Prensa y canon · Canon poético
“Crítica literaria. Observaciones acerca de Góngora en España”
- Autor del texto editado
- Cañete, Manuel (1822-1891)
- Título de la obra
- Revista de ciencias, literatura y artes, t. I
- Autor de la obra
- Cañete, Manuel (1822-1891); Fernández Espino, José (m. 1875)
- Edición
- Sevilla:
Imprenta y Librería Española y Extranjera,
1855
- Paginación
- pp. 317-342
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
CRÍTICA LITERARIA.
Observaciones acerca de Góngora y del culteranismo en España.
Qui variare cupit rem prodigaliter unam,
Delphinum silvis appingit, fluctibus aprum.
HORATIO.
Ad Pisones.
Para juzgar acertadamente a Góngora y apreciar con exactitud el origen, la índole y circunstancias del culteranismo, fuera necesario detenerse en largos estudios preliminares, a fin de señalar las verdaderas causas del contagio y desentrañar las condiciones esenciales y accidentales del siglo en que floreció el poeta, condiciones cuya directa y eficaz intervención en las inspiraciones poéticas no es posible desconocer, a no estar ciegos del todo. Pero, como no es este lugar a propósito para realizar obra de tan gran aliento, ni yo tengo el necesario para dar cima a tan ardua empresa, voy a exponer sencillamente algunas observaciones que acaso puedan contribuir a ilustrar el proceso del culteranismo. Son en él tan contradictorios los fallos, y corren autorizadas opiniones tan falibles acerca de su origen y fundamentos, que tal vez no merezca el nombre de temeridad el sacar de nuevo a plaza cuestiones tan debatidas.
Por otra parte, siempre ofrece algunas dificultades el examen estrictamente imparcial de escritores que, como Góngora, brillan por el vuelo de su fantasía entre los príncipes de la inspiración y figuran por sus delirios a la cabeza de los corruptores del gusto. Y aunque semejante dualismo de caracteres poéticos es menos declarado en Góngora de lo que han supuesto ciertos críticos y preceptistas; aunque dichos caracteres no andan en él tan discordes, que no se aúnen con frecuencia, no por eso es menos difícil deslindar en las obras del ingenio cordobés lo que ha sido producto de sus facultades ingénitas, de lo que ha nacido al calor del espíritu de su tiempo.
Los sistemas filosóficos que alternativamente predominan y que dan, por decirlo así, su entonación especial a los conocimientos y creaciones literarias de cada siglo, comunican gran interés a los varios juicios que forman acerca de una misma obra, colocados en puntos de vista diferentes, y aun opuestos, escritores de distintas épocas. Si a esto se añade lo mucho que contribuye a diversificar el carácter de tales juicios, hasta en hombres coetáneos, el temple intelectual propio de cada uno de ellos, se comprenderá mejor por qué hay siempre algo nuevo que observar, ya sobre puntos fundamentales, ya sobre calidades secundarias, ya sobre matices de expresión, o simplemente de estilo, en obras que, al parecer, habían sido quilatadas definitivamente con la más severa disciplina.
Por regla general, cuando los pueblos decaen y se hallan próximos a una transformación de creencias, sentimientos o costumbres, la literatura y las artes se corrompen y dan en deplorables extravagancias. Viciada su inteligencia, desdorada su dignidad, las entidades colectivas llamadas naciones, menos dóciles quizá que los individuos aislados a las duras experiencias de la desgracia, resisten someterse a la ley de postración que indudablemente las sujeta, y que ha de confundirlas al cabo, si no reciben aliento que las vivifique de algún sacudimiento saludable debido al poder infalible de la Providencia. De este fenómeno es correlativo el de la postración de artes y letras. Cuando la cabeza y el corazón están profundamente dañados, la fuerza espontánea de la vida no siempre logra triunfar de los elementos deletéreos. Ni es este caso el único en que la vida se agita con apariencias mortales. Hay contagios de cuya influencia no se libran ni las constituciones más robustas, porque se dirigen también a la realización de un fin providencial y supremo; pero, cuando uno de estos contagios morales se desarrolla, las naturalezas degradadas y enfermizas son las primeras que sucumben. Por eso el culteranismo se propagó y arraigó más entre españoles e italianos que en otros pueblos de Europa. Y como cada faz inteligencial tiene en cada país un ser que la representa o determina más señaladamente que los demás que aspiran a efectuarlo, Góngora es el símbolo del churriguerismo literario español, como Ronsard lo es del francés, como lo es del italiano el caballero Marino.
Poeta en quien se adunan tan diversas circunstancias, y que en ocasiones resplandece con tan elevados timbres como el insigne rival de Quevedo y Lope de Vega merece ser juzgado imparcialmente, para que la exacta apreciación de sus cualidades típicas facilite que se pueda, ya absolverlo, ya condenarlo, según sean las aberraciones en que incurrió fruto de la índole de su ingenio o del espíritu de su siglo.
Don Luis de Góngora y Argote, hijo de nobles padres, nació el jueves 11 de julio de 1561 (un año antes que el inmortal Lope de Vega), y murió el lunes 24 de mayo de 1627 1 . Su cuna se meció en Córdoba, patria de Séneca y de Lucano; y, así como estos auguraron tácitamente la destrucción de un estado social, la ruina de un gran imperio, de igual modo aquel fue precursor de la muerte de una dinastía y de un cambio radical en las costumbres nacionales. Con efecto; si al leer los versos de Lucano «se oyen trotar los góticos bridones», como ha dicho un poeta español contemporáneo 2 , al leer Las Soledades y El Polifemo de Góngora se ve avanzar precipitadamente la decadencia moral y política de España y llegar el fin de la dominación austriaca y el principio de nuestro afrancesamiento.
