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Prensa y canon · Polémicas

“Comentarios filosóficos del Quijote. Refutación de la creencia sostenida hasta nuestros días de que el Quijote fue una sátira contra los libros caballerescos”

Autor del texto editado
Díaz Benjumea, Nicolás (1829-1884)
Título de la obra
La América. Crónica Hispano-americana, n.º 14, 24 de septiembre de 1859
Autor de la obra
Asquerino, Eduardo (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de La América, a cargo de F. S. Medirolas, 1859
Paginación
pp. 7-8
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 mayo 2026

Comentarios filosóficos del Quijote. Refutación de la creencia sostenida hasta nuestros días de que el Quijote fue una sátira contra los libros caballerescos


Al delinear a grandes rasgos la historia del libro del Quijote 1 , notamos dos periodos muy dignos de tenerse en cuenta: el período de la anotación o interpretación de la letra, del análisis de la forma o crítica literaria, y el periodo de la interpretación del espíritu, del análisis del fondo, de la crítica filosófica, o sea, del comentario propiamente dicho. Distinguidos literatos, verdaderos portentos de erudición, desempeñaron con el detenimiento y extensión debidas la tarea propia del primero, gozándose en demostrarnos que una obra tan original estaba empollada nada menos que con pensamientos, frases y palabras de todos los que antes de nuestro ingenio habían manejado la pluma, y, lo que es más, que punto por punto se hallaba ajustada a las reglas de los antiguos preceptistas. Muchos, a la verdad, nos mostraron el tesoro que encierra en bellezas de dicción y estilo, y otros, no en pequeño número, descubrieron que su autor no tuvo borlas ni grados, y que, en medio de tales bellezas, hay gran desaliño y descuido, absurdos, anacronismos e irregularidades geográficas, sin pensar acaso que en tenerle por falto de erudición y ciencia hacen su mayor elogio. Partes, capítulos, episodios, caracteres, períodos, frases, palabras, conjunciones, puntos, comas y vírgulas, todo pasó por el tamiz de estos implacables examinadores, que hasta el adjetivo de «ingenioso» calificaron de poco feliz, de modo que puede decirse que, así como en su peregrinación no dejaron a don Quijote y Sancho hueso sano ni parte del cuerpo que no hiciese conocimiento con la estaca, la coz o la puñada, así en su segunda peregrinación por el campo de la crítica no quedó hilo del tejido de la historia que no entresacasen para mirarle y remirarle al trasluz. El hombre de la erudición y de la letra vino a pronunciar su fallo, y supimos en definitiva que Cervantes no había hecho más que vestir con gracia y donaire los anatemas lanzados por Montano, Vives, Venegas, Mejía y otros doctos varones de su época contra una literatura enfermiza y calenturienta que tenía ya los pies en el sepulcro. Y, ¡hallazgo imprevisto!, al terminar esta modesta tarea, Cervantes había hecho nada menos que una fábula épica, según Ríos, superior en mucho a la Ilíada de Homero. Fue, en efecto, Ríos quien, por orden de la Academia de la lengua, abrió la marcha entre los críticos españoles, no obstante que ya, al escribir la biografía de nuestro celebrado ingenio, había Mayans explorado un tanto este terreno, para encubrir, como dice en su prólogo, con las hojas de sus escritos, la pobreza y desnudez de aquella persona, dignísima de mejor siglo. Hasta entonces, la mayor parte de los autores que celebraban el Quijote se habían empleado más en hacer de él elogios generales que en formar un análisis exacto, que descubriese clara y distintamente su plan, su carácter y su objeto, y nuestro académico vino a remediar esta falta, quedando tan entusiasmado de la obra, por hallarla sujeta a los preceptos de Horacio y Aristóteles; que, en su juicio, Cervantes lleva la ventaja sobre el gran padre de los poetas griegos, porque nuestro compatriota tuvo la singularidad de haber sacado toda la acción del Quijote de sola su imaginación, al paso que las acciones de sus héroes y la intervención de sus deidades las encontró Homero en la tradición y la mitología griega. De esto deduce que, así como los defectos que se imputan al autor de la Ilíada y Odisea provienen de las ideas y costumbres de su tiempo, así muchos de sus aciertos provinieron de estas ideas más bien que de su ingenio, y concluye el parangón manifestando que Homero tomó lo maravilloso de sus obras de boca de los griegos, y Cervantes lo ridículo de su fabula de manos de la naturaleza.

