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“Variedades. Crítica de las reflexiones de Schlegel sobre el teatro, insertas en nuestro número 121”
- Autor del texto editado
- Mora, José Joaquín de (1783-1864)]
- Título de la obra
- Mercurio gaditano, n.º 127, 22/09/1814
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Cádiz:
Imprenta del Mercurio Gaditano,
1814
- Paginación
- pp 1-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Catálogo de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 7 julio 2025
VARIEDADES
Crítica de las reflexiones de Schlegel sobre el teatro, insertas en nuestro número 121.
El que haya observado con atención el giro que ha tomado el gusto literario en la mayor parte de Europa, desde la revolución francesa hasta nuestros días, no podrá menos de prever el enorme abuso que se podrá hacer entre nosotros de las ideas y opiniones a que se debe la corrupción de la literatura moderna extranjera. Por esto es un deber de los escritores públicos atajar el mal en su origen y hacer ver al través de las ideas brillantes y seductoras con que estos novadores revisten sus doctrinas los errores que encierran y los riesgos con que amenazan. La moda de desacreditar las reglas eternas del gusto y de sacudir el yugo de los preceptos es un contagio tanto más fácil de comunicarse cuanto más halagos presenta a la mediocridad verse libre de trabas y poder abandonarse a todos los desórdenes de la imaginación . Entre nosotros el peligro aún es mayor por el abandono en que yacen los estudios clásicos, estos preciosos gérmenes del saber, tan malamente zaheridos por los discípulos de la escuela romancesca.
Con el fin de atacar esta nueva clase de errores he extendido las siguientes observaciones sobre el escrito de Mr. Schlegel inserto en este periódico, presentándolas sin otro orden que el que guardan las proposiciones que he juzgado dignas de crítica.
El primer párrafo establece, o a lo menos lo supone, que la diferencia entre el teatro antiguo y el inglés y español consiste en la sujeción de aquel a las reglas del arte y el desprecio que estos han hecho de ellas; suposición gratuita, pues aunque las reglas existían en tiempo de los griegos y romanos, apenas hay una de las piezas del teatro antiguo que conocemos en que se hallen exactamente observadas. En vano (dice) se anhelará por reducir a las reglas las producciones originales de ingleses y españoles. Ya se ve, ¿cómo se ha de reducir a reglas una obra en que ninguna de ellas se observa?
La rima compañera inseparable del verso es también el primer símbolo de la sujeción. Es difícil amontonar mayor número de disparates en menor número de palabras. La rima se separa muy frecuentemente del verso, y anduvieron separadas muchos siglos hasta que la corrupción del gusto y de la latinidad dio origen a los consonantes, con los que la poesía empezó a perder su lustre hasta que se lo restituyeron los poetas italianos y españoles. La rima, además, no es un símbolo de sujeción real y verdadera, ni en todo caso se podría llamar el primer símbolo, porque antes de ella existía el número.
La forma de toda composición poética no debe ser mecánica, sino orgánica. Esta clasificación parece original del autor, pero vamos a ver en qué consiste. La forma mecánica es la que se aprende, la orgánica la que es innata, de modo que se llama orgánico a lo que nace espontáneamente en una sustancia sin órganos. Esta forma orgánica es la que, según Mr. Schlegel, revela las cualidades ocultas de todas las cosas, de lo que se infiere que las lamas especulares revelan las cualidades ocultas de las sustancias cristalizadas, cosa que abrevia infinito el estudio de la química.
Convendremos sin dificultad en que los ingleses y españoles no tienen tragedias ni comedias al uso antiguo. Dale con la diferencia entre el uso antiguo y el moderno, fundado aquel en la observancia y este en la inobservancia de las reglas.
Pero han creado un género propio que llamaremos romancesco. Llámele usted como quiera, este género es menester que sea detestable, puesto que, según usted mismo, pretende combinar todos los opuestos, combinación absurda en las artes de imitación, en las que no debe haber opuestos, sino contrastes, porque de estos resulta el verdadero interés, el colorido artístico, y de aquellos, los monstruos de que se burla Horacio en el principio de su Arte poética.
