“Carta en defensa de don Pedro Calderón de la Barca, dirigida al señor don Juan Eugenio Hartzenbusch”
- Autor del texto editado
- Bustillo, Eduardo (1836-1908)
- Título de la obra
- Revista ibérica de ciencias, política, literatura, artes e instrucción pública, vol. VII, 01/04/1863
- Autor de la obra
- Canalejas, Francisco de Paula (1834-1883) (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Manuel Galiano,
1863
- Paginación
- pp. 187-205
Fuentes
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Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 7 octubre 2024
Carta en defensa de don Pedro Calderón de la Barca
Dirigida al señor don Juan Eugenio Hartzenbusch
Mucho tiempo hacía, mi ilustre amigo don Juan, que no me dedicaba a la lectura de periódicos, ni aun de los literarios, cuando uno de mis estimados y eruditos compañeros, don Gumersindo Laverde Ruiz, llamó mi atención hacia dos artículos en que me decía se hablaba de Calderón, invocando mi respetuoso cariño hacia el soberano príncipe de los poetas dramáticos españoles, para obligarme a salir a la defensa de su honra.
Sorprendíame sobremanera que en España hubiese quien, ni aun con el pensamiento, tratase de atentar al honor de una reputación literaria tan elevada como la del venerable don Pedro Calderón; y sorprendíame aún más que del atentado fuesen autores dos personas ilustradas, testigos de la admiración y respeto hasta de los extraños hacia el inmortal escritor dramático del siglo XVII.
Apresureme, pues, a averiguar por mí mismo lo que no podía, lo que no quería creer, y por desgracia encontré razón bastante para la indignación de mi noble amigo en unos párrafos publicados por los señores Oñate y Utrera, el uno en su artículo crítico sobre El Diablo Mundo y el otro en un artículo del mismo género sobre Los Miserables, párrafos que encierran juicios que aun en los límites de hipotéticos son absurdos y llevan consigo la calumnia. Y ¡cuántos errores, amigo mío, hasta brillantemente redactados, pasan, sin ser combatidos en las columnas de los periódicos, a alimentar perniciosamente las inteligencias! Y esos errores se coleccionan muchas veces, y colocados en volúmenes en las bibliotecas, serán quizás venerados como luminosas verdades, al menos por los que no tengan ocasión de conocer que solo son brillantes errores.
Por eso no podía yo con ánimo sereno ver pasar sin impugnación juicios faltos de fundamento que tan de cerca hieren en lo más sagrado de la honra del gran Calderón de la Barca, por más que la fecha de su publicación quedase tan atrás, que diese lugar a que se tachase al vindicador de inoportuno. Siempre es oportuna la luz purísima de la verdad y de la justicia
Pero ¿quién había de decir la verdad con autoridad bastante para hacer justicia, aunque la verdad fuese clara y la justicia fácil de reconocer? Cuando el calumniado es el venerable autor de La vida es sueño, su defensor en esta época debía ser tan ilustre como el autor de Los amantes de Teruel, que es al mismo tiempo el sabio colector y anotador de las obras de aquel egregio poeta. Confieso a usted ingenuamente, don Juan amigo, que cuando le escribí participándole mi propósito de impugnar y rechazar las ofensivas y calumniosas suposiciones de los articulistas de la Revista Ibérica y de La España Literaria trataba de explorar la voluntad de usted, que sin duda era muy buena, según me lo indicó su atenta carta-contestación, en que me alentaba para tan noble empresa, desconsolándome, sin embargo, su deseo de que no le comprometiera con mi epístola a tomar parte en la causa justa por motivos muy respetables, puesto que se fundan en las constantes exigencias de su nuevo y honroso cargo, en que es usted digno sucesor de mi inolvidable amigo el docto don Agustín Durán.
Tomo, pues, a mi cargo y como Dios se sirva darme a entender la defensa de Calderón, y conste al lector pacientísimo que el nombre de usted con la cita que hago de su carta es una especie de fuerte antemural de autoridad literaria tras del cual se coloca y resguarda mi humilde nombre, sin significación en la ilustre y nobilísima república. Por otra parte, la gloria y la inocencia del acusado y la justicia que asiste a su causa esparcen tan claros y puros resplandores, que ellas solas bastan para asegurar el triunfo y para dar a la defensa la importancia y el valor que el abogado por sí jamás podría darle.
