Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas
“Variedades. Conclusión del artículo anterior”
- Autor del texto editado
- Alonso de Viado, Manuel
- Título de la obra
- Diario de Madrid, n.º 9, 1813-04-0
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Madrid:
Imprenta del Diario,
1813
- Paginación
- pp. 389-391
Fuentes
Transcripción del ejemplar. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 16 febrero 2026
VARIEDADES
Conclusión del artículo anterior
Dedicado el español a las artes de imitación y aprendiendo por los modelos de los siglos de Píndaro, de Horacio y de los Médicis los principios constantes del buen gusto, corrió denodadamente la senda de gloria que se le preparaba, aspirando a disputar el lauro a sus maestros. El dulce Garcilaso, el sublime Fernando de Herrera, los Argensolas, Rioja, Lope de Vega, Calderón, Moreto y otros ofrecen preciosos dechados en la poesía y vinculan en el habla castellana aquella majestad y pompa que la realzan sobre las demás lenguas europeas. Si no apareció entonces en España un poema épico digno de tantos hechos heroicos como publicaba la fama, apareció el genio inmortal de Cervantes. Si por haber vivido en la pobreza y en el olvido este hombre extraordinario cree el redactor que nuestro carácter nacional se opone a los progresos de las luces, debiera juzgar lo mismo de los antiguos griegos y de los modernos italianos, ingleses y portugueses, puesto que a Homero, a Torcuato Tasso, a Milton y a Camoens les cupo igual suerte que a nuestro Miguel de Cervantes.
Al mismo tiempo que se cultivaban en España con tanto fruto las buenas letras, corrían Berruguete y Becerra, uno en pos de otro, a estudiar las artes del diseño al lado de Rafael y de Miguel Ángel; vuelven a ilustrar su patria para que los célebres Toledo y Herrera diesen después la última mano a la bella arquitectura. Bien así como Murillo, Rivera, Velázquez y Cano, los cuales engrandecieron la escuela española de pintura hasta colocarla en primer término con la de los restauradores del divino arte de Apeles.
Finalmente, mientras florecían entre nosotros tantos famosos ingenios, se traduce la Historia Natural de Plinio; se escribe un tratado de Agricultura por el sabio Gabriel Alonso de Herrera; aparece el precursor de Bacon, Luis Vives; y el gramático Francisco Sánchez de las Brozas da el primero una idea filosófica del mecanismo de la lengua latina, aplicable a la castellana. Faltaba, pues, un solo paso para descender a investigar las leyes y propiedades de los cuerpos, para sujetar al análisis las facultades del entendimiento humano y, en suma, para sorprender a la naturaleza sus arcanos, como después lo practicaron Locke y Newton, Buffon y Condillac, cuando de improviso se cubre nuestro horizonte de la densa niebla del despotismo y del furor religionario, y empieza a extinguirse lentamente la ilustración española, desde el suspicaz Felipe II hasta el último rey de la dinastía austríaca.
Trasladada la corona de España a las sienes de un nieto de Luis XIV, se albergó entre nosotros la civilización europea y se intentó propagar el amor de las letras, que en Francia merecían tanto aprecio. Los nombres del deán Martí, de Feijoo, Luzán, Campomanes, Cadalso, Meléndez, Moratín y otros literatos, que se dedicaron a restablecer la poesía, la sana crítica, el buen gusto, la economía civil, y que limpiaron la lengua castellana de la hinchazón, estilo bárbaro y voces exóticas con que se desnaturalizó en el siglo XVII, se conservarán siempre en nuestra memoria, se transmitirán a las edades venideras y desmentirán eternamente la insuperable esterilidad que algunos escritores suponen a nuestros ingenios.
Mas, a pesar de tan felices auspicios y de que todos los gobiernos de Europa habían llegado a conocer que la fuerza pública no podía estribar sino en el superfluo de las fortunas privadas y que estas se adquirían con un incesante trabajo y con el estudio de las ciencias útiles, nada bastó para inspirar a los monarcas españoles el deseo de corregir radicalmente nuestras instituciones civiles y religiosas.
Si un ministro ardiente y celoso, defensor de las regalías del príncipe o de los olvidados derechos del pueblo, establecía Sociedades de Amigos del País, y otro no menos ilustre por su elocuencia escribía el informe sobre el expediente de ley agraria o fundaba el Instituto Asturiano; si hubo al fin del mismo siglo un ministro ilustrado que intentó reducir a sus justos límites la excesiva autoridad de la corte de Roma y reprimir la insolencia de los inquisidores; si, convencido de las únicas causas de nuestro atraso en las ciencias, proyectó abrir las fuentes del saber, reformando las universidades, multiplicando las cátedras de Derecho Natural, de Matemáticas puras, de Economía y de Química, al momento eran embarazadas sus tentativas, desfavorecidos sus planes, perseguidas sus personas y aniquilados sus establecimientos.
Un suceso político de los más extraordinarios que nos presentan los anales de la historia sacó por fin a los españoles de las manos de un gobierno débil, ignorante y corrompido, a las de otro que desea inspirarles las ideas más liberales y benéficas. Pero una triste fatalidad nos anunció, al tiempo de mudarse la dinastía, que antes de extender y afirmar su dulce imperio el monarca que las luces del siglo irrevocablemente nos afianzan, debía ser despedazada la patria por todo género de desórdenes, desórdenes atizados por el enemigo natural de nuestro comercio y navegación, de nuestra industria y prosperidad.
Vendrá, sin embargo, un tiempo en que la juventud española, errante hoy de campo en campo y de provincia en provincia, sin objeto ni disciplina, convierta toda su actividad hacia las artes pacíficas y ocupe dignamente su ingenio. Entonces no será un problema para los literatos extranjeros que nosotros somos llamados por la naturaleza a cultivar el árbol de las ciencias y a conseguir sus más abundantes y escogidos frutos.
Manuel Alonso de Viado