Echemos, pues, una ojeada, antes de fijar la consideración en Góngora, sobre el estado del país a la aparición de este singular ingenio y sobre algunos de los caracteres determinantes de los poetas españoles de la antigua Roma, con cuyos vicios literarios puede tener algo de común el culterano de Córdoba.
Cuando nació don Luis de Góngora hacía seis años que el Demonium meridianum, como apellidaban al rey Felipe II sus enemigos, ocupaba el solio de Castilla. En tan breve tiempo la enseña española se había mostrado invencible ante los muros de la capital del mundo, y podía vanagloriarse de haber humillado el orgullo francés en San Quintin y Gravelinas. El hijo de Carlos V contaba entre sus provincias europeas los Países Bajos, el Rosellón, la Cerdeña, el reino de Nápoles, Sicilia y el Milanesado. En África le reverenciaban Túnez y Oran, las Canarias y Santa Elena. Esperaban en Asia las Filipinas que el intrépido Velasco las hiciese tributarias de su grandeza; y en América se contaban sus vasallos por naciones y por imperios.
Mientras Alemania, mal curada de sus trastornos recientes, repelía la autoridad religiosa y respetaba el despotismo político; mientras débiles residuos de los sectarios de Sikingen y de Muntzer gritaban, como sus antiguos jefes, al incendiar los castillos de los magnates «seamos hombres, y Dios será Dios»; en tanto que Inglaterra amenazaba estallar de nuevo en sangrientas divisiones, y que los sectarios de la Liga por una parte y los hugonotes por otra desgarraban el corazón de la Francia, España gozaba el inmenso beneficio de su imponente unidad político-religiosa, gracias al vivo sentimiento católico de sus hijos, a la inflexible voluntad del rey Felipe y a la acendrada fidelidad y pericia de sus victoriosos capitanes. Las artes y las letras resplandecían a la sazón con el brillo de un glorioso renovamiento, y cuando sacaba Herrera no usados tonos de la lira castellana, y Ercilla componía en las florestas de Arauco, entre el fragor de los combates, el mejor de nuestros poemas épicos, Oliva nos facilitaba el conocimiento de las trágicas inspiraciones de Eurípides traduciéndolas esmeradamente en nuestro idioma.
Pero el renacimiento que, fecundado por una nueva filosofía entonces llena de savia, produjo en otras naciones consecuencias muy felices no las tuvo entre nosotros tan ventajosas, porque le subordinamos nuestra originalidad, hasta llegar a sofocarla, y seguimos rindiendo tributo al escolasticismo, ya bastardeado y exhausto de alientos fecundadores. Estas causas influyeron en nuestro suelo notablemente en la corrupción del gusto. La razón es muy sencilla. Como las civilizaciones prestadas carecen de carácter propio y de verdadero nacionalismo; como no hablan a los sentimientos naturales del pueblo, ni poseen la necesaria aptitud para dar a luz espontáneamente creaciones con sello de originales, cuando buscan en la variedad refugio contra el amaneramiento, lo estéril del principio que las mantiene las lleva fatalmente a sucumbir en las más extrañas locuras. Los síntomas que de ordinario suelen anunciar este mal término de la imitación sistemática son muy claros para los que saben leer en el curso de las edades. Basta, efectivamente, ver la aduladora elegancia de Poliziano para augurar la corrupción de Marino; la pompa, a veces extremada, de Herrera, para predecir las nebulosas exornaciones de Góngora. No en todos los siglos nacen hombres como el sevillano Rioja, que, viviendo en medio de los mayores delirios poéticos, sepan conservar sin mancha grave la pureza de su estilo. La debilidad humana con frecuencia se dejar arrastrar en el torrente de los caprichos populares afortunados; y siempre es corto el número de los hombres que, encerrados en el santuario de su alma, se libran del contagio dominante en la sociedad en que viven.
Más de una vez y por más de un escritor se ha dicho que el genio de los españoles, fácil a la exageración y amante del lujo de colorido, debió al comercio con los árabes apasionarse con ardor de las pompas del Oriente; y que en este rasgo peculiar de nuestro carácter poético estriban las diferencias que existen entre la poesía castellana y la de otros pueblos de Europa. Tal observación es incompleta. Ni es más exacta la de los críticos que atribuyen a la índole específica de nuestro ingenio la corrupción de la poesía latina, alegando en pro de su idea que Séneca, Lucano y Marcial fueron españoles; pues, si es verdad que estos adolecen de exuberancia de color y caen frecuentemente en exageraciones lastimosas, también lo es que Quintiliano, duro censor del abuso de la hipérbole y de toda la demás viciosa hojarasca del lenguaje, nació, como ellos, en España y fue en Roma, contrastando la corrupción general, campeón muy decidido de razonables doctrinas.
Lo que hay de cierto es que los pueblos corrompidos, lo mismo que los hombres estragados, no se satisfacen con cosas naturales y buscan en la exageración sensaciones nuevas. Por eso vemos que recurren a las fuentes menos puras y aspiran al lauro de innovadores, precisamente cuando, roto el freno de la razón, se abandonan a los mayores delirios. Además, la afición a la grandilocuencia, a la hipérbole, a la profusión de imágenes, a la intemperancia metafórica, no es solo patrimonio del Oriente, sino de los pueblos meridionales. Verdad es que esta mala propensión a abusar del colorido se modifica, y hasta llega a desaparecer del todo, cuando impera en la marcha intelectual de los pueblos una filosofía sana y vigorosa, y la perversión moral no ha infestado los espíritus. Pero cuando sucede lo contrario ¿cómo pedir a la poesía una pureza de formas de que carece la sociedad, sumergida en fango, decrépita, próxima a la disolución y a la muerte? En comprobación de lo que he dicho acerca de la pompa del estilo en pueblos meridionales, ¿no vemos qué censura Demetrio de 3 algunas ampulosidades de Homero? ¿Y no sabremos, sin más que leer los tres primeros capítulos de Longino 4 , que en los tiempos de la sencillez griega existían escritores nebulosos, como Calístenes, e hinchados, como Clitarco, y que Platón y Jenofonte pecaron también contra la naturalidad y pureza del buen gusto?
