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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“VARIEDADES. Reflexiones de Schlegel sobre el teatro, traducidas del alemán”

Autor del texto editado
Böhl de Faber, Juan Nicolás (1770-1836)] (trad.)
Título de la obra
Mercurio gaditano, n.º 121, 16/09/1814
Autor de la obra
[No se indica]
Edición
Cádiz: Imprenta del Mercurio Gaditano, 1814
Paginación
pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Catálogo de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 23 junio 2025

Reflexiones de Schlegel sobre el teatro, traducidas del alemán


Es muy natural que los críticos que no aprecian sino los modelos antiguos menosprecien el teatro inglés y español. Podrán acaso admirar algunos de sus brillantes rasgos, pero la economía del conjunto debe precisamente parecerles bárbara y absurda. En vano anhelarán por reducir a sus reglas estas creaciones originales; más fácil les será condenarlas por heréticas que poner en duda la infalibilidad de Aristóteles.

Estamos muy lejos de querer quitar toda traba a la fantasía del poeta; la rima, compañera inseparable del verso, es también el primer símbolo de la sujeción. Exigiremos, pues, de toda composición poética una forma determinada, pero esta forma no deberá ser mecánica (como lo entienden los sectarios de las tres unidades) sino orgánica. Llamamos forma mecánica la que se aprende, y forma orgánica la que es innata; de esta clase son las formas que nos ofrece la naturaleza desde la cristalización de las sales hasta la figura humana, y que se pueden llamar fisionomías expresivas que nos revelan las cualidades ocultas de todas las cosas.

La poesía, como la metempsicosis, renace en distintos tiempos en cada pueblo y en cada idioma, pero forma su cuerpo de los elementos que en cada época la cercan; es, pues, absurdo querer clasificar las producciones modernas por las reglas que se han deducido de las formas antiguas.

Convendremos sin dificultad en que los ingleses y los españoles no tienen tragedias ni comedias al uso antiguo, pero han creado un género propio que llamaremos romancesco. El arte antiguo separaba con severidad las especies; el arte moderno pretende combinar todos los opuestos, y se complace en amalgamar la naturaleza y el arte, la poesía y la prosa, la memoria y la esperanza, el alma y los sentidos, lo terrestre y lo divino, la vida y la muerte. El arte antiguo es más sencillo, más claro y coincide más con la naturaleza en sus obras aisladas; el arte moderno se acerca más al secreto del universo, aunque a veces no ofrece sino un caos. La tragedia antigua es un grupo de escultura; el drama romancesco es un cuadro en el cual, además del colorido brillante de las figuras, se ven los alrededores y las distancias.

Los principios de la poesía en España fueron sumamente sencillos; solo se conocían los romances y las coplas; empero las riquezas del idioma español no podían desplegarse en estas formas más bien graciosas que sublimes; adoptáronse, pues, a principios del siglo XVI las formas italianas; y entonces fue cuando la lengua castellana (esta soberbia hija de la madre dominadora latina) manifestó toda su pompa y dignidad en sus sonetos, octavas, tercetos y canciones; menos dulce que la italiana, a causa de sus sonidos guturales y sus terminaciones en letras consonantes, es más sonora, y llena el oído como el eco de las campanas. Aún resonaba en ella la antigua sencillez de los godos cuando los árabes la hicieron tomar un vuelo oriental y, embriagándola, por decirlo así, con los aromas de su ardiente clima, encumbraron su lenguaje harto más allá de los miramientos de la sobriedad occidental. Al par de las hazañas de esta nación heroica, creció el nervio de su poesía. Los españoles han hecho un papel en la historia, que la mezquina envidia de los tiempos modernos se ha esmerado en oscurecer. Haciendo de vanguardia de la Europa contra la irrupción de los fieros musulmanes, no cesaban de oponerles una barrera viva, renovada de continuo. La fundación de sus reinos, desde Pelayo hasta la conquista de Granada, fue una sola aventura caballeresca. Y debemos confesar que la religión de Jesucristo, triunfante de tan grande superioridad de enemigos, es cosa prodigiosa. El español, acostumbrado a pelear al mismo tiempo por su independencia y su religión, las amó igualmente. Así es que el antiguo castellano era fiel a su Dios y a su rey hasta la última gota de su sangre, esclavo de su honra, altivo para con los hombres, pero humilde ante todo objeto sagrado; serio, sobrio y austero. ¿Nos tocaba a nosotros ridiculizar aquellos labradores orgullosos que, no pudiendo resolverse a deponer el instrumento de tanta gloria, araban sin desceñirse la espada? Solo en España ha sobrevivido el espíritu caballeresco a la caída de la misma caballería; cuando, por las perniciosas disposiciones de Felipe II disminuían igualmente la prosperidad interior y el influjo exterior de la nación, este espíritu renació en la naturaleza, volvió con nuevo lustre a aquella edad en que los reyes y los príncipes eran trovadores, y en que los caballeros veneraban con igual devoción el santo Sepulcro y su dama. Los poetas de aquel tiempo no eran eruditos de profesión, como en el resto de la Europa; eran guerreros, los apoyos del trono y los ministros de su soberanía. Garcilaso pereció a la vista de Carlos V en un asalto dado en Provenza; Camoens ayudó a conquistar las Indias; Ercilla cantaba durante la noche las luchas del día; Cervantes perdió un brazo en la batalla de Lepanto; Lope de Vega tuvo parte en la desgracia de la invencible armada de Felipe II; Calderón, caballero de Santiago, peleó en Flandes y en Italia antes de ordenarse.

