Volver a los resultados

Prensa y canon · Canon poético · Textos historiográficos

“Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España, por don José Amador de los Ríos”

Autor del texto editado
Circourt, Adolphe de (1801-1879)
Título de la obra
Eco literario de Europa, t. II, n.º 2, 01.01.1851
Autor de la obra
[No se indica]
Edición
Madrid: Establecimiento tipográfico de don Ramón Rodríguez de Rivera, 1851
Paginación
pp. 50-70
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Natalia Fernández Rodríguez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 8 septiembre 2025

Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España, por don José Amador de los Ríos


1

I




La obra que anunciamos no ha sido aún traducida a nuestro idioma. Su autor, miembro de la Academia de la Historia y uno de los eruditos que en nuestros tiempos han trabajado con más ardor para resucitar los estudios serios en la Península Ibérica, divide su asunto en tres ensayos.

El primero trata de todo lo concerniente al estado político y civil de los judíos en las coronas de Castilla y Aragón, desde el origen de estos estados hasta la expulsión de esa infortunada raza por los edictos de Fernando e Isabel en 1492, y de las medidas con que esta nueva ley fue ejecutada en la monarquía española, hasta la extinción de la casa de Austria, acaecida en 1700.

El segundo comprende el análisis de todos los trabajos ejecutados en la literatura castellana, tanto por los judíos que permanecieron fieles a la ley de Moisés, como por los israelitas convertidos y sus descendientes inmediatos, sin exceptuar de esta revista las obras de controversia religiosa que muchos, de sus neófitos compusieron, a fin de atraer a la fe cristiana los restos de sus antiguos correligionarios.

El tercer ensayo sigue, en fin, a los israelitas desterrados de España a los diferentes asilos, donde fueron a buscar el libre ejercicio de su culto y del empleo de sus facultades. El autor da cuenta de la existencia industrial y, sobre todo, intelectual de estos fugitivos, y de las contribuciones con que continuaron enriqueciendo, largo tiempo después de haber dejado la morada de sus padres, el idioma del país de que se veían desterrados.

Bien puede considerarse la extensión del cuadro que se ha propuesto llenar don José Amador de los Ríos. Este escritor ha bebido constantemente en las fuentes originales, para llevar a cabo cumplidamente su tarea; y ha hecho un estudio especial de esta rama estraña y por largo tiempo casi desconocida de la literatura moderna, la cual comprende las obras teológicas compuestas en hebreo por los rabinos desde la dispersión final de Israel entre las naciones. Don José Amador prueba en todas ocasiones una escrupulosa adhesión a la verdad histórica: no se le podría imputar la parcialidad, tan común en los eruditos respecto de aquellos cuya historia emprenden esponer dando a conocer sus trabajos. Bien que animado para con los judíos de los sentimientos de humanidad, que solo una fatal preocupación puede suponer incompatibles en los hombres dignos del nombre de cristianos, es evidente que el señor de los Ríos mira la acumulación de la población israelita en los estados de la Península Ibérica, por tan largo tiempo como ha subsistido en ella, cual móvil de consecuencias perjudiciales para la prosperidad de estas comarcas, y considera que su expulsión ha contribuido a dar más seguridad interior y más impulso exterior a las dos naciones reunidas para siempre bajo el cetro de Fernando e Isabel.

Lo que fue España para los judíos desde el siglo V al XV lo es actualmente la antigua Polonia. Allí vive acumulada, en un espacio comparativamente estrecho, la parte principal (al menos en cuanto al número) de las que componen el pueblo de Israel. Los efectos de esta concentración han sido deplorables, lo mismo respecto del pueblo que ha ofrecido a los judíos tantas facilidades para su establecimiento y para multiplicarse a su lado como respecto de los israelitas mismos, cuyo capital apareció desde luego desproporcionado con la población, cuyas ocupaciones, muy poco variadas, no bastaron a proporcionarles de una manera honrosa la existencia de sus familias.

En Polonia, durante los últimos siglos, y aun en la antigua España, según podemos juzgar, hubieran podido evitarse estas calamidades, si, por una parte, los cristianos hubiesen consentido en dejar libres a los judíos todos los géneros de trabajos lícitos, y, por otra, los judíos hubiesen practicado las artes mecánicas como sus hermanos orientales; y, sobre todo, si hubiesen empleado sus brazos, como sus antepasados, en el más noble y más inocente de los oficios, la agricultura, a la cual destina la ley de Moisés la parte principal de las familias de Israel. Donde quiera que los judíos modernos han ensayado este género de vida han prosperado y conquistado la estimación y simpatía de las poblaciones, tanto musulmanas como cristianas, en que viven. Nos bastará citar aquí los Karaitas de Tchu-fut kalé (Táurida) y las poblaciones judías agrícolas del antiguo obispado de Strasburgo.

En la Grecia durante la edad media y en la actualidad en las provincias asiáticas de Turquía encontraron y encuentran los israelitas medios abundantes de subsistencia, como tejedores de lana y seda, tintoreros, curtidores y carpinteros. Los de España, para limitarnos a nuestro asunto, no obtuvieron jamás ninguna parte en la propiedad territorial, y ni aun fueron admitidos a cultivar el suelo para sus señores, ya fuesen musulmanes, ya cristianos. Pero se dedicaron al menos a las manufacturas, y había entre ellos artesanos de todas clases en las juderías, de que el país estaba lleno. No existía ninguna ciudad considerable, ninguna población comerciante y amurallada, en que no hubiese un barrio habitado por los judíos; y estos tenían como una especie de tendencia casi irresistible a salir de sus barrios, para ejercer con más ventajas su tráfico en los reservados esclusivamente a los cristianos por las leyes municipales.

La multiplicación de las familias israelitas en la Península Ibérica hubiera sido prodigiosa, si pudiésemos adoptar las aparentes conclusiones del repartimiento oficial, redactado en Huete en 1290, con arreglo al cual solo en la corona de Castilla el número de judíos que pagaban el encabezamiento habría pasado de 850.000. Uniendo a estos los de la corona de Aragón, los del reino todavía musulmán de Granada y los de Navarra, nos veríamos obligados a admitir que alimentaba España a fines del siglo XIII más de 1.200.000 judíos.