Los que dicen que Séneca, Lucano y Marcial introdujeron en la literatura del Lacio la falsa brillantez española no alcanzan, por lo visto, a comprender que tan vastas consecuencias no pueden reconocer por origen tan pequeñas causas. No se corrompe la literatura de un pueblo, y menos la de aquel cuyo idioma era casi universal, porque dos o tres ingenios, nacidos con cuantas malas predisposiciones quiera suponerse, muestren indeliberado empeño de precipitarla en el abismo. En el siglo mismo de Augusto la abundancia de imágenes, la afeminación y forzados giros en que a veces incurre Ovidio da a conocer palmariamente que la decadencia de las letras romanas se aproxima, y que, no bien cunda la corrupción de costumbres, la de la poesía cundirá también, y perderá el arte en sencillez y grandeza. Mecenas, el amigo y favorecedor de Horacio, escribe con tan extraño atildamiento, que Augusto se burla de él, como puede verse en los fragmentos de una carta que nos ha conservado Macrobio 5 . Y, por último, el napolitano Estacio, de estilo no más puro que el de los mencionados españoles, degrada la dignidad de las musas haciéndoles pintar, con más triste sentimiento que cuando lloró la pérdida de su padre, las excelencias del león favorito de Domiciano, muerto al furor de un tigre recién-llegado de la Libia 6 . Después de esto, ¿podrán parecer ilógicas las serviles adulaciones de Marcial a dicho emperador, a Nerva, a todo el que presuma hallar dispuesto a favorecerle, a todo el que pueda mitigar los rigores de su miseria? ¿Escucharemos indignados la impureza de sus palabras? ¿Nos sorprenderá que, no obstante su natural sencillo y candoroso 7 , se aparte del rumbo seguido por los escritores del siglo de Augusto y acomode sus furtivas poesías al lenguaje corriente (perdiéndose en trivialidades conceptuosas o cínicas obscenidades), cuando encontremos, al buscar la antigua severidad romana en la Roma del poeta, bacanales desordenadas, matronas provocando con vergonzosa desnudez a los más lúbricos placeres, y delatores y asesinos cuya infamia será el imán que atraiga un día a los bárbaros del Norte, que estrelle el solio de los emperadores del mundo contra el hierro de los pastores del Cáucaso?
El lujo desenfrenado, la bajeza de los hombres, la impudencia de las mujeres, todo conspiraba entonces a degradar el espíritu y extinguir la nobleza de la inspiración. En una sociedad de esta especie Lucano, aunque dotado de relevantes facultades poéticas, había de sentirse naturalmente arrastrado a ser lo que era el pueblo donde vivía. Postrada la grandeza antigua de Roma, los poetas solo contemplaban en todas partes, con la ruda elocuencia de la realidad, la negra epopeya del desfallecimiento y del crimen. A la austeridad de costumbres sucedía el más escandaloso desenfreno; al patriotismo valeroso, el servilismo cobarde; a la heredada elegancia helénica, la abigarrada fastuosidad con que se amortaja el esqueleto de las sociedades corrompidas. ¿Era posible que el poeta de esta sociedad no diese en el escollo de la hinchazón cuando más pugnase por ser grandioso, ni pervirtiese el estilo al tratar de ennoblecerlo? ¿Podía realizar la belleza delicada, que excluye vanos afeites, el hombre que se había criado respirando la degradación moral en palacios imperiales y que, nutrido entre infamias, cometió al fin la de vender a su madre y a sus amigos por libertar la existencia, entregándolos sin piedad, e inútilmente para él, al hacha sedienta de los verdugos?
Séneca, Lucano y Marcial no enturbiaron la pureza del gusto porque fueron españoles, sino porque no pudieron menos de ceder a la infección general, de la que ningún ingenio estaba a salvo. No hay duda en que a poca distancia de ellos se levanta la figura colosal de Tácito desafiando los embates de la corrupción; pero el autor de los Anales escribió bajo el paternal imperio de Trajano, que fue como isla de felicidad en el mar tempestuoso de la vergüenza romana, y su espíritu independiente, vigorosa protesta excepcional, es como voz de los tiempos que se eleva sobre el mezquino rumor de las épocas parciales, para examinarlas y juzgarlas desde su altura en nombre de la justicia y de la moral eternas. A pesar de sus desvaríos, los tres españoles citados son antorchas que prestan muy clara luz al cuadro de la moribunda civilización antigua; y no bien dejaron de existir la literatura romana fue perdiendo gradualmente las dotes de nobleza que aún poseía, al par que se ahogaba en el piélago de sus crímenes el más grande de los pueblos que han existido. De entre las ruinas de tan poderoso imperio surgieron las naciones meridionales de la moderna Europa. Y, aunque en la edad media se inoculó en ellas el espíritu caballeresco del Norte, aunque el dogma cristiano las cimentó en bases muy otras de las que habían contribuido a organizar la sociedad romana en la fabulosa extensión de sus dominios; aunque esta organización, distinta esencialmente de aquella, había creado naciones caracterizadas, muy diferentes en índole de la antigua Roma, en el siglo XVI vino el renacimiento a proclamar en el Mediodía, cristiano y genuinamente católico, el triunfo de la cultura pagana.
