“Comentarios filosóficos del Quijote. Refutación de la creencia sostenida hasta nuestros días de que el Quijote fue una sátira contra los libros caballerescos. II”
- Autor del texto editado
- Díaz Benjumea, Nicolás (1829-1884)
- Título de la obra
- La América. Crónica Hispano-americana, n.º 15, 8 de octubre de 1859
- Autor de la obra
- Asquerino, Eduardo (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de La América, a cargo de F. S. Medirolas,
1859
- Paginación
- pp. 8-9
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 mayo 2026
Comentarios filosóficos del Quijote. Refutación de la creencia sostenida hasta nuestros días de que el Quijote fue una sátira contra los libros caballerescos
1
II
Que el hombre proponiéndose lo más alcance lo menos accidente es propio de lo limitado de sus fuerzas, comparadas con lo infinito de sus deseos. Rara vez acontece lo contrario, y, cuando esto tiene lugar, ya que no en el principal agente, en otros, o bien en una favorable reunión de circunstancias, habremos de hallar el complemento de las fuerzas en proporción al fin conseguido. En la esfera de las artes hállase, más que en otra alguna, expuesto a menoscabo el pensamiento, al pasar a revestirse de forma exterior. Si consultamos el pensamiento de los artistas, veremos siempre que el plan ideado en su mente es más grandioso y elevado que el que puede revelarnos su obra. Aquellos hombres privilegiados que, teniendo una gran idea, logran darle la forma que le corresponde son los que descuellan y dominan en el mundo del arte. Nada habrá entonces perdido su concepción en el tránsito de las regiones ideales al mundo de los hechos, porque la forma revelará el espíritu en sus múltiples manifestaciones. Este es el gran triunfo del arte asociado a una grande idea, porque, si la imaginación puede con facilidad elevarse y, lanzándose a los espacios, recorrer en raudo vuelo ilimitados horizontes, allanando los obstáculos que se le presente[n] sin más que el poderoso auxilio de su voluntad, sic volo, al posarse en el mundo de la realidad la libertad se trueca en sujeción y en obediencia el poderío; ha de recorrer a pie el camino que su pensamiento recorrió con alas, y los obstáculos y escollos que detienen o embarazan su marcha no se allanan ni remueven al mandato imperioso de su voluntad. ¡Cuán venturoso no es, pues, si los vence todos, si camina por el carril estrecho con la misma facilidad que volaba por los anchurosos espacios, si logra que su espíritu se encarne, traduciendo al mundo de la materia toda la belleza majestuosa que ostentaba en el mundo de la idea!
Proponerse debe el artista llenar cumplidamente los deberes de su sacerdocio para hacerse digno de la fama e inmortalidad, moneda con que la humanidad, más que con oro, paga a los que ejercitan el sagrado ministerio de enseñar y corregir deleitando, ya al pueblo agobiado con el peso del cotidiano trabajo, ya a los grandes y poderosos que tienen a su cargo las graves tareas de la gobernación de los estados. Y entre tantos como aspiran y han aspirado a esa nobilísima profesión de maestros, entre tantos llamados, podemos decir: ¿cuántos son los elegidos? No hay bien ni recompensa en la tierra más apreciable a los ojos de los hombres que la fama e inmortalidad, ni galardón que más se concierte con el orgullo y llene las medidas de la ambición, siquiera porque es un bien que no acaba, como la hermosura, la juventud y las riquezas, porque es un bien concedido a pocos, y a cuya concesión preside la más severa justicia. Todo lo puede alcanzar el poder y el oro, menos sorprender, comprar o cohechar esa fama imperecedera, esa inmortalidad gloriosa con que la sociedad, juez integérrimo, día por día, hora por hora, momento por momento, paga en respeto, en admiración y en alabanza las obras sublimes de los que viviendo supieron emplear su actividad y fuerzas en provecho de la humanidad. Es preciso haber ejecutado algo, haber legado algo que tenga el sello de lo estable y lo duradero, que viva cuanto la sociedad viva, que detenga para sí solo el curso del tiempo, arrebatando así a su injuria su valor y su belleza. Nada que sea pasajero, nada que tenga marcado una época más o menos duradera, nada que viva para morir, que aparezca para desaparecer en un plazo mayor o menor, puede ser materia para una obra de arte inmortal, imperecedero. «El artista, dice Víctor Hugo, no debe pretender el combatir un edificio que ha de convertirse en ruinas, porque estas ruinas envolverán también la obra del arte».
