gaula, «que era el mejor de todos los libros que en aquel género se habían compuesto, y así, como único en su arte, se le debía perdonar del fuego» 2 . Y también dice del titulado Palmerín de Inglaterra «que se guarde y se conserve como a cosa única y se haga para él otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Darío, que la disfrutó para guardar en ella las obras del poeta Homero» 3 .
Que acabase el Quijote con toda otra producción del estilo caballeresco no significa más sino que no pudieron luchar los escritores en fuerzas con aquel gigante, que a fe que el que abrigó esa presunción no anduvo lento en salir a la palestra, aun viviendo el mismo autor del Quijote y aprovechándose de la favorable acogida que tan excelente producción había merecido del público, para el cual no fue una sátira entonces, según confesión del académico señor Ríos, sino una obra bien escrita. Que pudo entrar en la mente de Cervantes la idea de que con su Quijote atraería a buen camino la afición que se descarriaba en busca de desatinados libros, fomentadores de la credulidad supersticiosa en vez de ser promovedores de la enseñanza de una moral sólida; que corrompían las costumbres en vez de corregirlas y reformarlas, y trastornaban en vez de fijar las nociones fundamentales de los derechos y los deberes, nada más natural, más lógico y probable: en esto no se habría equivocado, como no se equivocó en todas sus profecías relativas a su Quijote; pero este sería, cual lo será siempre, el resultado de una gran concepción hábilmente realizada, y este es el poder e influencia del verdadero genio y de la solidez del talento. El hombre superior que da la medida de su ingenio en una obra, al ejecutarla, se propone traducir su inspiración, formalizar su elevada idea y dar ser al mundo creado en su fantasía. Si su obra, como claro sol, eclipsa el brillo de las demás, si entrega al olvido las que nada valen, efecto es de la fuerza irresistible de su superioridad, del atractivo que el bien, la verdad y la belleza tienen a los ojos de los hombres. Su principal fin habrá sido elevarse a esta altura y conseguir este objeto, creando algo bueno en lugar de lo malo, algo bello en lugar de lo repugnante y monstruoso. En cuanto a los autores, la única sátira posible era decirles: Habéis tenido una materia fecunda en que poder ejercitar vuestro talento y sacasteis de ella estériles y pobres frutos. Yo me apoderaré de ella y os mostraré el partido que puede sacarse, sentido que va envuelto en el razonamiento que con el cura tuvo el canónigo de Toledo, en el cual manifiesta parecerle el asunto que ofrecían el más apropiado para que con él pudiese mostrarse en todo su desarrollo un buen entendimiento 4 . Pero esta crítica o sátira, que, en efecto, lo es, contra la caballería ideal, existe en el Quijote como todas las demás que hace de los vicios, abusos y defectos que veía en las obras de los hombres; forma una parte y bien mínima, por cierto, porque harto conocía su autor que otros más graves males existen en la sociedad, que no lo son los que pudiesen resultar de una afición a libros que, por confesión suya, sabemos que iban ya tropezando.
Por desgracia, no todos los que escriben para el público, cualquiera que sea la época que escojamos, tienen la inteligencia y dotes necesarias para dirigirle con acierto, ni son muchos los que pueden dar de sí una obra de arte perfecta. Cuando una de tal talla aparece en el horizonte literario, rara vez deja de llamar la atención y de atraer a sí las miradas de todos, sin necesidad de que el autor se proponga directamente hacer una crítica o sátira contra las malas. Hermides jamás pensó en hacer una sátira del pintor de Úbeda al pintar los animales con una verdad pasmosa. Si fueron infructuosas las declamaciones y vanos los anatemas que contra los disparatados libros fulminaron varones eminentes, si este triunfo sobre la corrupción y el mal gusto literario de la época tocó a nuestro Cervantes, la razón es harto obvia. Bueno es gritar contra una afición descarriada y contra un género de literatura perniciosa; pero mientras esta afición no se dirige y encamina por otra senda más provechosa y acertada, mientras al lado de lo malo no se presenta lo bueno, de nada sirven las declamaciones y anatemas de los moralistas. El público necesita alimentar su curiosidad, entretener sus ratos de ocio con la amena lectura, y para satisfacer esta necesidad acepta lo que le ofrece el mercado literario. Nada importa, por ejemplo, que los censores rígidos pongan hoy el grito en el cielo contra las malas novelas y las peores obras dramáticas. El público las leerá y asistirá a sus representaciones a despecho y pesar de la bilis de los censores, y solo las dará al olvido cuando se le presenten obras más acabadas, que no tiene el público tan torpe instinto que se muestre insensible al mérito y a la belleza. En otros tiempos, sin duda, se engañaron de medio a medio los autores en juzgar a este juez único y supremo de las obras del arte, y buscaban la protección de personas poderosas, a cuya sombra pudiesen hacer visibles a la luz del día los partos de su ingenio, como si la protección del poderoso fuese bastante para que un cuerpo raquítico y enfermizo evitase la consunción y la muerte. Cervantes incurrió también en esta preocupación y error hijo de su época, en la cual no se comprendía bien el sacerdocio de la prensa, y se vio impulsado a buscar recomendación de su obra para el público, que no la necesitaba y que con ella y sin ella la habría siempre recibido con aplauso, no