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Prensa y canon · Canon poético · Textos historiográficos

“Estudios biográficos. A una señora muy amante de los escritores sevillanos. Carta primera”

Autor del texto editado
Gómez Aceves, Antonio
Título de la obra
Revista de ciencias, literatura y artes, vol. IV
Autor de la obra
Cañete, Manuel (dir.); Fernández Espino, José (dir.)
Edición
1857
Paginación
pp. 207-212
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Libros. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 15 septiembre 2025

ESTUDIOS BIOGRÁFICOS

A una señora muy amante de los escritores sevillanos

Carta primera

Marchena, 14 de julio de 1856




Muy señora mía,

bastante atrasada por haber salido de Sevilla, mi patria, para librarme del horrible cólera morbo que la aflige, he recibido su apreciable, en la que me pregunta por los maestros Juan de Mal-Lara y Diego Girón, inmortales fundadores de la Escuela Sevillana de literatura.

Sabe usted muy bien la verdadera estimación que le tengo desde que en el otoño de 1819, huyendo del mortífero tifus icterodes del barrio de Santa Cruz de Sevilla, nos conocimos y nos tratamos en la hacienda de la Chaparra, término de la villa de Alcalá de Guadaira, cultivada entonces por mi padre, su colono, a la cual venía usted del cortijo de San Juan o del Chamorro, propio de mi padre, a oír misa todos los días de precepto. ¡Ay!, ¡cuántas veces, con dulce alegría mezclada de amarga tristeza, habrá usted traído a la memoria, como me ha sucedido a mí, aquella larga temporada de cuatro meses que a la manera de los pastores de Teócrito y de Virgilio, de Garcilaso y de Meléndez, pasamos, haciendo una vida campestre y venturosa! ¡Cuántas habrá usted también recordado aquellos deliciosos paseos a Benaxila y a Matalaxeme! ¡Días embelesadores, campos aromáticos en los que, a mis anchas, me entregaba de lleno a las ligeras contemplaciones de la adolescencia! ¡Eternos, sí, eternos seréis en la memoria mía!

Dispense usted estas digresiones, nacidas espontáneamente de los más nobles y generosos sentimientos. Ya voy a complacerla. Pero antes de comenzar las noticias biográficas de Mal-Lara y de Girón, de tan insignes humanistas, me parece oportuno y aun indispensable hacer a usted una ligera reseña de la Escuela Sevillana, para que pueda estimar en su justo valor el indisputable mérito de sus dos esclarecidos fundadores.


ESCUELA SEVILLANA


Tres siglos se pasaron sin que Sevilla, uno de los grandes centros de la luminosa civilización árabe-hispana encerrara dentro de sus muros a escritor alguno digno de sembrar las saludables semillas del buen gusto, ni menos de dar sanos preceptos literarios. La acreditada escuela de los sarracenos murió el mismo día en que san Fernando, venciendo a Axataf en los bosques de Tablada y en las llanuras de Ossethania, entró victorioso en Sevilla.

Hasta el siglo XVI estuvo Sevilla sin escuela, porque, si desde el XIV florecieron en ella algunos humanistas de mérito, ya por sus especialidades, ya por el poco espíritu de asociación, ya por el costo de los manuscritos, ya por otras causas, no formaron escuela propiamente dicha. ¡Gloria tamaña estaba reservada a nuestros Mal-Laras y a nuestros Girones!

Una escuela literaria, como usted no ignora, jamás se forma después de grandes cataclismos políticos y mucho menos religiosos. Ella nace, como la pintada azucena de los vergeles, a la benéfica sombra del frondoso árbol de la paz, y se nutre y crece y lozanea con el blando rocío del sosiego público. La literatura calla cuando comienza la gritería de las calles, el alboroto de las plazas, la algazara de las asambleas o el estruendo de los combates. El verdadero literato no puede vivir sin paz, sin orden, sin justicia. Querer que viva de otra manera será reputarlo por un tigre de Hircania o por un vampiro del Océano, será desconocerlo totalmente.

No hubo, pues, Escuela Sevillana propiamente dicha hasta fines del segundo tercio del siglo XVI, venturosísimo para las letras españolas. El maestro Juan de Mal-Lara, después de haber oído en Salamanca las sapientísimas lecciones del buen gusto de los mismos labios de oro del gran León de Castro, vuelve a Sevilla, su patria, para fundar en ella la Escuela que todavía vive, aunque ya aminorada y desfallecida en extremo.

Un siglo como aquel, tan lleno de castizos prosistas y de elegantes poetas sevillanos, bien merece la pena de ser estudiado y descrito profunda, extensa y detenidamente. Si los estrechos límites de esta carta me lo permitieran, expondría ante los ojos de usted un cuadro de grandes dimensiones, en el cual ocuparían el primer término Fernando de Herrera, don Juan de Arguijo, Gutierre de Cetina, don Juan de Jáuregui, Baltazar del Alcázar, el maestro Francisco de Medina, Juan de la Cueva, don Diego Félix de Quexadą. Gerónimo Cangas, Luis Pardo y otros insignes escritores. Pero esto fuera salirme de sus peticiones y de mis intentos.

