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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“Variedades. Continúa el tratado anterior”

Autor del texto editado
Alonso de Viado, Manuel
Título de la obra
Diario de Madrid, n.º 89, 30 de marzo de 1813
Autor de la obra
[No se indica]
Edición
Madrid: Imprenta del Diario, 1813
Paginación
pp. 357-359
Fuentes
Transcripción del ejemplar. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 16 febrero 2026

VARIEDADES

Continúa el tratado anterior


«No lejos de este mismo tiempo trató el marqués de Villena de introducir en la literatura española algunas bellezas de la literatura antigua y de las que comenzaban a suministrar las extranjeras, empezando también desde aquel momento la lucha del espíritu público contra tales innovaciones. Semejante lucha no hubiera dejado de ser provechosa a la literatura española si, enriqueciéndose insensiblemente cada uno de los dos partidos con los despojos del otro y contrapesando igualmente sus aciertos, hubieran obligado a que se mejorase el gusto nacional, creando otro nuevo gusto que imprimiese en sus obras cierto sello particular y propio de cada nación, sin el cual no existe ninguna literatura ni originalidad ni verdad; pero durante largo espacio de tiempo la oposición de los partidos no contribuyó a otra cosa que a hacerlos más exclusivos (1).

El estilo de los italianos prevaleció un momento en España, y, como un estilo prestado apenas proporciona más que sus exageraciones y sus defectos, resultó que, habiendo principiado a imitar al Petrarca con bastante felicidad, se tomó después por modelo al napolitano Marini, el cual escribió con hinchazón, con redundancia de palabras y con un charlatanismo que fueron muy censurados. Modificado y españolizado ese mismo estilo por don Luis de Góngora, poeta que floreció a fines del siglo XVI, dio nombre a su secta y se transmitió a Francia, en cuyos poetas se advierte hacia aquella época la jerigonza enfática y afectada de los castellanos. A pesar de lo dicho conviene advertir que por entonces vivía el célebre Cervantes».

Se concluirá



(1) No sabemos ciertamente a qué viene al caso todo este guirigay ni sobre qué funda Mr. Guizot la repugnancia de los españoles a recibir el buen gusto en la literatura. Tampoco podemos atinar a qué monumento se refiere cuando asegura que «los españoles no tenían en su poesía un carácter propio y privativo». Si quisieran molestarse el catedrático de Gotinga y sus comentadores en reconocer nuestros cancioneros y poemas, hallarían en sus coplas de arte mayor y menor, en las trovas, redondillas, letrillas, cantigas, decires o diálogos y otros infinitos metros un «sello nacional» que aún se conservó muchos siglos después y que hoy mismo advertimos con indecible placer en medio de su rudeza y desaliño. Justamente en tiempo de don Juan el II la corte castellana se ostentaba bizarra cual ninguna, y así es que andaban a competencia la novedad, la elevación y el buen sabor de las composiciones poéticas de Juan de Mena, del marqués de Santillana y otros, con las galas y lujo de los cortesanos, con sus justas y torneos, con sus trovas, músicos y danzarines y otras recreaciones y pasatiempos tan aplaudidos y famosos en aquella edad. También mejoraron entonces la lengua española el médico de don Juan el II, Fernán Gómez de Ciudad Real, autor del Centón Epistolar, Fernán Pérez de Guzmán, que lo fue de las Generaciones y semblanzas, Alonso de Cartagena del Doctrinal de Caballeros y don Alonso Tostado, obispo de Ávila.

El marqués de Villena, al paso que escribía su Arte cisoria y varios tratados de astronomía y geometría, compuso una especie de poética para la gaya ciencia y tradujo la Eneida de Virgilio. Su muerte fue motivada por las turbulencias que se suscitaron con ocasión de la privanza de don Álvaro de Luna, y los émulos del marqués oscurecieron o quemaron sus libros, calumniando su memoria por espíritu de facción y no por odio nacional a la civilización y a las letras.

(2) Habla el redactor de la moda italiana introducida en nuestra literatura, suponiendo un increíble atraso en todos los ramos que esta comprehende, y saltando desde el siglo XIV al XVI, quizá porque no sabía que en el siglo XV publicó Rodrigo Cota su célebre comedia intitulada la Celestina. También parece que ignoraba que Alfonso de Palencia tradujo del griego los Hombres ilustres de Plutarco, que Hernando del Pulgar comunicó a la prosa cierta sencillez y flexibilidad en sus Claros varones y en sus Crónicas, y que Antonio de Lebrija mejoró la sintaxis de la lengua, haciendo utilísimos trabajos en su gramática y en el estudio de la latina. Pero, omitiendo por ahora el punto relativo a la influencia de la literatura italiana sobre la española, circunscribiremos nuestras observaciones a insertar sencillamente y por su orden cronológico los hechos ocurridos en la depravación del buen gusto de nuestros poetas y prosadores, para desvanecer la ambigüedad y confusión con que están anotados en el Monitor y para que se vea lo superficiales que son algunos escritores extranjeros cuando tratan de nuestras cosas.

El caballero napolitano Juan Bautista Marini empezó a darse a conocer hacia el año de 1600, y ya los sabios españoles Luis Vives y Álvaro Tomás habían visitado París en 1580, donde hallaron en gran boga las agudezas y conceptos de mal gusto, o la «jerigonza enfática y afectada», introducida un siglo antes por Antonio Tibaldeo y otros de su escuela, a quienes llamaban en Italia antipetrarquistas. Habíase generalizado en Europa al expirar el siglo XVI la afición a las sutilezas conceptuosas y estragádose, por consiguiente, el buen gusto, cuando el padre Hortensio Paravicino en la prosa y don Luis de Góngora en el verso cayeron en la misma manía. Es forzoso, sin embargo, distinguir en Góngora dos épocas: la primera desde 1576, en que a la edad de 15 años pasó de Córdoba, su patria, a la universidad de Salamanca, donde compuso sus excelentes poesías líricas; la segunda tiene la fecha desde su viaje a la corte de Madrid, a la cual acababa de llegar del otro lado de los Alpes y Pirineos el mal gusto que le contagió, hasta su muerte, acaecida el año de 1627. Con todo eso, Lope de Vega, Espinel, Villegas y otros no dejaron de criticar severamente aquel extravío de la sana razón y del arte de bien hablar.

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