El número de individuos de esta nación reunidos en el día en los estados del emperador de Rusia (de los cuales los 9/10 habitan las comarcas de la antigua Polonia) se aproxima a 2.000.000. La necesidad de proveer por medios que la probidad pueda confesar, y la ciencia económica aconsejar, a la subsistencia de esta muchedumbre, cuyas clases inferiores se hallan sumidas en la más asquerosa miseria, y con fatales hábitos contraídos en una época de opresión y de licencia (vicios que solo podía reunir la administración de la república de Polonia entre todas las administraciones cristianas), retenida en el círculo sofocante de una sola industria (el tráfico al menudeo), ha dictado las medidas por medio de las cuales el gobierno ruso transforma gradualmente en labradores y artesanos a los judíos desprovistos de capitales para ejercer el comercio. Cualesquiera que sean los abusos inseparables de una operación tan vasta, confiada con frecuencia a agentes avaros y de cortos alcances, los resultados que producirá para las provincias occidentales del imperio ruso y para la nación judaica en particular serán ciertamente saludables en el más alto grado, pudiendo servir esta observación, aunque de paso, de respuesta a las declamaciones con que la prensa revolucionaria critica con tan mala fe como ignorancia, los actos del imperio ruso, de que acabamos de hablar.

Si en los siglos XIV y XV se hubiesen adoptado medidas semejantes en los reinos españoles, la península contaría en el día 2.000.000 más de ciudadanos industriosos y que vivirían infaliblemente muy adictos al suelo de que sacaban una subsistencia honrosa, puesto que sus antecesores, bajo el peso de una legislación opresiva y de una administración caprichosa, entregados además sin garantías eficaces a todas las revueltas avaras y brutales del populacho de las grandes ciudades, se aferraron con una adhesión apasionada a aquella España que fue necesario hacerles dejar a viva fuerza, al cabo de 150 años de los más crueles tratamientos.

Bajo la dominación de los moros había sido próspera la condición de los judíos de España: los musulmanes, sus señores políticos, les dejaban vivir a sus anchuras. Eran artesanos más bien que mercaderes; cultivaban las ciencias naturales y médicas; ocupaban muchos empleos inferiores de la administración y de la contabilidad de hacienda; se administraban ellos mismos por leyes especiales y por magistrados que salían de su seno. Es verdad que, por una consecuencia de los hábitos contraídos en la época de su primer establecimiento en España, permanecían enteramente estraños a la agricultura; que la profesión de las armas les estaba absolutamente prohibida, y que, además de los impuestos ordinarios que gravaban sus posesiones o su industria, tenían que pagar una considerable capitación. que repartían y recaudaban sus propios tesoreros.

En los primeros tiempos de la dominación cristiana la situación de los judíos no fue materialmente alterada. Las poblaciones leonesa, aragonesa y castellana dejaban casi la totalidad del comercio en manos de sus huéspedes israelitas. Ellos eran en las ciudades cristianas los artesanos más hábiles, los únicos médicos, los mejores contadores. La administración, a pesar de lo grosera y rutinaria que era entonces, tanto la de los soberanos como la de los magnates, no podía prescindir de los judíos, utilizándolos como repartidores generales, corredores, tenedores de libros. Ellos en cambio adquirían riquezas considerables y pagaban no solo al tesoro real, sino también a los capítulos de las diócesis y a los concejos municipales de las ciudades tributos, que constituían la parte más pingüe de las rentas de estos cuerpos. Se conocía la necesidad de guardarles miramientos: el poder real, el de los prelados y el de los ricos-homes se convenían para ponerlos al abrigo de las violencias, suscitadas sin cesar contra ellos por el odio hereditario, la envidia y la avaricia de las clases inferiores de la población.

Pero, a medida que crecían el territorio y los recursos de los estados cristianos, iban disminuyendo sensiblemente la necesidad de los servicios que podían prestar los judíos y la ventaja de poseer crecido número de estos laboriosos tributarios. Los actos de violencia, impetuosos y repentinos de parte de la muchedumbre, iban siendo más frecuentes y más difíciles de reprimir. El favor impolítico que Pedro el Justiciero dispensó a los judíos en sus estados, en quienes depositaba una confianza esclusiva en todo lo concerniente al manejo de las rentas públicas, fue bien pronto funesto a esta nación. El odio que abrigaba contra este príncipe voluntarioso y violento recayó sobre los israelitas, y estos fueron envueltos en la ruina de don Pedro.

Las falanges francesas que por dos veces destronaron a este monarca saquearon con un ardor singular de odio y de rapacidad todas las juderías que cayeron bajo sus manos, entre otras la de Toledo. que era en lo antiguo la más considerable de todas y que no se volvió a levantar después de este golpe. Los reyes de la casa de Trastámara adoptaron con los judíos una política enteramente opuesta a la de sus antecesores. Les prohibieron sucesivamente la mayor parte de los oficios públicos, reservándoles únicamente en el seno de sus propias comunidades los cargos de jueces y de recaudadores del impuesto. La autoridad real, siempre contrastada y débil y con frecuencia desconocida durante este período de guerras civiles y sublevaciones feudales, era además impotente para proteger las juderías contra la rabia creciente de las clases inferiores de la sociedad. Estas tendieron desde luego, con un singular acuerdo y una perseverancia indomable, al completo esterminio de los israelitas que vivian bajo su férula.

La protección de los prelados se limitó bien pronto a los judíos que abrazaban el cristianismo. El número de estos llegó a ser escesivamente considerable a principios del siglo XV. Por una parte, las misiones, de las cuales la más eficaz fue dirigida por san Vicente Ferrer, y las conferencias públicas, entre las cuales fue la más célebre la que se celebró en Tortosa en l413, a presencia de Pedro de Luna, que pretendía el soberano pontificado y tomaba el nombre de Benedicto XIII; por otra parte, los escesos de todas clases, que no dejaban a los judíos seguridad alguna fuera de la religión del Estado, todas estas causas parecieron, durante algunos años, deber bastar para traer la totalidad de los israelitas españoles al seno de la Iglesia católica. Cuando se desvaneció esta esperanza, la irritación pública se apoderó de todas las clases, y el resto del siglo XV no es ya, en la historia de los israelitas, más que un espantoso tejido de persecuciones legislativas, de violencias sistemáticamente impunes, de ruina y de saqueo.