El gran Mal-Lara, llorado de todos los vates de Vandalia, muere en la flor de su vida, en medio de sus halagüeñas esperanzas y de sus altas glorias, dejando un vacío inmenso en la enseñanza de las bellas letras. Solamente el maestro Girón lo podía llenar, como lo llenó a maravilla. Sin duda alguna, la Escuela Sevillana hubiera muerto a los pocos años de su nacimiento si el maestro Diego Girón no la hubiera amparado con su profundo saber y clara doctrina. Bajo su doctísimo magisterio, bajo su acertada guía se presentó más galana, se mostró más valiente, se colmó de más flores y cobró más buen gusto. Los discípulos del maestro Girón fueron hombres de más talento, de más ingenio, de más facundia y de más bríos que los de Mal-Lara. Por este motivo, y no por otro alguno, brilló más la Escuela Sevillana en los tiempos de Girón que en los de su maestro Mal-Lara. A los sabios preceptos de Mal-Lara sucedieron las aventajadísimas explicaciones y el exquisito gusto de Girón, que vino a complementar la obra realzándola hasta lo infinito. Los jóvenes estudiosos que entonces vivían en Sevilla vinieron a rodearlo para oír de sus labios de rubí las sazonadas máximas de la buena literatura clásica. El estudio de los más escogidos modelos hebreos, griegos, latinos y árabes y la voz viva de su doctísimo maestro, despertando en sus almas las embelesadoras ideas de la belleza y de la sublimidad, los llevaron, como de la mano, al templo esplendoroso de las Musas. Solamente de esta manera se puede comprender, se puede imaginar, cómo Sevilla, en aquella dulcísima época, dio a la literatura española tantos y tan valientes poetas, tantos y tan castizos prosistas.

Pero, sin embargo de todos estos adelantamientos literarios debidos a Mal-Lara y a Girón, hubo algunos de sus más brillantes discípulos, los cuales, imitando servilmente a los poetas italianos, entonces muy en boga, cayeron en la altisonancia o en el amaneramiento, vicios detestables que descoloran y que matan los más lozanos giros, las más delicadas imágenes, las más elevadas concepciones. ¡Triste dolor! Aquellos sabios escritores, los cuales pudieron haber formado una escuela nueva, una escuela creadora, una escuela puramente sevillana, se contentaron con amoldar sus obras a los diseños de otras naciones, que, si todavía no han tenido rivales, no por eso deben ser imitadas hasta el punto ni tan ciegamente como lo fueron por nuestros escritores hispalenses del siglo XVI.

El petrarquismo, como usted conoce bien, ajeno del temple, de la índole y de la bravura española, tuvo la mayor culpa de que la Escuela Sevillana durara tan pocos años. Apenas llena de luz y de armonía había aparecido en el horizonte, apenas había dorado con sus rayos clarísimos los cerros de Itálica y los alcores de Guadaira, cuando, encapotándose, el cielo lanzó sobre ella los más negros nubarrones, las más tempestuosas borrascas. Vino después el culteranismo, la escuela por excelencia del mal gusto, a acabarla de llenar de extravagantes rarezas, de monstruosas fealdades y a darle muerte.

En los principios del último tercio del siglo XVIII un varón de alto ejemplo quiso resucitarla, pero su corta residencia en Sevilla frustró, dolorosamente, sus laudabilísimos propósitos 1 . Pocos años después, una reunión de ardorosos mancebos, inspirados por don Juan Pablo Forner, entre los cuales sobresalían Arjona, Reinoso, Lista, Roldan, Blanco, Núñez, Castro y Mármol, establecieron una Academia con el dulce nombre de Horaciana, la cual, salvando muchas ásperas vicisitudes, llegó hasta la trastornadora invasión napoleónica de 1808. La pureza, el donaire, la frescura, la gracia, los arranques y el más severo españolismo campeaban en las obras de sus ilustres fundadores. Allí vuelven a escucharse de nuevo, tras larguísima noche de tinieblas, las respetables lecciones de Mal-Lara y de Girón por los autorizados labios de Blanco, de Reinoso y de Lista. Allí vuelven a oírse los robustos sonidos de Herrera, los acentos melancólicos de Rioja, las delicadas melodías de Cetina y los ecos festivos de Alcázar. Allí, en fin, aquella escogida falange de jóvenes estudiosos, formando sus gustos bajo los grandes modelos de la antigüedad, suben a la alta cumbre del Pindo para coronar sus frentes con rosas y con amarantos 2 .

Hoy, por desgracia, la Escuela Sevillana padece los males inherentes a esta triste época de perturbaciones y de revueltas, fatalísima, a la verdad, para la religión, para las costumbres y para la literatura. Sin embargo, el fuego sagrado que encendieron los Mal-Laras y los Girones, no se ha extinguido por completo. Todavía existen en Sevilla algunos pocos varones, entusiastas, amantes de las bellas letras, los cuales, unos con la pluma, otros con la palabra, trabajan sin descanso, en avivar su moribunda llama, para que no se apague, para que no desaparezca de las regaladas orillas del undoso Betis. ¡Vergüenza, sí, vergüenza sería que en la patria de Herrera y de Rioja, de Arguijo y de Cetina, de Cueva y de Quirós, de Jáuregui y de Alcázar, de Pardo y de Guzmán, de Soria y de Pacheco, no se diera culto a las Musas, ni se pusieran delicadas flores olorosas, sobre las aras del divino Apolo!

[Sigue con el epígrafe: «EL MAESTRO JUAN DE MAL-LARA. APUNTES BIOGRÁFICOS», transcrito en otro documento]

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