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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“Variedades. LITERATURA. Historia de la literatura española, escrita en alemán por Mr. Bouterwek, Catedrático de la Universidad de Gotinga, y puesta en francés por el traductor de las cartas de Juan Müller. Dos tomos en 8º. Véndese en la librería de Renard, su precio nueve francos. París. TERCER EXTRACTO”

Autor del texto editado
Alonso de Viado, Manuel
Título de la obra
Diario de Madrid, n.º 96, 1813-04-06
Autor de la obra
[No se indica]
Edición
Madrid: Imprenta del Diario, 1813
Paginación
pp. 385-387
Fuentes
Transcripción del ejemplar. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 16 febrero 2026

VARIEDADES

Artículo comunicado

LITERATURA

Historia de la literatura española, escrita en alemán por Mr. Bouterwek, Catedrático de la Universidad de Gotinga, y puesta en francés por el traductor de las cartas de Juan Müller. Dos tomos en 8º. Vendes en la librería de Renard, su precio nueve francos. París.

TERCER EXTRACTO


Hasta aquí hemos querido detenernos en extractar el artículo del Monitor del 9 de julio de 1812, contemplando que las opiniones consignadas en él abrazan las de varios escritores extranjeros que han pretendido descubrir en el carácter nacional las causas de la decadencia de nuestra literatura. Y, aunque el autor del artículo inserto en el Diario Político, Mercantil y Literario de París coincide con el dictamen de Mr. Guizot, indicaremos rápidamente los puntos esenciales sobre que se funda, respondiendo a ellos con la posible imparcialidad y filosofía, si nos es lícito prometerlo así.

Cuando nuestros apologistas Denina, Lampiñas, Masdeu y Forner, acumulando citas y pasajes, tal vez de una pesada erudición, canonizaban algunos errores como adelantamientos científicos, cuando atribuían a la excelencia y benignidad del clima español el valor, el ingenio y otras dotes que sus naturales mostraron en diferentes épocas y circunstancias, daban nuevos motivos a las invectivas de los extranjeros y nos adormecían con el blando eco de los triunfos literarios y marciales de nuestros ascendientes. De manera que nuestros progresos o nuestro atraso en las ciencias, nuestros vicios o nuestras virtudes sociales no se miden en las obras apologéticas de aquellos literatos ni por el estado de libertad de la nación ni por el de su esclavitud, ni por la sabiduría de los príncipes, ni por su ignorancia y preocupaciones; en suma, no cuentan para nada con la educación y las leyes.

Siguiendo la misma idea en orden al influjo del clima (aunque para hacer contrarias inducciones), confiesa el autor del artículo del Diario de París que, seducidos los escritores franceses por la fecunda imaginación de los castellanos en el siglo XVI, se propusieron imitarlos, en vez de acudir a los modelos que la antigüedad les ofrecía. Después trata de averiguar las causas de la decadencia de nuestra literatura, y, sin acordarse de que Montesquieu, Voltaire y otros sabios del siglo XVIII fulminaron anatemas filosóficos contra nuestras instituciones, menos culpa el redactor a la Inquisición que a nuestra indolencia, a nuestra soberbia y vanidad, considerándolas como inherentes al carácter nacional y asegurando que aquel tribunal no atajaba con sus pavorosas amenazas tanto como se cree el rápido vuelo que debían tomar las luces. Dos ejemplos citados en dicho periódico, que son las prisiones de Luis de León y del historiador Mariana, decretadas por el Santo Oficio, no bastan para convencerle ni para calmar su inquieta curiosidad. Mas si con efecto no son suficientes aquellos ejemplos, ¿lo serán, por ventura, las persecuciones inquisitoriales que en tiempo de Felipe II experimentaron el arzobispo de Toledo y el doctor Egidio, la muerte del doctor Cazalla, la cuestión de tormento del obispo Constantino Ponce y el trágico fin del príncipe don Carlos?

Para que se juzgue con acierto del estado de opresión de los ingenios españoles al empezar el reinado de Felipe III, oigamos a Cipriano de Valera en el prólogo de su traducción de la Biblia, impresa en Ámsterdam, año de 1602. Hablando, pues, de diferentes versiones de los libros sagrados a la lengua castellana, como la de Ferrara, la de Casiodoro de Reina, la de Francisco de Encinas, la de Juan Pérez y otras, se lamenta de la prohibición rigurosa de los inquisidores para que el pueblo español no pudiese disfrutar la Biblia en el idioma nativo; cuenta la multitud de ejemplares que, a pesar de tantos obstáculos, se distribuyeron por España y después dice:

Veis aquí cómo el Señor hizo resplandecer la luz del Evangelio en medio de las tinieblas de la ignorancia, superstición e idolatría; ya ha resplandecido tanto su luz, que ha cundido por toda la Europa y aun ha pasado el gran mar océano y ha llegado hasta las Indias occidentales y orientales. En nuestra España muy muchos doctos, muy muchos nobles y gente de lustre e ilustres han salido por esta causa en los Autos. No hay ciudad, y, a manera de decir, no hay casa noble en España que no haya tenido y aún tenga alguno o algunos que Dios, por su infinita misericordia, haya alumbrado con la luz del Evangelio. Como un refrán es el día de hoy en España, cuando hablan de algún hombre docto, decir: es tan docto, que está en peligro de ser luterano... Y es de notar que cuantos más afrentan, más azotan, ensambenitan, echan a galeras o en cárcel perpetua, o queman, tanto más se multiplica; porque la sangre de los mártires es la simiente de la Iglesia.

Por desgracia nuestra, no se cumplieron los ardientes votos de Cipriano Valera, porque, conjurados cada vez más en nuestro daño, el sacerdocio y el imperio nos condenaron a la mayor estupidez y pobreza. Con todo eso, en tanto que la nación española conservó en sus cortes una sombra de libertad, mientras que la Inquisición cebó su sed de sangre en los inocentes moriscos y judíos, o que la política de la moderna Roma no destruyó las inmunidades de nuestras iglesias y obispos, el ingenio de los españoles desplegó libremente sus alas. Así es que, al salir del triste periodo en que la Europa se vio sumergida por espacio de diez siglos en la más espantosa barbarie, empezaron a cultivar las buenas letras don Alonso el Sabio, el marqués de Villena, el de Santillana, Juan de Mena, Jorge Manrique y otros, de quienes llevamos hecho memoria en nuestras notas 1 . Pasada la mitad del siglo XV, se descubre en Maguncia el mejor patrimonio del linaje humano, el más firme apoyo de su perfectibilidad: el arte de perpetuar el pensamiento y de comunicarle con una celeridad semejante a la del rayo, y al punto se generaliza este don celestial por los términos de Flandes, Italia, Francia y España. Las imprentas de Sevilla y de Valencia se apresuran a publicar los recónditos escritos de la antigüedad, traducidos y comentados por hombres sabios, y, al siglo siguiente, estudian los españoles en su lengua propia la filosofía de Séneca, la incomparable elocuencia de Cicerón, las sentencias morales y políticas de Plutarco, la elegante amenidad de Livio y la concisión, profundidad y vehemencia de Tácito.

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