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Prensa y canon · Canon poético · Polémicas

“Costumbres. Sufrir con paciencia las impertinencias de nuestros prójimos”

Autor del texto editado
Valdelomar y Pineda, Javier
Título de la obra
El Cisne. Periódico semanal de literatura y bellas artes, n.º 11, 12 de agosto de 1838
Autor de la obra
Bueno, Juan José (dir.)
Edición
Sevilla: Imprenta de J. H. Dávila y Compañía, 1838
Paginación
pp. 126-129
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 febrero 2026

COSTUMBRES

Sufrir con paciencia las impertinencias de nuestros prójimos


¿No habéis tenido nunca el divertido rato, mis amados lectores, de encontraros con algún individuo que, sin contar con vuestra buena o mala voluntad, os haya soplado dentro del cuerpo su luenga vida o alguna de las por él llamadas interesantes aventuras, o algunos sucesos singulares de ella? A un litigante de esos que, al pasar por los oficios de procuradores, bufetes de abogados o sitios semejantes, prestan su oído con más atención que si una misa escucharan, cuyo litigante os haya, mal vuestro grado, hecho una minuciosa narración de todo su pleito, desde la primera demanda basta la última vista de él? ¿No habéis hallado, en fin, retirado alguno que, por distraer la miseria, que tan dignamente remunera sus servicios, os haya contado C por B desde su primera campaña basta su última acción de guerra? Pues, si alguno de estos vivientes os ha dado ya tan delicioso rato, encontraréis en mí un segundo ejemplar, y, si no, lo disfrutareis por primera vez, que no quiero vayáis de esta vida ignorando una cosa tan esencial.

Es el caso que voy a contaros mi salida a la palestra literaria con sus pelos y señales todas; conque así, a manera de predicador, principio diciendo con vuestro permiso.

Había yo visto que era una moda como otra cualquiera el ser literato, y dije «pues a serlo», porque a mí me gusta estar de moda, y máxime en una que tan económica es: al fin, no tiene la contra que un surtou donde tantas varas de paño se le van a uno, si ha de estar elegante. Ya convenido en el fin, era preciso ponerme al corriente en los medios y en el modo, para lo cual dije: «observemos»; oigo que toda la gente que estaba, como suele decirse, en la cuerda se apellidaba furiosamente romántica, y que primero renunciaría a sus padres, a sus pueblos y hasta sus nombres que a ser discípulos e imitadores de Dumas y Víctor Hugo; saqué por consecuencia necesaria que debía ser romántico, y no como los verdaderos románticos son, los que cantan por inspiración propia y sin imitar, los que desprecian las reglas minuciosas y pesadas que imponían a la imaginación los preceptistas, pero que respetan las esenciales y las fundadas en razón, sino como lo entendían los del pelo largo y como yo pensaba, que era, al ver sus composiciones y todo lo demás, que le seguía. Hecha ya mi profesión de fe de ser literato romántico, me faltaba únicamente la instrucción necesaria. Esto me daba poco cuidado, porque era negocio despachado en breve: en pocos meses me leí una caterva de periódicos, haciéndome cuenta que, como hablan de todo, concluidos que los tuviese de leer, también de todo sabría. No descuidé meterme dentro del cuerpo quince o veinte dramas de los últimamente publicados y ver algunas poesías modernas que pudieran servirme de tipo. Con estos antecedentes, dije muy ufano: «no necesito más: a escribir». Alguno que otro impertinente me decía: «Pero hombre, si usted no sabe el castellano, si usted no conoce a Cervantes, Solís, Granada, Mariana, ni a ninguno de los buenos hablistas de nuestro idioma, ¿cómo quiere usted escribir?». «¿Cómo que no sé castellano?», le contestaba, «¿Le hablo a usted en francés por ventura? Cervantes, y toda esa sarta que usted me dice serían muy buenos en su tiempo, pero ¿cómo quiere usted que un hombre de frac hable lo mismo que unos extravagantes que gastaban golilla? Nada, amigo mío, nada; eso que ustedes llaman hablar con pureza no está en moda, conque así no transijo». Seguía mi marcha impávido, cuando por mis pecados encontraba a otro, que me quería convencer de que era preciso viese los modelos griegos y romanos, los antiguos poetas españoles, las viejas crónicas, y que sé yo que más. «¡Modelos griegos y romanos!», le decía yo, con el santo furor del que escucha una blasfemia, «¿modelos griegos y romanos quiere usted que lea? Eso es clásico, enteramente clásico; no puedo servir a usted». «Pero hombre», me contestaba, «qué importa el que usted sea clásico ni romántico, en lo cual yo no me meto, ni creo que con serlo profane usted la poesía, para que conozca los grandes ingenios de una y otra escuela, le sirvan a usted de guía y así pueda conocer el verdadero color de cada bandera literaria?». «No necesito semejante cosa», le decía ya medio enfadado, y en mi conciencia escrupulizaba hablar con aquel literato, que a mi ver tenía la epidemia de las antiguas preocupaciones. Me iba en seguida a hacer mis versos, tomaba mi libro de poesías recién hechas o mis periódicos, y del mismo modo que un dibujante copia una oreja copiaba el modo de hacerlos; veía que, por lo general, estaban en cuatrinos, concluyendo en versos agudos, a la francesa, y aunque esto de los cuatrinos atentaba, a mi ver, contra la libertad romántica, porque era encerrar a un hombre en cuatro versos y luego en otros cuatro, siguiendo siempre el mismo martilleo, y obligándole el preciso consonante a concertar montera con calavera y otros de este jaez; sin embargo, era la moda y sin más dios ni más santa maría hice cuatrinos hasta por los codos. Por supuesto, que nunca cantaba sino tumbas, cementerios, calaveras, muertos y otras cosas, que exhalaban este mismo olor, porque también era de moda. Verdad es que algunas veces, cuando componía estas cosas, estaba en mi interior más alegre que unas sonajas, porque alguna muchacha me había dicho que sí o porque a mi madre, en cambio de algún beso, le había pillado tres o cuatro duros y estaba congratulándome en su alegre distribución; pero, sin embargo, yo debía aparecer al público desesperado y triste, y, aunque no lo sintiera, dar cánticos de muerte entre sensaciones de vida. Y así como el profeta decía: «cantemos al señor», exclamaba yo: «cantemos a las tumbas», con la sola diferencia que aquel lo hacía de corazón, y yo por moda. Adelante: otro requisito que veía como sumamente necesario era el ser original, cosa muy buena y que toda la vida se ha celebrado, pero no como sucede generalmente y como a mí me acontecía, sacrificando la verdad, que es lo primero que debe guardar el poeta como dogma de fe, y cayendo en la extravagancia, que es lo primero, que debe huir, si le interesa que sus obras pasen a la posteridad; con que ya hecha mi composición en cuatrinos a LAS TUMBAS, y con alguna dosis de extravagancia, me faltaba únicamente presentarme al público, para coger mis laureles. «Hombre, me decía un amigo, aún no es tiempo que te des al público». «¿Cómo que no es tiempo? (le contestaba yo). Eso es querer coartar la libertad de un ciudadano Con esta composición he de acreditarme y conseguir un nombre» (Es de advertir que no califiqué afortunadamente qué clase de hombre sería, porlo que, supongo, no salió falsa mi suposición). Lleno de orgullo, tomo mis versos, y al liceo; leí mi composición con el tono retumbante que llaman romántico, porque, desgraciadamente, se ha abusado de esta palabra de modo tal, que a todo lo raro se aplica; y en los finales daba mi prolongado eco, como el lamento de un moribundo; y por supuesto que con semejante tono leía el poema más guerrero o la composición más lúgubre como la más placentera y amorosa quintilla.