obstante que no pudo comprender la trascendencia de su espíritu; pero al menos en su forma satisfizo todos los deseos y se tuvo por obra muy acabada y bastante para que dejase relegadas al más eterno olvido las que le habían precedido de las que el autor escribe, que ninguna formaba un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, haciendo una figura proporcionada; antes, por el contrario, eran ajenas de todo discreto artificio. Bien conoció Cervantes que no debía existir persona intermediaria entre el autor y el público, y que este tenía su sano criterio para pronunciar su fallo, pues, aun hablando del ignorante, le disculpa diciendo: no está la falta en el vulgo que pide disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa. Por esto cita el gran suceso que obtuvieron las tres tragedias, Isabela, Filis y Alejandra, que admiraron, alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples como prudentes, así del vulgo como de los escogidos. Hoy mismo, en medio de la corrupción que ha invadido el campo de la literatura, en medio de ese lastimoso giro que han tomado los autores traspirenaicos haciendo la apoteosis del amante adúltero, ridiculizando a los maridos, endiosando a las Traviatas, a los especuladores y bolsistas, y tomando por base, alma y materia de su artificio el faire des enfants; hoy mismo, que parece de todo punto estragada la afición de los lectores, ¿no se ve al público hacer justicia a los que se apartan de tan desacertado rumbo? ¿No se ha señalado como un gran acontecimiento la aparición del Roman d'un jeune homme pauvre, y vimos en el teatro de Compiegne a monsieur Octave Feuillet recibir los abrazos y felicitaciones más cordiales de un público que poco antes asistía a la representación de Les lionnes pauvres y Le fils naturel?
Así pues, convengamos en que, dado caso que la publicación del Quijote acabase con las disparatadas historias de los libros de caballerías, no implica este hecho el que Cervantes se hubiese propuesto el escribir una invectiva contra ellos. Si, en efecto, concluyeron, como han dicho algunos críticos, razones hay suficientes para explicar su desaparición de la arena literaria con decir, con el mismo autor, que iban ya tropezando y cayendo, puesto que habían ya llegado al colmo del desatino y el mal, como todas las humanas cosas tienen su fin y acabamiento, y con notar la inmensa superioridad que tenía el Quijote sobre la muchedumbre de obras de aquel género. Que exista la crítica y sátira de tales libros no lo negamos, pero señalamos en donde se halla, no como fin principal, sino como accesorio y como lo están otras muchas críticas, y particularmente la de las malas comedias, de las que dice eran espejos de disparates en vez de ser espejo de la vida humana, y ejemplos de necedades e imágenes de lascivia en vez de ser ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad. Con todo eso, nadie ha dicho que se propuso ridiculizar el teatro de su tiempo, no obstante que no menos severo se muestra con los autores de comedias que con los de los libros de caballerías.
Hasta aquí hemos razonado aceptando como verdadero un hecho rectificado hoy por personas competentes, y acerca del cual no puede quedar género alguno de duda, y nosotros, que con orgullo nos confesamos entusiastas admiradores de Cervantes y de su obra, de esta por ser uno de los más insignes y eternos momentos de las letras, y de aquel por haber sido un hombre honrado, generoso y eminente en calidades y virtudes, no creemos que pierde nada de su fama por arrebatarle el triunfo que le suponían conseguido con la extirpación de los libros caballerescos. Y decimos con nuestro ilustrado amigo el señor don Andrés Juez Sarmiento: A más tendía y más conseguirá su autor celebre 5 . No queremos que se den por cimiento de su inmortalidad y renombre esas bases de que se ha echado mano, creyendo así encumbrarle; pero que, en realidad, nada contribuyen a elevarle, ni aumentan ni disminuyen en nada su verdadero mérito. No haya, pues, empacho ni temor alguno en creer y confesar que después de la publicación del Quijote se escribieron aún libros de caballerías; es más, aunque hubiese continuado hasta nosotros aquel torcido rumbo dado a la literatura en aquellos tiempos, no sufriría menoscabo la consideración y aprecio del autor, como no lo ha sufrido por la continuación de una de las principales y más ridículas prácticas de la caballería andantesca, cual es la del duelo, a pesar de que la resolución de todas las cuestiones para el hidalgo estriba en el empleo de las armas. Y nótese que, si en la época en que escribía Cervantes no había andantes caballeros, si don Quijote pudo pasar por loco por el solo deseo de resucitar la ya muerta institución, el desafío era una costumbre tan generalizada, que no había ciudadano que durante su vida no hubiese desenvainado su espada, como ultima ratio, en diferentes ocasiones y por el más frívolo motivo. ¿Qué mucho que los autores de novelas no ingiriesen en sus obras, a cada paso, lances, pendencias, combates y desafíos entre caballeros, si las costumbres no ofrecían otro rasgo más dominante que el del caballerismo llevado hasta la exageración, y la galantería y valor llevadas al extremo? La crítica debió recaer más principalmente sobre los combates, y el gran triunfo (si fuera dado a un solo hombre el acabar con las preocupaciones con una sola plumada) habría sido el poner en ridículo el duelo y haberle desterrado de la sociedad de seres que tienen la razón por distintivo y la palabra por intérprete. A los que