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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“Novela española”

Autor del texto editado
Navarro Villoslada, Francisco (1818-1895)
Título de la obra
Revista literaria de El Español, segunda época, n.° 9, 1 de marzo de 1847
Autor de la obra
Navarro Villoslada, Francisco (1818-1895)
Edición
Madrid: 1847
Paginación
pp- 129-131
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 23 febrero 2026

LITERATURA

Novela española


No es de ahora que muchos enemigos del honor español quieran apagar la luz de nuestras glorias, fatigándose en dar tormento a la verdad, para que no publique aquellas cosas que, de llegar a oídos de todo el mundo, se nos había de seguir un bien tan grande como lo es la buena fama. Con tanto ardor se precipitan tras el logro de tan ruin deseo, que, atropellando su propia estimación y pasando por encima de su decoro y de su honra, engañan al público, recomendándolo corno digna de sus caricias una torpe meretriz, que otra cosa no es la que con nombre de historia hacen hablar para decir mentiras. La fealdad de tal delito ni aun se disminuye cuando ha nacido de la ignorancia.

Esta injusticia que nos hacen algunos autores y sabios extranjeros trae su origen de los tiempos de nuestro antiguo poderío. Aquellos que en mil acciones de guerra, a pesar de su arrojo y valentía, pelearon con tan poca fortuna, que se vieron forzados a rendir las armas ante la indomable pujanza de los tercios de Castilla, ya que entonces no pudieron cortar el vuelo al brío y a la arrogancia de sus generosos enemigos, osaron, para ignominia de sí mismos, tiznar con la tinta de la calumnia el resplandeciente fanal de la honra y bizarría española. Para la ejecución de tan poco envidiable hazaña sobradas fuerzas hallaron en su desmerecimiento. Pasó como una sombra aquel brillante periodo de nuestra augusta dominación, y, cuando nuestros males, siendo ya tantos y tan grandes como las hazañas de que acabábamos de llenar la tierra, debieran inspirar respeto a nuestros enemigos, hicieron asunto de burla el triste canto de nuestra desgracia. Todo quisieron arrebatarnos entonces hasta la memoria de nuestros perdidos bienes.

Ya que no han podido hacer pedazos y esconder entre las sombras del olvido la aureola de nuestro valor y poderío, se conjuraron para arrancar de nuestras frentes el lauro con que en más dichosos días nos habían adornado las artes y las ciencias. Pero la historia vino muy pronto a confundirlos, contándoles que, cuando los españoles, encendidos y arrebatados por el amor de la gloria, como un impetuoso río, se derramaron por el mundo, poniéndolo en asombro y en temor; cuando a su voz se alzó soberbio de entre las ruinas de cien pueblos el poder más grande y magnífico de que hay memoria en los siglos, entonces también al lado de sus victoriosas banderas volaba resplandeciente de orgullo el genio de la inspiración y del entusiasmo, y la nación española no solo sostuvo sobre sus fortísimos hombros en aquella época el trono de medio mundo, sino que hizo tributarios de su talento a entrambos hemisferios.

Perdónese a los extranjeros en hora buena la ignorancia o mala fe con que hablan de nuestras cosas; pero que haya españoles que con tan poca noticia de nuestra historia se atrevan a publicar como verdades hechos que ella contradice es lo que no tiene disculpa. Estas reflexiones nos han sido sugeridas por la lectura de un prospecto, en donde se anunciaba la publicación de algunas novelas originales, compuestas por varones de reconocido mérito en el mundo de nuestra literatura contemporánea. Allí se afirmaba que en el jardín de nuestras letras había sido pobremente cultivado el florido ramo de la novela. Para deshacer un error tan grave y volver por el decoro y la fama de nuestros antiguos novelistas, tan mal parada y, acaso por ignorancia, puesta en olvido en el tal prospecto, es para lo que hoy tomamos la pluma.

Desde últimos del siglo XV, en que la política de nuestros monarcas empezó a echar en Italia los cimientos de la dominación española, se estableció entre ambas naciones un comercio de intereses y de servicios, que, andando el tiempo, hizo que las dos se comunicasen recíprocamente sus costumbres y aun su idioma. Con tanta más rapidez sucedió este cambio cuanto que entonces los únicos pueblos de Europa en donde las artes y las ciencias despedían algún resplandor eran Italia y España, que ya tenían una lengua formada y abiertos muy diferentes caminos, para hacer con menos fatiga el viaje al templo de la civilización. Hija de los califas de Damasco era la cultura de los españoles; y la de los italianos, aunque había tomado mucha parte de la de los árabes, otro origen más remoto tenía. Su frecuente comunicación con el imperio de occidente, la continua asistencia de sus flotas en los puertos de las más florecientes ciudades de Asia, puntos del globo en donde ardía aún el sagrado fuego de las ciencias, y el conservar aún vivos los recuerdos de la grandeza del imperio do los Césares, cuyas reliquias estaban depositadas en el Vaticano; todo esto favoreció a los italianos para que justamente fuesen considerados como los hombres más civilizados de Europa. Pero su grandeza subió de punto a la aparición de aquellos tres portentosos genios, Dante, Boccaccio y Petrarca. Estos fueron como las raíces del vigoroso árbol de nuestra civilización actual; aunque es de advertir que en tan breve tiempo no alcanzaran tan admirables triunfos en su nunca bien glorificado empeño de encender en los pueblos el amor de la sabiduría, si algunos resplandores de la civilización de los árabes no se hubieran esparcido por varios lugares de Europa.