Con solo estas consideraciones bastaría para hallar un terreno desde el cual pudiésemos juzgar la opinión antigua que reduce el pensamiento del libro a una mera sátira, o, por valernos de los propios términos del poeta francés, a combatir un edificio que ya se bamboleaba y caía a pedazos. Y, sin embargo, cuando de inmortalidad hablamos, cuando nos andamos a buscar un nombre y una obra del arte que desafíe a la mano destructora del tiempo, nuestra vista encuentra el libro del Quijote entre los eternos monumentos del ingenio humano. Y cuando pronunciamos los nombres de Homero, de Virgilio, de Dante, de Goethe, de Shakespeare, de aquellos grandes maestros y reveladores que han arrojado luz y sacado un mundo del caos del corazón humano, nuestros labios pronuncian también con respeto y complacencia el nombre de Cervantes, cuya obra vivirá mientras viva el hombre sobre la tierra. ¿Qué hay, pues, en ella, que le asegure esta eterna vitalidad? ¿Ha sorprendido tal vez su autor a la posteridad con la gallardía de estilo y belleza de dicción? ¿Ha hecho el milagro de convertir en duradero el ataque a un fantasma agonizante que halló en su tiempo, y que nuevas y nuevas generaciones apasionadas de recientes ideas, distraídas por distintos intereses, concuerden y se unan en prestar su atención y tiempo en pagar un tributo de admiración y de alabanza a ese imponente desplegamiento de fuerzas, a ese lujo de ataque contra un adversario que ya impotente se rendía? No, es que debe haber en esa obra el fondo que constituye la inmortalidad de las humanas, lo que es fenómeno constante en el mundo espiritual, lo que es cuestión de todas las épocas, y por tanto de interés y atractivo para todos los hombres. Este es el secreto de la inmortalidad de toda obra. Esta es la materia del arte imperecedero. «¿No admira el pensar, dice Edgar Quinet, que este ser frágil produce cosas que no concluyen, que va a morir mañana y dejará un libro, una estatua, un lienzo, y ni los años ni los siglos borrarán una línea de este libro? Los imperios pasarán cerca del pedestal, y la estatua permanecerá firme, o, si es echada por tierra, los que después vinieren la volverán a levantar; y ese lienzo, que puede destruir un soplo, sobrevivirá a más de una raza de hombres. ¿Por qué esta inmutabilidad, sino porque entre todos los pensamientos efímeros de su tiempo, el artista se ha apoderado de una idea imperecedera, eminentemente positiva, es decir, de algo de divino, que, como un pedestal indestructible, sostiene su obra y la eleva por encima de los ataques del tiempo?».