El señor don Ramón Oñate publicó un artículo sobre El Diablo Mundo en la Revista Ibérica de Madrid, del 30 de abril de 1862, y en La España Literaria de Sevilla, núm. 1º, del 13 de octubre del mismo año, publicó otro sobre Los Miserables el señor don Federico Utrera.
En aquellos dos artículos publicados en distintas épocas, en sitios diversos y sobre diferentes asuntos, vienen los articulistas críticos citados a parar al mismo punto de desvarío, por el difícil camino de la filosofía. Y hablando el uno de Espronceda y el otro ocupándose de Víctor Hugo, mezclan con estos nombres el nombre de Calderón de la Barca, y a ese egregio católico poeta bautizan con el aborrecible título de escéptico, aunque sin afirmarlo de una manera resuelta.
¡Escéptico CALDERÓN!... Hagámonos cargo detenidamente, amigo den Juan, de los denominados párrafos, que no pueden menos de ser hijos de la alucinación de un instante de esos dos críticos, cuyo buen juicio y claro talento se ha revelado en otras ocasiones, y a los que hoy apelo con la esperanza de que al fin les han de hacer reconocer su error, si (lo que Dios permita) no está el error encarnado en sus opiniones y tendencias filosóficas.
Antes de proceder al examen de cada uno de los párrafos, debo decir que los dos críticos están enteramente acordes en el modo de calumniar a mi insigne defendido: por medio de hipótesis.
Pero las suposiciones calumniosas ofenden tanto a la honra como a las mismas afirmaciones, y, por otra parte, los juicios de la crítica dejan de serlo, como no puede ocultarse a los señores Oñate y Utrera, desde el momento que no van prudentemente acompañadas de las pruebas más claras.
El recto juez no firma un fallo si la más ligera duda de su razón hace que vacile un momento su conciencia; no condena al criminal si la prueba plena no le hace asegurar firmemente de la existencia del crimen. La verdadera crítica constituye un tribunal supremo, y la magistratura literaria debe ejercerse con arreglo a sus leyes, basadas en la rectitud de la conciencia más escrupulosa.
Los juicios literarios deben siempre caminar sobre sólidos argumentos y razones irrecusables, y nunca abandonarse a un quién sabe, a un acaso, a un tal vez, y mucho menos si los juicios se dirigen al fondo del pensamiento de un autor o al sagrado de su vida íntima, y todavía menos si se trata del venerable sacerdote que tantos honores mereció en el ejercicio de su difícil ministerio.
El acaso y el tal vez nada significan para el hombre de estudio, que busca con independiente criterio y detenido examen en las obras de un autor lo que hay de exacto y de aventurado en los juicios que de ellas se forman. Pero significan mucho para el ignorante, débil y lleno de preocupaciones, que ve una ley en cada opinión particular publicada en letras de molde. En tal concepto, no debemos extrañar que un sencillo y timorato padre de familia que lee en un periódico literario y científico que CALDERÓN fue tal vez escéptico se alarme y corra horrorizado a arrebatar por si acaso las obras del inmortal poeta del gabinete de estudio del hijo aficionado a las eminencias de la escena dramática española.
¡He ahí, en mi concepto, el punto de vista de más alta trascendencia del progreso de la instrucción en todas las clases de la sociedad! El hombre, para ser verdaderamente libre, debe empezar por hacer independiente su inteligencia por medio del estudio, que va poco a poco disipando las sombras de la ignorancia y de las preocupaciones. Un pueblo de idiotas distará muy poco de ser un pueblo de esclavos.
Pero por lo mismo que es obra más larga y difícil, por no decir imposible, la redención universal de los esclavos de la ignorancia, están los hombres de letras obligados a meditar mucho antes de emitir públicamente juicios y opiniones que pueden ser alimento de inteligencias nacientes o poco dispuestas a distinguir lo bueno y lo malo de las ideas que forman el fondo de su estudio.