Este género nuevo es el que se complace en amalgamar la naturaleza y el arte; como si el género antiguo, esto es el clásico, no las hubiese amalgamado, y como si esta reunión no estuviese mejor observada en Atalia y el Cid que en el Don Carlos y El rey Lear; como si para reunir la naturaleza y el arte fuera menester un género espurio, intruso, tan enemigo del arte como de la naturaleza.
Que reúna la poesía y la prosa ya lo entiendo, porque esta reunión que salva todas las dificultades es comodísima en la época actual, en que el prurito de escribir hace romper toda traba y forja sistemas absurdos para justificar aquellas infracciones , pero lo que no entenderé jamás es que haya sido menester dramas romancescos para amalgamar la memoria y la esperanza, el alma y los sentidos, lo terrestre y lo divino, la vida y la muerte. Virgilio y el Dante, Racine y Corneille habían amalgamado todos estos poderosos resortes antes que la fantasmagoría germánica viniese a deslumbrar el orbe literario con sus apariciones fosfóricas.
El arte (dramático) antiguo es más sencillo, más claro, y coincide más con la naturaleza en sus obras aisladas. ¿Qué se puede decir más en favor del arte antiguo? La poca sencillez, la poca claridad del arte moderno resulta de que no coincide con la naturaleza en sus obras aisladas, único aspecto bajo el cual la naturaleza puede ser objeto de las artes, sino que, abandonando esta prudente sobriedad, quiere encerrar en los estrechos límites de un drama toda la naturaleza en la universalidad de sus creaciones, objeto ambicioso y desproporcionado, más análogo a las meditaciones del sabio que a la paleta del artista.
El arte moderno se acerca más al secreto del universo. ¡Una friolera! ¡El secreto del universo estaba reservado al sublime descubrimiento del drama sin reglas! El sabio que decía que formaría un nuevo universo con materia y movimiento no sabía que sería mucho más fácil formarlo con la infracción de las tres unidades. Es verdad que después se nos asegura que a veces el arte moderno no ofrece más que un caos, pero Schlegel y sus elegantes traductores sacarán de este caos la luz.
La tragedia antigua es un grupo de escultura, el drama romancesco es un cuadro en el cual, además del colorido brillante de las figuras, se ven los alrededores y las distancias. Si la tragedia regular, no solo la antigua, es un grupo de arquitectura, el drama romancesco es un cuadro complicado en que las figuras se confunden entre mil objetos vaporosos que destruyen el interés y la ilusión.
Tras esta comparación que termina las reflexiones generales, el autor se contrae a la poesía española, de cuyo principio y progreso forma un cuadro harto ligero y superficial, pero energético y profundo: en él se hallan, sin embargo, no pequeñas equivocaciones, como cuando asegura que solo en España ha sobrevivido el espíritu caballeresco a la caída de la caballería, pues las instituciones caballerescas y aún las costumbres análogas se han conservado mucho más escrupulosamente en el norte de Escocia, en Polonia y en otras partes de Europa que se han visto más libres que nosotros de las innovaciones modernas. El espíritu caballeresco no se debe buscar en cuatro formalidades insignificantes, sino en las costumbres, y en esta parte nosotros hemos perdido hasta las más pequeñas trazas. Todavía se arman caballeros en Inglaterra, todavía hay trovadores vagabundos en algunos condados de Irlanda, todavía el señor húngaro juzga, arma y gobierna sus vasallos; en fin, todos los pueblos cultos de la Europa conservan en más vigor que nosotros la poesía caballeresca. No hay modista de París que no cante tras de su mostrador el romance del trovador o el viaje a Siria; no hay poeta inglés que no se queme las pestañas buscando asuntos para sus Ballads en las añejas crónicas. No hay aventura notable de los tiempos feudales que no haya suministrado asunto a los inagotables fabricantes alemanes de dramas romancescos. El autor, que no ve por todas partes sino espíritu caballeresco, se figura que el público español quedó satisfecho cuando los grandes poetas de aquel tiempo trasladaron a la escena el carácter caballeresco purificado de toda liga material, esto es cuando pintaron a los caballeros como asesinos, huyendo unas veces de la justicia, robando otras las hermanas de sus amigos, y dando de puñaladas a los queridos de sus hermanas. Entonces es cuando el autor ve en esta especie de carácter la semejanza aérea de un perfume matizado, expresión tan absurdamente ridícula que no se sabe cómo calificarla, a menos que no se atribuya a la mala manía de reunir dos palabras que, como dice Boileau, se quedan atónitas de verse unidas.