Al leer estas palabras en el análisis de don José Vicente de los Ríos, recordamos involuntariamente aquella otra comparación más acertada que hizo de ambos inmortales escritores José Marchena, en el discurso preliminar de sus lecciones de moral y elocuencia, diciendo: «Cervantes es parecido a Homero no solo por haber vivido pobre, y porque después de su muerte varias ciudades han alegado la gloria de haber sido su cuna, mas también porque sus comentadores han encontrado en su Don Quijote todas las bellezas, dotes y prendas menos las que en él hay».

Pero, dejando esto aparte, puesto que en otro lugar emprenderemos el trabajo de examinar y combatir los más notables dados a luz pública en una dirección puramente formal o literaria, y que podremos llamar crítica de los críticos, el objeto que inmediatamente nos proponemos es refutar la opinión y creencia ortodoxa, predicada y sostenida por las autoridades literarias durante el primer período, hasta la primera protesta contra ella formulada, que se dudó de la palabra honrada de un grande hombre, como dice Ticknor con una candidez admirable; y, antes de entrar de lleno en la refutación de tal creencia, haremos algunas observaciones generales acerca de su origen, de la falta de unción en los apóstoles mismos que la sustentaban y de la resistencia e incredulidad manifestada constantemente a pesar de los repelidos esfuerzos hechos para consolidarla, en la época misma en que no se conocía otra manera de interpretar el pensamiento o fin del autor. Mucho es de maravillar, al echar una ojeada sobre la posteridad del Quijote, que gran número de escritores, sin que persona alguna les contradijese, hayan tratado de demostrar con el mayor empeño y ahínco que el objeto que se propuso Cervantes fue hacer una invectiva contra los libros de caballerías. Es más, algunos han procedido a esta demostración con el aire y la apariencia que habrían tomado si fuesen a propagar una opinión o juicio resultado de propias y profundas meditaciones. Nadie tiene necesidad de afirmar ni defender lo que por nadie está negado ni contradicho. Sería inútil que hombres de reconocida ilustración ocupasen el tiempo en probarnos, por ejemplo, que el padre Isla se propuso, al escribir su Fray Gerundio de Campazas, hacer una sátira contra los malos predicadores, porque luego este pensamiento, a la simple lectura, por el más simple se descubre. No había para qué declarase Cervantes, no una, sino repetidas veces, el objeto que movía su pluma, que, como fuese su intento el hacer una invectiva, trazada por tan hábil péñola, nadie habría dejado de conocerla o adivinarla, si ya no es que incurría en lo mismo que ridiculizaba en el pintor de Úbeda.

Y nótese que Cervantes trae a la memoria en Don Quijote el comento de Orbaneja en el capítulo 3.º de la segunda parte, en que se juzga a la primera en aquellos intencionados coloquios que se pasan entre el bachiller, personificación de lo irónico y maleante, y el honrado hidalgo, y con ocasión de las tachas que en aquel tiempo y aun después pusieron los eruditos a su historia por haber interpolado en ella la novela del Curioso impertinente, novela que, con perdón de los críticos, no está allí a humo de pajas, corno suele decirse, y solo por haberla encontrado el cura en una maleta que se habla dejado casualmente en la venta un pasajero; sino que en el fondo tiene grande analogía con el que revela el Quijote. Y debían de haberse imaginado los que entonces y después pusieron tales tachas que, siendo lo de la maleta, el pasajero y encuentro de la novela pura invención de Cervantes, no a trompa y talega puso la del Curioso, sino que supo poner en sus entrañas aquella, entre todas las que había compuesto, que más se avenía con las entrañas del Quijote, como en su lugar correspondiente demostraremos. De otro modo, repetimos, no se comprende que Cervantes pusiese estas palabras en boca de don Quijote: «Ahora digo que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino un ignorante, que, a tiento y sin algún discurso, se puso a escribir, salga lo que saliere, como hacia Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual, preguntándole qué pintaba, respondió: lo que saliere; tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él “este es gallo”; y así debe ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla». Y no es menos significativa e intencionada la respuesta que a estas palabras pone en boca de Sansón, como si en aquel lugar permitiese Cervantes que por mucho tiempo habían de andar los críticos a la corteza, y, así, irónicamente le responde: «Eso no, porque es tan clara que no hay cosa que dificultar en ella; los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran, y finalmente es tan trillada y tan leída y tan sabida do todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen allá va Rocinante». Los que conozcan la delicadeza de la sátira de nuestro gran ingenio no podrán menos de ver en estas palabras que Cervantes se refirió al espíritu de su obra.

