Canon poético · Textos historiográficos
“Teatro español”
- Autor del texto editado
- G.
- Título de la obra
- El guardia nacional, n.º 973, 1838-09-11
- Autor de la obra
- Ferrer, Luis (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta del Guardia Nacional,
1838
- Paginación
- pp. 2-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 febrero 2026
Teatro español
Estado actual del mismo
REFLEXIONES
Nuestro teatro se ha sostenido desde la ruina de la escuela de Lope y Calderón, con las traducciones o imitaciones del teatro francés. Moratín fue émulo de Molière; la tragedia clásica ha tenido insignes poetas que la cultiven, aunque no haya llegado entre nosotros a la perfección de Corneille, Racine y Voltaire. El género en que trabajaron Comella, Zavala y los de su escuela, que invadió la escena por algún tiempo, es muy semejante al melodrama que se interpolaba en París con las composiciones clásicas. En fin, no hemos tenido desde principios de siglo pasado un teatro verdaderamente español, sino importado del extranjero.
Esta humillación, indigna del pueblo que en su repertorio del siglo XVII dio modelos a toda Europa, se ha continuado hasta nuestros días y se perpetuará probablemente. Si el drama es el reflejo de las costumbres, de las ideas y de los sentimientos de la sociedad, como estos son, con muy pocas e imperceptibles gradaciones, casi idénticos en la parte culta de todos los pueblos europeos, es muy difícil que ninguno se libre de recibir la ley escénica de aquella nación que, por su situación geográfica, por su inteligencia y por su instrucción, se halla colocada al frente del movimiento social. Roma, señora del mundo, recibió su teatro y su literatura de la Grecia sometida. París es la Atenas moderna.
Pero esta ley no debe ser tan estrictamente observada, que deban admitirse los monstruos producidos en Francia por el fastidio de lo bello, que debamos despreciar las riquezas de nuestro antiguo teatro, aunque hayan envejecido: en fin, que renunciemos, por obedecer a los modelos, a los principios de moral pública y privada.
Pero, a pesar de estas reflexiones, no es nuestro teatro actual otra cosa que un triste y mezquino eco del de París. Hubo un tiempo no muy lejano en que hasta cierto punto sacudimos el yugo y nos atrevimos a poner en escena, bien o mal refundidas (por la manía de imitar formas clásicas) muchas de las admirables composiciones del siglo XVII: y aun hubo algunos actores que osaron, no sin felicidad, imitar aquel género y acomodarlo a las costumbres y al gusto actual de la nación española.
Pero esta laudable osadía desapareció, sin duda, con los actores que conocían bien el juego y la elocución de estas piezas, y que no dejaron herederos de su habilidad especial en este punto; y en la actualidad nuestro teatro es absolutamente francés, porque solo se representan en él, con muy pocas, aunque muy honrosas excepciones, piezas traducidas o imitadas de las que componen el teatro de París. Estas pertenecen a tres géneros muy diferentes entre sí, y en tantos grados que parecen ser de tres siglos muy distantes de la literatura. El primero es el clásico, no desterrado enteramente de la escena francesa. El segundo, al cual llamaríamos horaciano, es el de la sátira fina y delicada, que caracterizó al célebre cliente de Mecenas; que corrige sin mordacidad y sin ofender ni el pudor ni el amor propio; que presenta con gracia y ligereza, pero sin ambiciosas pretensiones, las escenas de la vida privada, y que se contenta con el fácil homenaje de la sonrisa. Este género es urbano y moral; conviene para divertir una sociedad demasiado civilizada. Sus efectos sobre el ánimo del auditorio, si no son grandes, son, por lo menos, inofensivos. En esta clase de dramas se ha inmortalizado Scribe, tanto por el mérito real como por la multitud de sus producciones.
El tercer género, al cual podríamos llamar infernal, y que han procurado imitar con muy mal consejo muchos de nuestros escritores dramáticos, es el de los tenebrosos dramas que durante algún tiempo han estado en Francia tan de moda. Ya lo caracterizamos bastantemente en otro artículo, comparándolo con la escuela de Shakespeare y de Calderón.
