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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

“Resolución de la cuestión famosa del Buscapié. Artículo I”

Autor del texto editado
Díaz Benjumea, Nicolás (1829-1884)
Título de la obra
La España literaria. Revista científico-literaria, nº 1, 15 de octubre de 1862
Autor de la obra
Jiménez Placer, Carlos (dir.)
Edición
Sevilla: Imprenta de Antonio Padilla, 1862
Paginación
pp. 8-9
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital de Andalucía. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 2 enero 2025

RESOLUCIÓN DE LA CUESTIÓN FAMOSA DEL BUSCAPIÉ


1

(Artículo I)


Fuera de los grandes errores que dejan en la sociedad un rastro desastroso y lamentable, nada hay más curioso que la diversidad de maneras con que el interés, ayudado del ingenio, se consagra a sacar partido de la ignorancia, la credulidad y el fanatismo. La historia de estas explotaciones, que viene a ser como la faz cómica de la vida humana, sería uno de los capítulos más amenos y peregrinos de los anales del hombre, y, si bien nunca es justo reír de las flaquezas que le son propias, fueran bastante a templar el enojo las artes ingeniosas con que fueron convertidas en particular provecho. En efecto, cuando el vulgo usa de la frase sabrosamente engañados, no parece sino que el sentimiento innato de la justicia le fuerza a reconocer el mérito do quiera que se encuentre, y que, apartando la vista de la sustancia del caso, se recrea en sus accidentes, y admira la forma y artificio sin dejar de censurar el fondo y materia sobre que recaen. ¿Quién, aunque condene, no admira las trazas ingeniosas con que se han contrahecho personajes célebres por su nacimiento, documentos públicos, obras del ingenio, virtudes, y aun la santidad misma y su correspondencia directa con los reinos celestiales? ¿Quién no se maravilla de las travesuras y aplomo con que pasaron, en lo antiguo, Andrisco por el rey de Macedonia; Smerdis por el hijo del gran Ciro; Bertrand de Raus, en Flandes, por Baduino, y Reboc por Voldemar, Elector de Brandeburgo? Mas tarde, un criado de Federico II, emperador de Alemania, contrahizo admirablemente su persona, como el otro esclavo en Italia quiso representar la de Nerón, favorecido por la semejanza de su voz, rostro y estatura con la del tirano. Casi en nuestros días vimos suplantado a don Sebastián y al Gran Duque de Moscovia, y reciente está el proceso del célebre Mathurin Bruneau, pretenso hijo del malaventurado Luis XVI. Y sin ir a buscar ejemplos en naciones extrañas, ¿quién no recuerda en nuestra patria al tristemente célebre Pastelero del Madrigal, héroe de la comedia de Zorrilla Traidor, inconfeso y mártir, y el sargento Francisco Mayoral, supuesto Cardenal de Borbón?