creen que el Quijote fue una sátira contra los libros de caballerías y que esta sátira acabó con ellos, les preguntaríamos: ¿cómo nos explicáis la costumbre no interrumpida y sancionada por la opinión pública de ventilar con la espada en el campo del honor todas las diferencias y cuestiones que al honor afectan? ¿De qué sirviera que el Quijote acabase con los libros de caballerías si no acababa con la principal práctica caballeresca? ¿Qué triunfo era el concluir con los combates, pendencias y desafíos descritos y pintados, si no concluyó con los reales, efectivos y verdaderos? Si al cesar semejantes publicaciones hubiesen cesado los devaneos y las temeridades, las quimeras y otros males que se suponían causados por los tales libros, diríamos que ellos les dieron origen; pero no venía este de los pobres quemados en el corral, sino de muy antiguo, y sus raíces tan extensas y profundas cual lo muestran el tiempo y los esfuerzos que serán necesarios para desterrarlos, como hijos legítimos que son de un error más grave contra el cual dirigió Cervantes su verdadera y más importante crítica, según oportunamente demostraremos. Basta que interroguemos ahora: ¿qué más hacia un caballero de la Edad Media, qué lo que hace un caballero en el siglo XIX, cuando cree herido su honor o el de su dama? Y debemos considerar que, si algo de ridículo pudo haber en la profesión del caballero andante, no lo constituían los actos que tenían por objeto el favorecer a los huérfanos, proteger a las doncellas, amparar a las viudas, sostener al débil y dar apoyo a la razón, al buen derecho y a la justicia.
No, por más que la falla de comprensión del verdadero espíritu y propósito de Cervantes en su inmortal libro haya hecho a los Sanchos de nuestros tiempos, a los egoístas e indiferentes a la virtud y a todo sentimiento desinteresado, noble y generoso, calificar la abnegación y el sacrificio con el nombre de Quijotismo, tales aspiraciones, tales actos y deseos serán siempre dignos de aplauso, como que son la práctica de las virtudes todas, y mucho más lo fueron en aquel tiempo en que tuvo que suplir el individuo a la falta de protección de la sociedad. Tales actos no son ni pueden ser ridículos en don Quijote, a menos que no se confunda la idea con la ejecución, el fin con los medios, el espíritu y resolución con los procedimientos materiales que empleó el hidalgo, y con los cuales, de rechazo, recae la crítica sobre las instituciones sociales, en cuyos procedimientos para combatir el mal se han dado y aún dan la mano con el aventurero. Lo ridículo de la profesión andantesca estaba en entrar en liza tras cada caudillo con otro caballero porque no quisiese confesar a su dama por la más hermosa o por otros motivos no menos frívolos, necios y pueriles. De todas las aventuras del hidalgo las que se han juzgado por menos ridículas son las que le avinieron con el caballero del Bosque y el de los Espejos, sin duda porque infinitas de este género se han reproducido y reproducen constantemente entre hombres que pasan por cuerdos, y porque en ambas se muestra la locura de don Quijote con menos relieve, pues ve las cosas como son en sí, sin trocarlas ni transformarlas como de ordinario le acontecía, y aun mucho se admiran de la calma, circunspección y discreción que tuvo don Quijote en retener su brazo y tarazar el mentís que ya tuvo en el pico de la lengua, oyendo blasfemias tales como las de decir que Casildea era más hermosa que Dulcinea, y que el caballero le había vencido, palabras que no hubiera tolerado en ninguna otra ocasión, atento el grado de estimación que tenia de su valor y de su Dulcinea.
Aunque a su tiempo examinaremos y trataremos de explicar el espíritu y significación de estas como de otras aventuras, diremos algo de paso sobre la del caballero del Bosque, por lo que se relaciona con el propósito presente. El juicio de que esta parece la menos ridícula, y don Quijote más cuerdo o menos loco, es de todo punto equivocado, porque, antes al contrario, la locura y la ridiculez aparecen más en ella que en ninguna otra, o, por mejor decir, mientras en las demás se representa a todos los personajes como cuerdos, y solo a don Quijote como loco, en esta hay dos locos: uno, don Quijote, y otro, el caballero del Bosque. Cervantes le considera así cuando hace decir a Tomé Cecial, su escudero: «Si va a tratar de ellos (de locos), no hay otro mayor en el mundo que mi amo» 6 . Y más adelante pone en los labios del mismo Cecial estas palabras: «Don Quijote loco, nosotros cuerdos, él se va sano y riendo, vuesa merced queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora cuál es más loco, o el que lo es por no poder menos o el que lo es por su voluntad 7 . En cuanto a don Quijote, lo que en esta aventura le hace parecer más cuerdo es el habérselas con otro caballero, en quien el autor quiere hacer más resaltar la locura para el propósito que tenía, que era el de ridiculizar los duelos, aparte del valor y significado que dicha aventura tiene con relación a la acción principal de la novela, mas no porque la locura del hidalgo hubiese aumentado o disminuido en lo más mínimo, puesto que, siendo la misma, semeja más o menos intensa por el contraste de las personas que le rodean. Así que, con Sancho, que es otro loco en su género, las más de las veces parece cuerdo don Quijote, y en la disputa sobre la bacía y la albarda, y en casi todas las escenas que tienen lugar en la casa de los duques, buenamente no se puede decir quién parece más loco, si el caballero o las personas que le rodean.