Ya he dicho que Góngora nació en los momentos en que España, sentada en la cumbre del poder, empezó a sentir la influencia de vientos contrarios y a bajar por la pendiente de la desgracia al abismo de la nulidad. Pero la agonía de esta gran nación no duró cuatro siglos como la del imperio de Occidente: una sola centuria bastó a postrarla en el polvo. Tan rápido descenso explica la rapidez con que tomó vuelo entre nosotros la nube pestilencial a cuyo riego era imposible que letras y artes dejaran de corromperse. El principio contagioso estaba en la atmósfera. Para vencerlo era necesario contar con una constitución robusta y alimentar la inteligencia de manjares sanamente nutritivos.
Ahora bien, el culteranismo ¿fue creación de Góngora, como han afirmado muchos críticos, y peculiar de España? El escolasticismo, que ha predominado en Europa durante siglos y cuyas fórmulas, aplicadas exageradamente a la literatura, destruyen o pervierten la espontánea sencillez de la expresión, ¿ha pasado por la poesía de los demás pueblos sin afearla, poco o mucho, y reservado únicamente para nosotros su viciado aparato silogístico, sus argucias y retruécanos? Procuraré contestar a estas preguntas con claridad: así se comprenderá mejor lo que el culteranismo significa. Para ello empezaré por sacar a plaza observaciones de nacionales y extranjeros que han discurrido en este asunto, a fin de que nos iluminen y conduzcan a formar opinión propia con mayor conocimiento de causa.
«Si Góngora (dice don Manuel José Quintana, quien poco antes le apellida «padre 8 y fundador de la secta llamada de los cultos») a las excelentes disposiciones que tenía hubiese juntado la instrucción y el buen gusto que le faltaban, si hubiera hecho de su lengua el estudio profundo que Herrera, y meditado sobre los recursos que presentaba el idioma, atendidos su carácter, su caudal y su armonía, tal vez consiguiera lo que deseaba, y tendría la gloria de ser un restaurador del arte, y no el oprobio de haberle corrompido. Pero le sucedió lo que a todos los que quieren levantar un edificio sin cimientos; dio consigo en un abismo de extravagancias y delirios, en una jerigonza detestable, tan opuesta a la verdad como a la belleza, y que, al paso que fue seguida de una muchedumbre de ignorantes, fue reprobada de cuantos conservaban todavía un poco de juicio y de sensatez».
Y en otro lugar prosigue: «Su genio independiente (el de Góngora) era incapaz de seguir ni de imitar a nadie: su imaginación, en extremo fogosa y viva, no veía las cosas de un modo común, y el colorido débil y pálido de los otros poetas no puede sufrir comparación con la bizarría, si así puede decirse, de su expresión y su estilo 9 ».
Este dictamen, al que he dado la preferencia por ser el que corre entre nosotros con mayor autoridad y en el que han cimentado el suyo algunos críticos extranjeros, es, con perdón sea dicho de tan respetable autor, no solo de una pobreza lamentable, gracias a la estéril filosofía que aquel ha profesado siempre, sino más equivocado de lo que generalmente se ha creído, aun concretándonos a la parte material o sensible, única de que el señor Quintana se hace cargo. Ni se cifran en tal juicio los del mismo género que se encuentran en las obras de nuestros más famosos críticos y preceptistas contemporáneos.
Don Antonio Gil y Zárate, autor dramático de merecido concepto y persona de erudición y saber, dice, a propósito del culteranismo, que «el creador de este nuevo sistema fue uno de aquellos hombres que la naturaleza se complace en dotar con las cualidades poéticas más relevantes»; y añade que Góngora, «a haber nacido cincuenta años antes, fuera el primero de nuestros poetas 10 ».
También leemos en un libro importante 11 , donde están indicadas algunas de las principales causas de la corrupción del gusto, que «Góngora, genio osado y profundo talento, fue el primero que levantó la bandera de la reforma. En sus manos (opina el escritor a que aludo) trocó la poesía sus pobres atavíos por ricas y deslumbrantes galas; la trivialidad y prosaísmo de los imitadores se convirtió en culta elevación y altisonante grandilocuencia. Perdió la frase, antes rastrera y por demás sencilla, su humilde estructura; desaparecieron del dialecto poético muchas voces, para ceder el puesto a otras más inusitadas, de más ilustre prosapia y de comprensión más difícil…». Y, por último, «la poesía, antes solo imitadora, se hizo culta, hinchada y extravagante, cuando quiso ser original».
Pero no son los críticos españoles los únicos que han atribuido a Góngora, jefe, y nada más, de los culteranos, el carácter de creador del estilo culto. El ginebrino Sismondi dice 12 , aludiendo a los primeros tiempos del poeta cordobés: «Su lenguaje y versificación tenían entonces claridad y pureza, y no era fácil presentir en Góngora, atendida la picante naturalidad de su estilo, al que debía ser creador de una escuela oscura y afectadísima; debiéndose no al arrebato de una fantasía juvenil, sino a la reflexión y al estudio, el levantado estilo que inventó para la poesía elevada, y al que puso el nombre de culto 13 ».
Retrocedamos un siglo, y hallaremos una sumaria apreciación del origen de la poesía culta, y del poeta que mejor la simboliza, más en camino de acierto que las precedentes. «Conservose el estilo de nuestros poetas (decía el sabio humanista Luzán 14 a principios del siglo pasado) por lo común muy puro, y con hermosura y elegancia natural, hasta el reinado de Felipe III; en cuyo tiempo, no sé por qué fatal desgracia, empezó la poesía española a perder y decaer; y aquel sano vigor y aquella grandeza suya degeneró en una hinchazón enfermiza y un artificio afectado. Se pudiera sospechar que esta peste volvió a renacer con la lectura de los poetas de tiempo de don Juan II, que adolecían infinitamente de ella; pero tengo por seguro que no fue así, sabiéndose que ya entonces ni se leían ni se estimaban; y yo creo que la infección nos vino de Italia, así como un siglo antes nos había venido la cultura, y que nos la trajo y comunicó el conde Virgilio Malvezzi en su afectadísima e insufrible prosa castellana, que desde luego tuvo aplausos e imitadores, siendo los primeros los poetas. Faltaría en esta ocasión a la verdad que profeso y con que debo hablar al público cuando se trata de su enseñanza y desengaño, si callase que don Luis de Góngora (sea dicho sin ofensa de sus apasionados) fue uno de los que más contribuyeron a la propagación y crédito del mal estilo».