Esa idea duradera, ese quid divinum, alma de las obras del genio, que las salva del olvido y de la indiferencia de los hombres, es lo que ha de buscarse en el libro de Cervantes, es lo que constituye el trabajo de la posteridad, el sufragio de los siglos que va poniendo piedra sobre piedra al pedestal del genio, para que se vea su figura desde todos los confines de la tierra y se dibuje siempre en los más lejanos horizontes. Ese quid divinum es la armadura impenetrable con que el venturoso prisionero lanzó su libro desde una estrecha cárcel, seguro de que daría la vuelta al mundo, invulnerable contra los ataques de la crítica envidiosa; es lo que le coloca en el templo de la fama en uno de los lugares más preferentes; lo que hace [de] propios y extraños, de sabios e ignorantes, una voz única en todo el universo, que solo sabe traducirlos el pasmo y la admiración con que se lee, es lo que ha obligado a exclamar al último de los comentadores, al san Agustín de los Santos Padres de la erudición, al ver que, a pesar de tantos defectos de forma, el libro embelesa, arrebata y encanta a los lectores: «¡Qué abundancia de mérito no debe haber en la invención, en la suma, en el contorno de esta admirable fábula!». En estas palabras, en esta confesión notable con que termina Clemencín su trabajo, paga un tributo de admiración a la alteza del pensamiento que guio la pluma de Cervantes, al par que manifiesta y reconoce que ni él ni sus antecesores le comprendieron. Gracias a esta confesión estamos dispuestos a absolverle de los graves cargos que contra él resultan por haber calificado a Cervantes en varios lugares de insulso, frío, desaliñado, descuidado y falto de memoria, ciencia y erudición, y esto tan fuera de razón y de justicia, que, según un escritor de nuestros días, puede justificarse a Cervantes en cerca de setecientos pasajes en que, ya el señor Clemencín, ya otros comentadores o críticos, le han entendido al revés o no le han entendido. Aludimos al señor don Juan Calderón, profesor de humanidades y autor de la obrita titulada «Cervantes vindicado en ciento y quince pasajes del texto del Ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha, que no han entendido, o que han entendido mal, algunos de sus comentadores o críticos». Consignamos, con la misma complacencia que su nombre, la expresión de nuestra gratitud por este eminente servicio hecho a los apasionados de nuestras letras, principalmente a los extranjeros, que buscan la ayuda de un intérprete de la letra que les ponga de relieve las bellezas de dicción para ellos inapreciables, y a lo que ha contribuido, con no menor acierto, el señor don Juan Eugenio Hartzenbusch.
A pesar, pues, del rigor y notoria injusticia con que se le ha tratado, sus mismos severos jueces soltaron la pluma asustados de su trabajo, reconociendo su impotencia, no pudiendo conciliar cómo una sátira, tan defectuosa en su forma, contra libros que solo se encuentran hoy en manos de los bibliófilos, cómo un libro escrito ha dos siglos y medio, y al cual sirvió de base un pensamiento efímero y pasajero, es el libro de todos los tiempos, el libro que, aun despojado de sus mejores galas en las traducciones, encanta y embelesa a cuantos le leen, porque el héroe de Cervantes a todos y en todos tiempos interesa de igual manera. P. Antonio Eximeno, en su apología de nuestro ingenio, reflexionando acerca de la confesión cronológica que se advierte en la obra del Quijote, cree que con toda intención hizo vivir a su héroe en todas épocas, antigua y moderna. Y es que Cervantes llevaba la mira puesta a hacer del hidalgo y el escudero dos seres simbólicos que representan la especie humana, tendencia generalizadora propia del genio del Mediodía, de la raza latina, única que sabe personificar, encarnar y realizar con un admirable plasticismo las concepciones de su mente, e infundir el soplo de la vida a sus creaciones artísticas. Don Quijote, aunque natural de La Mancha y vestido, si se quiere, a la española, es un tipo universal, es un ciudadano de todos los países, y viviente en todas las edades, porque habla un lenguaje comprensible en lodos los tiempos. Su carácter moral en la dirección del bien y de la virtud, así como el de Sancho en una tendencia de grosero sensualismo, tienen el sello de la universalidad. Cervantes es para el universo entero lo que Ariosto para Italia, lo que Molière para Francia, lo que Shakespeare para Inglaterra; porque lo que sirve de fondo a su libro, porque la idea imperecedera de que se apoderó y encarnó en sus dos personajes, es el problema, es la cuestión más importante que la humanidad se ha planteado desde el principio de los tiempos, la que agita y agitará a los filósofos en sus trabajos especulativos, a los políticos en sus gabinetes, a los reformadores sociales en su confección de utopías, y a todo hombre, en fin, que como tal, y compuesto de dos naturalezas antagonistas, ya apasionado por el bien, ya seducido por el mal, la plantea y trata de resolverla en sí individualmente, como trata de resolverla para la sociedad el esfuerzo colectivo de la inteligencia humana en el curso de los siglos. Por esto, profundizando más y más, hallamos al cabo una cuestión teológica, la cuestión del bien y del mal. Cuando ha dicho Víctor Hugo que, al profundizar en el terreno del arte, al primer golpe de azada, se promueven las cuestiones literarias, y al segundo, las cuestiones sociales, debía haber añadido que al tercero se promueven las teológicas, y, si no lo dijo, es por ser una verdad incuestionable que la religión es el fondo permanente de todas las cuestiones del arte, como que ella les da en cada civilización, ora bajo el período de autoridad, ora bajo el de las formas libres, el mismo aire de familia. «En toda cuestión política ⎼ha dicho también don Juan Donoso Cortés⎼ va envuelta una cuestión teológica.»
