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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“Crítica”

Autor del texto editado
Mora, José Joaquín de (1783-1864)]
Título de la obra
Crónica científica y literaria, n.º 119, 19/05/1818
Autor de la obra
Mora, José Joaquín de (1783-1864)
Edición
Madrid: Imprenta de Repullés, 1818
Paginación
pp. 1-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 24 junio 2025

CRÍTICA


En el número 106 de este periódico se insertó una carta de un viajero español residente en Francia, en la que refería el estado actual de la opinión pública con respecto al gusto dramático y el influjo que en este habían tenido los sucesos políticos que han consolidado la paz y la legitimidad de los gobiernos. Insertose este artículo en el Diario mercantil de Cádiz, cuyo editor nos hace el honor de mirar con aprecio nuestros trabajos, e inmediatamente sacó su cuarto a espadas, para impugnar de un modo indirecto lo que aquel artículo contenía un viajero que se dice francés, residente en España, remitiendo al diarista una trova, o si quier parodia, de la carta del viajero español, que hemos juzgado conveniente copiar al pie de la letra, reservándonos el derecho de ilustrarla con un breve comentario. Dice así: «Al mismo tiempo que la soberanía legítima se consolida, renace el orden, y los hombres vuelven a las ideas serenas y políticas. Este saludable influjo de los eventos ha trascendido a la literatura y modificado visiblemente el gusto de la poesía dramática. Van decayendo en la opinión del público las regularidades que durante algún tiempo han copiado los españoles del teatro francés y alemán, y las inmortales producciones de Lope de Vega y Calderón se oyen con un silencio respetuoso y excitan (aunque, en silencio) los más vivos aplausos. Como las obras maestras de la escena española tienen el mérito del estilo y de la dicción, el público oye con singular atención los buenos versos, circunstancia muy favorable para las letras, así como les es muy contraria la moda de los dramas traducidos en que se sacrifican los primores del estilo a la manía de producir efecto (a los ojos). La academia española trata de publicar una magnífica edición de algunos de sus poetas antiguos. Esta empresa, que se verifica en el mismo tiempo que se levanta un hermoso edificio a la musa dramática en la capital, hace ver que las ideas sobre la literatura dramática se rectifican y perfeccionan. Las aberraciones del gusto suelen ser producidas por la situación moral de los pueblos, y así es que la época más brillante de la literatura en todas las naciones es la misma en que el espíritu heroico y las ideas políticas han tenido mayor imperio, como en tiempo de Luis XIV en Francia, y de Carlos V y su hijo en España. Las opiniones de Schlegel sobre el drama, fundadas en el conocimiento íntimo de todas las naciones y literatura, solo se ven contestadas por aquellos paisanos nuestros que nunca han sabido salir de la estrecha esfera de su propio idioma e índole, y cuyos compendios poéticos, tan mezquinamente circunscriptos, caerán en profundo olvido, como han caído los dramas de Diderot, de Mercier y otros de llorona memoria, y como caen continuamente los caprichos de la moda».

Tal es el vestido de mojiganga con que se ha disfrazado nuestro artículo. Imitando sus expresiones y dándoles un sentido contrario, el parodista ha querido hacer ver lo opuesto a cuanto había dicho el viajero nuestro corresponsal. Vamos a tratar de responderle , no ya comentando su producción, sino tomando de ella los puntos culminantes y más desatinados; y para contestarle con más acierto dividiremos en tres claves las faltas que comete. 1.ª Faltas de verdad, 2.ª Faltas de lógica, 3.ª Faltas de sentido común.

Primera clase: es faltar a la verdad de un modo demasiado visible, para merecer una larga refutación, decir que decaen en el gusto del público español las piezas arregladas . Basta con ver las listas de las piezas que se dan en nuestros coliseos (y especialmente en los de la Corte, que son los que hacen regla) para convencerse de lo contrario. Jamás se han oído con más atención, jamás han merecido más aplausos las composiciones en que las reglas se hallan observadas con exactitud. Ellas son en la actualidad las únicas que sostienen en Madrid cinco y seis representaciones seguidas; y esta verdad se hará cada día más patente, pues el caudal preparado para este año abunda en estas piezas arregladas, tan enojosas para los desarreglados cerebros de ciertos exóticos literatos. De este principio falso se deriva una falsísima consecuencia, y es que las obras de Lope de Vega y Calderón vuelven a su antiguo imperio. Algunas obras de Lope de Vega, que han necesitado la refundición, se dan de cuando en cuando, y duran dos o tres días; por lo que hace a Calderón, ni los actores ni el público lo quieren. No los actores, porque se acabó el tiempo de la declamación compasada, angulosa y monótona, única que puede convenir a las metáforas disparatadas, los conceptos rimbombantes y los sentimientos alambicados; no el público, porque por una consecuencia natural de las vicisitudes que han sufrido las costumbres y las ideas, ni los eternos galanteos, continuos embrollos e interminables desafíos, ni el estilo gongorino, ni los diálogos simétricos y relaciones estrepitosas pueden gustar en el siglo XIX. Por estas mismas razones es falso también que las obras dramáticas de los dos poetas citados tengan el mérito de la dicción y del estilo. La dicción de Lope de Vega es comúnmente correcta y castiza; su estilo, tan vario como su genio, es sublime, elegante y trivial, según los asuntos que tomó, y la mayor o menor importancia que dio a la comedia que hacía. En cuanto a Calderón, ¿qué decirse de su estilo si no que es el non plus ultra del más churrigueresco culteranismo? ¿Y en esta especie de estilo puede haber dicción correcta ni siquiera tolerable? La última falsedad que criticaremos (para no hacer muy enojoso el rebuzco) es la que encierra estas expresiones. La época más brillante de la literatura en todas las naciones es la misma en que el espíritu heroico y las ideas políticas han tenido mayor imperio. La época más brillante de la literatura ha sido siempre la de la ilustración y la de la sabiduría. En los tiempos heroicos y poéticos los hombres no piensan más que en darse de porrazos , y no en cultivar su entendimiento. Cuando brillaron Horacio y Virgilio, Racine y Despréaux, León y Meléndez, había guerreros valientes, pero no héroes poéticos: ya no existían los Escipiones, ni los Gofredos, ni los Gonzalos de Córdoba. Cuando el heroísmo poético forma la base de las costumbres públicas no hay literatura propiamente dicha, como no la había en tiempo de Homero ni en el de los trovadores de los siglos feudales.

