“Reparos a unas demostraciones críticas”
- Autor del texto editado
- Hartzenbusch, Juan Eugenio (1806-1880)
- Título de la obra
- El Museo Universal, tomo IX, núm. 49, 1865-12-03
- Autor de la obra
- Gaspar y Maristany, José (-1879) (dir.)
- Edición
- Madrid:
Casa Editorial,
1865
- Paginación
- pp. 386-387
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 11 julio 2025
REPAROS A UNAS DEMOSTRACIONES CRÍTICAS
I
Recordarán, sin duda, los que están suscritos a este ameno periódico la serie de artículos publicados en él por el distinguido profesor de matemáticas señor don Zacarías Acosta, que los intituló: «Demostraciones críticas para los lectores de El ingenioso hidalgo, impreso en Argamasilla de Alba».
El primero de dichos artículos vio la luz en el número que dio El Museo en 11 de diciembre de 1864; el último no ha salido hasta 2 de julio del año actual; solo ha empleado, pues, el señor Acosta poco más de seis meses en criticar aquella edición, dirigida y anotada por mí. Ninguna réplica mía ni de otro ha interrumpido su descansada carrera (porque descansos ha tenido en efecto) al señor don Zacarías Acosta, de quien espero igual tolerancia mientras contestaré a sus demostraciones.
A los que han leído, o leyeron después, el Quijote impreso en Argamasilla destinó sus artículos el señor Acosta con hábil acuerdo; pudo así omitir cosas conocidas, o que lo serán, de aquellos señores, aunque hoy no lo sean del público. Suponiendo yo que más habrán leído al señor Acosta los suscritores de El Museo que los de la edición chica de Argamasilla, dirijo estos reparos únicamente a las personas que, manejando esta publicación semanal, se resolvieren a tomar conocimiento de ellos. No estará de más advertir desde ahora que en Argamasilla se han hecho dos ediciones del Quijote, una en dozavo y otra en cuarto mayor, diferentes en más que el tamaño: la pequeña es la favorecida por el señor Acosta; de la otra dice que ni la ha visto ni piensa verla. Mejor hubiera sido para el crítico y para mí que no hubiese visto ninguna: se hubiera ahorrado el señor Acosta muchas equivocaciones , y yo el trabajo de señalarlas. No digo demostrarlas, porque ni puedo ni quiero competir con quien, si demuestra en la clase como en el periódico, debe ser el asombro de cuantos le oyeren.
El reparo que se me ofrece primero cae sobre la palabra demostraciones, poco propia, en concepto mío, de los artículos que así denomina el señor Acosta, y cuando ponen 46 párrafos que se dividen en varios apartes, o párrafos menores o parrafitos. Principiemos por el párrafo 22; y nadie lo extrañe, porque el señor Acosta me dio el ejemplo, comenzando sus demostraciones por la nota 47 agregada al tomo III de la edición chica hecha en Argamasilla. Ciertos preliminares también, que debieran ponerse aquí, saldrán por eso más adelante, si Dios y su ministro el cólera me lo permiten.
Cervantes en el capítulo XXVII (primera parte del Ingenioso Hidalgo) refiere el encuentro del Cura y maese Nicolás con Cardenio, que les cuenta su historia. Llegando a referir el desposorio de Luscinda, la cual, contra lo que debiera Cardenio esperar, dio a don Fernando el sí de esposa, pone el gran escritor en boca del burlado amante, entre otras, estas palabras: «Pero mi suerte, que para mayores males (si es posible que los haya) me debe tener guardado, ordenó que en aquel punto me sobrease el entendimiento, que después acá me ha fallado; y así sin querer tomar venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mío, fuera fácil tomarla), quise tomarla de mi mano, y ejecutar en mí la pena que ellos merecían».
Creí yo, y sigo creyendo, que de aquellas dos palabras mi mano era la segunda una de las muchas erratas que sacaron las primeras ediciones del Don Quijote, y que todavía no se han corregido, por lo cual imprimí en las ediciones manchegas, en vez de «quise tomarla de mi mano», «quise tomarla de mí mismo». Lo cual equivale a decir: «Sin vengarme de mis enemigos, quise ejecutar en mí la venganza».
Combate el señor Acosta la enmienda que hice, no al autor, sino al impresor del Quijote, con la siguiente demostración crítica: «Puede sostenerse, y por consecuencia debe suponerse tratándose de hacer enmiendas, que la frase de Cervantes envuelve una alusión histórica que (por referirse a un hecho de esos que por su espantable grandeza son de todo el mundo conocidos) no pudo imaginar hubiese alguno que dejase de entenderla. Mucio Scévola, después de asestar el golpe que, aun errado, bastó para salvar a Roma, dijo al llevar su diestra a la voraz hoguera: esta mano que erró el golpe, recibirá el castigo –El que pudiendo vengarse no se venga, y como Cardenio, se castiga a sí propio, puede decir imitando al gran Scévola: esta mano que quiso dar el golpe recibirá el castigo».