Pero vengamos ya, don Juan amigo, al especialísimo párrafo del señor Oñate en su artículo sobre Espronceda. Busca el sepulcro del desventurado autor de El Diablo Mundo, y al encontrarle junto al del aún más infortunado Larra y al del insigne poeta, mi defendido, exclama: «¡Extraña coincidencia! ¡Trinidad que despierta mil pensamientos indefinibles! Larra murió suicida: Calderón fue tal vez escéptico».
Extraña es, ciertamente, la coincidencia que se empeña en ver el articulista, sin duda en fuerza de los indefinibles pensamientos que se atropellan en su mente lastimosamente extraviada. ¡Cuánto más lógico, más fundado en la verdad y realmente filosófico sería hacer notar la proximidad de los sepulcros de dos escépticos, que sucumben ahogados por su propio escepticismo, en la juventud, en la edad hermosa en que deben germinar las santas creencias, y de un profundo creyente que, animado por su propia fe, emplea dulcemente su larga vida en honra y gloria de su Dios y de su patria y muere, abrumado por la vejez el cuerpo, pero revestida el alma de inmortal juventud!
Pero ese modo natural y verdadero de entrar en consideraciones no era, ciertamente, el que convenia al giro falso de la precipitada fantasía del crítico. Por eso, y por ser consecuente consigo mismo y por huir de darse cuenta de lo aventurado, de lo errado de aquel primer paso, avanza con otro y otros en el mismo camino, exclamando: «Acaso Calderón, sirviendo a una religión que no da colorido a las ilusiones del mundo, recordó los tiempos en que, al frente de los bravos tercios españoles, andaba por países extraños, recogiendo los laureles de la victoria y recibiendo las coronas de mano de las doncellas. ¡Quién sabe (añade el señor Oñate), si, abrumado por los recuerdos, renegó del sacerdocio, ahogando sus suspiros porque la Inquisición le esperaba con sus hogueras!»
¡Cuánto error, cuánto extravío, cuánta falta de caridad en tan breves palabras! El que las ha leído una sola vez entendiéndolas y pretende hacerse cargo de ellas para contestarlas, a su pesar, suspira como abrumado y se queda considerándolas, como el hombre que ha visto y tanteado una peña que quiere cargar sobre sus hombres y la contempla por todas partes una y otra vez, receloso de que no basten sus fuerzas para tan rudo peso.
Calderón no se hizo sacerdote hasta los cincuenta años, según manifiesta su amigo y autorizado biógrafo don Juan de Vera Tassis y Villarroel. Si a los veinte y cinco años había cultivado con grande aprovechamiento, como el mismo biógrafo asegura, las ciencias naturales, morales y políticas; si a esa edad supo hermanar con excelencia las armas y las letras, con espontánea inclinación a las primeras y con soberano ingenio e inagotable inspiración para las segunda; si, distinguiéndose como soldado en Milán, en Flandes y en Cataluña, y encantando la corte con sus celebradas comedias; si Calderón hizo larga vida de estudiante en Salamanca, azarosa vida de soldado en España y lejos de ella, vida alegre de cortesano cerca del rey Felipe, el Ingenio que le agasajaba y favorecía como a poeta que había conquistado su privanza literaria; ¿podremos suponer que careciese a los cincuenta años de la experiencia del mundo y la independencia de razón necesarias para elegir con buen juicio una manera de vivir que le condujese al término a que aspiraba su privilegiado espíritu? Calderón, por sus años, por su altísimo talento, por sus profundos estudios, sabía muy bien el mundo que dejaba y el Señor a quien quería dedicar sus servicios abrazando el estado eclesiástico; habiéndose ya aficionado desde sus albores dramáticos a tratar en la escena asuntos religiosos, en cuyo peligroso y dificilísimo terreno demostró las relevantes dotes que poseía con su admirable Mágico prodigioso, con La Virgen del Sagrario, El Purgatorio de San Patricio, La exaltación de la Cruz y otras, escritas algunos años antes de hacerse sacerdote, y en las que, si bien los asuntos religiosos no se presentan con un interés exclusivo, circunstancia que las distingue de los autos sacramentales, revelan claramente, sin embargo, los grandes conocimientos teológicos del poeta y la ardiente y pura fe cristiana, fortalecida por aquellos mismos estudios. Esos dramas devotos de Calderón que procuraba el dominio de su aspiración, halagando el carácter esencialmente religioso de la época, le prepararon para el auto sacramental, género especialísimo que puede decirse que muere con Calderón, único que supo cultivarle dignamente, revistiéndole de aquella severa y augusta poesía que el sagrado objeto reclamaba.