Parecía natural que, puesto que varias veces en el texto se declara, no ponía una pica en Flandes el que dijese que el autor se propuso hacer una invectiva contra los libros de caballerías; mas, con todo eso, vemos que don Gregorio Mayans, al juzgar el Quijote, como si le hubiese costado muchas vigilias, se expresa en estos términos: «La idea, pues, de Miguel de Cervantes Saavedra y el sentido de ella, a lo que yo alcanzo, son como se siguen». Don Vicente de los Ríos dice que ningún autor, hasta él, había formado del Quijote «un análisis exacto, que descubriese clara y distintamente su plan, su carácter y su objeto». ¡Descubrir su objeto! ¿De qué sirve entonces la palabra honrada de un grande hombre, debía haber respondido Ticknor al académico? ¿Pues qué, no está altamente descubierto por el autor mismo? ¿Hay alguna duda sobre la castidad, propiedad y claridad del lenguaje de Cervantes para que no se entiendan los diversos pasajes en que así lo manifiesta? ¿Por qué se admira Ríos de que hasta entonces no hubiera escritor que en esto se ocupara? Lo que lógicamente, pues, de sus palabras se deduce, es que, durante siglo y medio, fue para el público desconocido el objeto que Cervantes se propusiera al escribir su inmortal libro, y que, no obstante las manifestaciones de su autor, no obstante la pretensa derrota de la afición caballeresca, fue el Quijote simplemente tenido por una obra de solaz y entretenimiento, acaso dando el público más crédito a Cervantes cuando grave, triste y pesaroso, contando sus buenas obras y mala paga, dice

Yo he dado en don Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohíno
en cualquiera sazón, en todo tiempo,


que no a su palabra de autor ingenioso y satírico, que en la patria, época, coronista y demás cosas tocantes a su famoso héroe quiso introducir la confusión y la incertidumbre por que tuviese algo de fantástico; y, aun a pesar de esto, se han creído él y sus cosas por tan reales y verdaderas, que muchos tuvieron por cierto haber sido don Quijote y Sancho personajes verdaderos, de carne y hueso, y ni más ni menos que todas las demás figuras de su cuadro, como lo muestra el haber mandado la Academia de Troyes a uno de sus individuos al lugar en que se cuenta que los sucesos de don Quijote pasaron, para recoger noticias de la pastora Marcela, de Sancho y de otras personas del pueblo de nuestro héroe, que, por lo bien pintadas, contrahicieron de todo en todo la vida 2 .

La verdad es que en época en que escribió Ríos la generalidad no tenía el Quijote por una sátira ni invectiva contra los libros de caballerías; el vulgo, que parece debía haberse atenido al texto y confesar lo que en él se confiesa, tenía muy otra opinión, según el autor del análisis, que bien pudo saber lo que en su tiempo y antes de su tiempo se pensaba y decía acerca del Quijote, y dice estas palabras que textualmente copiamos: «Lo cierto es que el principal fin de Cervantes no fue divertir y entretener a sus lectores, como vulgarmente se cree». Y en otro pasaje añade: «El fin principal fue la corrección de un vicio solo; pero de un vicio arraigado y altamente impreso en el vulgo, que estaba infatuado con el falso pundonor de la caballería andante y con las perniciosas historias que contenían las extravagantes proezas de sus imaginados héroes».

Cualquiera que leyese el análisis de Ríos sin haber leído la obra de Cervantes, formaría estos conceptos:

1.º Que su autor no declara el objeto que se propuso.

2.º Que tampoco podía fácilmente colegirse a primera vista y sin un examen detenido.

3.º Que el vulgo había visto en el Quijote otra cosa que no una invectiva contra los libros caballerescos.

4.º Que, si tal objeto se propuso el autor, no tuvo la mejor elección de los medios, toda vez que pasó para todos desapercibido.

5.º Que esta intención se descubrió por vez primera hacia fines del pasado siglo, siendo así que la primera parte vio la luz pública a principios del siglo XVII.