Verdad es que nunca han faltado en estos casos quienes a las trazas del ingenio ayuden con cálculos de provecho y maniobras de partido; mas de todo hay en la historia ejemplares, y ahí está Pitaval, que nos refiere en sus causas célebres la de un Martin de Bilbao que suplantó a un marido durante tres años, mistificando no solo a la mujer, sino a todos sus parientes y amigos. Si de las personas pasamos a los caracteres, y de lo físico a lo moral, hallaremos una suplantación continua de las virtudes por la hipocresía, que, si nos repugna en el fratricida e incestuoso Claudio de Shakespeare, nos mueve a risa con Tartuffe. Las peregrinas semejanzas que suelen existir en el orden espiritual y material siempre ofrecen un lado cómico y una tentación irresistible para sacar partido de ellas, así en los teatros como en la grande escena social. La naturaleza ayuda en lo físico, cual se vio en el fingido Alexis, el contrahecho Eduardo V, y, por lo común, en todos los casos memorables; pero para contrahacer el alma, la inteligencia y caracteres no hay obra de naturaleza, sino de arte. Quien sabe imitar a un santo es un artífice prodigioso, y quien imita el estilo y pensamiento de un sabio no le queda en zaga. Si cuando un artista reproduce con exactitud un cuadro de Murillo o de Rafael, hasta el punto de dejar perplejos a los inteligentes no podemos menos de hacer justicia a su destreza, ¿cuál no será la del que acomete igual empresa con las obras perdidas de los grandes escritores, debiendo ser expuestas, no al examen de unos pocos, sino a la inspección de todo el público ilustrado? Ni confía en la ignorancia, ni descansa en la credulidad excesiva, ni se apoya en espíritu de partido, ayudas que suelen venir al ingenio en otras tentativas. Es un verdadero acto de temeridad a primera vista, y, no obstante, se ha puesto en práctica repetidas veces con más o menos éxito, como si fuera ley que de vez en cuando dormite no Homero, sino el género humano. Razón debe tener este fenómeno; algo es preciso que sustituya a las debilidades o intereses en que estriban otras imposturas . En efecto, a la ignorancia, a la credulidad y a la conveniencia suple aquí el entusiasmo, digamos fanatismo, que generalmente señorea a los admiradores de los hombres célebres por sus virtudes, su valor o sus talentos. Fanatismo es sinónimo de locura, si no es una de sus especies. Ve lo que no existe y no distingue lo que tiene ante los ojos. Es la locura contagiosa, la peor de las locuras, porque carece de rasgos de originalidad en el individuo que le muevan en diversas direcciones, y es temible como lo sería un loco de cien brazos. Con la masa de fanatismo se fabrica toda especie de monstruos: ¿qué maravilla que pasen engendros en el orden literario? Ni aun es preciso tenderle el lazo para que tropiece, porque él hallará estorbos en que caiga. Recuérdese el periodo del fanatismo ciceroniano, la época de los Turnebus, Sygonius, Manutius, Muretus, Scioppius y demás sabios en us, como con donaire les llamaron los franceses.

No creemos que el obispo portugués Osorio pensase pasar su tratado De Gloria por el que escribió Cicerón y se dice que perdió Petrarca; mas, con todo eso, los entusiastas latinistas del siglo XVI creyéronle obra del orador romano. También es preciso confesar que la historia misma ayuda al ingenio para el artificio y al público para caer en el lazo, preparándole el terreno y ofreciéndole vacíos que llenar, siquiera sea momentáneamente; porque, en verdad, error que viva dentro de la esfera literaria cuenta pocas navidades de su nacimiento hasta su muerte. Hay cien ojos para mirar a un solo objeto, y, como la masa general no toma cohecho ni pierde derecho, sino que la utilidad y ventaja son unilaterales, difícil es que se encubra por largo tiempo a tantos Argos como le acechan. Si se quiere ver cómo la historia prepara y da margen a tentar estas mistificaciones, bastarán estos ejemplos: piérdense en la antigüedad remota los libros de Beroso, Manethon, Metasthene y otros historiadores, y aparece en el siglo XV Anio de Viterbo, que los suplanta y publica como auténticos. Extravíanse las obras poéticas de Rowley, monje del citado siglo, y aparece en el próximo pasado Chatterton, que las imita. Háblase de un Buscapié escrito en 1605 por Cervantes, y aparece a mediados del presente un opúsculo con el mismo título. Vese, pues, que en la historia, o llámese sainete literario, los acontecimientos o incidentes tienen su natural preparación y anuncio, y no vienen ahí como llovidos del cielo sin concierto ni orden lógico. Dese que se pierda o extravíe algún objeto o documento que se halle en grande estima y muy suspirado de los hombres, que, como sea fácil contrahacerlo, tarde o temprano habrá San Antonio que lo encuentre. La pérdida de un príncipe o su muerte secreta, asunto tan apetitoso para los dramáticos, ha sido pie para que real y verdaderamente intentasen algunos reemplazarlos; y no sabemos cómo el rey Artus, que todavía anda de cuervo, y el famoso rey de Portugal, cuya venida se esperaba, no han tenido aficionados que los representen.

En la historia de las literaturas europeas no hay momento de suplantaciones más ruidosas que los diez y siete volúmenes impresos en Roma en 1596; el tomo de documentos y comedia de Shakespeare impreso en Londres en 1796; otro de poesías antiguas dado a luz en 1803 en la misma capital, y el opúsculo publicado en Cádiz en 1847, cuyo título damos arriba.