Se prohibieron sucesivamente a los judíos los ramos de comercio más fructuosos, el ejercicio de la medicina, el de la cirugía, los altos estudios científicos y literarios; en fin y sin excepción, los oficios públicos. Juan II se esforzó en vano para volver a alentar la condición de esta raza abatida, ya fuese por generosidad natural de carácter, o ya por el temor de ver agotadas sus últimas rentas con el aniquilamiento de las juderías. Pero el favor de Juan II, príncipe incapaz de conservar su propia corona, no hizo, como antes el de don Pedro, más que atraer sobre sus desgraciados protegidos nueva cosecha de odios y de injurias. El mal se acrecentó aún más en tiempo de Enrique IV.

Hasta entonces los judíos convertidos habían sido considerados sin dificultad y sin reserva como iguales a los cristianos viejos. Los rabinos, cuando se ofrecían al bautismo, se veían admitidos sin resistencia alguna a las dignidades de la Iglesia: muchos de los prelados más sabios y de los escritores más distinguidos de los siglos XIV y XV (entre otros, dos obispos sucesivos de Cartagena, de los cuales el uno fue tutor de Juan II) pertenecían a esta clase de cristianos nuevos. Pero durante la larga y vergonzosa anarquía que en los anales de Castilla está designada como el reinado de Enrique IV el odio popular se volvió repentinamente con extraordinario aumento de irritación contra los conversos. Se les asesinaba en todas partes, se les saqueaban sus casas, ya fuese por envidia de sus riquezas y de su superioridad intelectual, ya por sospechas contra la sinceridad de sus conversiones.

Isabel y Fernando pusieron término a estas violencias (años 1474 y siguientes), y quisieron reservar a sus propios Consejos la suerte definitiva de los judíos de sus estados, en los cuales establecieron al fin el orden y la obediencia.

Sus sentimientos respecto de los israelitas no diferían, por otra parte, en nada de los de sus súbditos: estos hacía cuatro generaciones que pedían encarnizadamente la destrucción total de este pueblo extranjero. Isabel y Fernando no vacilaban en el deseo de satisfacer el voto popular, sino por la consideración de las ventajas pecuniarias que las juderías españolas podían todavía suministrar. Ahora bien, estas ventajas, siguiendo en una proporción decreciente la condición misma de los israelitas que las suministraban, se hallaban reducidas desde 1474 a muy poca importancia. El cuadro de repartición del impuesto entre todas las aljamas (sinagogas) de Castilla (excepto Galicia), cuadro redactado por el juez mayor, Rabí Jacob Aben Núñez, no presentaba más que un total de 451.000 maravedís de a 6 dineros. Desde entonces, Isabel y Fernando pensaron que había llegado el tiempo en que la España cristiana pudiese prescindir de los judíos, y desde entonces no dudaron ya en satisfacer las pasiones populares, espulsándolos; pasiones tan tenaces y tan ardientes, que en cambio de esta concesión hecha por los Reyes Católicos la multitud se sometió sin murmurar a muchas cargas pesadas y a reglamentos muy saludables sin duda, pero que contrastaban estraordinariamente, por el orden rigoroso de que fueron fuente, con la licencia casi ilimitada a que estaban acostumbrados los pueblos desde los tiempos de Enrique IV y Juan II.

Lo que el vigor y la lealtad de Isabel y de Fernando pudieron obtener fue una entera y durable seguridad para los israelitas convertidos al cristianismo. Sin embargo, la opinión general continuó siéndoles desfavorable. Se prohibió el admitirlos a las órdenes eclesiásticas, se les tuvo alejados de todas las asociaciones de la nobleza, pero, al menos, cesaron de maltratarlos, y se les permitió mezclarse oscuramente con la masa general de la población.

Durante la guerra de diez años que valió a los Reyes Católicos la posesión de Granada los judíos de Castilla y Aragón habían prestado aún servicios considerables, abasteciendo a los ejércitos cristianos. Pero así que el término de la última guerra, pues tal se le consideraba en la Península española, fue cumplido, no se hizo esperar el decreto de expulsión, y fue firmado en la Alhambra el 31 de marzo de 1492, haciéndole ejecutar los Reyes Católicos con un rigor inflexible. No hubo excepción más que para los israelitas que consintieron en recibir el bautismo, cuyo número fue poco considerable. Los otros obtuvieron permiso para llevar consigo a sus hijos de cualquiera edad y sus bienes muebles, lo cual, en las condiciones intelectuales de aquellos tiempos y en el estado de la nación española, podía considerarse como una concesión excesiva.

Los judíos tomaron los caminos de Portugal, de África, de Turquía, de Navarra y de Francia, de donde pasaron a Flandes, Alemania, Polonia y Hungría. Don José Amador de los Ríos no se decide de una manera absoluta entre las evaluaciones estremadamente discordes del número de familias israelitas que arrojó de la Península Ibérica la ley del 31 de marzo de 1492. Solamente condena como muy exagerado el número de 850.000 cabezas que figura en algunos escritores contemporáneos. Por otro lado, el ingenioso cura de los Palacios, autor de la última crónica, sencilla y sincera, de España, no quiere admitir más que 34.000 familias o 170.000 individuos. La verdad histórica se halla probablemente entre estos dos estremos. Isaac de Acosta, analista judío de esta época tan calamitosa para su nación, adopta el número de 300.000 desterrados, el cual nos parece verosímil.

La nobleza, que tomó en 1570 y 1610, con una apariencia de generosidad, la defensa de los moriscos, cuya mayor parte cultivaban los feudos que debían quedar arruinados con su expulsión, no manifestó la menor simpatía hacia los judíos, de quienes no sacaba ya ningún provecho directo.

La conducta de los Reyes Católicos en 1492, sea cual fuere el juicio que se forme sobre ella (don José Amador de los Ríos discute muy detenidamente, y con imparcialidad bajo todos aspectos, esta cuestión complicada), parecerá ciertamente humana y leal en comparación de la de los reyes de Portugal, Juan II y Manuel, con los desgraciados israelitas que buscaron un refugio en sus estados.

El soberano pontífice Clemente VII salvó de una completa destrucción los últimos restos de esta mutilada grey, atrayéndola a sus dominios, donde les garantizó una completa libertad de conciencia, con tal que permaneciesen encerrados en los guetos de Roma, Ancona y Ferrara.