Fíjese bien la consideración en las palabras o frases subrayadas en las citas que preceden, y, sin más estudio que esta mera observación, se verán las contradicciones en que suelen incurrir tales juicios, no ya comparados mutuamente, sino vistos sin ningún género de comparación ni de extraña referencia. Prescindamos, no obstante, de esta circunstancia y vengamos al terreno mismo en que se colocan sus autores.
Para el señor Quintana el culteranismo es hijo legítimo de Góngora, y nació porque este poeta, incapaz de seguir ni de imitar a nadie y dotado de imaginación en extremo fogosa y viva, quiso arrojarse a efectuar innovaciones bizarras. Es decir, nació por el capricho de un hombre y se difundió merced a la necedad de un pueblo. ¡Triste juicio de los fenómenos intelectuales, aun considerados sin relación con su encadenamiento sublime!
El señor Gil y Zárate, aunque no da un paso más allá de las cuestiones de forma, concibe que el espíritu de la época debió influir algo en el desarrollo que dio Góngora a sus brillantes facultades cuando dice que, si este hubiera nacido «cincuenta años antes», habría sido el primero de nuestros líricos. Sin embargo, para el señor Gil el poeta cordobés fue creador de la ampulosidad culterana.
De acuerdo con esta opinión, el señor Ríos, que busca las causas de la corrupción del gusto en algunas de las que realmente la ocasionaron, sostiene que Góngora fue el primero que levantó la bandera de la reforma 15 ; y que en sus manos la frase «antes rastrera y por demás sencilla», perdió su «humilde estructura» 16 .
El parecer de Sismondi coincide con el del señor Ríos, y todos cuatro con la opinión, admitida vulgarmente, de que el culteranismo fue invención caprichosa y extravagante del ingenio a que se alude.
Estos juicios resuelven afirmativamente el problema establecido en la primera de las dos interrogaciones a que ofrecí más arriba dar contestación categórica. Pero ¿se fundan en la verdad? Vamos a verlo.
En una preciosa carta manuscrita titulada Censura de las Soledades, Polifemo, y obras de don Luis de Góngora, hecha a su instancia por Pedro de Valencia, coronista de su majestad 17 , dirige este sabio escritor a nuestro poeta las siguientes notables palabras: «Acontécele a vuestra merced lo que de ordinario a los que hallan en sí muchas fuerzas naturales; que, confiados en ellas y llevados de su ímpetu con soltura descuidada, no se dejan atar con preceptos, ni encerrar con definiciones o aforismos del arte, ni aun con advertencias de los amigos. (…). De estas generosas travesuras hallo yo algunas en las dos poesías Polifemo y Soledades, y las llevo o disimulo con gusto y admiración. Las que no debo disimular, para cumplir con el mandato y comisión de censura de vuestra merced, son otras diferentes que nacen, no del ingenio de vuestra merced, sino de cuidado y afectación contraria a su natural, que, por huir y alejarse mucho del antiguo estilo claro, liso y gracioso de que vuestra merced solía usar con excelencia en las materias menores, huye también de las virtudes y gracias que le son propias y menos convenientes para las poesías más graves. En estos vicios (continúa, después de señalar los principales de que adolece el estilo poético del cordobés) digo que cae vuestra merced de propósito, y haciéndose fuerza por extrañarse, e imitar a los italianos y a los modernos afectados, que se afectan o afeitan por falta de ingenio y hermosura propia; pero vuestra merced, que tiene belleza propia y grandeza natural, no se desfigure por agradar al vulgo… (…) Vuestra merced mire si tengo razón de celarlo y suplicarle nos dé partos propios y dignos de su ingenio, cual me parece que va nasciendo este de las Soledades.»
Esta carta fue escrita en Madrid a 30 de junio de 1613.
Aquí tenemos un juicio, en cuyo examen no necesitamos detenernos, que suministra datos muy curiosos para apreciar la exactitud de los que anteceden. De su contexto se deduce: 1.°, que no era ingénita en Góngora la propensión al estilo enmarañado y presuntuoso, defectos en los que se hacía fuerza por caer, para imitar a los italianos y a los modernos afectados; 2.°, que efectuaba tales imitaciones por agradar al vulgo, lo cual patentiza que la enfermedad no era solo del poeta, sino de toda la sociedad española de aquel siglo; y 3.°, la época en que las Soledades, obra la más culterana de Góngora, iban naciendo, según la expresión del coronista.
Obsérvese, antes de que prosigamos, cuán generales debían ser en aquellos días los aires de corrupción, cómo estaban en la atmósfera los elementos mortales, cuando escritor tan juicioso como Pedro de Valencia se cegaba hasta el punto de indicar que las desatinadísimas Soledades 18 iban saliendo a luz con atavíos propios de un poeta claro y naturalmente puro.
Ya hemos visto algunas de las razones en que me fundo para creer que Góngora no fue inventor del culteranismo. Señalaré otras para esforzar más la exactitud de los fundamentos en que se apoya mi creencia.
A pesar de lo que dice Luzán, y opinando yo con él que dicha peste vino en gran parte de Italia, puede asegurarse, prescindiendo de las causas primitivas de la infección, ya ligeramente consignadas en este escrito, que dos cosas contribuyeron mucho a decidir el rumbo de las novedades hijas de la decadencia moral e intelectual reflejada en las inspiraciones poéticas españolas: el escabroso y retumbante estilo de los libros de caballería y la lectura de nuestros poetas del tiempo de don Juan II.