Nótese, además, que para sostener la autenticidad del Buscapié ha sido necesario imaginar que los contemporáneos de Cervantes quedaron a oscuras acerca del objeto que se propusiera al escribir el Quijote; y de esto nos suministra una prueba concluyente el mismo académico, autor del análisis, cuando, para hacer aceptable el relato de don Antonio Ruidíaz alusivo al descubrimiento que hizo, en la Biblioteca del conde de Saceda, de un ejemplar de este Fénix después tan deseado, pone estas palabras: «Su autor (Cervantes), conociendo que el Quijote era leído de los que no le entendían y que no le leían los que podían entenderle, procuró excitar la atención de todos publicando el Buscapié. En esta obrita, que se imprimió anónima y era extremadamente rara, hizo una aparente y graciosa crítica del Quijote, insinuando que era una sátira fina y paliada de varias personas muy conocidas y principales, pero sin descubrir ni manifestar aun los más leves indicios de ninguna de ellas».

Aparte de las lastimosas contradicciones en que tienen que incurrir los sostenedores de esta invención, y de que hablaremos por extenso al tratar del Buscapié, observaremos las que se refieren a la materia que nos ocupa. La primera, y más importante, consiste en ir en abierta pugna contra la creencia, generalmente aceptada y apoyada en datos y documentos irrecusables, de que el Quijote fue recibido con aplauso y leído con avidez; y la segunda, el asegurar que era leído de los que no le entendían, cuando nada había que entender en el Quijote, dado caso que fuese en efecto una invectiva contra los libros de caballerías, por la sencilla razón de hallarse en él mismo la llave para la inteligencia de la obra.

Si tal hubiera sido el objeto de Cervantes, lo natural era:

— Que desde su publicación todos lo hubieran comprendido, confesado y creído.

— Que no hubiera Cervantes necesitado de la ayuda del Buscapié.

— Que los críticos tampoco hubiesen emprendido trabajos con el objeto de descubrir su objeto.

— Que estos mismos críticos no hubiesen visto otros fines ocultos en la obra, haciendo de lo principal accesorio y del fin medio y lenitivo, como se ha dicho, para templar la delicada sátira que hizo de las costumbres de su tiempo.

— Finalmente, que en otro nuevo periodo no viesen los intérpretes del espíritu fines más altos, mas importantes y de más trascendencia.

Vese, pues, que esa opinión que nos proponemos refutar no ha sido constante, ni aun la han tenido por exclusiva sus sostenedores. Es más: infinitos lectores del Quijote, en nuestros días, no obstante las declaraciones o comentos del texto, han oído como de nuevas o leído en algún comentario que Cervantes se propuso hacer una sátira de los libros de caballerías, mostrándose como desendiosados y pesarosos de que se asigne tan limitado fin a obra que otros más vastos y elevados revela.

Ticknor, a quien nuestra literatura es muy deudora, Ticknor, que llamó al comento textual del autor del Quijote la palabra honrada de un grande hombre, escandalizado, sin duda, de las disidencias a que ha dado origen la falta de acatamiento a la autoridad de la letra y de sus rígidos intérpretes, exclama en un tono que manifiesta el país de su procedencia, en que tanto peso y valor se da al dicho del ciudadano: «Cervantes prohibió terminantemente que se diese a su libro ninguna significación ni intención secreta», como si autor alguno, y menos Cervantes, pudiese caer en la tentación de cerrar la puerta al libre campo de la crítica, esa crítica que no debe temer, antes anhelar, el verdadero genio, y que el autor del Quijote alentó diciendo al público: «Pues no eres su pariente ni su amigo, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciese, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella».

Pero, ¡fenómeno extraño!, este mismo escritor que quiere que la inteligencia humana no vea hoy más que lo que veía a principios del siglo décimo séptimo, que quiere que la crítica, libérrima para juzgar los actos, pensamientos y palabras de los hombres, pase de largo por delante de este monumento insigne del poder del humano ingenio, como llama al Quijote don Antonio Alcalá Galiano, y que baje sus armas ante la primera novela del mundo, según la expresión de lord Holland; este mismo escritor, decimos, por el solo hecho de vivir en nuestra época y cediendo a su influencia, escribe estas significativas palabras:

«Cervantes se ha hecho el escritor de todos los tiempos y de todos los países, de los ignorantes como de los sabios, y esta universalidad singularísima le ha granjeado el tributo de admiración y simpatías de la humanidad entera; recompensa que no ha alcanzado aún ningún otro escritor».