Su moda va pasando ya en Francia: acaso aparecerán nuevos dramaturgos, nuevas escuelas, nuevos géneros: nosotros traduciremos sus composiciones, las imitaremos y las pondremos en las escena.
«Y los últimos huevos, los mejores», como dice nuestro Iriarte.
Tal es nuestra situación. A lo menos, ¡si tal vez nos fuera lícito admirar las gracias de elocución y las excelentes situaciones de nuestras comedias antiguas! Pero no: es necesario romanticismo; y Calderón no es bastante romántico, y no se le perdona su respeto a su moral ni aun en consideración del poco caso que hizo a las unidades de Aristóteles.
No se representan las comedias de Moratín, y hay un motivo para ello, y es que toda la parte culta del auditorio las sabe de memoria, y podría recitarlas con los actores. Su misma perfección es contraria, a lo menos por ahora, a su fortuna escénica. Se quieren piezas no conocidas, sean como fueren.
No se representan tampoco comedias de Calderón, pero el motivo de haberse desterrado del teatro este insigne poeta es más profundo. No se le escucha porque no se le entiende. El lenguaje caballeroso de la época de Felipe IV es un idioma muerto para nosotros, como el latín o el griego. Hemos materializado y envilecido el amor: nuestras ideas de pundonor son muy diferentes de las de aquel siglo. Tanto valiera que se nos representase un drama chino.
Sin embargo, tampoco se representan las comedias de Lope, Tirso y Moreto: y confesamos que no entendemos por qué: nada puede explicar este fenómeno, sino la tiranía de la moda. Lope sobresale en la descripción de las pasiones tiernas y amorosas: Tirso es maligno, pero al mismo tiempo urbano y lleno de sal: Moreto es quizá el genio cómico más grande que ha aparecido en ninguna nación. Nuestras costumbres y sentimientos actuales no distan mucho de los que ellos pintan. ¿Por qué no los vemos? ¿Por qué no presentan […] atroces?
Pero esta atrocidad, ¿es propia de las costumbres de nuestro siglo? No. Los avances del movimiento industrial han inspirado sentimientos más dulces, ideas más halagüeñas […], pasiones más moderadas, [sometidas] al imperio de la razón. Ya notaba […] Chateaubriand en 1852 ese [contraste] singular entre los horrores que se representaban en el teatro (porque entonces era [época del] triunfo de la escuela de Dumas), y la […] de las costumbres públicas y privadas extraña! La poesía, tan a propósito de inspirar afectos tiernos y mitigar la forma de los mismos ( Emollit mores, nec sinit ese ferox ) se ocupa ahora en restituirnos a los tiempos de la barbarie y en aniquilar todos los [lazos] que ligan a los hombres en sociedad.
Como amantes de la literatura y de […] nacional, tendríamos derecho de quejarnos de esta especie de esclavitud en que yace nuestro teatro, modelo algún día de los demás de Europa; del absoluto abandono en que el verdadero drama español, la comedia de Moreto y la de Moratín, y la tragedia, que es su género excelente, pues ha presentado [emulado] las admirables composiciones de Corneille, Racine y Voltaire, las cuales vivirán [seguramente] más que los dramas de Dumas y Victor Hugo. Podríamos también quejarnos de la desenfrenada infracción de las leyes y [violaciones] de la verisimilitud teatral, a las que no debe faltarse sino para producir grandes bellezas, y en el día se infringen solo por gusto de infringirlas, y para hacer [alarde expositivo] de independencia. Podíamos extender nuestras quejas al olvido de los verdaderos principios del arte, de los buenos modelos, del esmero en la elocución de [las reglas] de la Antigüedad, de la falta de [contenidos] históricos; en fin, de todo el trabajo que emplean los demás artistas para salir […] profesores, y que nuestra juventud [cree] que no es necesario para ser buen poeta. Scribimus in locti doctique poemata passim.
Sobre todos estos males pudiéramos extender nuestras reflexiones e indicar los [errores], pero otra calamidad mucho mayor y de orden muy superior es la que principalmente debe llamar la atención, no solo de los ciudadanos ilustrados, sino también del Gobierno.