Tal vez parezcan aventuradas estas dos proposiciones, si se considera la diversa índole esencial de las novelas caballerescas y de las poesías gongorinas, y se recuerda que acaba de manifestarnos Luzán que en la época de Góngora no eran leídos ni estimados los poetas del siglo XV. Pero tales apariencias se desvanecen si se observa el fondo con algún detenimiento.
Es necesario no tener la más mínima idea de la condición humana para dudar de que cuando se levanta una voz a censurar un vicio es porque el vicio existe. Ridícula empresa hubiera sido la de Cervantes si, al trazar las inmortales páginas del Quijote, solo se hubiera propuesto luchar con fantasmas imaginarios, como los que deslumbraban a su héroe. Ejercían, pues, vasto y pernicioso imperio en la imaginación y en las costumbres los ya degenerados libros de caballería cuando Cervantes esgrimió el arma que acabó de exterminarlos. Estos libros, en los que apenas quedaban vestigios del gallardo estilo en que está escrita la Historia de Amadís de Gaula, y que, a medida que se debilitaba su importancia filosófica (que la tuvieron, y grande, a pesar de cuanto se ha dicho en su contra) se iban intrincando en tenebroso laberinto de imágenes desaforadas y estrambóticas hipérboles, no podían dejar de influir en una poesía que buscaba la originalidad por caminos convergentes al que ellos seguían.
De que los poetas de don Juan II eran leídos en tiempo de Góngora voy a ofrecer testimonio irrecusable.
Lope de Vega, en el prólogo del Isidro, poema consagrado a cantar las excelencias del santo patrón de Madrid, dice, haciendo mérito de haberlo escrito en quintillas por ser metro puramente castellano: «¿qué cosa iguala a una redondilla de Garci-Sánchez o don Diego de Mendoza? Perdóneme el divino Garcilaso, que tanta ocasión dio para que se lamentase Castillejo, festivo e ingenioso poeta castellano…»; «Maravillosas son las estancias del excelente portugués Camões, pero la mejor no iguala a sus mismas redondillas... en que parece que imita a don Jorge Manrique, cuyas coplas castellanas admiran los ingenios extranjeros, y merecen estar escritas con letras de oro 19 ».
Si, pues, el poeta a quien sus contemporáneos apellidaron «fénix de los ingenios», y Cervantes «monstruo de la naturaleza», opina que las coplas de Jorge Manrique merecen estar escritas con letras de oro, ¿no quiere decir esto que a fines del siglo XVI y principios del XVII no estaban tan olvidadas como supone Luzán las poesías del tiempo de don Juan II?
Además, ¿quién que haya estudiado las obras de Góngora dejará de hallar semejanza entre sus oscuridades y las de su paisano el famosísimo Juan de Mena? ¿Quién podrá desconocer que existen analogías muy declaradas en la índole respectiva de estos dos grandes poetas? ¿No fueron ambos imitadores de las musas italianas? ¿No trataron de crear un dialecto poético, españolizando voces latinas y extranjeras y procurando introducir en nuestra poesía el hipérbaton del Lacio? ¿No coincidieron hasta en la circunstancia de no inventar el sistema de que son símbolos, dado que el uno siguió las huellas de don Enrique de Villena y del marqués de Santillana, jefes de la escuela dantesca española, y el otro imitó más de una vez a su contemporáneo Marino y a otros poetas italianos y españoles de su misma época 20 ? ¿No fueron sus altas dotes las que, llevándolos a extremar sus defectos, los pusieron más en relieve? Si borramos la diferencia nacida de la ancianidad del lenguaje, ¿no hallaremos la oscuridad gongórica, con muchos de sus caracteres gráficos, en los siguientes versos de Juan de Mena?
Después que el pintor del mundo
paró nuestra vida ufana,
mostraron rostro jocundo,
fondón del polo segundo,
las tres caras de Diana;
y las musas clareciera,
donde Júpiter naciera,
aquel hijo de Latona,
en un tachón de la zona
que ciñe toda la esfera.
21
¿No se ve ya el retruécano, que tan en moda estuvo en el siglo XVII, y que tanto agrada a ciertos escritores de hoy día, en estos versos de un poemita del mismo autor, titulado El claro escuro?
Cuando vi morir mi vida,
e vida dar a mis males,
cuya vida es despedida
de quien fue desconocida
a mis penas desiguales. etc.
¿No hay singular parecido entre las trasposiciones de Góngora y las de Juan de Mena, de las cuales puede servir de ejemplo el verso «Divina me puedes llamar Providencia» 22 ?
Góngora no fue creador del estilo llamado culto. Los elementos de que este se compone se encuentran esparcidos en los predecesores y coetáneos de aquel; y el mismo Lope de Vega, que tanto se burla de las exageraciones de dicho estilo, desluce con ellas, no ya sus últimas creaciones, sino las que salieron a luz mucho antes de que Góngora produjese sus obras más culteranas. Hasta en Fernando de Herrera se suelen encontrar asomos del amaneramiento gongorino, aunque el ilustre sevillano vivió cuando más se rendía parias a la bella forma poética del siglo de Augusto. Resulta, pues, que Góngora, lejos de crear lo que ya existía cuando él hubiera podido crearlo, se contentó con ensanchar y sistematizar elementos que andaban diseminados o en naciente desarrollo, empresa en la cual le precedió también, sin el éxito ruidosísimo que él obtuvo, el mencionado Carrillo. Lo probaré sin esfuerzo.