Todos estos elogios recaen más particularmente en las poesías de Calderón, cuyo traductor entusiasta fue el mismo Schlegel, y nótese aquí si puede hallarse una perversión más completa del gusto. Todos los literatos han admirado en este poeta la fecundidad de los planes, la facilidad de desenredar los hilos complicados de una intriga, la fluidez del romance, la naturalidad del diálogo y la pureza del idioma. A trueque de estas dotes sobresalientes se le perdonaban sus enormes defectos, pero el señor Schlegel no piensa así, sino que, desentendiéndose de tan raras perfecciones, alaba precisamente en Calderón lo que todo el mundo vitupera, esto es, su tendencia al género lírico, el oropel de sus descripciones y la mezcla de estrellas y flores, sol y ojos, perlas y lágrimas; vicios de estilo que no caracterizan únicamente a nuestro célebre dramático, sino que infestaron a todos los poetas gongorinos, a todos los predicadores gerundios, y a todos los versificadores italianos, españoles, franceses e ingleses anteriores al renacimiento de las letras. Limitándonos al arte dramático en España, señálese en Calderón uno de estos trozos que tanto placen en Alemania y que no tenga semejante en las piezas de Montalbán, Figueroa, Solís y sus contemporáneos. Extraño modo de juzgar en las artes es, por cierto, señalar como perfecciones en un autor los defectos mismos con que pagó tributo a la corrupción de su siglo. De un principio tan desatinado deben resultar las más desatinadas consecuencias. La poesía de Calderón sea cual fuese su objeto es un himno continuado a la gloria del Criador. De modo que las astucias de la dama duende, las fanfarronadas de Coriolano, las extravagancias de Segismundo, todo esto no es otra cosa que un himno. Para Calderón la suerte del hombre no es ya un enigma, como no lo ha sido jamás para un cristiano firme en sus creencias. La poesía de Calderón es el despertar de Adán, pero acompañado de una penetración de las relaciones más secretas de la naturaleza cual solo podría darse a una contemplación ejercitada. Ahora bien, este descubrimiento de relaciones misteriosas solo puede echarse de ver en las comparaciones y metáforas en que la naturaleza física se pone en contacto con la moral, o en que se comparan unos a otros los objetos sensibles, y júzguese cuánta dosis de contemplación se necesita para hallar relaciones secretas entre los dientes y las perlas, los labios y el clavel, la risa y la aurora, una flor y la belleza, ideas todas tan nuevas y recónditas.
Schlegel queriendo, para concluir, generalizar su teoría, se enreda de tal modo en sus mismas ideas, que es harto difícil seguir el hilo de sus raciocinios. He aquí un parrafito que puede tenérselas con todo lo más oscuro que ha producido la metafísica alemana. Cuando las circunstancias exteriores, sea una censura arbitraria, sea el mismo apego de los habitantes a sus hábitos nacionales, se oponen a la introducción de lo que se califica como progreso del entendimiento humano entre los vecinos, sucede que las buenas cabezas se prendan de aquellos frutos prohibidos y se empeñan con tenacidad en ciertos errores literarios cuando ya no son de moda en otras partes. Aquí no se sabe si el fruto prohibido son los hábitos nacionales o lo que se califica de progreso del entendimiento humano, ni se comprende cómo las buenas cabezas puedan seguir modas en materias literarias, sabiendo que hay reglas infalibles del gusto sancionadas por todos los hombres grandes y la práctica universal de los siglos. También es algo raro aquello de la censura arbitraria en punto a progresos mentales, como si en esto debiera haber arbitrariedad, o como si la arbitrariedad de la censura en las obras del entendimiento no fuera el último grado del delirio humano.
Sírvase usted, señor Editor, insertar en su periódico estas ligeras observaciones, ínterin preparo otras más generales, en que procuraré demostrar las consecuencias funestas que acarrean en el orden moral y literario las nuevas paradojas germánicas.
Besa la mano de usted su servidor
Mirtilo Gaditano