Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas
“Artículo comunicado”
- Autor del texto editado
- Mora, José Joaquín de (1783-1864)]
- Título de la obra
- Mercurio gaditano, n.º 143, 08/10/1814
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Cádiz:
Imprenta del Mercurio Gaditano,
1814
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Catálogo de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 7 julio 2025
Artículo comunicado
Señor Redactor del Mercurio: Me pico de español, y esta gloria que hoy es capaz de envanecer el alma más apática es la que me llevó pocos días ha a poner en su periódico algunos apuntes sobre nuestras comedias, con la ocasión de lo que de ellas dijo antes el alemán Schlegel. Como la gloria literaria de una nación consiste en acercarse a la perfección en las ciencias, creía yo que señalando, de acuerdo con los maestros de ellas y los autores clásicos de todas las edades, el camino que lleva allá, hacía por mi nación todo lo que en esta parte podía y debía hacer un buen patricio. Alabar como quisieran algunos todo lo nuestro sin discernimiento sería alucinarla y malograr las mejores disposiciones naturales que acaso tiene nación alguna para la literatura. Engreírla en sus mismos descuidos sería detenerla en el camino, con perjuicio de su opinión literaria y sus adelantamientos. Asegurarle, como Schlegel, que ha creado un género nuevo en la poesía dramática por el hecho mismo de haberse apartado de los principios, que es lo mismo que separarse de la naturaleza, sería proponerse pervertir su gusto para siempre, empeñarla en forjar quimeras brillantes por la fuerza y fecundidad de la imaginación española y ponerla a la vergüenza en el mundo culto e ilustrado. Y por último, proponerle las reglas bajo un aspecto ridículo y casi como una traba de la imaginación y del juicio, que es necesario desechar para que corra la fantasía del poeta con toda libertad por los espacios imaginarios y no se sujete en nada a la naturaleza de donde se han sacado las reglas que han de obrar la verosimilitud, es realmente, como insinúan Schlegel y sus seguidores, espiritualizar la poesía y llevarla a aquel estado de incomprensibilidad en que las palabras no son más que vanos sonidos, y las ideas se pierden de puro sutiles y alambicadas; es querer que un arte de imitación no imite por falta de modelos y ejemplares, que solo los puede prestar la naturaleza tangible y comprehensible, y es empeñar a los pobres poetas a andarse por esos mundos de Dios buscando espectros y monstruos aéreos que los burlen a cada paso, y condenarlos a no dar nunca ni por descuido con la verosimilitud y la imitación.
El entusiasmo de Schlegel por la poesía española le ha deslumbrado, sin duda. Justo admirador de sus gracias, se ha embargado de tal modo con sus encantos, que ha apartado la atención del arte. ¿Quién es el que puede dudar de que la naturaleza ha creado en España, especialmente en las alegres orillas del Guadalquivir, los genios más análogos para las bellezas de la imaginación? ¿Dónde se encuentra en Europa tanta multitud de ingenios fogosos y agradables como los que en la risueña Andalucía han honrado la poesía con la fecundidad de su fantasía, con amenas y majestuosas descripciones, con acumuladas y brillantes imágenes, con invenciones y epítetos del todo nuevos y originales , con dramas llenos de intrigas y desenlaces extraordinarios, con todo lo que el lenguaje tiene de sublime y elegante, con versos más sonoros y armoniosos, con caracteres en mucha parte más bien sostenidos y con piezas llenas de un interés capaz de fijar la atención más expuesta a distracciones. Todos los extranjeros que se han hecho por su imparcialidad superiores al amor indiscreto y desordenado de su país han concedido a los poetas españoles estas ventajas. Se han valido más de una vez de los frutos de estas imaginaciones productivas hasta el infinito para embellecer sus trabajos, y la España se puede gloriar por esto de que ha concurrido a la perfección de las bellas letras en la Europa. Schlegel le hace en este punto la justicia que se merece, y, si se hubiese contentado con excusar su poca sujeción a las reglas por la fogosidad e impaciencia de este genio, que se avanzaba él solo en todos los géneros por una osadía noble que le empeñaba casi siempre en crear, hubiera hecho de los españoles el elogio que se merecían sin mengua del arte y de su mayor perfección.
El arte es de todas las naciones; desde su origen viene ceñido a las reglas que la observación y el cultivo ha ido deduciendo de la naturaleza misma, prototipo de todas las artes de imitación. Alabar a una nación de apartarse de ellas, lejos de hacerle favor, es denigrar su opinión literaria y rebajar su juicio y docilidad. Los mismos poetas españoles del mejor tiempo han conocido sus defectos y, excusádolos con el mal gusto del vulgo para quien escribían. El célebre y fecundo Lope de Vega se hace en su poética cargo de este abandono de los principios, y bien sabidos y manoseados son aquellos dos versos en que expone la necedad del vulgo en esta parte, y su convencimiento de que sus piezas no eran arregladas:
pues que, como las paga el vulgo, es justo
hablar en necio para darle gusto.
Es incomprensible que el mismo Lope, Calderón, Moreto y demás poetas dramáticos, cuyas piezas son imitables en todo lo que pende de la imaginación y del lenguaje, y que desentrañaron tan bien la filosofía del amor, que de todas ellas se podía extractar un curso completo de este arte, escrito con la cultura, delicadeza y sales discretas, que acaso no se hallarán en parte alguna, ignorasen las reglas que llevan a la verosimilitud cómica, cuando están al alcance de ingenios que acaso han estado a una muy larga distancia del suyo. En su mismo tiempo dio Cascales las Tablas poéticas, en que las recomienda y describe como necesarias. Es, pues, preciso que a sabiendas y por contemplación al estado del gusto de su época las quebrantasen.
El espíritu de caballería dio, sin duda, fomento al entusiasmo de las composiciones de aquel siglo que justamente se llama de oro para nuestra poesía; pudo acaso sacarlo de sus límites naturales, pero esto siempre es una excusa para nuestros poetas, que la merecen por sus imponderables bellezas, mas nunca es ni puede darse como una lección a una nación que está clavada en la Europa culta y que hace su camino en las bellas letras con tan excelentes disposiciones de ingenio y de imaginación. Homero y Virgilio vivieron muy distantes de los siglos de este espíritu de caballería, y, sin embargo, no les faltaron objetos grandiosos que cantar. Este espíritu es para la poesía lo que para la guerra: un ilustrado patriotismo lo suple con ventaja, como experimentaron la Grecia y Roma. Los prodigios recientes de los españoles, que se hallan hoy tan distintas de aquellos tiempos romancescos, tienen en su patriotismo, en el honor nacional, que es de todos los tiempos en España, y en el odio a la dominación extranjera igualmente que en su pasión decidida por su siempre perseguido y afligido Fernando VII, una explicación más obvia, más natural y más noble que en el espíritu quijotesco y de caballería, cuya aplicación se haría más verosímil a las aventuras y desconcertadas empresas del caballero de Córcega Napoleón.