Según Lerminier, en un grano de arena están las cuestiones de la propiedad, del trabajo, de la producción, de la población, del derecho internacional, de estadística, de la esclavitud y de la libertad, y, finalmente, todas las políticas sociales, económicas, morales y religiosas, puesto que está la de la existencia de Dios, creador de ese átomo. ¿Qué mucho que se encuentre en el libro del Quijote, cuando personifica en el protagonista esa pasión ardiente y exagerada del bien y de la virtud, «que hace del cuerdo loco y del justo inicuo», según la expresión de Horacio?
Volviendo a la materia de la universalidad que distingue a las acciones, palabras y pensamientos de uno y otro personaje, en el libro de Cervantes hallaremos que don Quijote y los deseos de Sancho reasumen los deseos y aspiraciones de la naturaleza humana, mientras el espíritu esté aprisionado en la materia, mientras el alma se dirija en sus vuelos a los espacios celestes e infinitos buscando su verdadera patria y el cuerpo se mueva entre los vapores de la tierra, que es a la vez su cuna y su sepulcro. ¿Cómo, pues, no ha de ser eterno e inmortal, cómo no ha de considerarse ese libro siempre del momento, siempre nuevo, siempre interesante, si se ve en él un panorama de la humanidad en acción, dirigida y guiada alternativamente por los dos elementos antagonistas que componen su naturaleza; si todo en él cae bajo esas grandes líneas providenciales entre las cuales se mueve y ejercita la libertad humana? Aunque supongamos trascurrido igual número de siglos al que la humanidad lleva de existencia, mientras exista un solo hombre sobre nuestro planeta, ora pertenezca a una clase privilegiada, ora a la masa general del pueblo, ora viva en el norte, ora en el sur, sabio o ignorante, cristiano o judío, materialista o espiritualista, de cualquier estado, condición, temperamento o carácter que fuese, siempre, en cuanto hombre, dirá al leer el Quijote: «este es mi retrato». Ningún individuo de la especie humana puede dejar de estar simbolizado en don Quijote o Sancho, en el amo o en el mozo, en el hidalgo o en el escudero.
Y lo que decimos del hombre puede aplicarse a la humanidad, lo que del individuo a la colección, Ábrase la historia, y se verá a la especie humana cayendo del idealismo al seno del materialismo, condenando hoy un sistema para ensalzar otro, pero viniendo a parar siempre, en la sucesión de los tiempos, a victorias o derrotas de uno y de otro extremo. El misticismo o la fe, el ateísmo o la duda, no son en la historia más que vías convergentes y divergentes de esas dos grandes avenidas, de esas dos grandes líneas a que la humanidad viene a parar, debiendo forzosamente seguir la una o la otra por turno, hasta tanto que venga una síntesis a armonizar este antagonismo. Don Quijote y Sancho representan esos dos aspectos, esas dos manifestaciones, ese dualismo, ese combate, esa unión desacorde, ese enigma viviente, esa contradicción misteriosa que se llama hombre, y todo hombre, al leer el libro de Cervantes, puede decir: Yo soy el caballero cuando doy rienda suelta a mi imaginación, cuando me abandono a las contemplaciones del espíritu, cuando en las regiones de lo ideal me formo mil dorados ensueños de ventura, un mundo halagüeño en donde reina el bien a cubierto de las asechanzas de su implacable enemigo, en donde impera la justicia, donde triunfa la razón y se enseñorean las virtudes. Yo soy el escudero cuando doy rienda suelta a mis apetitos, cuando me abandono al predominio de la materia, cuando satisfago sus imperiosas necesidades o me deleito con la idea de los goces de los sentidos. Yo soy el andante hidalgo cuando anhelo la perfección del alma y el corazón, cada vez que siento un impulso noble, una noble ambición, un noble orgullo, cuando amo la gloria y la inmortalidad. Yo soy el escudero cuando me rindo esclavo a las debilidades de mi naturaleza, cuando no veo más que los mezquinos intereses que me rodean, cuando mis deseos se encuentran bien en este reducido espacio, cuando en mí domina el egoísmo, la ambición desenfrenada y el anhelo por los goces materiales. Yo soy el hidalgo cuando mi razón, desembarazada de tinieblas y desasida de lodo lazo, se pone de parte de la razón contra la sinrazón, del débil contra el fuerte, del humilde contra el soberbio, del bien contra el mal, de la virtud contra el vicio, de la justicia contra la injusticia. Yo soy el escudero cuando mi ánimo, guiado por móviles interesados, se pone de parte del provecho contra toda razón y justicia: de parte del fuerte porque adivino en él la victoria; del soberbio porque temo de él las iras; del mal, sí a su sombra medro; del vicio, si en él veo utilidad, y de los Camachos, solo porque tienen abundantes ollas y sabrosas espumas. En una palabra, el hombre es el hidalgo siempre que resiste a la dura y pesada cadena con que la materia ciega, con que los errores y el mal quieren esclavizar aquí abajo al alma que se ha elevado y se forja un mundo en las alturas; y es el rústico siempre que se deja guiar por las pasiones y paga el tributo de obediencia a las leyes de conservación de la materia. Imita al uno siempre que el alma hace un esfuerzo para apartarse de la bestia, para salvar las condiciones del espacio y del tiempo, para sacudir la librea mortal y perecedera que nos reviste; y semeja al otro siempre que cedemos a la fuerza que hacia el bruto nos acerca, y al polvo mezquino y miserable de que somos formados.
Estos personajes tan hábilmente delineados, dirá todo hombre al leer con atención el libro del Quijote, se encuentran en mí, yo siento esa diversidad de deseos y de inclinaciones, yo observo en mí mismo ser esa concertada disonancia de dos caracteres tan opuestos, esa peregrinación constante e inseparable de dos antípodas. Porque, en efecto, a pesar de ser tan diverso el lenguaje y los pensamientos, los deseos y las intenciones de amo y mozo, ni don Quijote puede pasarse sin Sancho ni Sancho sin don Quijote, y parece que el uno no está completo sin el otro. Nada más exacto que considerar al espíritu simbolizado en el amo como superior e ilustrado, y la materia personificada en el escudero como inferior e ignorante: es decir, el hombre en sus dos contrarias naturalezas. Y ese hombre no es el hombre de ayer ni de hoy, ni de una época determinada, sino el hombre de todas las épocas y edades, de todos los climas y naciones.
Aquí está el secreto de la inmortalidad del Quijote, esto es lo que le ha hecho universalmente famoso y ser leído de todos y por todos con interés incansable, porque allí se admira una como fotografía de la naturaleza humana, y esa verdad con que está retratada hace que, sin haber existido don Quijote ni Sancho, parece que le hemos visto y conocido, según la expresión de don Antonio Alcalá Galiano; que sean inmortales los que nunca vivieron, según la de Mayans; que el caballero alto, enjuto y entonado, y el escudero rechoncho, decidor y malicioso, como escribe Ticknor, existan y vivan en la memoria de cuantos les conocen, más fuertemente que ninguna otra creación del talento humano. Y nosotros añadiremos: y más también que los que realmente han vivido, porque es imposible que ningún individuo, por sus actos o por sus escritos, se pinte ni le pinten de una manera tan completa y acabada como lo están a nuestros ojos don Quijote y Sancho.