Don José Amador de los Ríos examina atentamente qué daños podían resultar para la España, tanto en el orden material como en el intelectual, de la expulsión de los judíos. Es indudable que la pérdida de medio millón de traficantes hábiles y de artesanos industriosos debió ser un golpe muy sensible para el tercer estado de la Península. Los judíos, por otra parte, se llevaron consigo en letras de cambio, mercancías y aun en metales preciosos (a despecho de los términos de la ley), capitales muy considerables que no fueron reemplazados. En la esfera intelectual el mal hubiera sido enorme, y tal vez irreparable, dos siglos antes, pero a fines del siglo XV el desarrollo científico y literario de las escuelas cristianas ponía, por una parte, a los castellanos y aragoneses en el caso de no necesitar de las contribuciones de la raza israelita; y, por otra, después de cuatro generaciones de una opresión dolorosa, los judíos mismos habían perdido en 1492 casi todas sus antiguas ventajas.

La dispersión de ellos produjo, hasta cierto punto, un efecto útil por la popularidad que adquirieron en estos tiempos de una extremidad a otra de la Europa la lengua y la literatura castellanas. Si los israelitas hubiesen permanecido en su país natal, aun bautizados, no hubieran podido dar a luz ninguna obra nueva de importancia, bajo la celosa vigilancia de la Inquisición. Además, al final del siglo XV no había ya entre los judíos médicos, geómetras ni astrónomos de un mérito distinguido, ni nunca había producido esta raza artistas de un talento original en España.

En el reinado de Pedro el Justiciero, edad de oro tan pasajera de los judíos de Castilla, una sinagoga suntuosa fue construida en Toledo (en 1360) por don Meir Aldelí, pero sobre modelos usados en la arquitectura musulmana. Yo no sé si don José Amador de los Ríos cita esta última circunstancia como una crítica a los hebreos de Castilla la Nueva, porque sabe muy bien que en la misma época se elevaba en Sevilla el alcázar por diseños de los mismos maestros, y en un estilo igualmente morisco, para servir de residencia a los descendientes de San Fernando.

Aprovecharemos con gusto esta ocasión para notar aquí que el conquistador de Andalucía, el segundo y principal fundador de la monarquía castellana, san Fernando, trató a los judíos de sus estados con una humanidad más escrupulosa y una liberalidad más confiada que ningún otro soberano de su nación.

Pasemos a examinar la literatura, tanto rabínica como secular de los israelitas y de los cristianos nuevos, en los reinos españoles y en los países en que se refugiaron, conservando el uso de la lengua castellana, hacia la época del renacimiento general de los estudios en el mundo cristiano.


II




Nadie ignora hasta qué grado está dotada la raza israelita de las más felices facultades de la inteligencia, y el talento que desplega con una firmeza inflexible de carácter sobre la escena siempre variable de su lejano destierro y de su interminable dispersión, distinguiéndose tanto por la astucia como por la tenacidad. Su posición excepcional le prohíbe casi en todas partes la carrera de las armas y la del gobierno; pero sobresalen en la cultura de las ciencias y de las artes como en las especulaciones del comercio, desde las más estensas hasta las más tenues; algo de la naturaleza rica y poderosa del Oriente, de que trae su origen, se une en ella con una asimilación superficial a las naturalezas del Occidente, cuyos diversos caracteres penetra con facilidad, sin identificarse nunca verdaderamente con ninguno.

La España fue en la edad media el principal teatro de la actividad intelectual de los israelitas, produciéndose bajo tres formas absolutamente distintas: la primera hebraica, la segunda árabe, la tercera castellana. El idioma sagrado que los rabinos de las escuelas de Toledo, Sevilla, Córdoba y Barcelona cultivaban en los siglos XI y XII era desde entonces entre las tribus desterradas una lengua muerta, empleada principalmente en la liturgia y la composición de los tratados religiosos; sin embargo, algunos judíos lo usaron en objetos puramente literarios, que ofrecían esclusivamente a la curiosidad de los eruditos. De diferente manera fue cómo los israelitas escribieron en los idiomas de sus señores políticos, es decir: en árabe bajo la dominación de los califas y de los emires, y en castellano bajo el cetro de los sucesores de san Fernando y de los monarcas aragoneses. Las obras compuestas en estas dos lenguas aspiraban a una notoriedad general, con frecuencia fuera de los límites de la comunidad judaica; tratábase en ellas no solamente de controversia mosaica y de moral, sino también, y esto muy principalmente, de astronomía y de astrología, de medicina y cirugía, de matemáticas y de jurisprudencia, especialmente en materias de comercio; hállanse entre ellas igualmente series de tratados de filosofía, cuyas bases están tomadas, por el conducto de los árabes, de los libros más reputados de las escuelas de Atenas y de Alejandría.

No faltan tampoco las crónicas en esta lista, y los últimos tiempos añadieron a ella poesías en número bastante considerable. En estas abunda la fantasía y el talento; mas yo no sé si es una prevención por mi parte, de la cual mi completa buena fe no me preservaría, pero me parece no haber encontrado verdadera pasión en ninguna obra de imaginación escrita por una pluma israelita, cuya irradiación interior suple tan frecuentemente al arte, y forma un elemento indispensable del genio 2 .

Se sorprende uno estudiando el catálogo razonado, que don José Amador de los Ríos da en la II y III parte de sus Estudios con el cuidado más meritorio, de las obras compuestas en España por los israelitas y por los neófitos que salieron de las juderías; se sorprende uno, decimos, de la estensión de los servicios que las literaturas árabe y castellana recibieron de esta raza, cuya actividad rechazada por las condiciones políticas de los tiempos en la esfera de la inteligencia, hizo en ella pruebas de un doble ardor. La misma teología ortodoxa inscribió en el número de sus controversistas más infatigables y más felices en sus esfuerzos a Gerónimo de Santa Fe y otros rabinos conversos de los siglos XIV y XV.

Las obras en lengua castellana compuestas por los judíos no tienen fechas auténticas que se remonten más allá del reinado de Alfonso el Sabio, es decir, de la segunda mitad del siglo XIII. Pero en esta época, la escuela árabe había ya brillado en la sinagoga con todo su esplendor, y aun tendía a extinguirse. Granada permanecía siendo su único asilo, y los sucesores de Mahomad-Alhamar, ocupados en luchas desiguales e incesantes, no podían prestar verdaderos estímulos a los trabajos literarios de sus súbditos israelitas.