A la consideración de nuestros lectores dejamos si tal resultado podía dar una simple invectiva, aunque estuviese escrita por el mismo Apolo.

Y, en efecto, no obstante la prohibición de que nos habla Ticknor, no obstante la palabra honrada y la confirmación de tantas autoridades literarias, hubo en un principio y ha habido después cierta resistencia a darles crédito, resistencia que fue cada día creciendo y tomando cuerpo hasta traducirse en una protesta formal, que don Vicente Salvá hizo el primero entre nosotros, en el notable discurso que intituló: «¿Ha sido juzgado el Quijote según su mérito?» 3 .

En este discurso no solo niega su ilustrado autor, rompiendo contra la tradición literaria, que el libro de Cervantes sea una sátira contra los libros de caballerías, sino que afirma, por el contrario, que fue otro libro más de aquel género, con la diferencia de estar bien escrito. Salvá fundó su opinión en el texto mismo del Quijote, en el lugar en que se trata del asunto de los libros caballerescos con relación al arte por una persona docta, sobre la cual dijo don Gregorio Mayans: «Supongo que Miguel de Cervantes se revistió de la persona de un canónigo de Toledo, y en nombre de este habló de esta suerte con el célebre cura Pero Pérez».

Quien con atención leyese los razonamientos que el autor pone en boca de ambos eclesiásticos verá que no se engañó Mayans en su suposición, y que, queriendo pensar y discurrir un poco durante la lectura, hallará en los capítulos 47 y 48 de la primera parte algunas ideas e indicaciones importantes que guiaron la bien afilada péñola de nuestro esclarecido compatriota. Y esta simple atención bastó a don Vicente Salvá para formar la opinión acertada que emitió en su notabilísimo discurso, leyendo el cual no puede menos de causar asombro el que tantos y tan doctos varones como antes de él escribieron acerca del Quijote hayan sostenido la vulgarísima creencia de que fue una sátira de otros libros el principal o único objeto de Cervantes, a no ser que se llame lo bueno sátira de lo malo, y la hermosura sátira de la fealdad.

Innumerables citas pudiéramos hacer de escritores que, aun formando en las filas de los críticos de la lealtad, y prohijando la opinión que vamos a combatir, cayeron en notable contradicción e incertidumbre, pero entre todos, y para no dilatar demasiado estos preliminares, hemos preferido a don José Vicente de los Ríos, por pertenecer a la Academia de la Lengua y haber procedido a su trabajo por encargo de esta corporación, de manera que su análisis tiene cierta autoridad en el mero hecho de haberle aprobado la Academia y puesto al frente de la magnífica edición de Ibarra, hecha para competir con la de Thonsson.

Después de Salvá, Sismondi, adoptando el modo de ver de Bouterveck, formula el siguiente juicio sobre la opinión sostenida por los eruditos en su obra, titulada Literatura del Mediodía de Europa: «No puede darse mayor quimera que la de creer que el libro del Quijote es una invectiva contra los libros caballerescos».

Según el escritor inglés Allau, el crítico alemán marca el periodo que nosotros hemos llamado del comentario filosófico, y no se equivoca, a nuestro entender, a pesar de que creemos no hubiese leído el discurso de don Vicente Salvá, quien puede considerarse en último resultado el que señala la transición de una a otra época, demostrando que artísticamente Cervantes había hecho el mejor empleo de los instrumentos y materiales que andaban en manos inexpertas produciendo cuerpos monstruosos y repugnantes.

No es de este lugar el hacernos cargo de todas las diversas opiniones nacidas en esta época del libre examen, contrarias todas a la que por mucho tiempo fue el credo de los eruditos; ni, una vez considerada por todos este credo como una quimera, echaremos mano de la robusta prueba que ofrece este sentir unánime y conforme de nuestros críticos contemporáneos. No, a nosotros mismos nos satisface bien poco que todos los escritores le llamen absurdo, quimera, vulgaridad, error o disparate, si no hay más comprobante que sus dichos. Queremos destruir, rebatir y refutar la creencia antigua con copia de razones, para que nunca más pueda recomponerse ni rehabilitarse.

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