El lector observará que la industria en esta parte no sigue la ley del progreso, sino que procede de mayor a menor, y acaba en punta, como pirámide; por una conjetura probable, deben cesar en adelante estos fenómenos, gracias al adelantamiento de la crítica. En efecto, esta disminución es natural y obedece a circunstancias de las épocas que no está en manos del hombre modificar, cuanto menos crearlas. La época del dominico Nanni era el siglo llamado de Poggio Bracciolini, el diligente rebuscador de obras perdidas de la antigüedad clásica, empolvadas en los rincones y celdas de los monasterios, o convertidas en palympsestos por la falta y carestía de los pergaminos que sucedieron al papyrus importado del Egipto. El número de libros rescatados en el siglo XV de una inminente pérdida y lanzados al mundo literario apenas es creíble. Solo Poggio descubrió veinte nueve obras estimabilísimas de los escritores latinos Quintiliano, Columella, Cicerón, Lucrecio, Ammiano Marcelino, Tertuliano, Valerio Flaco, Plato y Silio Italico. A mediados del siglo apareció el arte de la imprenta, segundo diluvio en los anales del género humano y totalmente opuesto al del tiempo de los patriarcas, que, si este vino para castigar la maldad, efecto de las sombras de la ignorancia, aquel vino para prevenirla, iluminándoles con resplandores vivísimos, y mostrando a los hombres la arquitectura de la idea, microscópica en comparación con la que en el desierto levantó el orgullo humano, pero más eterna que todos los monumentos de la soberbia de los poderosos. ¿Quién podía evitar que en edad tan prolífica para la inteligencia se deslizasen hijos espurios y bastardos entre la gran cohorte de los legítimos? No tuvo Thomas Chatterton tan favorables auspicios, ni la edad temprana de trece años la madurez y tacto del anciano monje de Viterbo. Los descubrimientos entraban en el periodo de sobriedad, la crítica literaria había subido a un alto grado, la actividad creada por el desarrollo del arte tipográfico no permitió que transcurriese mucho tiempo entre la aparición del error y el descubrimiento de la verdad, y el desgraciado autor de los poemas atentó contra su vida al ver frustradas las esperanzas que fundara en su raro ingenio. Con todo, el siglo XVIII había vuelto a mostrarse hambriento de curiosidades literarias y, si no dirigía su vista más allá de la Edad Media a los tiempos de Alejandro y Augusto, miraba ansioso a la época del Renacimiento, y en particular al dorado siglo XVI, de quien era hijo legítimo. Comenzaba el entusiasmo por los grandes poetas pasados, e iba a reconstruirse la figura del autor de Hamlet. Samuel Ireland aprovechó este fanatismo y llenó las medidas a los ingleses, ofreciéndoles con su Vortigem acaso más de lo que apetecían. Ya en nuestro siglo, que camina con gentil compás de pies en todas las cosas, parecía imposible la manifestación de tales fenómenos; y sin embargo, corre por España, y fuera de ella, con honores de traducción, un cuerpecillo de ochavo, como llamaban fray Luis y los de su tiempo a la forma Aldina, que ha dejado atrás el diamond edition, que se dice engendrado por el ingenio y parido por la misma pluma que delineó el Quijote. Octavo, sí, pero de más peso que los folios de Antiquitatum variarum, en cuanto su espiritillo encumbrado mira a ser el declarador de las cosas ocultas del Quijote, y del cual se puede decir que su estatura está en la portada, como la medida del hombre está en la frente.