Decimos que la locura y la ridiculez, según el espíritu de Cervantes, aparecen más en la aventura del caballero del Bosque que en otra alguna, porque, en lo general, el pensamiento que anima a don Quijote es el de hacer un bien, siquiera sean miradas las cosas bajo el prisma excepcional en que él las veía; pero en la de que tratamos, ¿qué bien podía resultar al mundo de que Casildea fuese más o menos hermosa que Dulcinea? Este es un motivo interesado, una cuestión de amor propio de los caballeros, y el empleo de las armas en tal caso no corresponde de todo en todo con el verdadero espíritu de la institución caballeresca, que reclamaba el brazo de sus miembros para más nobles causas y más generosos fines. Tampoco en el fin moral que don Quijote se propuso al hacer su primera salida entraba el que tuvo al acometer la aventura del andante del Bosque. Apretábale a poner en efecto su pensamiento «la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, abusos que mejorar y deudas que satisfacer» 8 . En esto no se mezclaba el interés propio, sino el interés común: el bien que de esto resultase había de ser general y no particular, público, no privado; y, si con estas miras parece loco al querer resucitar la andante caballería, ¿que no parecerá cuando la resucita en este caso para ventilar cuestiones ridículas de amor propio? En tanto era noble, grande y elevada la misión del caballero en cuanto ofrecía su lanza y espada al servicio de una idea generosa, de una justa causa, en cuanto se consagraba a combatir el mal (ya que dominaba el error de que el mal moral puede combatirse con instrumentos materiales); pero, como en las humanas cosas acontece, el hombre corrompió, vició y alteró aquel ministerio, reclamado en su origen por las circunstancias en que la sociedad se hallaba colocada, y al cual dejó de dar ejercicio la sucesiva organización de los estados bajo el régimen centralizador de un monarca, y entonces los hechos de armas solo fueron modos de satisfacer el orgullo de valientes y la vanidad de enamorados: lamentable degeneración y abuso que produjo un Suero de Quiñones.
Que el objeto de Cervantes en esta aventura fue ridiculizar este abuso y degeneración, ese periodo decrépito de la caballería andante, esa figura desfigurada, ese residuo o ruinas de la primitiva institución que heredó la sociedad y subsistieron y aún subsisten entre nosotros, está fuera de toda duda, porque lo que lleva a don Quijote a combatir con el caballero de los Espejos es la satisfacción de su orgullo de valiente y de su vanidad de enamorado. Muéstranos al propio tiempo en Sansón Carrasco lo ridículo y absurdo que es apelar al empleo de las armas en la arena del combate, cuando las armas que han de emplearse entre seres racionales son las del raciocinio, puesto que no hay mayor locura que fiar a la espada la decisión de la justicia en las diferencias que entre los hombres pueden suscitarse, pues podría ser, y sucede con frecuencia, que el que tiene la razón de su parte en el terreno de la razón no tenga la fuerza o la habilidad suficiente en el terreno de la fuerza, y así lo quiso demostrar haciendo que el bachiller, a quien animaba una buena idea, saliese vencido a pesar de su bondad, que, además de la habilidad y la fuerza, la suerte suele decidir de semejantes luchas. Esta crítica de los pobres restos de la caballería real, cuyo degenerado espíritu fue lo único que trasladaron los autores a la caballería ideal o literaria, se halla parcialmente en el Quijote, y principalmente en esta aventura, como se halla la de los libros de caballerías en el lugar que hemos indicado. En resolución, si el objeto primordial que se propusiera Cervantes hubiese sido la cacareada invectiva de este vicio o abuso, en lugar de atacarlo en los libros debió atacarlo en los hechos, y diríamos con verdad que consiguió el decantado triunfo. Si una vez publicado el Quijote hubiese mejorado la sociedad en esta parte, si se hubiese condenado ese alarde de fuerza, esa ocupación en que el hombre pone la razón a un lado para revestirse de la fuerza, y semeja en la solución de sus diferencias a los seres a quienes la naturaleza no ha dotado más que de instinto; si los hombres se hubiesen abstenido de ponerse como el hidalgo en ridículo y remedarle en lo de arreglar todo con la punta de la espada, y gloriarse más que del dictado de buenos con los de valientes y galanes; si no se hubiera heredado en la sociedad el ya corrompido espíritu de la institución, la faz mezquina de la caballería, en una palabra, el ejercicio infructuoso en pendencias en las que solo se interesa el amor propio de dos campeones [sic]. Si este fue o no el resultado, responda por nosotros la historia, responda nuestra misma época, testigo aún de ese Quijotismo por su reverso; responda la Europa de nuestros días, en los que hombres que no saben dar un paso ni mover su mano en favor del