Si tal propósito no hubiera existido en Cervantes, a una con el más alto pensamiento que domina en su obra, sirviendo de dirección y norte a la acción del héroe principal y que será la parte más importante de nuestros comentarios, ¿cómo es posible que se reflejara en el todo y en cada una de sus partes? ¿Cómo hubiera caracterizado con tal valentía estas dos figuras? Que un genio desconozca su misión humanitaria, el papel que representará en la historia y su influencia en la marcha futura de las sociedades, lo comprendemos; y eso cabalmente es lo que tal vez ignoró Cervantes, como otros muchos; pero que en la ejecución de sus obras sobresalga un pensamiento perseverante, que el conjunto y sus partes separadas estén en armónica correspondencia, y todo arreglado a un plan, que le ha venido como el consonante a los copleros, es cosa de todo punto improbable.
Si nuestras fuerzas lo permiten, trataremos de demostrar en esta obra, en lo que podríamos llamar «Generación de la idea del Quijote en el cerebro de Cervantes», que, a pesar de las escasas noticias que poseemos de la vida de este gran escritor, y con especialidad de la época inmediata anterior a la publicación de su libro, recogiendo varias ideas vertidas en algunos pasajes de sus obras; con todo, considerando las circunstancias de su época, el nuevo rumbo que comenzaban a tomar las ideas, el género de literatura que se venía cultivando, el talento de nuestro compatriota, su carácter, su ejercicio, su cautiverio y acciones que en él ejecutó, sus aspiraciones y desengaños, su pobreza y la enseñanza de la adversidad y de la experiencia en una época ya avanzada y de madurez de entendimiento, con que, ayudado de su imaginación fecunda, lanzó en la república de las letras su inimitable libro, el Quijote, tal como nosotros le consideramos, era la producción necesaria y lógica de Cervantes. Veríase, sobre todo, que el caballero andante debía ser el protagonista de su obra, ya por la significación que este personaje tenía sin duda para nuestro ingenio, atento al espíritu que animaba a la institución caballeresca, ya por el campo que le ofrecía para el desarrollo de su plan en una acción continua y variada: campo por extremo accidentado y que le brindaba con espacio y lugar cómodo para ir entretejiendo una crítica general de todos los errores, preocupaciones, vicios y defectos de los hombres y de las cosas. En esta crítica general entró, como defecto y muy grande que era, la de los malos autores de historias fabulosas, como la de los malos autores de comedias, como la de los malos poetas y malos caballeros, de los nobles soberbios, vanos y orgullosos, de los caballeros cortesanos, de los aduladores, de los príncipes y poderosos, de los cuadrilleros, de los malos cómicos, de las supersticiones y preocupaciones religiosas, como las creencias en duendes, fantasmas y visiones, de los avaros, de los pródigos, de los seductores, de los eruditos, de los murmuradores, de los malos sacerdotes, de los entrometidos, etc. De todo esto e infinitas cosas más hizo una crítica admirable el gran autor del Quijote, sin que pueda decirse que fue su objeto al escribirle el criticar una u otra determinada, y particularmente que, si tan limitado hubiese sido su punto de vista, limitado habría sido también el tiempo del aplauso y estimación de su obra, la cual se hallaría hoy no en las manos de todos, sino archivada en las bibliotecas públicas y en las de los amantes de curiosidades literarias. Nada hay más indiferente e inútil que los trabajos que hace un ejército para sitiar una ciudad después que es dueño de sus llaves y fortalezas; que la armazón construida para fabricar un buque, una vez que este flota sobre las aguas; que los andamios hechos para la construcción de un edificio, cuando este se halla totalmente concluido. Concediendo que el Quijote, escrito con el ánimo de destruir la máquina de los disparatados libros de caballerías, la hubiese por completo aniquilado, ¿qué interés tendría para los lectores de otras épocas, en las cuales no se conocía el mal de que fue remedio, sino el que tienen todas las demás obras de circunstancias, todas aquellas originadas por motivos pasajeros? Serían, repetimos, dignas de todo elogio, y merecerían una mención honorífica al trazar la historia el lastimoso estado de una época a que vinieron a dar fin. Tal vez, si al desempeñar su tarea, mostró el autor algunas bellezas literarias, contribuirían estas a mantener por más tiempo fresca su memoria entre los eruditos, entre los literatos y gentes ilustradas; pero su noticia no traspasaría estos límites, y siempre, para apreciar su valor, tendríamos que remontarnos, en espíritu, a la época en que salió a luz, y enterarnos de la causa que motivara la tal obra. Nada de esto sucede con la de Cervantes, cuya fama universal y general interés hemos demostrado, y menos es preciso, para apreciarle y admirarle, el saber que en tal época la literatura siguió una senda descarriada, que los autores plagaban de monstruosas concepciones a la sociedad. El mérito, el valor, la grandeza del libro objeto de nuestros comentarios, son independientes de tal género de consideraciones. Lo que menos piensa el lector al concluir la lectura del Ingenioso hidalgo es si concluyó o no con los disparatados libros, y, en rigor de verdad, con más gusto y estima se lee y considera hoy que en el tiempo en que pudo llamarse de actualidad.