Calderón, pues, no podía ignorar al ordenarse que la religión a que iba a servir como ministro del altar no solamente no da colorido a las ilusiones del mundo, sino que las rechaza y condena cuando conducen al triunfo de las malas pasiones y arrastran a la impiedad y al ateísmo, como las que dieron por amarguísimo fruto el descreimiento y la desesperación al desventurado Espronceda, cuyo poema examina el señor Oñate.
¿Buscaría Calderón a los cincuenta años colorido de ilusiones, él, que ya en el príncipe Segismundo había revelado con la verdad que es sueño la vida y que todas las glorias de este mundo, que es el destierro, perecen cuando despertamos en el otro, que es la patria y cuyas glorias son eternas? En el Segismundo de la comedia presenta al hombre, como lo confirma en el auto sacramental que escribió con el mismo título de La vida es sueño, y en el cual el rey de la creación, arrastrado primero por la ilusión de los sentidos y envanecido por el albedrío que le adula, desconoce orgulloso a su Hacedor, y va a caer despeñado en el mar de los desengaños, que le aleccionan severamente, aclarando las luces de su entendimiento y librándole la sabiduría, que al fin del auto aparece fuertemente abrazada a la cruz, símbolo de la redención del hombre, columna imperecedera de su fe y árbol eterno de su esperanza de salvación.
Si Calderón hubiera pertenecido a la escuela débil y cobarde de los escépticos, no hubiera elegido el desengaño como camino de reconocimiento para llegar a usar con modestia y templanza de los bienes de esta vida, sino que le hubiera tomado por arma de suicidio, y el príncipe Segismundo, al encontrarse otra vez en la fría soledad del calabozo, hubiera hecho de él su tumba, pero nunca el templo de su resignación y de su humildad, del que al fin sale, no príncipe vengador, sino rey prudente, que en medio de sus brillantes triunfos halla su más alta victoria en vencerse a sí mismo.
Vencerse a sí mismo: he ahí la soberana ilusión que encerraba el alma de nuestro querido poeta, que quiso realizarla con el servicio de la religión de sus ilustres antepasados. Tenía una ciega afición al ejercicio de las armas y, haciéndose ministro del Señor de los ejércitos, atajó, como dice Vera Tassis, aquellos ardientísimos impulsos militares, sin que este ni otro biógrafo ni historiador alguno incluya entre las distinciones y mercedes que alcanzó Calderón como soldado las coronas de laurel que el novelesco y fantástico crítico Ie hace recibir de mano de las doncellas en países extraños.
Entre los recuerdos que de soldado y poeta llevaba al sacerdocio nada de particular ni de extraño hubiera tenido, sin embargo, que se encontrase alguno de admiración y simpatía del bello sexo, pues, según las noticias que da su contemporáneo panegirista don Gaspar Agustín de Lara, y otras no menos auténticas, en Calderón corrían parejas la belleza de su rostro y su gallarda apostura con la riqueza de su ingenio y el templado valor de su corazón, circunstancias todas que le hacían uno de los caballeros más estimables de la corte de aquel rey que fue tan extremada y perjudicialmente aficionado a las alegres fiestas como su padre don Felipe III lo había sido a sus rezos y devociones.