Las letras humanas fueron cultivadas en aquel tiempo con un ardor y entusiasmo indecibles, y la novela, volviendo a la vida entre las manos de Boccaccio, se presentó al público bajo nueva forma y con unas galas como nunca había tenido.

La nación que primero siguió este ejemplo de los italianos, con el ardiente deseo de eclipsar la gloria de sus maestros, fue la española. No solo se vieron entonces traducidas al romance castellano cuantas obras se publicaban en italiano, y más principalmente las novelas, sino también las de los griegos y latinos más conocidos. Prueba de esto son las versiones al castellano que hay de las novelas de Boccaccio, de Cintio, Aretino, Bandello, Tatio, Apuleyo, San Juan Damaceno, Heliodoro y otros. Los españoles dieron a luz en aquella época con arreglo a los modelos que habían tenido presentes novelas históricas, místicas, amorosas, alegóricas, etc., y muy pronto, dejándose arrebatar de su ingenio y rompiendo las cadenas de la imitación, crearon la novela picaresca, sin que antes, ni ahora, nadie les hubiera excedido en este género, ni aventajado entonces en las dialogadas, en donde se ven los primeros rudimentos de nuestro teatro antiguo.

A las primeras pertenecen: El lazarillo de Tormes, El discreto tertuliante, Guzmán de Alfarache, Rinconete y Cortadillo, Marcos de Obregón, Ingeniosa Elena, Aventuras de don Fruela, Bachiller Trapaza, Pícara Justina, Estebanillo González, El Buscón, Don Gregorio Güadaña, etc. Y a la segunda: La Celestina, La segunda Celestina, La Elida o tercera Celestina, La hechicera, La Policiana, Persea y Tibaldo, La Selvagia, La Florinea, La Ipólita, La Tebaida, La Serafina, El celoso. La sabia fiera mal sabidilla, La Dorotea, y otras varias. Los que deseen tener más noticias acerca de esta materia pueden consultar la Biblioteca de Nicolás Antonio, la de traductores castellanos, la oriental y occidental, la de escritores valencianos, en donde se verá las muchas y diferentes obras de este y otros géneros de literatura que con talento, gusto y levantado estilo han escrito tantos fecundos ingenios como entonces florecieron en nuestra patria.

Fue aquel tiempo de mucho esplendor para nuestras armas; nuestros reyes eran el corazón de la política con que se gobernaban los pueblos de Europa; nuestro pabellón recorría triunfante las costas del antiguo y del nuevo continente; y, como tantas naciones por temor o por necesidad estaban en relaciones con nosotros, de aquí el que la lengua castellana fuese cultivada con ahínco por los extranjeros. Con esto se aumentó el lustre de nuestras letras, pues las obras de nuestros autores en alas de la imprenta volaban traducidas a diferentes idiomas por todas las partes del mundo.

Dejaremos pendiente la cuestión de si los primeros libros de caballería tuvieron su cuna en España, que para honra nuestra nos basta que los conocidos como los mejores y que sirvieron como de molde para el más famoso de todos ellos, para el Orlando furioso, hayan recibido vida de la clarísima luz del entendimiento de un compatriota nuestro, y que también fuese español el que con un prodigio de su agudo ingenio sepultó en las cenizas del olvido estos romances caballerescos. Tampoco diremos si, como se formaron en el estudio de nuestro teatro Moliere y Corneille, en el de las novelas de nuestros escritores, puestas en las manos de todo el mundo entonces, pudieron igualmente formarse tantos novelistas extranjeros como florecieron muy poco después en Europa. Nuestro ánimo es solo el de manifestar que este género de literatura, lejos de ser mirado con indiferencia por los españoles, les mereció todavía algo más que atención, pues le profesaron cariño. Es bien seguro que, si no se apreciase como cosa de grande valor, no le hubieran honrado con sus plumas dos de nuestros más esclarecidos ingenios, Cervantes y Lope de Vega.

Como después hubiesen caído en desprecio estas obras, siendo miradas hasta con aversión por alguno de nuestros sabios, se explica por la misma razón que fueron entregados al olvido los buenos estudios por los españoles. Con el sol de nuestra grandeza y poder bajó al ocaso la gloria de nuestra literatura. Como los atenienses y como los romanos, hemos tenido un siglo de oro para las letras; y, como a las de aquellos, la misma suerte ha cabido a las nuestras.

Pericles, Augusto, León X, Felipe IV, Luis XIV vieron en su siglo llegar las artes y las ciencias a un punto muy alto de gloria, y, cuando parecía que estas muy pronto alcanzarían el último grado de perfección, cayeron de repente en una postración lastimosa, fueron horriblemente desfiguradas por la ignorancia y casi abandonadas al olvido. Las naciones, como el hombre, no pueden vivir en un estado de prosperidad continua sin ser acometidos por el demonio del fastidio; y, por hermosa, rica y excelente que sea una cosa, los cansa si han de tenerla siempre a la vista; su afán es sentir nuevas impresiones y por eso miran hoy con desprecio la que ayer adoraban con idolatría. A no ser esto verdad nadie pudiera explicar cómo en los mismos lugares donde tanto brillo adquirió, quedase oscurecida y puesta en ridículo la hermosura de las ciencias cuando acababa de ser objeto de las más encarecidas alabanzas. Penélope es la imagen de la humanidad: por hacer algo, deshace por la noche lo que tejió de día.



F. N. VILLOSLADA

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