El Quijote de la Cantabria se escribió no ha mucho tiempo con un fin análogo al que se quiere suponer en el de La Mancha. Si en la época de Cervantes la literatura corrompía el buen sentido y las más importantes nociones, si dañaba en una palabra el espíritu, en la época en que salió a luz el Infanzón de la Vega un mal parecido aquejaba a nuestra sociedad, plagada de obras transpirenaicas que dañaban el corazón. Sin entrometernos en averiguar si el segundo Quijote consiguió o no su objeto, que bien alto hablaban los hechos por la negativa, ¿qué lugar merece esta obra en la consideración general? ¿Qué puerto se le asigna en el templo de la fama? ¿Se dirá que puede sucederle lo que a la de Cervantes, que no fue bien comprendida al principio? Pero, si esto ha sucedido, es justamente porque otro era su objeto, que no la crítica de los libros caballerescos. ¿Cuál ha sido la suerte del Quijote de Avellaneda?
Y no se diga que su inferioridad a Cervantes, su falta de gracia, de donaire y de inventiva le condenaron a olvido, no. Si se hubiesen perdido todas las ediciones del Quijote en lengua española y tuviésemos que juzgar hoy día de esta obra por las traducciones, no tendríamos el encanto que produce la belleza de su estilo, pero no dejaríamos de admirar el fondo como le admiran los extranjeros, que por esta han sido los que más los han penetrado; ni dejaríamos de reír con ella, porque los chistes de situación, que allí son los contantes y permanentes, nada pierden en las traducciones.
Tales chistes son los que nacen de la oposición y contraste entre lo que realmente son en sí los objetos que se presentan a la vista de don Quijote y el modo con que él los juzga y considera. Esta es la verdadera fuente de lo que se llama vis cómica, en lo que rayó Cervantes a la altura de Molière. Ahora bien, la escena, por ejemplo, de los cueros de vino, y la de Sganarelle 2 , hablando con los dos filósofos, harán reír en todos los idiomas del universo, y, como estas, todas las aventuras del ingenioso hidalgo, porque el contraste en que se encuentra su modo de ver con el de todos los demás, y, al propio tiempo, la incongruencia entre el fin que se propone y los medios de que se vale son manantiales perennes de situaciones cómicas desde el principio hasta el término de la obra. El daño para Avellaneda estuvo no en que fuese inferior a Cervantes en el manejo de la lengua, sino en que no alcanzó ni pudo alcanzar el elevado punto de vista de su modelo, el cual, como con acierto dice el señor don Buenaventura Carlos Aribau 3 , «adivinó el gusto y las tendencias de otra sociedad, y, haciéndose popular con sus gracias inimitables, anunció la aurora de una civilización que amaneció después». Esto es lo que falló a Avellaneda y lo que hubiera fallado a todo otro novelista que en aquella época hubiese intentado imitarle, por más que en fecundidad, en gracia y en donaire hubiese corrido parejas con Cervantes.
(Se continuará)