desvalido y menesteroso, ni son capaces del menor sacrificio por sus semejantes, saben, sin embargo, esgrimir la espada, salir al campo del honor y dar la vida por una cuestión liviana de etiqueta, por una imaginada lesión de amor propio, por un gesto, por una mirada, por una palabra ofensiva de sus Dulcineas. Es decir, que se incurre en el verdadero Quijotismo a los ojos y según el espíritu de Cervantes, y se imita al hidalgo manchego, no en lo que es digno de admiración, sino de risa. Porque, bien mirado, ¿qué nos falta sino una celada, una lanza y un Rocinante para representar a cada paso en forma y en fondo la citada aventura de Sierra Morena? Personas ilustradas que condenan el desafío en teoría le aceptan en la práctica, por cuanto la opinión pública, autoridad más fuerte que todas las autoridades, como demuestra nuestro laborioso escritor y apreciado amigo el señor don Calixto Bernal, en su notable obra titulada Teoría de la autoridad aplicada a las naciones modernas, la opinión pública, repetimos, en la falsa idea del honor, alma y principio, según Montesquieu, de las monarquías, fija hoy más que nunca el duelo como solución única de ciertas cuestiones que al honor parecen afectar más directamente.
Y no solo el individuo, sino las naciones, tienen también esos ribetes de caballero andante, por donde puede juzgarse de la antigüedad del vicio y error que en su generalizadora crítica atacó Cervantes, alteza de miras que le ha negado Ticknor midiendo al genio con la medida de las inteligencias de aquella época, y confundiéndole con el vulgo de los escritores, como si aquel no se distinguiese cabalmente por la altura a que se remonta en alas de su inspiración, por exceder a la suma de los conocimientos de su siglo, por abrazar en su mirada el conjunto de los fenómenos del mundo, del espíritu y de las inmutables leyes a que en su marcha va sujeto, y por descollar, en fin, sobre todos, elevando al cielo su majestuosa frente.
Quantum lenta solent inter viburno cupressi.
Sí, las naciones tienen también ese achaque de caballerías que por fortuna parece que va desapareciendo, encargándose la diplomacia de arreglar en los congresos por medios racionales y pacíficos la resolución de las cuestiones, la enmienda de los agravios y la reparación de injusticias que la sociedad fio a la pólvora y a la espada; y con justicia damos nosotros a Cervantes una gran participación e influencia en habernos traído a este precioso adelanto y conquista de la civilización que hará honor a los hombres, porque averiguar quién tiene más razón demostrando quien tiene más fuerza es el absurdo más extravagante en que ha caído la debilidad humana; es incurrir en puro Quijotismo por el lado que tiene de irrisorio; es azotar a Sancho para desencantar a Dulcinea. No obstante, mil y mil veces se han armado las potencias de Europa unas contra otras, mil y mil veces por livianos motivos y causas frívolas, ya que no injustas, han poblado los campos numerosos ejércitos y surcado los mares inmensas flotas. Hemos visto llevar millares de hombres a una muerte cierta, emprenderse marchas osadas, cercos difíciles e imponentes bloqueos, paralizarse el comercio, las artes y la industria, llover sobre la humanidad todos los males a la guerra anexos, llevar el luto y el llanto a las madres y a las esposas, formar montañas de cadáveres y ríos de sangre. Preguntemos cuál ha sido el móvil de estas empresas, cuántas han tenido por objeto aliviar la suerte de los desgraciados y arrebatar de las cadenas de un usurpador un pueblo libre, nobles propósitos que justificarían ese quijotismo que muchos no quieren justificar en el hidalgo por haberse propuesto hacer el bien a palos. Convengamos en que es ridículo en el andante caballero el fiar la mejora de los abusos y la corrección de los males y las injusticias a la punta de su lanza; pero, al menos, su noble intención le abona, que si a tan malos medios uniera peores fines no tendría disculpa. Lo que es ridículo en el hidalgo estando loco, ¿cómo no ha de serlo también en la sociedad entre hombres que se llaman cuerdos? ¿Qué se dirá de los que adoptan sus medios y no le igualan en la intención? La que ha movido no pocas veces a las potencias a salir al campo ha sido la de conquistar influencia y supremacía en los mundos político y diplomático, y la historia nos presenta más de un ejemplo en que han venido los pueblos a las armas por satisfacer antiguos rencores, por caprichos de los gobernantes o por cuestiones mezquinas significadas y criticadas en el Quijote en la aventura de los dos pueblos del rebuzno. En todo esto que la sociedad ha presenciado hay más que ribetes de andante caballería. Si el hidalgo loco alanceaba ejércitos de carneros como si fuesen hombres, las naciones cuerdas han visto alancear ejércitos de hombres como si fuesen carneros. La posteridad juzgará quién ha rayado más alto en la locura.