La nueva escuela del romanticismo quiere invadir nuestro teatro con sus monstruosas producciones traducidas o imitadas. Su pésimo efecto sobre la moral doméstica, civil y política no es problema para nadie.
La moral doméstica ha de pervertirse más de lo que ya está con producciones aborrecibles de las especie del Antony y del […]. La civil nada puede ganar con el espectáculo de los asesinatos, de los parricidios, de crímenes horrendos solo expiados por […] reflexionado y voluntario. Lo repetiremos dos veces: no se debe presentar en el teatro al hombre reducido a sus pasiones fisiológicas, sin freno, sin creencias, sin remordimientos.
[…] producirían graves males semejantes espectáculos: en la actualidad, cuando la guerra civil y la divergencia de las opiniones políticas y las calamidades de todo género [dentro de] nuestra desventurada patria han exaltado hasta lo sumo las pasiones, será pernicioso presentar al hombre el espectáculo del hombre que nada cree, nada espera, sino la satisfacción de sus deseos o la muerte. ¿Y no tenemos ejemplos del efecto de esta infernal [moda] en almas juveniles y acaloradas?
Por último, peor es su influencia en la moral política. Nuestro gobierno es monárquico: ¿[…] pues se representan piezas que So[…] hubiera desdeñado para hacer abor[…] esta forma de administración? ¿Por qué se permite que se calumnie a los Reyes y a los príncipes en una nación que tiene trono y […]? ¿Por qué, entre tantas composiciones monárquicas, solo se ha representado […] que se pinta, y sin faltar a la verdad, […] el carácter sublime de una reina española? ¿Por qué entre tantas inmundicias, solo se ha visto un drama en que el yerro de un rey se ve expiado por muchos años de vir[…] por los tormentos del corazón materno? ¿Por qué, en fin, no se representan en el teatro de España más que dos dramas verdaderamente españoles?
Y ya que hablamos de esta materia, ¿por qué se ha de tolerar que en nuestra escena se disputen las calumnias prodigadas por los […] protestantes y franceses a Cár[…] Felipe II; calumnias convertidas en teatro por Schiller, Alfieri y compañía? ¿Continuaremos sufriendo que el primero aparezca como un mozalbete atolondrado en la informe y mala producción de Victor Hugo, y al segundo se le atribuya la muerte de su […] esposa; absurdos desmentidos, o al menos no probados por la historia? Ya es hora de que acabe semejante inmoralidad, la funesta influencia en las ideas y sentimientos políticos y religiosos será muy necio […] la conozca.
[…], que recibió algunos dramas de esta especie más bien con asombro que con desagrado, los abomina ya desde que ha llegado a percibir cuál es su alcance y su tendencia […]. Pero el peligro existe: y podrá rehabilitar en la opinión este funesto género, a […] talento y osadía, y a favor de las […] socráticas exageradas y mal entendidas […]. A nuestro entender, pertenece al gobierno o a la ley impedir que se desacrediten […], y sobre todo que se calumnien […] y al sacerdocio, y que se minen los cimientos de la moral privada.
[…] existe: pues está a cargo del gobierno […] de las composiciones que han de c[…]. Pero esta institución saludable se ha reducido casi a la nulidad en el movimiento político que ha sufrido la sociedad española, en el cual han caducado o se han […] notablemente las instituciones con[…]. Al gobierno toca rehabilitar las […] quedado, a lo menos en el nombre, […] menciones sabias y vigorosas, y al mismo tiempo prudentes: porque acaso la exce[…] haría célebre un drama sin mé[…] por haber adquirido la palma del […]. Vivimos en tiempos tales que se llama […] impedir el mal y que todo pre[…] hacer oposición se tiene por bueno […].
Se engañará mucho el que crea que este artículo es de literatura: no lo es sino de moral. Claro que nos importan las cuestiones de clásicos, ni las reglas de Aristóteles, ni la procedencia de los modernos; pero nos […] mucho que los principios en que se […] creencia, nuestro sistema de gobierno y nuestra moral doméstica y civil sean respetados de los que escriben, de los que representan y de los que oyen.
G.