Entre los judíos árabes que hicieron servicios señalados a la literatura científica de la edad media, recordaremos aquí únicamente a Moseh-ben-Majemon, tan largo tiempo celebrado bajo el nombre de Maimónides, que nació en Córdoba en 1151 y murió en el Cairo en 1204. Este israelita escribía con igual fortuna en hebreo, caldeo, árabe y griego literal; médico, botánico, astrónomo, metafísico, sobrepujó a sus rivales en todos los ramos del saber, cultivados entonces entre las naciones musulmanas y cristianas. La tendencia fatal, y casi universal en la edad media, a mezclar los sueños de la fantasía con las observaciones de la realidad y a consumir, buscando arcanos, la energía y la penetración que, empleados en mejor vía, hubieran anticipado en muchos siglos los descubrimientos actuales; esta tendencia, que embarazó la filosofía por medio de la escolástica, encadenó la astronomía por la astrología, y degradó la química por la alquimia, parece haber sido estraña al genio claro y a la calma universal de concepción que residía en Maimónides.

Los que vinieron después de él, sus correligionarios y sus émulos, consiguieron rara vez evitar semejantes escollos, que sirvieron al progreso de los estudios de obstáculo, largo tiempo insuperable.

Alfonso X, el Sabio, triunfó de ellos de una manera digna de elogio. El siglo XIII, época de transformaciones brillantes y de poderosas creaciones, una de aquellas cuyo cuadro resalta más en la galería de la historia, no tiene figura más atractiva que la de este monarca, legislador, historiador, matemático, artista eminente, al cual no faltó entre los atributos del genio más que el que se aplica al gobierno de los estados. Alfonso no economizó nada para poder dotar su nación de todas las riquezas intelectuales poseídas hasta entonces (de una manera casi exclusiva en España) por los musulmanes y los israelitas. Verdadero padre de la prosa castellana, hizo traducir en este idioma las mejores obras de historia natural, de astronomía y de medicina que existían en árabe y en hebreo; empleando como auxiliares a muchos rabinos, cuyos nombres y obras clasifica y juzga el señor Amador de los Ríos.

Rabbi Zag de Sujurmenza ocupaba el primer lugar entre los astrónomos, y Rabbi Jehudah Mosca, entre los médicos y naturalistas que florecían en la corte del Augusto español; escribían el castellano con soltura, sin que nada indicase en su estilo el origen extranjero y la dirección puramente oriental de sus primeros estudios. Esta ventaja pasó más adelante a los escritores de menor nota, que llenaron el intervalo que media entre el reinado de Alfonso el Sabio y el de don Pedro el Justiciero, a quien Rabbi don Santo de Carrión dirigió sus Consejos y documentos. Carrión fue el primer israelita que consagró su pluma a la poesía castellana. En el análisis que hemos hecho de la Historia de la literatura española de mister Ticknor hemos tenido ocasión de hacer notar a nuestros lectores, que este rabino era uno de los versificadores más reputados del siglo XIV en España. Don José Amador de los Ríos le dedica dos capítulos de su obra.

Hace resaltar hábilmente el vigor de los pensamientos, la gravedad melancólica del estilo, la elección atrevida de las espresiones y la regularidad, al menos comparativa, de la versificación en las obras atribuidas al rabino de Carrión 3 . Digo atribuidas, porque, si la Exposición poética de la Doctrina cristiana es realmente suya, es indispensable admitir que en su vejez recibió el bautismo, hecho que no resulta probado con evidencia de la Danza general de los muertos, obra fantástica que podría hacer merecer a don Santo el título de Holbein español. En este lúgubre cuadro, trazado sin miramiento alguno respecto de la sociedad, y en el que todas las clases comparecen ante la inexorable y sarcástica muerte, se encuentra la autoridad de un moralista y el numen satírico de un verdadero observador. Pero lo mismo en él que en toda la literatura israelita, sería en vano buscar un rayo de pasión, y aún menos de ternura. Cuando Rabbí Santo puso sus Consejos morales bajo la protección de don Pedro de Castilla (por los años de 1360), es indudable que pertenecía aún a la grey israelita.

Después de él, salvo algunos oscuros y voluminosos trabajos sobre los tratados llamados tradicionales de la religión mosaica, la serie de los literatos judíos deducida por don José Amador de los Ríos no ofrece nada verdaderamente interesante. La razón es muy obvia. Así es que un israelita contemporáneo escribía con terrible sencillez: «Muriera la gente, é fincaron los saberes como perdudos».

Pero los judíos bautizados, que hasta el reinado de Enrique III, en que se empezó a sospechar de su sinceridad, permanecían aislados y alejados de los puestos distinguidos en las sociedades españolas, llevaron desde esta nueva época un contingente considerable a la literatura de su pueblo de adopción. Selemoh Halevi, jefe de la sinagoga de Burgos, llegó a ser, después de haber abrazado el cristianismo y bajo su nuevo nombre de Pablo de Santa María, canciller de Castilla, obispo de Cartagena y promovido en fin a la importante sede de su ciudad natal.

Además de un gran número de obras de controversia, ha dejado una Historia universal en octavas castellanas (llamadas de maestría mayor), una Crónica poética de España desde el tiempo de Noé hasta el advenimiento de Juan II, compilación sin mérito en cuanto a la elección y coordinación de los hechos, pero notable por la abundancia y fluidez del lenguaje. El señor de los Ríos cree reconocer en la versificación de este escritor y de muchos de sus contemporáneos la influencia perpetuada y, por decirlo así, el eco de la melopea hebraica; también hace notar al mismo tiempo la afinidad de esta con el ritmo árabe, cuya imitación habría sido natural a los castellanos, y, por último, no titubea en reconocer que la imitación de los clásicos latinos y de los padres de la iglesia contribuyeron más que todo a formar el carácter literario de Santa María.

Durante el reinado de Juan II, primera edad de oro de la literatura castellana, dos neófitos hebreos se señalaron en el terreno histórico. Alvar García de Santa María, hermano del prelado que acabamos de nombrar y noble ciudadano de Burgos por merced del monarca, cuya autoridad solo era respetada en la esfera del saber, escribió la crónica del rey su protector, y la del condestable don Álvaro de Luna.

El estilo de estas obras constituye su mérito principal; pero es difícil reconocer en los pasajes que cita el señor Amador de los Ríos otra cosa que una especie de redundancia académica, que se encuentra igualmente, aunque en un grado superior de elegancia y de elevación en las Crónicas de Aragón, compuestas por Gonzalo de Santa María, uno de los hijos que el ilustre Pablo de Burgos había tenido en el siglo. Otro que representa un papel importante en los acontecimientos políticos y literarios de su tiempo fue Alonso de Cartagena. Nacido en 1385 y convertido al cristianismo desde su infancia, fue plenipotenciario del rey de Castilla cerca de Portugal, y más tarde en el concilio de Basilea, donde defendió con excesivo ardor la preeminencia de la corona de su señor sobre la de Inglaterra. Los críticos, aun los más imparciales en la cuestión especial de la literatura israelita, y mister Ticknor en particular, asignan a don Alonso de Cartagena (que murió siendo obispo de Burgos) un puesto distinguido entre los moralistas y, sobre todo, entre los poetas de su época.

Acerca de este último punto, la posteridad confirmará difícilmente la favorable sentencia de la erudita corte de don Juan II. El Cancionero de Hernando del Castillo nos ha conservado entera la obra del sabio prelado, en la cual no encontraremos más que afectación en el estilo, sutileza en los pensamientos, metafísica amorosa incompatible con la pasión; en una palabra, los méritos de un conceptista, muy buscados entonces, ciertamente, en una y otra península. La tiranía de la moda puede únicamente explicar la dirección constante que siguió en sus composiciones poéticas el docto canonista que Eugenio IV había proclamado «el apoyo de la Santa Sede y el espejo de toda sabiduría». Por lo demás, don Alonso probaba bastante con su estilo que era estraño a los sentimientos, cuya afectación formaba, por decirlo así, la ley poética de la corte castellana. Dos pensamientos solos en este resumen descubrían una emoción tierna; y aprovechamos la ocasión de esponer estos estudios, que su naturaleza misma parece condenar a la aridez:

El triste que quiere
partir y se va
a donde estuviere
sin sí vivirá.
De aqueste partir
la vida procede;
partiendo, morir
la vida bien puede.


Y en los versos consagrados por el prelado, ya viejo, a la memoria del canciller de Castilla, su padre, se encuentra la estancia dirigida en forma de pregunta a otro ingenio (Garci-Sánchez de Badajoz) del círculo poético de Juan II, que dice así:

¿Cuál nueva al preso llegó
con que mayor placer haya
que soltalle y que se vaya
a las tierras do salió?...
Pues nuestra alma está en cadena,
desterrada en tierra ajena,
decidme, ¿por cuál razón
siente tanta turbación
del tiempo que Dios ordena
que salga de la prisión?...


Desgraciadamente, la respuesta echa a perder absolutamente este pensamiento, noblemente deducido de los santos libros.

Yo prefiero a Cartagena prosador al mismo como escritor poeta. Alimentado con los estudios de Tito Livio y de Cicerón, el prelado escribe con una gravedad sonora, un número, una medida, una filosofía melancólica y serena que le elevan muy por encima de los traductores ordinarios. Como historiador, no hay en él ni un soplo de crítica, por confesión misma de don José Amador de los Ríos. Es notable que su Versión de los cinco libros de Séneca está en el número de las incunabula de la tipografía española; un alemán y un polaco la imprimieron en Sevilla el año de 1491, mientras que Isabel edificaba a Santa Fe, y Colón redactaba las cláusulas del tratado en que prometía poner bajo el poder de esta soberana un nuevo mundo que convertir.

En la preciosa colección de las poesías líricas formada por Juan Alfonso de Baena, judío convertido, secretario de Juan II 4 , se encuentran trozos de poesía escritos por muchos israelitas: Rabbi Moseh, cirujano de Enrique III; los rabinos de Alcalá y fray Diego de Valencia; el origen judío de este religioso no parece dudoso en vista de la abundancia y rareza de las locuciones hebraicas de que se halla llena su composición. Esta sería hasta ininteligible sin la glosa erudita del señor Ríos 5 . Hacia la misma época, los dos escritores más afamados de toda España, como predicadores, controversistas y comentadores de las Santas Escrituras, eran Juan el Viejo y Alonso de Espina. El segundo, del orden de los clérigos menores, fue el único que tuvo la caridad de acompañar a don Álvaro de Luna al último suplicio y velar durante tres días al lado del cadáver decapitado del hombre para cuyas exequias pedía limosna, y que pocos días antes se alababa de haber puesto un freno a la fortuna. Alonso de Espina murió de rector de la universidad de Salamanca, puesto eminente que debió a la composición del Fortalitium Fidei. Ramón Vidal de Vesaduchen, israelita bautizado, escribió en esta misma época, del cual nada o poco sabríamos sin el testimonio favorable del marqués de Santillana. Mosch Zarfatí compilaba un manual muy estimado de jurisprudencia ( Flores del derecho), y Jacob Zadique de Uclés, médico del gran maestre de Santiago de la Espada, se esforzaba en reunir en un cuadro regular «la flor de las doctrinas filosóficas de la antigüedad profana». Puso en cotejo las opiniones de los moralistas antiguos con los preceptos correspondientes de la Escritura y aun de las sentencias de los Santos Padres; porque en su edad madura Zadique había seguido el impulso general que llevaba entonces al seno de la Iglesia lo más escogido de la sinagoga.

En fin, durante gran parte del reinado de los Reyes Católicos Isabel y Fernando (1474 a 1492), aunque la influencia literaria de los judíos convertidos había casi cesado, y había llegado a ser peligroso escribir en la península una sola palabra de la doctrina mosaica, algunos escritores nacidos en esta clase, consiguieron a fuerza de paciencia y de trabajos vencer los obstáculos que parecían condenarles a la miseria y a la oscuridad. Coronel tuvo, por designación expresa del cardenal Jiménez, una parte considerable en la publicación de la célebre Biblia poliglota de Alcalá. Pedro de Cartagena escribió en verso un panegírico de Isabel, obra a que no falta vigor ni cierta gracia severa muy adecuada al objeto.

Quedaban en la sinagoga dos eruditos que habían conquistado la estimación de toda la república literaria. Abarbanel o Isaac Aboab, último gaon o jefe de la ley de los judíos españoles. El edicto de 1492 les obligó a concluir sus días en tierra extraña, y sus numerosas composiciones, todas teológicas y alegóricas, fueron escritas en la lengua del Antiguo Testamento. El catálogo de los libros de Abarbanel basta para dar una idea de la perseverancia con que perseveró en el estudio contra las calamidades de un largo destierro. La primera de sus obras la compuso en Castilla, la segunda en Portugal, la tercera en Nápoles, la cuarta en Corfú, y las últimas en Venecia. Bajo tantos cielos diversos y a través de tantas miserias, un solo pensamiento, un solo esfuerzo. ¡Lección sublime para nuestra generación!

Bien diferentes de los israelitas de nuestros días, los que salieron de España a fines del siglo XV hubieran considerado como una calamidad política el ser «confundidos con las naciones» y entrar en un estado constituido sobre las bases de la religión cristiana o musulmana. No solamente aspiraban a continuar formando bajo todos aspectos un pueblo aparte, sino que también conservaron por un período muy considerable el idioma del país a que sus padres profesaban una ternura tan viva. Los judíos de Constantinopla hablan todavía un portugués corrompido; los de Tesalónica y de Esmirna un castellano lleno de locuciones anticuadas.

En Burdeos, en Bayona, en Londres, en todos los Países Bajos se distinguen las sinagogas portuguesas, locución poco exacta que ha prevalecido sobre el título más justificado de españolas. Los israelitas que las componen se distinguen de sus correligionarios por una cultura intelectual mucho más desarrollada y por una nobleza hereditaria de procederes. Amsterdam llegó a ser el foco intelectual, así como el centro mercantil, de esta grande emigración hebraica española. En su lenguaje oriental la llamaron los rabinos «Los siete montes sagrados».

Una academia teológica y literaria para estimular el estudio de la lengua santa y conservar el uso del idioma castellano fue fundada allí en 1630 (año 5408 del cómputo mosaico) bajo el título de Jesibah. Hacia la misma época, la hija de Gustavo Wassa dio el primer ejemplo de un soberano cristiano que elevó a los israelitas eruditos a puestos diplomáticos y literarios. Isaac Vossio, cuyo propio padre había sido expulsado de la Península española, llegó a ser secretario de Cristina, e Isaac Teixeira, su presidente en Hamburgo.

Durante el siguiente siglo de la expulsión los judíos de origen español no habían tenido lugar de cultivar las letras propiamente dichas: los trabajos de sus rabinos no eran más que exhortaciones y controversias. Ocupados todos los israelitas en crearse con el ejercicio de todas las industrias mercantiles nuevos medios de existencia, no habían dejado de apropiarse una gran porción de los provechos que el arte nuevamente inventado y prodigiosamente diseminado de la tipografía, podía suministrarles en Holanda, en Alemania, en Suecia y casi en todas partes. Pero, a partir del principio del siglo XVII, el estímulo literario se despertó con un nuevo ardor en esta raza enérgica que volvía a encontrar alguna holgura. Los unos, manteniendo con sus hermanos de Levante relaciones religiosas y comerciales no interrumpidas, dieron a los estudios orientales excelentes auxilios. Otros volvieron a comenzar a escribir en castellano, pero ya como una lengua, si no muerta, al menos extranjera o, más bien, conservada por tradición. Así, su estilo es para el español lo que para nuestro propio idioma es la manera que llamamos refugiada.

La Biblia de Ferrara, publicada en 1553 bajo los auspicios de Hércules II y con la aprobación del Santo Oficio, es una traducción literal y casi interlineal de los libros del Antiguo Testamento en lenguaje castellano del siglo XV. Los autores, Abraham Usque y Buharte Pinel, eran dos rabinos naturales de Lisboa. Francisco Frellón imprimía en la misma época en la ciudad de Lyon unos cuadros en verso del Antiguo Testamento, destinados a la educación de la juventud israelita. La versificación es fácil, pero el mérito poético es por cierto bien escaso.

Dos comentarios de los salmos y de los profetas salían en lengua castellana de las prensas de Joel-ben-Soheb, el uno en Venecia y el otro (y este es uno de los hechos mas curiosos de la historia tipográfica) en Tesalónica, en 1569. Mosseh-Pinto Delgado ocupa un lugar muy diferente en la verdadera literatura. Dos veces desterrado de su patria, a la cual le atraía un invencible amor, y acogido por fin en Francia por la mano omnipotente del cardenal de Richelieu, dedicó a este príncipe de la Iglesia el israelita perseguido el volumen impreso en París de sus poesías castellanas. Estas contienen un comentario de Ester, una imitación de Ruth, una traducción libre de las Lamentaciones de Jeremías y algunas elegías orientales. Delgado era poeta. Sentía con vivacidad pero, sobre todo, con verdad; su lenguaje es noble, fluido, aunque un poco monótono; sus estrofas heroicas valen tanto como las de Ercilla; el mal gusto de Góngora no penetró en sus estrofas líricas. En fin, la pureza de su estilo castellano es digna de admiración.

Me veo obligado a suprimir, para abreviar, la mención de una multitud de israelitas contemporáneos de Luis XIII y de Luis XIV, que en el norte de Europa, en Italia y aun en Constantinopla, dieron en castellano obras notables de historia, de controversia y de medicina. Pero no es posible pasar en silencio a David Abenatar Melo. Los calabozos de la Inquisición, de los cuales salió en 1611, maduraron en este israelita un numen poderoso que no se desmiente jamás en el largo trabajo de su imitación lírica de los Salmos de David. Algunas imprecaciones llenas de sombría elocuencia, algunos gemidos marcados con el sello de una dolorosa resignación, interrumpen en esta obra la versión generalmente exacta del testo sagrado. Melo escribe con verdadera inspiración, sin ninguna de las afectaciones del cultismo. Maneja con facilidad las formas antiguas y originales de la versificación española, y emplea con preferencia términos enérgicos, aunque ya anticuados. Al mismo tiempo que él, traducía también Duquesne los Salmos en castellano, pero sobre la versión literal y con los aires usados en las iglesias francesas, lo cual parece indicar una de las tentativas, entonces multiplicadas, para hacer penetrar en España las doctrinas protestantes que dominaban todavía en el Bearne.

Extranjero el gusto funesto, pero casi irresistible, del cultismo o gongorismo, como hemos visto, a los israelitas expatriados que cultivaban fuera de su país originario la literatura castellana, gravitó sobre los judíos bautizados que se dedicaron en la Península a cultivar la literatura durante el siglo XVII. Miguel de Silveira fue el más reputado de todos. ¡Unos críticos contemporáneos se atreven a colocarle inmediatamente después del Tasso y al lado de Camoens! La posteridad ríe o se avergüenza de estas ilusiones, pero es imposible rehusar al autor del Macabeo — epopeya regular en octavas heroicas fruto, dice el poeta, de treinta años de estudios preliminares y de otros veinte y dos de trabajo — la abundancia, la erudición, la plenitud sonora del lenguaje, y aun algunas veces elevación de sentimientos. Por lo demás, la imitación de los modelos clásicos es casi servil. Para calificar la dicción, un crítico mordaz arriesga la palabra burlesca, pero bastante apropiada, de «estilo babilónico». A Silveira, que, bien reputado en Coimbra, vivió en Salamanca y no escribió más que en castellano, prefieren los buenos jueces entre sus contemporáneos el lingüista eminente Menasséh-ben-Israel y, sobre todo, el viajero Pedro Teixeira.

Este visitaba la Persia en el mismo tiempo que Pedro de la Valle, y penetraba al través de las Indias hasta las Filipinas. De vuelta en Europa, publicó en Amberes la relación curiosa de estos viajes, con un resumen instructivo de las crónicas musulmanas de Irán y de Hormúz, compiladas sobre las fuentes originales. Hay dudas sobre la fe religiosa en que murió este viajero. La adhesión a los dogmas mosaicos de Isaac Cardoso, filólogo notable que hacia la misma época dio a luz en Venecia un tratado de La excelencia de la raza hebraica, no podría ser dudosa. Respecto de Menasseh-ben-Israel, necesario es confesar que fue, cosa muy rara entre los escritores de su raza, un latinista de primer orden en el gusto bien entendido, y según los métodos de su contemporáneo Santeuil.

No faltaba a la literatura israelita (o judaizante) en España más que un autor dramático, y lo tuvo en Antonio Enríquez Gómez, judío relapso, perseguido por el Santo Oficio de Segovia y quemado en estatua en el año de 1660. Publicó él mismo sus poesías en su refugio de Amsterdam. En el teatro de Madrid había llevado el seudónimo de Enrique de Paz. Escritor infatigable y polígrafo, como lo eran los hombres de su nación y de su tiempo, Enríquez era contado entre los discípulos mas aventajados de Lope. Su tragedia intitulada A lo que obliga el honor recuerda de una manera patente, pero honrosa, al Médico de su honra. El señor Amador de los Ríos conjetura que aquí el imitador fue Calderón, nacido probablemente algunos años después de Enríquez. Las poesías líricas de este son sin embargo su principal título de gloria, pudiéndoselas comparar a los Tristes de Ovidio. Ellas pintan en rasgos tiernos el sentimiento de la patria ausente, esto es, la melopea del destierro. Enríquez tuvo la debilidad de abandonarse a las afectaciones del cultismo y de seguir a Góngora en todos los excesos del estilo bombástico, del cual había dicho en un momento de buen gusto: «este es un lenguaje que debe haberse tenido a sí mismo por autor, porque él solo puede comprender lo que dice».

Daniel Levi de Barrios, natural de Montilla, en Andalucía, judío relapso y uno de los rabinos de la Academia de Amsterdan, dio a luz, entre los años 1680 y 1685, una Historia universal judaica, una disertación española sobre el Triunfo del gobierno popular holandés, varias odas y, en fin, un poema didáctico intitulado El coro de las Musas. Lo que hay de notable en este laborioso polígrafo es la pureza y aun elegancia del estilo castellano, pero sobre todo, el atrevimiento de los pensamientos políticos: este anunciaba la aurora del siglo filosófico, la vecindad de Bayle y el conocimiento de Spinoza.

El ilustre metafísico cuyo nombre acabamos de estampar pertenecía a la sinagoga portuguesa de Amsterdam. Don José Amador de los Ríos no ha tratado de él, porque Spinoza no escribió jamás en la lengua de sus antecesores. Después de Barrios, no tuvo la literatura hispano-judaica refugiada más que controvertistas, algunos místicos y, en fin, comentadores. Nuestro autor hace una mención muy honrosa, entre estos últimos órganos del idioma castellano en las regiones septentrionales, de Daniel López Laguna, cuya traducción en verso de los Salmos apareció en Londres en 1720; de José de la Vega, rico y docto negociante de Amberes, y de doña Isabel Correa, que dedicó el año 1695 al conde Palatino una traducción española del Pastor Fido. Esta obra está versificada con mucho talento y facilidad, pero carece, aun más que la pastoral original, de naturalidad y de verdadera ternura. La familia de doña Isabel había huido de España y refugiándose en Amberes a mediados del siglo XVII, ciudad que, aunque bajo la dominación española desde 1584 hasta 1706, conservó con un celo y previsión enérgica los privilegios que impedían que la Inquisición se estableciese jamás en ella.

Al principio del siglo XVIII, los judíos de origen español, dispersados en el norte de la Europa, abandonaron el uso y hasta la literatura de sus idiomas maternos, el castellano y el portugués. Su actividad, concentrada cada vez más en los estudios científicos y las especulaciones del comercio, dejó de ser provechosa al dominio de la inteligencia en la carrera que sus antepasados habían recorrido con tanto vigor y, sobre todo, con tanta perseverancia. Este lúgubre fenómeno, de que hemos tenido recientemente ocasión de hablar, que se manifestó sobre la España cuando se aproximaba la extinción en ella de la casa de Carlos V; esta suspensión de vida intelectual y de trabajos literarios, de la cual resulta una laguna absoluta y considerable en los anales del país; esta muerte temporal absorbió igualmente la rama accesoria y refugiada que habían transplantado al Norte los hebreos desterrados de la Península Ibérica. Pero para una literatura facticia, débilmente asentada sobre un suelo extranjero, no podía como para la otra haber resurrección. En lo sucesivo no han escrito más que en holandés, en francés, en inglés o en alemán los miembros literatos de las sinagogas antiguamente españolas, que moran del lado acá de los Pirineos.



Adolfo de Circourt

Volver a los resultados