El fallo de la opinión ilustrada con respecto a las guerras entre naciones ha sido el mismo que con respecto a las luchas armadas entre individuos. Todos reconocen lo impropio que es del espíritu de nuestra civilización esos alardes de fuerza [sic], y, aunque mucho se ha escrito para condenarlos, la guerra es todavía un mal necesario. Si la razón fuese ya, como debe llegar a serlo algún día, el arma, la autoridad y el único medio de defensa, miraríamos a la nación que se armase con el mismo asombro, mezclado con risa, con que miraban a don Quijote los que le encontraban armado entre gentes pacíficas. A pesar de estar a la orden del día los congresos generales, las guerras se suceden hoy con insólita frecuencia, y nosotros mismos vamos a tomar las armas para una empresa justa, y tal, que, comenzando por la campaña de Oriente y siguiendo por las guerras de la India, por las continuas del Cáucaso, por la accidental de la China, por la inútil de Italia y por otros muchos movimientos belicosos de carácter agresivo, provenientes de potencias que se llaman ilustradas, la guerra que tal vez emprendamos es la única a quien motivos fortísimos abonan y poderosas causas justifican. Y ¡ojalá que pudiésemos hacer parte del gran todo que, en época más remota, y comprendiendo perfectamente la grandeza de España, ideó un gran talento político con la cualidad de verdadero español! Todo conspiraba en aquella época: las riquezas, la unidad nacional, a pesar de la gran autonomía de las provincias, el descubrimiento del Nuevo Mundo, el esplendor nacional, la reciente conquista sobre los sectarios de Mahoma, la unión de las dos coronas de Aragón y Castilla, los grandes héroes y los sabios distinguidos. Sin embargo, la dinastía austríaca, dedicada únicamente al mal entendido orden moral, no sin grandes ímpetus de ambición, consumió nuestras fuerzas y agotó los tesoros de la nación en guerras injustas en que se perdía la flor de la juventud española, para que el Landgrave y los soberanos de Italia y de los Países Bajos hincasen la rodilla ante Carlos V y Felipe II, que por esto creyó sin duda monsieur de Montaigut que el libro de Cervantes es «el retrato del alma española», y muchos, y entre ellos el señor don Adolfo de Castro, en el mero hecho de creer en la antigüedad y autenticidad de su propio hijo el Buscapié, creyeron que en él se veían retratados muchos personajes de su época, y principalmente Carlos V.
El trabajo de los filántropos necesita método para que sus declamaciones no sean infructuosas, y lo son siempre que, por un celo mal entendido, o por no enojar a los poderosos, truenan contra un mal menor justificable, dejando en pie otro mal mayor injusto. En nuestros días hemos oído lamentar la pérdida de algunos hombres con motivo de las expediciones al Polo Ártico, y esos no han levantado la voz contra las sangrientas carnicerías de Alma y de Inkermann, de Magenta y Solferino. El Evening Star de Londres, en su número correspondiente al 24 de septiembre último, haciéndose cargo de esta inconsecuencia en un artículo dedicado a la expedición del capitán McClintock, dice las siguientes notables palabras: «Hay algunos que deploran lo que se les antoja llamar inútil sacrificio de vidas humanas en la prosecución de semejantes viajes exploradores; esto estaría en su lugar si lanzasen igual censura sobre otras empresas que envuelven más terribles holocaustos con menos santa aureola. Mas valen cien expediciones a lo Franklin que una sola a lo Magenta o Solferino 9 . Más vale que miles mueran trabajando por extender la órbita de los humanos conocimientos que no que ofrezcan sus vidas ante las aras de la avaricia o de la ambición. Cuando el mundo adelante en sabiduría se aprenderá a reconocer la gran verdad de que hombres tales como Franklin y sus valientes compañeros son los verdaderos héroes que hacen la gloria de las naciones». Por fortuna, la guerra contra el África ha despertado en España un solo sentimiento y una voz única, tal como la que se levanta hoy en Inglaterra en favor de aquellos aventureros de la ciencia, y esta uniformidad y general concierto proviene de la justicia de las causas, porque, si el hombre debe morir por la ciencia, también debe morir por vengar el honor de su patria, ya que no haya otros medios de vengarlo. Si esta época ha de pasar, si la razón ha de sustituir en todos los terrenos a la fuerza, si ha de llegar el tiempo en que los héroes sean los soldados de la inteligencia, como dice la Estrella Vespertina, ¿por qué no conceder en este adelanto una grande influencia al que criticó con tanta maestría el empleo de medios materiales para fines puramente morales? ¿Por qué no concederíamos a Cervantes una buena parte de esta gloria, que vale mucho más que la de acabar con aquellos tísicos partos de entendimientos medio dormidos?