Atento el juicio a ponderar la importancia de los tres descubrimientos en Italia, Inglaterra y España, nuestra nación lleva la palma, porque, al fin, ¿qué sabia la Europa del contenido de las columnas de Trimegisto, ni qué de los escritos de Myrsilo, ni qué cosa escribieran Archilocus, Sempronio, Manetho o Manethon, con las demás historias que imprimió Annio? Conocíanse fragmentos de Beroso, astrónomo e historiador caldeo; pero en lo desconocido, siguiendo el genio y espíritu de los escritores de aquella época, fácil era imitar y urdir la trama. Lo propio decimos de los poemas de Rowley. Chatterton, estudiando, como lo hizo, todos los dialectos antiguos del país, pudo envolver sus ideas poéticas en ropaje antiguo, y, si no le aguijoneara la pobreza extrema a que se vio reducido y la fiebre de inmortalidad que le consumía, dando tiempo al tiempo y mayor juicio a sus años, tal vez hoy día pasaran por auténticas las poesías que escribió. Pero en nuestro Buscapié hay intento de sobrepujar dos grandes dificultades, y tales, que su autor, sea quien fuere (que no prejuzgamos ahora esta cuestión), si hubiese recitado las letras del alfabeto en alguno de sus ratos de composición, aburriera ciertamente la tarea, porque son, como quien no dice nada: imitar el estilo o la forma literaria de un escritor singularísimo, y, lo que es más, sacar a luz el fondo de una obra sobre la cual tienen fija la vista todos los literatos y sabios y filósofos de los pueblos civilizados, pugnando incesantemente por descifrarlo y entenderlo. Que se escribiese y compaginase una de sus obras perdidas, como las Semanas del Jardín, el Bernardo, La Casa Confusa, la Amaranta, el Engaño a los ojos, La Batalla Naval u otra, siquiera fuese la decantada Filena, fácil por primer ensayo, Dios y ayuda. Al fin, los críticos ignoran el argumento, la disposición, las ideas y objeto que Cervantes en ellas se proponía. Con un tantico de habilidad en el manejo de la pluma, podría salirse adelante; pero ¡tocar al Quijote!, ¡asestar nada menos que al corazón, y andarse con sus entrañas como si fuesen lanzaderas de tejedor!; es, por cierto, arrojo en demasía.

Por último, y para que se vea que no en balde tomamos de atrás el agua, elevándonos en el comienzo a bosquejar la genealogía de los errores, la solidaridad de espíritu, el aire de familia y el amaneramiento con que, por decirlo así, se presentan a la faz del mundo, pondremos a la vista un juego de circunstancias esenciales y coincidentes, que darán ameno acabamiento a esta introducción, prólogo o preliminar artículo. Annio hizo un viaje a Mantua, y, por fortuna, halló aquella enorme madriguera de historias nunca vistas ni oídas, que sin duda la adivina Manto tenía allí escondidas desde el tiempo en que en su honor se edificó la patria de Virgilio. El lugar correspondía a lo trasañejo del hallazgo, y, si al punto no lo mostró a los sabios de su época ni dijo palabra al cardenal que le acompañaba, fue, sin duda, porque obras tan antiguas no podían pasar sin comentarios; de suerte que, entre la época en que hizo su expedición a Mantua y la en que vieron la luz pública, tuvo que resistir sus naturales ímpetus y esperar algunos años para disponerlos. Chatterton halló los pergaminos en su propia casa, en donde se consumían por parecer inútiles. Habían salido de un cofre depositado en Bristol en la iglesia de Santa María Redcliff por su fundador, Guillermo Canynge, el protector de Rowley. Este cofre, que se llamaba el arca de Canynge, fue abierto al cabo de más de dos siglos para buscar en él algunos títulos. Hallados y escogido lo más valioso, el resto se dejó para quien quisiera llevárselo, y el padre de Chatterton tomó una parte de aquellos papeles. Sobre este fundamento construyó el joven Thomas la peregrina idea de imitar al poeta inglés cuyas obras se habían perdido. Entre nosotros existía la tradición de que Cervantes escribió un Buscapié; Ruidíaz le vio en la Biblioteca del conde de Saceda, y después desapareció por arte de encantamento, que no le volvieran a encontrar todos los zahoríes del mundo. Pero estaba ahí la librería del duque de Lafoes. De ella vino a poder de un particular residente en la isla de San Fernando, y por particular providencia, pasó a poder del señor don Adolfo de Castro, que le dio a luz con comentarios, según el de Viterbo; y si así no fuera, se habría vendido por papel viejo.

Esto no es más que una sombra y cuatro palabras de la grande historia del invento del librillo, que, como se dice de Manzanares, que tiene más puente que río, tiene más historia que texto. Nuestro objeto, en este primer artículo, no se extiende a más que hablar en general de errores en la órbita literaria y de los cuatro grandes sucesos que descuellan en su historia, y debían llamar la atención para discurrir una poca pieza, por vía de introito, adecuado a la materia puesta al debate.

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