Prensa y canon · Canon poético
“El suelo andaluz”
- Autor del texto editado
- Montadas, José
- Título de la obra
- El Paraíso, periódico semanal de Filosofía, Historia, Literatura y Bellas Artes, n.º 1, 7 de octubre de 1838
- Autor de la obra
- Salas y Quiroga, Jacinto de (dir.)
- Edición
- Sevilla:
Imprenta de J. H. Dávila y Cía,
1838
- Paginación
- pp. 4-6
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
El SUELO ANDALUZ
A don Jacinto de Salas y Quiroga
1
Esa hermosa ciudad, rica y fulgente,
la hechicera
Sevilla,
admiración
de la estranjera gente;
la que cuenta en su suelo
para memoria eterna de grandeza [5]
la catedral, que cual gigante brilla,
octava maravilla;
esa que tiene bajo grato cielo
palacios afamados,
ricamente esmaltados [10]
con columnas de jaspe y mármol y oro,
y praderas que riega mansamente
el Betis con sus aguas perfumadas,
corte de la dichosa Andalucía,
esa mi cuna es, la patria mía. [15]
¡Oh, cuán hermosa al parecer la aurora
con recamado manto
de záfiro y de grana,
la miro seductora
sus cumbres ostentar [20]
con dulce encanto,
doradas en la plácida mañana!
¡Ay, cuál en sus jardines,
al recibir la luz, ricos matices
forman entretejidas [25]
las rosas con los juncos y jazmines
que grata esencia vierten confundidas,
llenando en torno la ligera brisa
de aroma delicada!
Todo es pura sonrisa [30]
en la pradera amada
que baña el Betis con su linfa helada.
Mas ¡ay! todo ventura
era una vez,
cuando
el Señor quería
hacer
feliz
la dulce patria mía. [35]
...................................
¿Dónde se hundió su
dicha
y hermosura?
¿Perdiéronse por siempre los acentos
del
amador
Herrera,
cuando, sentado triste en la pradera
cercana al manso río, [40]
sus
cuerdas
daba a los ligeros vientos
y triste lamentaba
el rigor de la bella que adoraba?
Allí cual cisne presagió su muerte
y, el raudal contemplando cristalino, [45]
mezcló en sus aguas su abundante lloro
y lamentó su suerte
y su amargo destino
en su envidiada cítara de oro.
¿No escuchan ya las destrozadas
ruinas
[50]
los
cantos
de
Rioja,
que eternizaron la ciudad que un día
fue el esplendor de la vetusta Roma,
donde el héroe Trajano
sus infantiles pasos afirmara; [55]
donde sentó su trono soberano
y justas leyes vencedor dictara
a mil pueblos y mil? Despojos fríos
del tiempo presuroso,
llevad envueltos los lamentos míos. [60]
Mas no, no tan amargo
debe ser vuestro mal. Si el brillo ufano
que al sol burló, perdiste en un día,
Itálica famosa,
Rioja le lloró; con diestra mano [65]
fiel celebró tu fausto y poderío.
Cese el dolor en tu desierto umbrío,
mitiga tu agonía
que Rioja es hijo de la patria mía.
Tú, Jáuregui, también adormeciste [70]
al Betis con tu lira;
sí, tú también gemiste
en su ribera que amorosa inspira.
Cantaste, y la corriente
paró su curso lento [75]
por escuchar tu
melodioso
acento.
Y tú,
Cadalso,
amante desgraciado,
que dos lauros ceñistes inmortales,
descansa; sí; que tu sepulcro helado
quede por siempre a los demás mortales, [80]
y que con fe profunda
lamenten al poeta
y al soldado andaluz en esa tumba.
Vosotros, ¿dónde estáis, hombres sublimes
Murillo y Zurbarán y Cano,
Herrera?
[85]
¿Dónde están las paletas ideales
con que a la Europa entera
asombrabais? Los mágicos pinceles,
los toques divinales
dignos por cierto del sublime Apeles? [90]
¿Huisteis de la tierra?.........
¿De vosotros qué queda en la
memoria?
Polvo menudo, inacabable gloria.
Yaced en paz. Mis húmedas mejillas
os digan mi profundo sentimiento. [95]
¿Quién de hoy más, tus orillas
hará sonar, oh Betis, con su acento,
muertos tus hijos hora,
tus tiernos hijos que la España llora?
……………………………………..
…………………………………….
…………………………………….
…………. ¿Qué voz me grita y desde lejos suena [100]
cual nuncio de paz y la ventura?
Oíd, oíd: «El llanto enfrena,
oh, bardo del dolor, que
vendrá
un día
en que el mundo asombrado
admire, de placer enajenado, [105]
los hijos de la bella Andalucía».
⎼Dijo y veloz perdiose en el vacío,
también dejando absorto el pecho mío.
Venid y lauros verdes y la gloria
con entusiasmo ardiente, [110]
¡oh, genios! alcanzad, y cada frente
ciña mirtea corona.
Vuestra es la fama, vuestra la victoria;
entretanto los manes
de los antiguos bardos que espiraron [115]
sus puras preces por el patrio suelo
elevarán hasta el divino cielo.
Y tú, también, que a recibir viniste,
Jacinto, aquí la inspiración divina
de este encantado cielo, [120]
tu frente erguida de amaranto ciñe,
suelta tu voz al aire peregrina,
canta también las glorias de este suelo;
aquí está la armonía
que en los lejanos climas tú buscabas; [125]
ven y tu canto celestial, sublime,
en mi abrasado corazón imprime.
Sevilla y Setiembre 13 de 1838
José Montadas