Después de estas consideraciones volvemos a interrogar: ¿en qué consiste el triunfo del Quijote como sátira de los caballerescos libros, cuando los bibliógrafos nos revelan haberse escrito otros después de su aparición, cuando en caso de ser sátira debió haberse dirigido contra la realidad, no contra las sombras, y sin embargo, vemos que ni el individuo ni las naciones han salido del terreno andantesco? Insistiremos una y otra vez sobre este punto. Cervantes no consiguió triunfo alguno en su época bajo este aspecto. Cervantes no se propuso acabar en su tiempo ni con la caballería ideal ni con los restos de la caballería real, y, si tal se hubiera propuesto, habría desconocido el pasado, su presente y el porvenir. En cuanto a esta última, no podía atacar su espíritu, fenómeno histórico importante de la civilización cristiana que se reproduce hoy y es el generador de todas las reformas, y es el que combatirá el mal con otros instrumentos que no los materiales, y modelará las instituciones humanas según el ideal del Evangelio, según el espíritu de la doctrina de Jesús. No podía acabar, pero sí atacar su forma, como lo hizo, pero sin formarse la ilusión de ver desaparecer sus residuos, porque comprendió que mal podría acabarse con lo que era efecto y consecuencia lógica de otro mal mucho más grave, no accidental, sino de larga vida y existencia en la historia. Cervantes tenía más trascendentales miras al escribir su libro, y por eso su triunfo no fue para su tiempo. Desde su punto de vista elevado, comprendió la marcha que hasta allí había seguido el espíritu humano y la nueva senda que comenzaba a recorrer. Ahora bien, los errores y preocupaciones profundamente encarnados y de hondas raíces no se arrancan con una sola plumada. Harta gloria es para un hombre el señalarlos, ridiculizarlos y combatirlos. ¿Qué importa que el fruto se recoja más tarde si la recolección ha de ser inevitable? Los siglos, ¿qué son sino momentos para la vida de la humanidad? Se necesita el concurso de muchos obreros para echar en tierra el edificio levantado por la ignorancia, los errores y las preocupaciones, y Cervantes fue un obrero que con sus fuerzas contribuyó a esta tarea en el dominio del arte, como tantos otros han contribuido entonces y después en sus respectivas esferas. Formábase en su época otra nueva caballería, cuyas armas habían de ser las de la inteligencia, cuyo fin era un fin social y humanitario, cuyos procedimientos tienden también a enmendar los abusos, a corregir los defectos y vicios de las instituciones humanas y a mejorar la suerte de los pobres y desvalidos, sacándoles de la ignorancia por la instrucción y de la miseria por el trabajo, que, ya que nuestro reino no sea de este mundo, ya que no hacemos más que pasar por él, que dejemos al menos huellas dignas de nuestro paso. De esta caballería transformada en lo exterior, porque no lleva lanza, ni celada, ni escudo, ni colas, sino una débil pluma y un fuerte y sólido amor del bien, de la justicia y de la razón, fue soldado el animoso combatiente de Lepanto, porque la crítica fundamental del Quijote es la crítica del principio de la fuerza como principio dominante y alma de las instituciones en las pasadas edades, y que no acabó de desterrar la suave religión del Mesías en el período de autoridad de la civilización cristiana, pero que llegará a lograrlo en su período de libertad, enseñando a los hombres que el bien y la corrección de los vicios y crímenes no se consigue a palos, sino instruyendo, mejorando y buscando del mal no los efectos exteriores, sino las causas ocultas. En esta crítica entraba la institución de la caballería en cuanto a su procedimiento, no en cuanto a su espíritu, como entraba la legislación civil y penal y todas las instituciones modeladas por este principio, porque, así como las intenciones del hidalgo eran morales, hermosas y sublimes, así han sido y deben de ser las que muevan a los legisladores a formar sus códigos; lo incongruente y desacertado estaba solo en los medios.
Hoy día es, y aún estamos en la época de combate contra el mismo enemigo. ¿Cómo había de conseguir Cervantes lo que no ha podido lograr la sociedad después de dos siglos y medio? Casi en nuestros días vimos el tormento aplicado en los tribunales civiles y en los del Santo Oficio, y todavía veremos el duelo, como prácticas todas que responden a un principio arraigado durante muchos siglos; porque ¿qué reforma importante y fundamental no ha necesitado para realizarse esfuerzos continuados y colectivos, ni qué error no ha requerido incesantes golpes para desaparecer por completo y dejar libre y despejada la inteligencia humana? La tarea de nuestro siglo no es otra que seguir tejiendo la tela comenzada al concluir la Edad Media, y todavía dará trabajo a muchas generaciones, puesto que la más preciosa conquista que sueñan las almas generosas es despojar a las instituciones de esa armazón grotesca de la fuerza y sustituirla con la del derecho, en cuya empresa podemos extender nuestras manos y enlazarlas con las de Cervantes.
