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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“Artículo remitido”

Autor del texto editado
Mora, José Joaquín de (1783-1864)]
Título de la obra
Crónica científica y literaria, n.º 126, 12/06/1818
Autor de la obra
Mora, José Joaquín de (1783-1864)
Edición
Madrid: Imprenta de Repullés, 1818
Paginación
pp. [2-3]
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 14 julio 2025

ARTÍCULO REMITIDO


Dum vitant stulti vitia, in contraria currunt.

Señor editor: Retirado hace muchos años de la sociedad, donde no he hallado más que ingratitud, y de la literatura, donde solo reina la insipidez, nunca hubiera sabido la existencia del periódico que usted publica si no se hubiera suscripto a él un sobrino mío, que lo hizo con el único objeto de leer el artículo de modas. Los números que tratan de esta importante materia son los únicos que conserva, y los demás los distribuye a una turba de muchachos que se reúnen a jugar al toro en el patio de mi casa para que hagan con ellos banderillas, monteras, etc. Algunos fragmentos han llegado casualmente a mis manos, y en ellos he visto, no sin grande extrañeza, la nueva manía, reinante en algunos semi-literatos, de menospreciar la literatura clásica y de exaltar hasta las nubes todo lo que de ella se separa y lo que a ella se opone. Me he puesto a reflexionar muchas veces sobre esta absurda extravagancia, tan opuesta al orden natural de las cosas, porque la ilustración (a que es tan contrario el nuevo sistema) vires acquirit eundo, y es quererle cortar los vuelos llevarnos a los siglos medio bárbaros en que únicamente pudieron nacer y prosperar las ideas en que se funda el gusto que usted ha combatido.

Sobre todo, lo que más escandaliza a todo hombre que tiene dos dedos de frente es que Calderón sea el tipo propuesto por estos reformadores del gusto. Ni hubiera acertado la causa de tan rara designación, si no hubiera echado de ver que estos buenos españoles y tan acérrimos defensores de los tiempos de antaño lo son en virtud de que un extranjero ha venido de luengas tierras a desenterrar estas preciosidades; de modo que, si esta extravagancia no hubiera nacido en la cabeza de un alemán, estuviéramos en tranquila posesión de nuestros progresos hacia la perfección literaria como lo están en nuestro siglo todos los pueblos cultos. ¿No es harto risible que un extraño venga a vendernos como joyas preciosas los utensilios viejos que hemos desechado por inútiles?

Pero quizás me engaño; quizás esta manía es más general que lo que a primera vista parece. Para examinar esta cuestión observemos el giro de algunas opiniones literarias de nuestro siglo.

Fecundo en indagaciones de toda especie y destinado a llevar al torrente de la ilustración hasta las más pequeñas partes de ella, y todo lo que recuerda y todo lo que la prepara, este siglo ha descubierto entre muchas cosas muy buenas otras que no lo son tanto. En este número pondremos la literatura de los pueblos del Norte, que salió de su profunda oscuridad a invadir, entristecer y desnaturalizar la risueña imaginación y el gusto delicado de los pueblos del Mediodía. Inculta y áspera como las selvas en que tomó su origen, irregular y bárbara como los pueblos que la cultivaron, la poesía boreal sedujo por su novedad a una nación sedienta de impresiones nuevas. Los franceses fueron los que más preconizaron a Shakespeare y Ossian, los que más imitadores les proporcionaron; en fin, los que más contribuyeron a corromper las ideas clásicas. Tan cierto es esto, que las obras francesas más célebres de esta escuela son las que más aplausos han recibido en el Norte: tales son Corina, Atala y compañía. De aquí nacieron las más extrañas paradojas: a la graciosa e inagotable mitología homérica sucedió la tenebrosa y monótona osiánica; a los amores tranquilos y ligeros, las pasiones frenéticas y reconcentradas; a las pinturas, las meditaciones; y, lo que es más, se han llegado a presentar como objetos de todas las artes y modelos de todas las virtudes aquellos paladines de los siglos bárbaros, feroces como bandidos, ignorantes como turcos, inmorales como ellos solos, y que estaban tan lejos de creer que su grotesco talento sería algún día el non plus ultra del bello ideal.

Esta detestable innovación del gusto era preciso que tuviese influjo todopoderoso en el estilo de sus sectarios. El énfasis, la antítesis, la violencia de sus metáforas forman su lenguaje y el único círculo de sus bellezas retóricas; y siendo estos mismos defectos los que mataron el estilo de Calderón y los demás culteranos de este tiempo, resulta de aquí, en mi sentir, que tan corrompido es el gusto de unos como de otros, y que esta corrupción común es el único apoyo y la verdadera causa de las necedades teóricas de la nueva escuela. Si se despojan las ideas del colorido nacional y de las modificaciones de la dicción, será muy fácil confundir las producciones de las dos épocas; y es tan natural creer que Calderón ha comparado las doncellas a unas flores misteriosas que se encuentran en los sitios solitarios, como si leyéramos en Chateaubriand que Roma levantaba su frente coronada por la bóveda azul de los cielos. Tan desatinado es un pensamiento como otro; pero el primero es de Atala, y el segundo de Las armas de la hermosura. Llamar al sepulcro cama de barro es tan lindo como decir que el arroyo es un músico que celebra la piedad de las flores.

Ahora estoy esperando que ese Schlegel, o como se llame, nos venga a decir que somos unos torpes en no apreciar las Soledades de Góngora y que deben ser el modelo de nuestra poesía lírica, como Calderón de la dramática. Para mí tan inteligibles son las silvas del célebre cordobés como las teorías del susodicho alemán.

Mucho más pudiera decir a usted de esta escuela, que también se sube a mayores y piensa en cosas menos fútiles que las opiniones literarias. ¡Si usted conociera como yo a los primeros adeptos, a los más fervientes discípulos!, pero chitón. Ne sutur ultra crepidam.

Entretanto que usted, señor editor, continúa haciendo sus esfuerzos por destruir esta calamidad literaria y resucitar el puro, el sano gusto que tanto va decayendo, haga el uso que quiera de estas reflexiones dictadas por mi afición a la verdadera belleza artística. Sírvanle a usted de apuntes para contestar a esta pregunta que hace Cicerón hablando de otro asunto más grave: ¿Cur retera aut aliena proferamus potius quam et nostra et recentia? Cicer. de legibus, lib. 3º, 9.

Queda de usted apasionado servidor, que besa su mano



Heleno-Filo

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