Pero Calderón, que, desde que abandonó la Universidad de Salamanca, por espacio de treinta años había sabido, como militar y como poeta, disfrutar con moderación de los constantes favores de la fortuna, siendo humilde y modesto hasta cuando iluminaba su hermosa frente el esplendor del trono; Calderón, que tenía motivos para estar fatigado de aquella vida agitada de continuos triunfos, sencillo y sin ambición de ningún género, ni se envanecía con aquellos lauros, ni se dejaba arrastrar por aquellos dulces recuerdos, ni tenía, en fin, por qué renegar del sacerdocio, al que tan espontáneamente se había acogido, ya tan conocedor del mundo, venciendo su pasión por las armas y pudiendo así entregarse más tranquilo a la dulce quietud de las festivas musas, como dice Vera Tassis en su biografía. Y en esa dulce quietud como poeta y como sacerdote pasaba alegremente su vida, trabajando en honra y gloria de Dios, sin temor al odioso tribunal de la Inquisición ni a sus hogueras horribles, porque tenía dentro de sí mismo el recto y severo tribunal de su conciencia, y su alma, noble y cristiana, se abrasaba toda en las purísimas e inmortales llamas del amor de la religión, del amor que le era propio, como dice eminente crítico Schlegel, que ve en el insigne poeta «el hombre que se había librado del laberinto y del desierto de la duda en el asilo de la fe, desde donde contempla y pinta con una serenidad que nada puede turbar el curso de las tempestades del mundo».
El sacerdote que mereció entrar en la venerable congregación de presbíteros de Madrid, llegando a ser su dignísimo presidente; el hombre admirable que se había encerrado en el asilo de la fe tenía en su modesta casa un templo de Caridad, a donde acudían los desventurados que esperaban alivio de aquella otra hija del cielo, y en sus mismas tareas eclesiásticas encontraba su poderosamente estímulo para aquellos elevados giros con que revelaba la divina aspiración de su inmortal esperanza.
Por eso usted, señor don Juan, que tanto ha estudiado la vida y las obras del gran poeta, me dice en su estimable carta que «extraña seguramente mucho que haya quien califique de escéptico a Calderón, que escribió tantos autos sacramentales como pudiera el teólogo de fe más viva y pura.» Por eso yo quisiera que mis débiles pero bien intencionados esfuerzos alcanzasen a hacer ver al señor Oñate que, si la muerte, que todo lo iguala, reunió en un punto los cuerpos de los tres poetas, durante la vida atravesaron sus almas por bien distintos caminos. Y no porque Larra y Espronceda se burlasen de la virtud, como dice el articulista, porque no hallaron reposo ni tuvieron tiempo de amarla. ¿Cuándo ni a quién faltó tiempo para amar la virtud? Aquellos mártires desventurados de su corazón, expresión felicísima con que los califica fielmente el señor Oñate, no encontraron reposo, porque no quisieron buscarle; porque gastaron la vida en fatigar y extraviar su espíritu, arrastrada por la funesta ilusión de los sentidos, sin reconocer el noble imperio de la razón y de la moral, de que Espronceda parecía empeñado en huir, absorto en la contemplación e imitación de Byron, su constante modelo. Larra conocía los vicios sociales y los criticaba en sus admirables artículos. Espronceda estudiaba a la humanidad en su Diablo Mundo: pero ni el uno ni el otro supieran estudiarse y conocerse a sí mismos para llegar a vencerse en aquellas horas preciosas y solemnes de meditación, en que el amor a la virtud y la verdadera sabiduría hubieran pedido librarlos del martirio y redimirlos de la esclavitud de sus pasiones.
Siento de veras que el señor Oñate me haya obligado a evocar desconsoladores recuerdos de los aún tendrán en este mundo corazones que lloren aquellas terribles desventuras como si propias fueran. Pero es preciso respetar fielmente la historia. Es preciso separar la vista de los sepulcros y fijarla una y otra vez en ese gran libro en que algo más debe encontrarse detrás de los hombres que el misterio impenetrable y frío de los mármoles. La historia juzga a los hombres, trazando la senda de su vida con la pluma severa de la verdad, y da a cada uno lo que es suyo, apoyándose constantemente en justicia. Ya hemos visto lo que de hecho y derecho pertenece a la memoria del venerable don Pedro Calderón de la Barca.
Aunque al rechazar con la historia las arbitrarias y calumniosas suposiciones del señor Oñate he procurado combatir implícitamente las del señor Utrera, debo, no obstante, hacerme cargo, amago don Juan, del correspondiente párrafo, tanto por ser fiel al plan que me he propuesto, cuanto porque cada crítico aparezca en su terreno y con su verdadero grado de culpabilidad.