La demostración del señor Acosta tiene un puede por fundamento, y otro puede por conclusión: ¡extraña manera de demostrar! Imitándola yo reverentemente, diré que pudo equivocarse aquí el impresor del Quijote, y ha podido, y debido por consecuencia, equivocarse el demostrador. De la potencia al acto no vale la consecuencia, según sienta el señor Acosta en su párrafo 26, aplicándome el principio a mí: se lo devuelvo al señor Acosta, que llama demostrar a lo que no pasa de suponer.
En lo que refiere nuestro crítico acerca de Mucio hay que notar un hecho y un dicho: el hecho es seguramente muy conocido, el dicho no tanto, y para la presente cuestión no deja de ser importante. Hubiera convenido que al escribir el señor Acosta el dicho del valiente romano, que llevó después del nombre de Escévola, se tomara el trabajo de manifestar de cuál historiador tradujo aquellas palabras: «esta mano que erró el golpe recibirá el castigo». La verdad es que no se hallan en Tito Livio, ni en Valerio Máximo, ni en Lucio Anneo Floro, ni en Sexto Aurelio Víctor, que dan cuenta del hecho; y el escritor griego Dionisio Halicarnáseo en sus Antigüedades romanas, aunque trae un razonamiento de Mucio a los cónsules y otro al rey de los etruscos Porsenna, calla lo de la quemadura, porque, según Dionisio, no hubo tal quema. Tampoco se abrasó Cardenio la mano, ni se la cortó, ni se la pinchó, ni se la mordió; pero tampoco había dado con ella, en la ocasión de que se trata, golpe ninguno.
Avisado por una carta de Luscinda, Cardenio vuela desde donde está a la ciudad en que reside su dama; se hablan por una reja, y dice Luscinda que la van a casar, pero que se halla resuelta a quitarse la vida con una daga que lleva oculta si no consigue estorbar el desposorio con sus razones; llega el momento crítico, y ni mueve los labios para manifestar su resistencia, ni saca el acero; consiente, en fin; Cardenio lo oye y sale de aquella casa desesperado, ¿a quién podrá ocurrir que tuviese la cabeza entonces Cardenio para acordarse de los romanos ni etruscos? Matar o morir ansía un hombre en un trance tal, no asarse la mano a imitación de un frenético que no lo fue de amor, sino de patriotismo. En buena razón, ¿qué tiene que ver el rasgo de Escévola con el de Cardenio? Mucio entró en los reales del sitiador de Roma decidido a matarle; mató a un secretario que pareció ser el rey (lo cual es algo más que asestar el golpe); conoció al punto que se había engañado, y metió después la mano en el fuego de un altar inmediato. Cardenio, que salió de casa de Luscinda sin desenvainar la espada, no erró golpe alguno, y por consecuencia no tenía por qué castigar a su mano más que a sus pies, que no le llevaron delante de los contrayentes, ni más que a su lengua que no gritó diciendo: «¡Esa mujer me ama!, ¡ese hombre me vende!».
¿Que no pudo Cervantes imaginar hubiese quien dejaba de entender una alusión histórica tan perceptible? Pues hizo mal Cervantes en no figurárselo, y pronto pudo ver que debió recelar tan sensible desgracia. En 1605 salió en Madrid la primera parte del Don Quijote, dos años después, no más tarde que en el 1607, se hizo una reimpresión en Bruselas, en la cual se estampó lo propio que en Argamasilla, de mí mismo, no de mi mano. Y no era lerdo el que dirigió la impresión flamenca, porque otras correcciones hizo que salieron después iguales en la tercera edición de Madrid, publicada en 1608 y considerada como la mejor; de modo que en esta, a sabiendas o no, se vino a reconocer varias veces lo que el editor de Bruselas había adivinado. Dice el señor Acosta que hasta las erratas del Quijote son, por su antigüedad, respetables: merecedora de respeto será esta variante, poco menos antigua que las erratas de la primera edición, y aun algo anterior a la edición tercera de la primera parte, que es la más respetada: 238 años ha que se hizo la tal enmienda.
Si se hubiera hecho mal, si constara indudablemente que el gran Cervantes hubiese escrito en el pasaje citado (con el debido conocimiento, y no por distracción o yerro de pluma) «quise (tomar venganza) de mi mano», importaría poca la antigua fecha de la variante. Preguntemos, pues, al insigne escritor aquello a que puedan responder sus palabras impresas, ya que del autógrafo o manuscrito original del Quijote no se sabe ni aun que existan fragmentos. Habrase de notar que antes de introducirse Cardenio en la sala del desposorio dijo a Luscina cuando la vio a la reja: «Si tú llevas daga para acreditarte, aquí llevo yo espada para defenderte con ella, o para matarme si la suerte nos fuere contraria». Cardenio entonces pensaba matarse, no mancarse de la derecha ni de la izquierda: pensaba en muerte que se hubiese de ejecutar con acero, no en quemadura de mano ni pie.
