Prensa y canon · Canon poético
“Del célebre poeta sevillano don Juan de Arguijo. Traducción de Horacio, libro 1º, oda 3ª”
- Autor del texto editado
- Arguijo, Juan de (1567-1622)
- Título de la obra
- Revista de ciencias, literatura y artes, tomo primero
- Autor de la obra
- Cañete, Manuel (dir.); Fernández-Espino, José (dir.)
- Edición
- Sevilla:
Imprenta-Librería Española y Extranjera,
1855
- Paginación
- pp. 755-757
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Del célebre poeta sevillano don Juan de Arguijo. Traducción de Horacio, libro 1º, oda 3ª
1
¡Oh
nave
en quien se fía
Virgilio, y que ora debes
guardarlo entre tus mástiles y entenas!
te ruega la voz mía
que en salvo me le lleves [5]
y restituyas al confín de Atenas,
con sosegada calma,
y me conserves la mitad del alma.
Así la blanca mano
de la espumosa hija [10]
del mar, y las estrellas radiäntes
de Cástor y su hermano
te amparen, y te rija
el padre de los vientos arrogantes,
en cuyo reino helado [15]
solo respire el Yápiga templado.
De roble
endurecido
y de redoble acero
tuvo ceñido en torno el pecho frío
quien al embravecido [20]
mar entregó primero
de frágil leño el cóncavo navío,
sin miedo al austro acuoso
que pugna en contra al Aquilón rabioso.
Y de temor exento [25]
vía la Pléyada triste
y el Noto, que del Adria en la marina
solo este fiero viento
predominando asiste,
o ya con su borrasca repentina [30]
mover el golfo quiera
o ya tener en calma su ribera.
¿Cuál género de muerte
temió la gente osada
que con enjutos ojos vio nadando [35]
tanto linaje y suerte
de monstruos, y la airada
furia del mar hinchado resonando,
y de Ceraunia horrible
el peligroso monte inaccesible? [40]
En vano el providente
Jove distintas puso
las tierras, interpuesto el Oceano,
si el hombre inobediente
al navegar dispuso [45]
de recias trabes su bajel liviano,
y ya del extendido
golfo atraviesa el reino prohibido.
Que siempre en el mal fijo
a todo atrevimiento [50]
se lanza el hombre resoluto y ciego;
ya de Japeto el hijo,
con temerario intento,
robó al Tonante con engaño el fuego,
y eternizó su nombre [55]
de etéreas llamas animando al hombre.
Mas luego a los mortales
por ese hurto odioso.
lanzó un cúmulo horrible y lastimero
de pestilentes males, [60]
y el término forzoso
de la lejana muerte, que primero
llegara a paso lento,
voló después con raudo movimiento.
Ya Dédalo, atrevido, [65]
con plumas enceradas
rompió del aire el término vacío,
en alas sostenido
nunca del hombre usadas;
y Alcides, lleno de arrogancia y brío, [70]
partió del hemisfero
nuestro a robar el infernal Cerbero.
Que el mortal, siempre vano,
no hay difícil empresa
que contra el Cielo, en su maldad, no intente; [75]
y en su anhelar insano,
que nunca inquieto cesa,
por su malicia indómita no siente
que Júpiter altivo
jamás depone el rayo vengativo. [80]