Ya hemos visto que los poemas de Góngora donde más campa la hojarasca del ornato; los que podían engendrar mayor número de prosélitos, atendidas las inmoderadas inclinaciones de aquella literatura, los que desataron contra el cisne cordobés hasta a los mismos que sacrificaban en aras del equívoco, del retruécano, de la simétrica antítesis, de la remontada hipérbole, no van más allá del año 1612. Veamos ejemplos de culteranismo anteriores a dicha época. Expongo los primeros que se me ofrecen de entre los infinitos con que me brindan los escritos de aquel tiempo.
En 1 de agosto de 1609 aprobó el licenciado Gaspar Escolano la publicación de un libro titulado La constante Amarilis, de Cristóbal Suarez de Figueroa 23 , y en él se encuentran estos ridículos versos:
A las aguas que van vertiendo risa
por escarchado suelo
mordazas pone de cristal el cielo.
24
Y estos otros, de expresión no menos desaforada:
fue un tiempo enojo su copete alzado
a la patria del Euro proceloso.
25
Y estos, donde la frase es tan confusa como baja la metáfora:
Cuando los campos desnudos,
la vez que salía el alba,
con guarniciones de hielo
sacaban sayos de escarcha, etc.
26
En el canto I del Isidro de Lope de Vega leemos, al abrir el libro, este miserable retruécano:
Canto el varón celebrado
sin armas, letras, ni amor,
que ha de ser un
labrador
de mano de Dios
labrado
sujeto de mi
labor.
Y en una Canción en loor de San Isidro de Madrid, dirigida a Nuestra Señora de los Dolores y escrita antes de terminar el siglo XVI, estas desconcertadas imágenes:
Divina Ceres, celestial María,
diosa del trigo que sembró en tu pecho
de Dios el dedo que tus campos labra;
trigo que, en piedra de la cruz deshecho,
formó aquel pan de néctar y ambrosía
que baja a Dios, de Dios a su palabra...
El mismo Lope dice en El Peregrino en su patria 27 , aludiendo con hueca afectación y concepto disparatado a las ruinas de Sagunto:
Vivas memorias, máquinas difuntas
que cubre el tiempo de ceniza y hielo,
formando cuevas donde el eco al vuelo
solo del viento acaba las preguntas, etc.
En la Jerusalén libertada 28 , obra predilecta suya, donde se ostentan, entre los desatinos cultos más reprehensibles, altas bellezas que piden admiración y aplauso, hallamos que en una cueva de la Escitia
Estaba el bofetón avergonzado
con el mentís colérico, leyendo
las leyes en el duelo y, afrentado,
palos, armas y noches previniendo.
Y por toda la margen el cuidado
anotaciones trágicas haciendo
con una pluma que cortó de caña,
por no se remitir a la campaña.
Por último, en La Arcadia 29 , novela pastoral escrita a imitación de la famosa de Sannazaro, y de índole nada a propósito para dar acogida a la bambolla culterana ( ambiciosa ornamenta, que dijo Horacio), el pastor Celso encarece de este modo la hermosura de una ingrata;
Si la frente no era nieve,
era cielo de dos arcos
que a la lluvia de mis ojos
señalaban tiempo claro.
A cuya sombra se veían
dos soles bellos y zarcos,
zafiros y ricas piedras,
de estos que lloran retratos;
aunque entonces hizo en ellos
dos sellos el amor casto,
que fueron espejos míos,
mas fueron cristales falsos.
Estas profanaciones del numen son de la misma especie que las de Góngora y sus sectarios, con las cuales se identifican en más de un punto. Dígase ahora si el hombre que, no por índole nativa, sino arrebatado en el torbellino de las circunstancias, rinde tributo al mal gusto y plaga sus obras de delirios como los citados, no es en parte acreedor al anatema que fulminó contra Góngora y sus devotos y a las donosas burlas que en sus comedias 30 y en muchos de sus escritos disparó contra los cultos. El que en su censura de la poesía culta exclamaba que la creación poética debía «costar grande trabajo al que la escribiese y poco al que la leyese» ¿no había contribuido también a la fundación del culteranismo, dando, sin ser poderoso a enfrenar el torrente corruptor de la decadencia, en los defectos que luego exageró Góngora?
En el mismo Fernando de Herrera ¿no se ven rasgos que preludian la bastarda degeneración del siglo XVII? ¿No es él quien dice en una elegía 31 (y cuenta que cito ejemplos de sus obras más perfectas)
La lluvia que en mi faz continuo llueve
¿regalar puede bien el puro hielo?
Para expresar el dolor, que tan poco se compadece con estudiadas antítesis, ¿no se vale de algunas como la siguiente, incrustada en la elegía que consagra a llorar la pérdida de su Heliodora?
Es dulce vida ya la amarga muerte,
y amarga muerte ya la dulce vida.
¿No se hace oscuro en ciertos pasajes por el prurito de engolfarse en alusiones mitológicas? Queriendo dar novedad a la elocución pintoresca, ¿no se arroja, en la composición últimamente citada, a llamar al cielo «estrellado claustro»? El deseo de ennoblecer la estructura de la frase, ¿no le lleva a chocar en trasposiciones como la del verso «Y le digo señora dulce mía?».
Pero de los poetas españoles de los buenos tiempos , cuyas obras han merecido a la posteridad el dictado de clásicas, no es Herrera el solo en quien se descubren síntomas de corrupción y de muerte.
Bartolomé Leonardo de Argensola, gran imitador de Horacio, en cuyo estilo había formado el suyo, generalmente severo, no vaciló en decir en un soneto laureado, compuesto en elogio del mártir San Lorenzo, que:
Cual cisne que con últimos alientos
vive y muere cantando a un mismo punto,
y en el sepulcro y nido todo junto
más vivos articula los acentos:
tal en la dura cama, en fuegos lentos,
el invicto español, vivo y difunto,
levantó este divino contrapunto
cercado de tiranos y tormentos.
¿Y qué frase hubiera podido inventar Góngora, para no decir sencillamente plegaria, más ridícula que «divino contrapunto»?