Presenta el señor Utrera a Víctor Hugo estudiando y analizando las bellezas de las obras de Calderón, sumergiéndose en el inmenso mar de sus ideas y descifrando su simbólico sentido. «Puede ser, dice el brillante articulista andaluz, que en el misticismo de sus autos sacramentales haya algo oculto, tal vez una doctrina esotérica se envuelva en ellos; un aguzado escalpelo quizá encontraría tesoros que nadie ha visto, que ninguno ha sospechado; podría suceder que bajo la negra sotana del sacerdote se descubriese la túnica del filósofo; tras la unción del creyente, la ironía del escéptico; entre la pompa de la poesía, la verdad descamada, desnuda y pura.»
En el entusiasta arrebato por acompañar a Víctor Hugo en su triste aislamiento del Colegio de nobles dándole un gran libro como consuelo, no repara el señor Utrera en la gravedad de sus hipótesis atrevidas a trueque de ofrecer al pensamiento profundamente analizador del poeta francés un trabajo analítico superior a las fuerzas humanas, y que hasta reviste de las espesas nieblas del esoterismo para que más brillante aparezca el triunfo del autor de Los Miserables.
Dícese doctrina esotérica la secreta y reservada a los iniciados en la escuela de Pitágoras, el severo maestro de los mejores filósofos moralistas del paganismo. Pero, como el reconocido talento del señor Utrera no puede hacer pagano a Calderón por más que le suponga escéptico, debo creer que su propósito es decir que la doctrina que tal vez se envuelve en los autos sacramentales es secreta y reservada únicamente a los iniciados en la filosofía del autor de La vida es sueño. Las dudas y las absurdas suposiciones del Sr. Utrera me revelan que no ha llegado a merecer la íntima confianza de los filósofos calderonianos. Pero, relacionado amistosamente con Víctor Hugo, puede preguntarle, si efectivamente ha estudiado las obras de Calderón, cuál es el resultado de su profundo examen, de su análisis de las ideas de nuestro gran poeta; y seguramente que el célebre autor de las Contemplaciones no habrá necesidad de trabajar mucho para descifrar el simbólico sentido de aquellas ideas y para encontrar precisamente lo contrario de lo que sospecha el crítico sevillano.
La filosofía de Calderón es la filosofía del cristianismo y, por lo tanto, tan hermosa y verdadera como sencilla y clara. Si algo oscuro se encuentra en sus obras, no es la doctrina, que nace de purísimas fuentes, sino la forma, el traje con que suele revestir sus ideas, que peca no pocas veces de extravagante; curtió cortado por la exageración de la moda, cuyo rey en el lenguaje era en aquella época el culteranismo, fruto literario en su mayor parte del éxito que alcanzaron los conceptos espirituales de Alonso de Ledesma y, sobre todo, las obras del poeta cordobés Luis de Góngora, de quien al fin tomó el nombre el estilo culto.
Pero, en familiarizándose con su conceptuoso estilo ¿quién dejará de comprender a Calderón? ¿Quién no verá que es el espíritu verdaderamente religioso el que anima sus más brillantes creaciones y que es la fe la musa inmortal que inunda de esplendor divino sus autos sacramentales? Bajo aquel espíritu y aquella fe, ¿qué sospecha el señor Utrera que puede ocultarse? Escudado por el acaso y el tal vez, arriésguese a decirlo todo el intrépido articulista; que sus fantásticos juicios nunca podrán arrebatar al catolicismo la inmarcesible gloria del sacerdote-poeta.
¿Es el escepticismo el que constituye esos tesoros que, con ayuda de un aguzado escalpelo, pretende encontrar el señor Utrera?... ¡Miserables tesoros!... Con el auxilio de su clara inteligencia, puede fácilmente el crítico encontrar en los dramas sacros de nuestro poeta el riquísimo e inagotable tesoro de la verdadera filosofía.
No, no se oculta la túnica del filósofo: la túnica del filósofo es esa negra sotana del sacerdote que ve el señor Utrera; el filósofo es el sacerdote mismo, caminan juntos apoyándose, auxiliándose en su difícil misión sobre la tierra, elevándose al principio de los principios en alas del amor de los amores, buscando a la luz de las santas creencias el término feliz de su aspiración divina.