Si la poesía moderna se funda sobre los sentimientos religiosos, sobre el heroísmo, el honor y sobre el amor, en España precisamente había de adquirir su más alta perfección. Ninguna hazaña del entendimiento aterraba la imaginación española, no menos arrojada que lo eran sus paladines. Su predilección en favor de lo maravilloso se había ya manifestado en sus libros de caballerías. Faltábale a su teatro alguna cosa semejante; y cuando los grandes poetas de aquel tiempo, adornados con todas las galas de la más noble civilización, trasladaron a la escena el carácter caballeresco purificado de toda liga material y sublimado hasta la semejanza aérea de un perfume matizado (si se nos permite la expresión), el espectador quedó contento. En la armonía de todo género de rimas, en la elegancia y delicadeza de todos los juegos de la discreción y del chiste, en la pompa y grandeza de las imágenes de una fantasía universal, fue donde el español halló sin duda un reflejo de aquel poderío que le había avasallado nuevos mundos. Y así como en el imperio de Carlos V, se puede decir que en esta poesía nunca se ponía el sol.

Las piezas de Calderón se pudieran llamar óperas in música, esto es, representaciones que solo por el esplendo de su poesía hacen el mismo efecto que el que de ordinario resulta de la reunión de la música, decoraciones, baile, etc. Aquí es donde el poeta se abandona enteramente a su fantasía y se puede decir que ya su mundo no toca al suelo material. Sus composiciones religiosas son las que más lo caracterizan. Fuerte en su fe ve sin turbarse las revoluciones humanas; para él la suerte del hombre no es ya un enigma. Hasta sus lágrimas reflejan la imagen del Cielo, como el rocío recogido en el cáliz de una flor. Su poesía, sea cual fuese su objeto, es un himno continuado a la gloria del Criador; así es que no se cansa de celebrar las bellezas de la naturaleza y del arte. Es el despertar de Adán, pero acompañado de una penetración de las relaciones más secretas de la naturaleza, cual solo podría darse a una contemplación ejercitada. Cuando juntaba las cosas más distantes y más opuestas, las más grandes y las más pequeñas, las estrellas y las flores, el sol y los ojos, las perlas y las lágrimas, no veía en ellas sino las hijas de una misma madre, que debían, bajo este supuesto, simpatizar entre sí; y toda esta armonía encantadora de la creación no era para él más que una sombra del amor eterno que abraza el gran todo.

He leído una pieza española moderna, cuyo objeto es recomendar la abolición de la tortura. ¿Qué se podía esperar de semejante asunto?... Los españoles que han abandonado su género nacional hacen mucho caso de los dramas morales de Moratín. Pero las demás naciones harían muy mal en buscar en España lo que poseen tan bien (o por mejor decir, tan mal) entre ellas mismas. Cuando las circunstancias exteriores, sea una censura arbitraria, o sea el mismo apego de la mayor parte de los habitantes de un país a sus hábitos nacionales, se oponen a la introducción de lo que se califica progreso del entendimiento humano entre los vecinos, sucede que las buenas cabezas se prendan de aquellos frutos prohibidos y se empeñan entonces con tenacidad en ciertos errores literarios, cuando ya no son de moda en otras partes. Hay enfermedades del entendimiento tan epidémicas, que no se puede librar de ellas una nación sino inoculándoselas; tal es la filosofía moderna. Los españoles parecen haberse libertado con solo unas viruelas volantes, mientras que las señales de una irrupción maligna desfigura las fisionomías de las demás naciones. En su existencia peninsular han pasado en modorra el siglo XVIII, y en efecto ¿qué mejor podían haber hecho? Si la poesía española despierta algún día, sea en Europa sea en las Indias, no hay duda que solo un paso tendrá que dar desde el instinto ciego al conocimiento meditado. Los españoles debían aprender a admirar por convencimiento lo que han amado hasta aquí por inclinación; y, sin hacer caso de la crítica bastarda del siglo filosófico, poner todo su conato en componer en el mismo sentido que sus grandes modelos.

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