Concluida mi composición, me dieron algunos políticos aplausos, y no fue menester más: me creí un Byron, me llené de orgullo y apretaba mi mano, porque me figuré tener en ella la palma de la inmortalidad; salí escribiendo y haciendo versos como si tuviese mía diarrea, y, si algunos decían que eran malos, contestaba yo «pues, la envidia». Si me criticaban, me llenaba más de vanidad, diciendo «no ha habido un hombre grande a quien no critiquen, prueba de que yo lo soy»; y, si me hubieran dado una silva, hubiese dicho «estos son los achaques del ingenio»; todo lo miraba de buena manera, v seguía siempre «sin volver la cara atrás»,

Desearán mis lectores saber si en el día me he corregido de todas esas cosas, pero esa es ya demasiada curiosidad. Lo único que puedo decirles para satisfacerlos es que estoy arrepentido de todas y enmendado de las que hasta aquí han estado en mi posibilidad; pero en cuanto a aumentar mis talentos o mi instrucción ya se harán cargo de lo imposible que es lo primero y de lo difícil que es lo segundo.

Esta narración será insoportable para los que se encuentren en la referida posición, como era para mí cuando me lo criticaban y como lo es para todos cuando nos critican nuestro modo de pensar. Sin embargo, sufridos lectores, que así llamo a los que no hayan abandonado mi artículo en sus primeras líneas, yo me creo con derecho, si antes no me privan de mi imprescriptible libertad, a referir lo que me ha pasado. Y se equivocará quien crea, que es en odio del romanticismo, y porque soy decidido romántico; pero por lo mismo me son más sensibles los abusos que se hacen de esta escuela, y los extravíos que por ellos se ocasionan a una juventud aplicada y ambiciosa del saber, en cuyo número me cuento, es decir, que soy jovencito; no debiendo tampoco atribuir a pedantería que siéndolo haga semejante crítica, pues por lo mismo que he incurrido en esos defectos, los conozco más bien; y en honor de la verdad, no me han sacado de ellos mis propias fuerzas, sino personas de muy buenos conocimientos.

No es malo que los jóvenes escriban cosas de ningún mérito al principio, que sean aficionados a la literatura, que sean románticos; al contrario, es digno del mayor elogio; pero sí es enteramente absurdo que nos llamemos literatos por hacer cuatro versos, que nos creamos unos sabios y. por lo tanto. despreciemos toda instrucción, y que seamos románticos de moda, capricho o abuso, y no dignos admiradores de Lope de Vega y Calderón.

Os recuerdo, mis lectores, la obra de misericordia que he puesto por epígrafe de mi artículo: sufrir, etc.



Javier Valdelomar y Pineda

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