Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas
“Variedades. Concluye el tratado anterior”
- Autor del texto editado
- Alonso de Viado, Manuel
- Título de la obra
- Diario de Madrid, n.º 90, 31 de marzo de 1813
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Madrid:
Imprenta del Diario,
1813
- Paginación
- pp. 361-363
Fuentes
Transcripción del ejemplar. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 16 febrero 2026
VARIEDADES
Concluye el tratado anterior
«Libre ya el gusto nacional de la influencia del gongorismo, vieron nacer los últimos años del siglo XVI a uno de los poetas más elegantes de que puede gloriarse la España. Era este Villegas, a quien se considera como el Anacreonte de su patria (1). Desde aquella edad quedó sepultada la literatura española en una esterilidad invencible, pues que el tiempo de su esplendor fue el reinado de Carlos V, si bien se conservaron algunas centellas de ilustración bajo el triste gobierno de Felipe II. Entonces apareció la Diana de Montemayor, modelo de la Astrea y de otras interminables novelas que se imprimieron en el siglo de Luis XIV. Entonces una alma sensible, consagrada a la devoción, dictaba a Luis de León los más penetrantes y elevados afectos de la poesía religiosa (2), al paso que Gutiérrez hermanaba la gracia con la sencillez en algunos madrigales (3), y entonces don Diego de Mendoza, ministro, embajador de Carlos V, político, sabio, poeta y protector de las letras, escribía la historia con una entereza sin igual, y presentaba en el Lazarillo de Tormes el primer modelo del romance cómico y satírico, que Cervantes llevó al más alto grado de perfección (4).
Entonces, finalmente, tuvo origen aquel linaje de literatura en el cual se mostró el gusto de los españoles más tenazmente nacional y más inaccesible a la perfección, quiero decir, la literatura dramática. Obscurecida por muchos años, adquirió repentinamente el mayor realce con la fecunda pluma de Lope de Vega, igualmente venerado del pueblo y de los grandes, a quien Cervantes, sin embargo de su enemistad, llamaba el prodigio de la naturaleza. Si hay algo de prodigioso en las monstruosidades de las comedias de un escritor que conocía y gustaba de las reglas necesarias para hacerlas buenas, todavía nos sorprenderemos más del ingenio que en ellas se descubre, a pesar de sus extravagancias, cuando consideramos que ha compuesto más de 2000 dramas.
No se trata aquí de examinar el mérito y los defectos de las obras de hombre tan extraordinario, ni de Calderón, su sucesor, quien, aunque le aventaja en la invención y en el estilo, no pensó siquiera en purgar el teatro de unas deformidades que el gusto nacional escudaba contra toda especie de crítica y de perfección (5)».
Las numerosas citas que hemos alegado bastan para elogiar al traductor, el cual concluye su obra con un fragmento muy patético, traducido del alemán, intitulado el Sueño de las Casas (6), que no parecerá fuera de propósito en una obra consagrada a los nombres más célebres de España.
(1) Don Esteban Manuel de Villegas, a quien el traductor concede el título de marqués de Villegas, publicó sus Eróticas en 1618, a la edad de 23 años, y, aunque vivió 74, no continuó sus tareas literarias, ora sea que la pobreza y los cuidados domésticos le afligiesen en demasía, o bien proviniese de una terrible persecución que sufrió de parte del tribunal de la fe, persecución que esterilizó su numen, condenándole a perpetuo silencio.
(2) Luis de León, consumado en las lenguas orientales, gran poeta y uno de los que más limaron la prosa castellana, gozó de la primera y de la más justa reputación en el siglo XVI por su sabiduría y por sus ejemplares costumbres. Estuvo preso cinco años en la Inquisición de Valladolid, de resultas de haber traducido en lengua vulgar el Cantar de los cantares de Salomón. Fue su delator el fraile franciscano Alonso de Castro, y el fiscal de aquel piadoso tribunal pidió que se aplicase el tormento a Luis de León. Su célebre amigo Arias Montano se vio expuesto a correr igual desgracia.
(3) Gutierre de Cetina no merece ser tan elogiado ni conocido como supone el redactor. Solo disfrutamos de él dos madrigales y alguna otra poesía de menor cuenta.
(4) En todo el siglo XVII corrieron traducidos por Europa el Lazarillo de Tormes de Mendoza, Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, y el Gil Blas de Santillana, que indisputablemente recogió manuscrito en Madrid Mr. Le Sage cuando estuvo de secretario de embajada, publicándolo después en Francia como obra suya. El verdadero autor no pudo reclamar entonces aquel hurto literario, porque, satirizándose amarga y cruelmente en la novela a los reyes Felipe III y IV y a sus ineptos cuanto corrompidos ministros, se exponía a sufrir el último suplicio en la Plaza Mayor, si llegaba a descubrirse su atrevimiento.
(5) No pretendemos justificar los desgarros de la literatura nacional, ni incurrir en la necia presunción de mirar sus producciones como acabados modelos; pero tampoco nos contentamos con que se elogie vagamente a Calderón y a Lope de Vega, y se cite con énfasis al Cid de Corneille. Quisiéramos que algún escritor diligente e imparcial comparara las literaturas francesa, italiana y española desde el siglo XII hasta mitad del XVII, recorriendo por épocas las diferentes obras que se han escrito en las tres lenguas, examinándolas a la luz de los buenos principios, decidiendo qué nación había tomado el gusto y el estilo de las demás, y señalando a cada una el lugar que de derecho le corresponde en la historia de los conocimientos humanos. Entonces se hallaría que en París se publicaban de continuo gramáticas en todo el siglo XVI y parte del XVII para aprender el castellano, lo cual es una prueba convincente del gran aprecio que los franceses hacían de nuestra literatura y del atraso de la suya, hasta que Luis XIV la dispensó la más especial protección, remunerando con mano liberal a los ingenios. Hallarían asimismo que en el siglo XVI iban sabios españoles a ser catedráticos a la Universidad de París, como lo fue de Ética por los años de 1540 el maestro Fernán Pérez de Oliva, traductor del Anfitrión de Plauto, de la Venganza de Agamenón de Sófocles y de la Hécuba Triste de Eurípides. Sabrían también que en el pontificado de León X se imprimieron en Roma y se representaron en Nápoles con grande aplauso las comedias de Bartolomé de Torres Naharro, y que desde la conquista de Granada hasta el año de 1548 se establecieron coliseos en Valladolid, Valencia, Sevilla y otras ciudades principales, cuando todavía en Francia no había ninguna permanente. Hallarían que el Don Sancho de Aragón de Corneille, El Convidado de Piedra de Molière, Los empeños de la fortuna, La celosa de sí misma, La necia apuesta, el Alfonso el Casto, La dama duende, El conde de Essex, El embustero y otros diferentes dramas con que se decoró la escena francesa se deben enteramente a nuestro teatro. Hallarían, por último, que los farsantes españoles andaban representando nuestras comedias en Italia, Francia y Alemania en la época del esplendor de nuestra literatura dramática, de que tenemos varios testimonios, y entre ellos uno muy señalado en aquella escogida compañía cómica que llevó a París el famoso actor Sebastián del Prado para celebrar las bodas de Luis XIV y de la hija de Felipe IV.
(6) En una obra donde deben resplandecer el juicio y la filosofía no creemos que para coronarla venga muy oportunamente el Sueño de fray Bartolomé de las Casas. Sabemos que este fue un varón eminente, cuyas virtudes sociales formaban singular contraste con la ferocidad de sus antagonistas, pero semejante asunto, tratado como sueño, pertenece a una novela; jamás puede admitirse en una historia literaria.