Creemos haber demostrado que, si bien admiradores suyos, de ningún modo le atribuimos un triunfo que ni consiguió ni podía conseguir poder humano en aquella época. Asentamos su mérito en más anchas y sólidas bases, librándole así de la imputación que pudiera hacérsele y le han hecho los que no le comprenden, por haber adornado a su héroe con todas las virtudes y nobles prendas del espíritu, con el objeto de hacerle objeto de irrisión en la sociedad. Apartemos de nuestras mentes semejante idea, que es un agravio para el grande hombre que tal supo mostrarse en los momentos difíciles de su tan azarosa como singular peregrinación sobre la tierra. Y le hace este agravio todo aquel que solo ve en don Quijote un objeto de risa, que no distingue lo que el autor quiso ensalzar y lo que quiso rebajar y destruir, ni ve que una cosa es la resolución y espíritu que a su héroe animan y otra los medios que emplea e instrumentos de que se vale, resultado de los que hasta allí había empleado la sociedad entera. El hidalgo en esta época habría tomado la pluma en vez de la lanza, pero no añadiría ni quitaría un ápice de generoso impulso a la noble idea que abrigó en su mente de aspirar a conseguir el bien y combatir el mal. Quiso mostrarnos Cervantes que en el nuevo período que se iniciaba, «el representante de la fuerza, como ha dicho el citado señor Sarmiento, no debe ser un Hércules, por no haber muchos monstruos que exijan la clava y brazos destinados un tiempo a vencerlos, sino más bien monstruos de astucia y de bajeza» 10 .
Algo más de lo que pensábamos nos hemos extendido en esta parte indispensable de nuestros comentarios en que se trata de refutar la opinión que hasta hace poco fue el símbolo de la fe crítica entre los eruditos. Ideas hemos apuntado que tendrán en otro lugar más extenso desarrollo, bastando en nuestro concepto una mera indicación con relación al propósito presente. Réstanos hacer uso del poderoso argumento que nos ofrece el nuevo periodo de la historia crítica del Quijote. ¿Qué fundamento puede tener una opinión que, en vez de afirmarse, va desacreditándose cada día, hasta el punto que no hay persona ilustrada que no crea vulgarizarse adoptando la creencia antigua? ¿Por qué tanta variedad de juicios, a trueco de no aceptar el de las autoridades literarias? ¿Qué es lo que ve la edad presente en el Quijote para romper tan abiertamente contra las tradiciones de la pasada? Grande es, en verdad, el talento de un escritor cuyo más opimo fruto ha satisfecho la curiosidad y dado por tanto tiempo alimento a la inteligencia humana, no menos que a las críticas y a las hiperbólicas alabanzas, y que al cabo de más de dos siglos y medio se debate con más instancia que nunca sobre cuál es su espíritu, cuál su pensamiento y qué fines se propuso su autor al escribirle; y ha de suceder con este libro que el ver una opinión, así sobre la forma como sobre el fondo, que rebaje, disminuya o menoscabe la alta consideración en que debe ser tenido Cervantes, será una robusta prueba de que los que la propalan no han acertado a comprenderle, ni acertarán tampoco mientras para juzgarle no miren hacia adelante, que es en donde siempre les esperará su inspirado autor.
Así es que cuantos desconocen por ignorancia, o aparentan desconocer por conveniencia, el movimiento y dirección de las ideas en la civilización actual, se encuentran en una situación incapaz de comprender, por lo menos, cómo llenó Cervantes su misión histórica con su inmortal libro, el primero escrito con una tendencia social y práctica. Y por esto, ninguna época más a propósito para apreciarle en todo su valor que aquella en que, como en la presente, se desentrañan y desenvuelven las eternas cuestiones que desde su principio viene agitando la humanidad, para resolverlas también bajo un punto de vista social y práctico, a la luz de los nuevos conocimientos adquiridos en el lento, pero constante progreso del espíritu humano. No, no culpamos a los críticos pasados el haberle desconocido: culpa fue de la época en que vivieron, que harto han hecho con mostrar su asombro con decir: «algo hay en ese libro que no acertamos a explicar, pero que nos admira; al revés de lo que sucede con las obras de los hombres, aparece cada vez de tanto más mérito, cuanto con más escrupulosidad se va examinando». Un libro podría formarse con los elogios que ha merecido de los hombres este libro admirable, y es que, en el terreno del arte, creó Cervantes un mundo cuyas bellezas y secretos van, como los de la naturaleza, paulatinamente revelándose a medida que se le estudia y se le observa. Y esta observación y estudio, y este encontrar siempre bellezas nuevas, que claro es que no se refieren a la forma, sino al fondo, porque las de aquella se hallan a la vista y ocultas las de este, son las que dan pábulo y continuo alimento a la inmortalidad que alcanzan las grandes obras del genio. Tocó a nuestra época el descubrir un nuevo y grande valor en la de Cervantes considerándole bajo nueva faz, acontecimiento que se venía anunciando desde la primera protesta formulada contra el credo ortodoxo de los eruditos, seguida de mil tentativas para crear otro dogma en sustitución del que vacilaba y desaparecía. Y al modo que esa opinión desaparecerá para nunca más rehabilitarse ni recomponerse en nuestro juicio, al modo que los defectos hallados en la letra resultaron ser puros achaques de juristas desocupados, así nos prometemos desvanecer los graves errores nacidos a los primeros asomos de interpretación del espíritu, lo que será materia de nuestro siguiente artículo.