Prensa y canon · Canon poético
“Reinar después de morir, comedia de Luis Vélez de Guevara”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El Censor, t. IX, n.º 49, 7 de julio de 1821
- Autor de la obra
- Amarita, León (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de El Censor,
1821
- Paginación
- pp. 20-27
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Reinar después de morir, comedia de Luis Vélez de Guevara
Guevara es un poeta cómico que participa de la escuela primitiva de Lope de Rueda y de Cervantes, en cuanto a la introducción de las apariencias y decoraciones teatrales, y de la de Lope de Vega y Tirso de Molina por la intención dramática y la construcción poética. Sin embargo, es muy inferior a estos dos: parece que en él se verificó el tránsito de la comedia antigua a la que creó el genio de Lope de Vega . Su lenguaje es a veces trivial y bajo, como en el de nuestros primeros poetas cómicos.
Dejadme,
no me habléis, que estoy cansado
de ver vuestros disparates,
dice el rey de Portugal a su hijo, reprendiéndole sus amoríos. Seguramente está tomado muy a la letra el sermo pedestris de Horacio.
Mas no siempre habla así: tal vez se eleva el lenguaje a la dignidad de la situación; tal vez degenera en el vicio opuesto de la hinchazón, y tal vez merece ser contado entre los poetas líricos.
De todas sus comedias no sabemos que se represente en nuestros teatros más que la Inés de Castro, o Reinar después de morir, aunque compuso muchas. Atila, azote de Dios es la más desatinada rapsodia que se puede imaginar; Los empeños de un plumaje es también disparatadísima; pero en estas, como en las demás del mismo autor, se dejan ver centellas del genio poético entre los desvaríos de una imaginación sin freno.
Reinar después de morir no se ha conservado en el teatro sino por el interés que inspira la misma fábula. Los amores de Pedro e Inés, la crueldad atroz con que fueron castigados, la hermosura sumergida en la tumba por solo el delito de amar, los extremos de dolor y venganza en su amante que le sobrevive, y un rey bárbaro por debilidad, emplazado ante el tribunal de la justicia divina, son objetos capaces de llevar al más alto grado el terror y la compasión.Esta fábula es sumamente popular en España; y el desgraciado fin de Inés ha sido tan llorado por nuestros antiguos cancioneros como los infortunios de Edipo y de Tiestes, más horribles en verdad y menos interesantes, por los rapsodistas de la Grecia.
Pero los recursos dramáticos de Guevara eran sumamente mezquinos. La infanta de Navarra, cuya presencia mueve al rey a enfurecerse contra su rival, es un carácter tan odioso como desagradable. Ninguna amante despreciada es interesante en el teatro, a excepción de Hermione; y los furores del amor engañado son verdaderamente trágicos, no así las pretensiones de la vanidad ofendida.
¿Y qué diremos del carácter del rey don Alonso, que condena a muerte a la esposa de su hijo solo porque se solicitó dispensa del sumo pontífice para su matrimonio? ¿Cuál es el interés que tienen Alvar González y Egas Coello en la muerte de Inés? Solo se sabe de ellos lo que dice el príncipe: que son dos traidores encubiertos. Prescindimos de la mezcla de lo burlesco con lo serio que se halla en toda la pieza, porque este defecto es más bien del siglo que del autor.
Describe a la verdad los amores de Pedro e Inés; pero más bien en el estilo de la égloga que en el de la tragedia. Sin embargo, los presentimientos y temores que se mezclan con sus caricias anuncian ya alguna intención trágica en el autor, y esto era mucho para su siglo. El carácter de Inés cuando teme, cuando pide a su esposo que no la deje expuesta a la severidad de su padre, cuando rodeada de sus hijos reclama compasión en nombre de la naturaleza y la humanidad a un rey imbécil, y cuando, entregada en manos de sus mortales enemigos, emplaza a su tirano ante el tribunal de Dios, es verdaderamente trágico, y al hombre instruido y sensible sorprenderá ver lágrimas en sus ojos, a pesar de los disparates de toda especie que anteceden y se siguen a aquellas escenas. La más interesante de todas es la final del segundo acto, en que Inés atemorizada dice a su amante:
Y puesto que no es posible
que seas mío, ni que logre
mis finezas en tus brazos,
será fuerza que me otorgues,
Pedro, dueño de mi alma, [5]
piadosas intercesiones,
para que el rey en mi sangre
no bañe el airado estoque.
Con tus hijos viviré
en lo áspero de los montes, [10]
compañera de las fieras,
y con lamentables voces
pediré justicia al cielo,
pues que no la hallé en los hombres,
de quien de tal dulce nudo [15]
aparta dos corazones.
El principio del segundo período tiene ya la dignidad de la elocución trágica.
Parece que esta comedia se escribió para acomodar al gusto del auditorio la antigua tragedia de Nise laureada; a lo menos así lo indica el verso
Esta es la Inés laureada,
con que uno de los espectadores se despide del público.
Guevara mezcló entre sus versos algunos de los romances antiguos en que se cantaba el infortunio de doña Inés de Castro. Adviértese la diferencia en cierto sabor de antigüedad del lenguaje y en el estilo menos artificioso que el del autor. Tales son los siguientes versos:
Por los campos del Mondego
caballeros vi asomar.
Armada gente los sigue.
¡Válgame Dios!, ¿qué será?, etc.
¿Dónde vas, el caballero?, [5]
¿dónde vas, triste de ti?,
que la tu querida esposa
muerta es, que yo la vi.
Las señas que ella tenía
bien te las sabré decir: [10]
su garganta es de alabastro,
y sus manos de marfil.
En la comedia del Conde de Saldaña y en otras del siglo XVII vemos repetido este ejemplo, siendo muy de notar que Shakespeare hizo lo mismo, introduciendo en algunas de sus piezas canciones populares. Sin duda creyeron conmover los ánimos de los oyentes, recordándoles versos que ya les eran conocidos y que por tradición estaban ligados a los afectos propios de la fábula.
Daremos una muestra del estilo poético de Guevara en la descripción que hace de Inés despertando entre sus hijos, y, sin pararnos a notar los defectos menores del estilo, solo observaremos la riqueza de la dicción y la verdad del cuadro.
En el dorado tálamo, que ha sido
teatro venturoso
más de tu amor que del común reposo,
amaneciendo entonces
y enamorando mármoles y bronces, [5]
los ojos en estrellas,
en nieve y nácar las mejillas bellas,
en claveles la boca,
la frente y manos en cristal de roca,
en rayos los cabellos, [10]
entre Alonso y Dionís, tus hijos bellos,
asidos a porfía
del cuello de alabastro,
deidad admiro a doña Inés de Castro:
alba en belleza humana, [15]
abril florido, cándida mañana,
todo un cielo abreviado,
y al sol de dos luceros abrazado.
Quedé tierno y dudoso:
que como de aquel árbol generoso [20]
tus hermosos pendían,
racimos de diamante parecían.
Mas encendida aurora
sobre las almohadas se incorpora,
y ya como embarazos [25]
deja a Dionís y Alonso de los brazos,
que de sentido ajenos
cariños y ternuras no echan de menos» etc.
Sería muy fácil corregir los defectos de estilo; mas no imitar la riqueza de imaginación que fue necesaria para formar este cuadro.