Sí, el sacerdote es el filósofo: ¿por qué no lo afirma sin recelo el señor Utrera? De ese modo acabaría él mismo la impugnación del absurdo que engendran sus arbitrarias suposiciones. ¿Cómo quiere armonizar la unción del creyente y la ironía del escéptico? La filosofía es el amor a la sabiduría, que tiene por esencia la verdad; el escepticismo es el amor a la duda, es la duda misma, es la negación de la verdad, es más repugnante que el error. Me dirá el señor Utrera que también se llaman filósofos los escépticos. Sí, pero ese título es un horrible sarcasmo con que esa secta cobarde parece querer burlarse hasta de sí misma. La verdad es una, y una sola es la filosofía verdadera, cuyo principio eterno es Dios, al que dirigen sus aspiraciones los filósofos por el seguro y recto camino que trazan la razón y la moral.
Sí, afirme también sin recelo el señor Utrera que, entre la pompa de la poesía, presenta Calderón la verdad pura y, por lo tanto, clara, es decir, nada esotérica. Porque el poeta es el filósofo y el sacerdote, y por eso en su Virgen del Sagrario rechaza y confunde el error de Pelagio por medio de la fe elocuente y divina inspiración de San Ildefonso, triunfando la inmaculada pureza de María; por eso en su Mágico Prodigioso desconcierta y deshace las tramas del demonio, para que, rotas las cadenas de la esclavitud, pueda Cipriano volar libre con su amada Justina a recibir de Dios la corona de la gloria, purificada ya su amor en las aguas del cristianismo y acrisolada su fe con el valor y la santa resignación de los mártires.
No vacile el señor Utrera en asegurar que Calderón, entre las galas de su brillante numen, también presenta la verdad desnuda y hasta descarnada. Pero sepa el crítico andaluz que precisamente en ese terreno es donde más se marca la distancia que hay de nuestro poeta a los escépticos. Estos ofrecerán a la humanidad el triste espectáculo del esqueleto de nuestras miserias, de lo pasajero y efímero del goce de los sentidos; presentarán la verdad de lo finito con la exacerbación de una experiencia estéril, con los negros y repugnantes colores del hastío, con la crueldad del espíritu miserable que mira con avidez a la tierra, porque no ve más allá, y que concluye por proclamar, como los gentiles, las glorias del suicidio y por marcar los límites de su fe, cantando con Espronceda:
Solo en la paz de los sepulcros creo.
Calderón ofrece desnuda la verdad; dice al hombre que, aunque su vida esté colmada de goces, de poder y de gloria, su vida es un sueño, pero le dice al mismo tiempo que aun en sueños no se pierde el hacer bien, porque
Es todo el poder prestado
y ha de volverse
a su
dueño.
Y ahí tiene el señor Utrera cómo desnudando la verdad viste Calderón de clara luz el entendimiento del hombre y en breves palabras le presenta el camino recto y seguro que trazan la razón y la moral, y que le conduce más allá de los sepulcros a la región de lo infinito, al término feliz de su destino santo, al trono del Señor de toda riqueza, de todo poder, de toda gloria.
Calderón habla de la muerte como poeta lírico y, consecuente con el poeta dramático, dice dirigiéndose al pecador en aquellas admirables décimas:
Y pues con tal brevedad
para la más larga edad,
¿cómo duermes y no ves
que lo que aquí un soplo es,
es allá una eternidad?
[…]
goza del tiempo oportuno,
granjea con tu talento,
que aquí dan uno por ciento,
y allí dan ciento por uno.
[…]
y pues no hay más que adquirir
en la vida que el morir,
la tuya rige de modo,
pues está en tu mano todo,
que mueras para vivir.
Ahí el poeta se ha separado de la moda impertinente y habla en estilo llano. ¿Comprende ahora el señor Utrera la doctrina filosófica de Calderón? ¿Conoce la moralizadora tendencia de sus desnudas verdades? ¿Aprecia la distancia que existe de los escépticos a los verdaderos filósofos? Por lo mismo que es indisputable el talento del crítico sevillano, no puedo esperar de él una respuesta negativa.