Hasta el puro Luis de León, el más original y acaso el más grande, de nuestros antiguos líricos 32 , dice, encrespando la metafórica antítesis en una de sus poesías religiosas:
...del sol la Virgen se vestía,
siendo como la nieve blanca y pura,
y el Hijo, aunque era sol muy encendido,
sacó de nieve puro su vestido.
¿Y no se encuentran faltas de esta especie en el austero Ercilla, en el ingenioso Juan de la Cueva, hasta en el claro Garcilaso 33 ? ¿No se ve desde luego que semejantes vicios son hijos de profundas causa, y que abundan de igual modo en la poesía popular que en la erudita, aunque esta aspiraba en el siglo XVI a emular la forma pura de los buenos tiempos de Roma? ¿No descubren tales errores que es ineficaz el esfuerzo de los médicos para poner diques a la propagación del contagio? ¿No se encuentran en la sociedad las mismas singularidades en los caracteres, en las pasiones y en las costumbres? El amor de nuestras damas y galanes ¿no era entonces hinchado y verboso de suyo? ¿No es distintivo de aquella época la galantería, cuya índole siempre ha sido ampulosa y encopetada? Las mujeres, de tanto influjo en la vida social, ¿no hablaban horrendo, como dice Juan de la Cueva? Y, si esto es así, ¿cómo es posible creer, aunque lo afirme Quintana, que Góngora fue creador del estilo culto al que sucumbieron al fin cuantos famosos ingenios lo habían antes escarnecido?
La verdad es que los resabios de la filosofía escolástica, el principio de imitación y la preponderancia de la forma debían apresurar entre nosotros el abatimiento de la poesía, empujada a su ruina por el desfallecimiento de la nación. Entronizado el despotismo de la palabra, esto es, de la materia, fruto de un renacimiento de origen pagano, la imaginación había de agitarse estérilmente en el vacío y morir abrumada bajo el peso de su vanidosa pompa. El genio es como la tierra: para producir ha menester la semilla. Pero cuando esta semilla carece de fecundos gérmenes, cuando es exótica, no logra echar hondas raíces, y se marchita en breve la planta, aunque el más esmerado cultivo procure mantenerla en el vigor con que al principio se ostentaba. La poesía española se hundió por falta de ideas, agotadas sus fuerzas grotescamente en la combinación de giros extraños y locuciones gigantescas para expresar fruslerías. Tan cierto es esto, que refiriéndose a Góngora dice el padre Ferrer de Valdecebro: «si igualaran a los versos los asuntos, había de tener mejor lugar que Homero». Pero lo que el buen fraile admirador apasionado del cordobés sospechaba instintivamente dos siglos ha, no ha llamado siquiera la atención de los críticos españoles del presente 34 ; y causa lástima ver cuán superficial, cuán desacordadamente se aprecian hoy por casi todos, y muy en particular por el más reciente colector de Góngora, las causas que produjeron el triunfo del culteranismo, las buenas y malas partes de aquel peregrino ingenio.
Probado que el culteranismo no ha sido engendro de su imaginación enfermiza, y que la peste nos vino en su mayor parte de Italia, lo cual acredita que no es enfermedad peculiar de España, voy a poner fin a estas observaciones con otro ejemplo, que corrobora lo ya expuesto acerca de las colosales proporciones de tan funesto contagio.
Nadie debe extrañar, porque es cosa naturalísima, que las causas arriba indicadas produjesen efectos análogos en pueblos de común origen, ni que la raza latina pagase tributo simultáneamente a un mismo vicio en diferentes naciones. Esto era lógico y no podía dejar de efectuarse. Pero lo que sí llama la atención, porque atestigua la destructora potencia del principio deletéreo, es que en un pueblo separado del continente, oriundo de otra raza y de hábitos y propensiones distintos de los que el renacimiento greco-romano había entronizado o despertado en España, Italia y Francia, pagase también tributo al mal gusto que se difundía por Europa. Esto sorprende tanto más cuanto que, mientras España caía, Inglaterra se elevaba. Cierto que estas pequeñas invasiones del espíritu corruptor no podían compararse al dominio despótico y absoluto que ejercía en las naciones de procedencia latina; pero ni el mismo portentoso Shakespeare se vio completamente libre de sus nocivos halagos. Oigamos, si no, cómo el ciego impulso de la decadencia meridional se hace sentir entre las nieblas del Támesis. Así define Romeo 35 , creación de las más bellas y apasionadas de Shakespeare, el amor que experimenta su alma: «¡Oh, amor elocuente! ¡Oh, amante odio! ¡Oh, todo creado de nada! ¡Oh, grave frivolidad! ¡Oh, vanidad modesta! Caos informe de ilusiones encantadas, pluma de plomo, humo brillante, fuego glacial, salud enferma, sueño despierto, cosa que no es lo que es, tal es el amor que siento, yo que en todo esto busco en vano el amor» 36 .
¿Habría Góngora recargado más de colores esta pintura?
Pues veamos, para concluir, las siguientes palabras de Capuleto en el mismo drama. Habla con su hija: «En tu persona imitas una nave, el mar y los vientos. Tus ojos son un mar de lágrimas, que tiene flujo y reflujo. Tu cuerpo es la nave que boga en este océano de ondas amargas. Tus suspiros son los vientos, que hacen guerra encarnizada a tus ojos y que, si no sobreviene súbita calma, harán zozobrar tu barca combatida por las olas» 37 .
¿Cabe alambicar más la alegoría?
He llegado al término que me propuse. ¡Ojalá despierten estas humildes observaciones, en los que más piensan y saben, el deseo de profundizar en estudio que puede ser tan útil a la juventud y al esclarecimiento de un período de gran significación y trascendencia en nuestra historia literaria!
Manuel Cañete