Segunda clase: faltas de lógica. Nuestro parodista no ha estudiado seguramente la de sus compatriotas los portroyalistas, Condillac y Destutt-Tracy; a lo menos, si las ha estudiado, lo disimula. Es notable la contradicción de que nuestras comedias antiguas excitan (aunque en silencio) los más vivos aplausos: quisiéramos saber de qué especie son estos aplausos vivos y silenciosos al mismo tiempo; como si dijéramos que los disparates del viajero francés nos han excitado a la risa más seria, o que las metáforas de su poeta favorito son (aunque tenebrosas) muy claras, o que cuando se representan sus comedias los teatros (aunque llenos de gente) están vacíos. Cero y van dos. Las ideas dramáticas se perfeccionan porque la academia española va a publicar una edición de poetas, y porque se está construyendo un magnífico teatro en la capital. De lo primero se infiere que las ideas sobre la poesía en general se perfeccionan ; y de lo segundo que el ilustrado gobierno, bajo el cual vivimos, realiza los deseos de todos los hombres afectos a las artes, dando a la capital de la España un teatro digno de ella; pero como los poetas que va a publicar la academia no son dramáticos, y como la material construcción de un teatro no tiene nada que ver con las piezas que en él se han de dar, sacar de estos dos datos que las ideas dramáticas se perfeccionan , viene a ser lo mismo que si dijéramos que en Francia no hay saber ni literatura, porque el viajero francés que nos ocupa carece de lo uno y de lo otro. Vaya la última. La academia española trata de publicar una magnífica edición de algunos de sus poetas antiguos; es decir, de algunos poetas antiguos de la academia. Quedamos enterados.

Tercera clase: el sentido común pide que sigamos el curso de las ideas del siglo; que no nos opongamos a lo que es efecto del impulso creciente de la ilustración; que modelemos, en fin, las ideas literarias o las morales y científicas en que se fundan. El viajero francés, queriendo hacernos volver atrás en el camino de la perfección literaria a que la España como toda la Europa propende, nos propone un inadmisible retroceso. Circunscribir las representaciones dramáticas de nuestros días a las piezas del teatro antiguo es exigir que troquemos el pantalón de llin por las calzas atacadas, el pañuelo de percal por la golilla, y la gabota por las folias. Altri tempi, altri mori. Después de haberse propagado el estudio de los clásicos es imposible gustar de la literatura irregular; después de conocidas las dotes principales del drama, la verosimilitud en la acción, el contraste en los caracteres, la naturalidad en el diálogo, nos deben chocar las piezas en que abundan los defectos contrarios; y familiarizados con la poesía noble y elegante que resucitó entre nosotros a fines del siglo XVIII, no podemos oír sin risa que se le llame a un caballo hipogrifo violento a un arroyo sierpe de plata, y a un ave flor de plumas y ramillete con alas. Todo esto será muy ingenioso si se quiere, pero en extremo desatinado, y no es culpa nuestra si hemos nacido en un siglo más propenso a la razón que al ingenio y cuyo espíritu dominante lleva por tema el Rien n’est beau que le vrai, tan trivial y mezquino a los ojos de los literatos romanescos .

Por lo que hace a Schlegel , si ha traducido a Calderón en alemán, ha hecho conocer a sus paisanos las obras de uno de los ingenios más felices y fecundos que ha producido nuestro suelo. Esta empresa es loable. Si ha elogiado lo bueno y criticado lo malo de aquel poeta, ha dado pruebas de gusto e imparcialidad; pero si ha erigido en bellezas sus descarríos, si ha dicho, como se le atribuye, que la poesía de Calderón es semejante a un perfume adornado de varios colores, si ha dado a entender que supone una sublime filosofía y el conocimiento intuitivo de la naturaleza de las cosas, si desea que sigamos sus pasos poéticos y nos extraviemos con él en las regiones de la hipérbole, o que con él nos encadenemos en los grillos de la antítesis, si Schlegel cree que los españoles somos tan pobres hombres que no merecemos conocer nada más allá de estas ridículas gerundiadas, perdóneme su ausencia, pero el señor Schlegel no sabe lo que dice, y a él y a el soi-disant viajero francés, y a todos los que nos quieran inocular en semejantes principios, les responderemos con Cicerón: harto necios son los que viven de bellotas después que los hombres han aprendido a hacer pan.

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