Salió el desengañado Cardenio de casa de Luscinda y se fue a la del buen hombre que le había llevado la carta de aviso: allí, sin preguntar si quedaba lumbre en el fogón, escribió a la mudable: «Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes volverán a tus oídos las nuevas de mi muerte, que las razones de mis quejas». También aquí se trata de muerte. Recoge Cardenio su mula y huye hasta parar en lo más agria de Sierra Morena, y esto lo hace «con intención de acabar allí la vida», así se expresa. Interrumpe su narración, y se dice a sí propio: «¿No fuera mejor, cruel memoria, que me acuerdes y representes lo que entonces hizo (Luscinda), para que, movido de tan manifiesto agravio, procure, ya que no la venganza, a lo menos perder la vida?». Cerca del fin de la relación añade: «Hago mil locuras… sin tener otro discurso ni intento que procurar… acabar la vida voceando». Más adelante, dirigiéndose a Dorotea, le dice: «Víneme a estas soledades con intención de acabar en ellas la vida». ¿Dónde hay asidero en estas expresiones para la suposición ridícula de que Cervantes, aludiendo a la quemadura de Mucio, escribiese mi mano en el pasaje que se examina? ¿No se ve en una de estas frases el propósito de matarse a hierro, y en las otras cinco el de dejarse morir de despecho o de pena? Pues en la muerte de espada y en la de la angustia bien puede creerse que no padecería más la mano derecha que las entrañas.
Cervantes, además de repugnar y desmentir en el Quijote la infeliz interpretación de esa visible errata, dejó en El celoso extremeño la norma y autoridad para corregirla. Carrizales despierta una noche, tienta, según costumbre, la cama, no halla a su esposa, la busca por toda la casa, y la encuentra durmiendo en brazos de un joven. Quiere vengarse, vuelve por armas a su cuarto, y allí, al dolor de la ofensa, pierde el sentido y la ocasión de satisfacer su ira. Poco tiempo después, hablando con los padres de su consorte, les dice: «La venganza que pienso tomar de esta afrenta no es ni ha de ser de las que ordinariamente suelen tomarse, pues quiero que, así como yo fui extremado en lo que hice, así sea la venganza que tomaré, tomándola de mí mismo, como del más culpado en este delito». Compárese un pasaje o lugar con otro, consúltese con la razón desapasionada, y dígaseme si no es la situación de Cardenio muy análoga a la de Carrizales, y, por consiguiente, si el mí mismo de la una no reclama debidamente el de la otra. Aun Carrizales hubiera podido, mejor que Cardenio, decir que se quería vengar de su mano, porque verdaderamente la diestra que no le había servido para castigar a sus ofensores iba a firmar el testamento en que doblaba la dote de du mujer y le rogaba que se casase con el galán mancebo. No consintió su buen gusto a Cervantes acordarse de Escévola en la catástrofe de El celoso; menos pudo aludir a él en la narración de los desposorios que presenció Cardenio.
Parte de un principio peligroso el señor Acosta, si supone que al hallar en el Quijote una dificultad o, por mejor decir, una impropiedad, la cual solo se puede excusar de mala manera, se ha de respetar allí el texto como legítimo, como palabras que el autor escribió. Justo y muy racional sería, si fuese el Quijote una obra mal escrita, si Cervantes hubiese cuidado mucho de la impresión, y si el impresor, Juan de la Cueva, de cuya oficina salieron las cuatro ediciones del Quijote que llevan el carácter de originales, las hubiera estampado bien, pero como el Quijote es la mejor obra del ingenio español, y aun es poco decir, como Cervantes no corrigió las pruebas de esas cuatro ediciones, según ellas mismas lo declaran a cada paso, y como Juan de la Cuesta o sus oficiales imprimieron el manuscrito de Cervantes según lo entendían, y lo entendieron al revés muchas veces, respetar constante y supersticiosamente el texto de El ingenioso hidalgo es en muchos casos respetar las equivocaciones cometidas por los dependientes de Juan de la Cuesta. Y explicar un error que no pudo ser de Cervantes apelando a una alusión histórica que vuelve la que debiera ser expresión verdadera y sencilla de un gran pesar en un rasgo de erudición, frío, pedantesco y absurdo no es, como quiere el señor Acosta, sacar de humo luz, sino simplemente casar un desacierto con otro. Ni en la forma ni en la sustancia puede llamarse demostración al párrafo 22; es una aprehensión, una cavilación desdichada. Ilusiones ópticas llama el señor Acosta a las causas que he tenido para introducir en el Quijote algunas variantes; ilusiones, engaños, errores he padecido a veces, y ya lo he dicho en letras de molde, antes que el señor don Zacarías Acosta; pero mucho adolecemos de aquel achaque, y ya se irá viendo por estos reparos.
Cada uno tiente
don Zacarías,
sus aprensiones
y sus manías.
JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH