Prensa y canon · Canon poético
“El poeta Juan de la Cueva y la poetisa Felicia”
- Autor del texto editado
- Gómez Aceves, Antonio
- Título de la obra
- Revista de ciencias, literatura y artes, tomo 5
- Autor de la obra
- Fernández-Espino, José (dir.)
- Edición
- Sevilla:
Francisco Álvarez y C.ª,
1859
- Paginación
- pp. 120-122
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
LITERATURA Y ARTES
El poeta Juan de la Cueva y la poetisa Felicia
ROMANCES
I
A las cárceles famosas
de Santa Justa y Rufina
padrón de gloria cristiana
para la noble Sevilla,
iba una tarde de mayo [5]
la encantadora Felicia,
graciosa y gentil doncella
de estirpe encumbrada y limpia;
que descendían sus padres
de poderosa familia [10]
ilustre por las victorias,
que alcanzó de la morisma,
en las márgenes del Dauro,
en los llanos de Lebrija,
en asaltos formidables, [15]
en batallas muy reñidas.
Burato de rica seda
envuelve a la dama altiva,
ajustándole el pie breve
calzado de axarcas lindas. [20]
Órnale la sien de rosas
sombrero con plumas rizas,
y circunda su garganta,
bello collar de amatistas.
Acompañada de un page [25]
con ferreruelo y golilla,
por la Puerta del Osario
con aire noble camina.
cuando un gallardo mancebo
que por allí discurría, [30]
la mira absorto y la sigue,
y arde en
amorosa
pira.
«¡Infeliz!» exclama ciego;
«¡Quién amante no se humilla!
¡Quién no rinde loco el alma [35]
a su hermosura divina!».
Temeroso a ella se acerca
con galán cortesanía,
y un bello ramo le ofrece
de rosas y siemprevivas. [40]
Felicia, con voz severa
el pintado ramo esquiva,
diciéndole: «Caballero,
idos pronto de mi vista:
que ni favores recibo [45]
de manos desconocidas;
ni mi orgullo sufrir puede
vuestra audaz galantería».
Corrido el mozo las flores
con enojo al suelo tira, [50]
y con paso vacilante
huye de la dama altiva.
II
En una pequeña plaza,
de Omnium Sanctorum no lejos,
se mira rico palacio, [55]
que aire ostenta sarraceno.
Sobre el ancho frontispicio
siete escudos herroqueños,
con castillos y banderas
muestran esforzados hechos. [60]
Almenas y torres ornan
su gran fachada; en su centro
y en sus elevados muros
brillan lindos arabescos.
Clara noche era de mayo, [65]
las dos poco más o menos,
y en el recinto reinaba
no interrumpido silencio.
En las torres del alcázar
la luna con sus reflejos [70]
daba apariencia a unas sombras
de fatídicos misterios.
Todo era allí paz tranquila,
todo calma, todo sueño,
que ni el suspirar del aura [75]
sonaba en su blando vuelo.
En esto, galán airoso
en luenga capa revuelto,
sonoro laúd pulsando,
así canta en triste acento: [80]
«Dama hermosa, que ayer tarde
de mí hiciste menosprecio,
mi voz amorosa atiende,
mira que no soy pechero.
Yo también tengo alta
alcurnia,
[85]
ganada por mis
abuelos
contra el árabe enemigo
lidiando en combates fieros.
Soy
poeta,
soy valiente,
riquezas
también poseo; [90]
me llamo Juan de la Cueva,
por ti, mi Felicia, muero,
y aguardo en esa ventana
mirar en tu rostro el cielo».
A poco en la reja misma [95]
ve agitar blanco pañuelo
y teme, vacila, duda;
que juzga le engaña ciego
su loco amor; mas al cabo
se acerca allí de ansia lleno. [100]
Afanoso, inquieto llama;
ofrécele amor eterno,
y a sus ecos amorosos
responden estos acentos.
«Cueva insigne, te conozco [105]
por tus mágicos
sonetos,
que aprendió mi hermano Jaime,
y en mi corazón conservo.
Tu
Bética
conquistada
es mi más dulce
recreo;
[110]
y en tus
dramas
celebrados
admiro tu claro
ingenio.
En mis salones
Herrera,
Cangas, Quijada, Lucero,
Cetina, Jáuregui, Alcázar [115]
juntos celebran tus versos.
También yo del sacro Pindo
pretendí alcanzar asiento;
y para ilustrar mi numen,
Mal-Lara fue mi
maestro.
[120]
Mas, ¡ay Cueva!, de mi amor
sin ser liviana, no puedo
animar tus esperanzas,
que diole mi padre dueño.
Es opulento magnate, [125]
me ha pedido en casamiento,
y lo admitieron mis padres,
aunque a disgusto mi pecho.
No niego en él lo galán,
lo valiente y caballero, [130]
pero más resiste el alma
su amor desde este momento.
También conocerle debes,
Llámase don Juan Luceño».
«¿Don Juan Luceño? Sí, mucho; [135]
mas aunque fuese mi deudo:
solo Dios librarle puede
de mis enconados celos.
[...]
Separa a los dos, Felicia,
profundo abismo y sangriento. [140]
Por tu amor ¿qué no intentara,
cuando sin tu amor yo muero.
Él o yo; y antes, señora,
que la noche el manto negro
a tender callada vuelva [145]
sobre el sevillano pueblo
mi amor estará vengado
o habré yo, Felicia, muerto.
Adiós, hermosa del alma,
por siempre guárdele el cielo». [150]
Quiso contestar la dama;
mas el ardiente mancebo
como un rayo desparece;
y la voz se ahogó en su pecho.