Tampoco puedo, ni quiero, creer que los señores Oñate y Utrera sean de los que se dejan arrastrar por el falso brillo de esa moderna escuela alemana que se afana por desvirtuar las glorias católicas si no alcanza a convertirlas en glorias racionalistas, deleitándose en contemplar el fatídico vuelo de los genios del escepticismo. ¿Quién no compadece a Juan Pablo Richter, el más loco soñador de los soñadores alemanes, que en una de sus extraviadas fantasías, se atreve a presentar a Jesucristo dudando de sí mismo y de su eterno Padre, es decir, el divino fundamento de la única religión verdadera, convertido en escéptico? ¿Quién no maldice las perniciosas escuelas pseudo-filosóficas de mal entendida libertad que, a concederla, llegan también a esos miserables atacados de la contagiosa enfermedad del pensamiento, peligrosas y temibles víctimas del peor de los delirios?
Pero ya es justo, amigo don Juan, que camine rápidamente a la conclusión, convencido de que en asuntos tan grandes como el que me ocupa lo más fácil es dejarse arrebatar por el entusiasmo; saber limitarse, lo más difícil.
Las suposiciones calumniosas de los dos extraviados críticos están rechazadas por el espíritu de las obras del gran poeta que llegó a alcanzar el título de venerable, y aún más por la práctica noble y sencilla de su vida, ajustada naturalmente a aquel espíritu. Porque el hombre era el poeta, el filósofo, el sacerdote; y, sin desmentirse nunca, con bastante fuerza de voluntad para practicar sus propias predicaciones, huía de glorias que son un soplo, por buscar las eternas; despreciaba el mundo usurero que le ofrecía uno por ciento, trabajando y avaro de los bienes de su alma, por lograr el ciento por uno que le prometía el espléndido Señor de los señores, regía sus pasos de modo que al encaminarle a la muerte con seguridad y dulzura le llevasen a la eterna vida.
Los escépticos, como nada creen, nada esperan; Calderón, como creía en Dios, en Dios fundaba todas sus esperanzas. Los escépticos, como dudan hasta de sí mismos, son cobardes y se rinden sin luchar a sus propias pasiones; Calderón, como tenía la fe por escudo, luchaba siempre con tesón y siempre vencía. Los escépticos, arrastrándose por el lodo de los goces de la materia, se fatigan y envejecen pronto y, mirando siempre a la tierra, buscan la paz en los sepulcros; Calderón, alzándose vencedor de sí mismo, gozaba descansando la dulce satisfacción de su conciencia y, lleno de vida, contemplaba el cielo con alma serena, y allí buscaba con ansia el lauro imperecedero de la virtud y la paz imperturbable de los justos. Los poetas escépticos sucumben maldiciendo los recuerdos de su estéril existencia, ahogando sus acentos en los últimos horribles cantos de su desesperación. Nuestro poeta, eminentemente católico, con su carácter bondadoso y apacible, se recreaba en su vejez relatando a sus amigos sus inocentes y hermosas memorias de la infancia, muriendo, como dice su contemporáneo el historiador Solís, como muere el cisne, cantando; pero con un acento sublime que resonaba más allá de la tumba, porque su canto era el último de sus autos sacramentales, era un himno inspirado por la fe y el amor de Dios que se elevaba en alas de su espíritu a las eternas regiones de su divina esperanza.
He llegado, Sr. Hartzenbusch, acompañado de mi buen deseo, al fin de mi noble propósito, que creo será fielmente interpretado por los mismos ilustrados críticos a quienes he intentado combatir, seguros de que, al defender sinceramente la honra de don Pedro Calderón, solo he querido, escudado por la razón incontestable y clara, disipar las sombras del error que envuelven sus hipótesis atrevidas. Ya he dicho que el tiempo trascurrido desde que sus artículos se publicaron no es bastante para robar el interés y la importancia que encierra esta defensa. Siempre es oportuna la luz purísima de la verdad y de la justicia.
Santander, marzo, 1863
Eduardo Bustillo