Prensa y canon · Canon poético
“Retrato de Pacheco”
- Autor del texto editado
- Cruzada Villaamil, Gregorio (1832-1884)] G.C.V.
- Título de la obra
- El Arte en España. Revista mensual de arte y de su historia, tomo VII, 01/01/1868
- Autor de la obra
- Cruzada Villaamil, Gregorio (1832-1884)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de M. Galiano,
1868
- Paginación
- pp. 93-97
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
RETRATO DE PACHECO
Tanto valdría como negar la luz del sol desconocer la nueva vida, el notable desarrollo que, a pesar de las calamidades que, desgraciadamente, llueven sobre nuestra España desde hace más que mucho tiempo, está adquiriendo cada día el tranquilo y sosegado estudio de la historia y la práctica de las bellas artes entre nosotros. Aquí, donde es raro que el esfuerzo y la voluntad de un solo individuo y mucho menos las de algunos, pocos o muchos reunidos en sociedad, logre llevar a cabo alguna idea que tenga por objeto realizar un hecho pura y exclusivamente literario o artístico, y por el cual no haya medio, ni se quiera que lo haya, de lucro o especulación, ha sido preciso que la mano protectora del gobierno diese el ejemplo primero. Por fortuna, este impulso ha sido benéfico, y merced a él hace doce años que el público ha tenido ocasión de saborear el placer que proporciona la contemplación de las bellas artes, de conocer cuan digno de admiración y de respeto es su cultivo, lo mucho que honran y distinguen a una nación sus glorias artísticas, y el alto grado, en fin, de civilización y cultura que supone la práctica, estudio y crítica de las nobles artes. Los beneficios de aquella protección hoy los estamos tocando, hoy estamos ya recogiendo los frutos que produce aquella semilla comenzada a sembrar hace una docena de años. Si nuestros museos se hallan cuajados de gentes los días de pública entrada; si con frecuencia se llama a oposiciones ya oficiales, ya particulares, para ejecutar obras de arte; si en las academias, en los colegios, en los ateneos hay cátedras públicas de la teoría, de la historia o de la filosofía de las bellas artes; si se publican revistas como la que estas líneas contiene, y como otras muy apreciables, aunque de distinta índole editorial; si la prensa toda dedica constantemente parte de sus columnas a la crónica del arte; si nacen mil controversias sobre el juicio distinto que se forma por unos o por otros de este o aquel cuadro, estatua, templo o monumento artístico; si los libros de historia o de literatura se publican llenos de facsímiles, retratos o estampas; si los admiradores o aficionados, así como los artistas y los críticos de bellas artes nos hallamos divididos en distintos grupos, por razón de pertenecer a distintas escuelas, sosteniendo, por ende, con el propio ardor meridional, controversias animadas, dentro de la dignidad que el terreno del estudio exige; si ha sonado ya la hora de inaugurar el museo de arqueología y de tener un gabinete de estampas, todos estos efectos tienen su verdadera causa en el desarrollo que ha adquirido y adquiriendo sigue en el público español el gusto, la afición, el amor a las bellas artes. La masa general ha comenzado a gustar de un manjar que no se había acordado que existiese, hasta que una y otra vez ha visto que se le ofrecía con insistencia. Lo ha hallado grato, sabroso, ha gozado con él y, aficionándose, va paulatina pero seguramente a sus goces. Y de esta afición, por pequeña que hoy sea, nace o toma grandísimo crecimiento el amor y deseo con que nosotros, los que empuñamos la pluma para escribir sobre las artes, perseveramos en nuestra grata tarea. El número de los libros, folletos o artículos sueltos escritos y publicados en Madrid desde el año de 1856 sobre bellas artes, aun cuando es insignificante comparado con los que en las capitales de otros países se han dado a luz en iguales tiempos, es infinitamente mayor que cuanto se ha escrito en España sobre la materia hasta aquella fecha. Si esto acontece en la corte por efecto de estar reconcentrada en ella lo principal de la vida artística y literaria del país, también a las provincias ha llegado la benéfica influencia, y así vemos exposiciones retrospectivas, libros sobre bellas artes y arqueología, concursos para pintar cuadros, para aclarar dudosos puntos de la historia del arte y hechos, en fin, que la atestiguan. El esfuerzo individual crece y se arraiga aun en los más indiferentes, mientras que en los de ánimo más esforzado llega a producir importantes efectos. Amantes de su patria y deseosos de que las glorias de las escuelas de pintura y los hombres eminentes de ellas sean conocidos y apreciados en su justo valor, dedícanse algunos escritores a dar a conocer la vida y las obras de aquellos artistas, y entre los que a tales trabajos consagran parte de su tiempo merece mención y es digno de alabanza el señor don José María Asensio, de Sevilla.
Cosa conocida es de los lectores de El Arte en España la adquisición que este señor hizo de gran parte del libro de retratos dibujados por Pacheco, y en estos momentos publicándose está en la Biblioteca de El Arte en España, bajo el título de Pacheco y sus obras un libro en que el señor Asensio ha de dar a conocer al público, bajo su doble aspecto literario y artístico, a su paisano y pintor favorito. Con este libro, pues, y con el otro original del mismo Pacheco que ya hemos dado a la estampa, nada ha de quedar por saber de cuanto hoy se conoce que atañe al pintor sevillano. Eruditos literatos por una parte y el señor Asensio por otra, en el mismo concepto y como crítico de bellas artes, retratada dejan el alma y las obras de Pacheco. Nada faltará ya que desear, nada más que conocer el rostro de Pacheco, que publicar su retrato. Todos sabíamos que el retrato existía, porque el mismo Pacheco nos lo dice. En nuestra edición de El arte de la pintura, tomo I, página 256, nos hace saber que acabó de pintar por el año de 1614 un lienzo grande de la historia del Juicio Universal, en precio de 700 ducados, para el convento de Santa Isabel de esta ciudad de Sevilla, y en el mismo tomo, página 263, describiendo parte del cuadro, añade: el montón que está más cerca de nuestra vista de esta parte derecha contiene nueve figuras grandes, con variedad de edades, de carnes y de rostros. La principal y entera está de espaldas; es un mancebo hermosísimo, junto a una hermosa mujer, y ENTRE ESTOS DOS PUSE MI RETRATO FRONTERO HASTA EL CUELLO (pues es cierto hallarme presente este día), y también siguiendo el ejemplo de algunos valientes pintores que en ocasiones públicas entre otras figuras pusieron la suya y de sus amigos y deudos.
Pero ¿dónde estará este cuadro del Juicio Final, que no se halla desde hace algunos años en la iglesia de Santa Isabel? ¿Dónde encontrar esta obra de arte tan curiosa e importante, así por contener el retrato de su autor como por ser al mismo tiempo quizá la obra maestra que salió de sus manos, o al menos aquella a que él mismo dio más importancia, ya por su forma y composición, ya por la erudición que en su desempeño desplegó? Era para el señor Asensio una cuestión de honra literaria hallar el cuadro del Juicio Final. Poseedor de gran parte de la mejor obra de Pacheco, ocupado en la grata tarea de estudiar al artista y al literato, catalogando sus obras todas, así pintadas como escritas, tratando, en fin, de aquilatar la importancia real e histórica del ilustre andaluz, hacía falta que su libro llevara a la cabeza el retrato de Pacheco. Asensio, pues, como no podía menos de suceder, dio con el paradero del cuadro, lo halló en París en poder de un señor sacerdote, y logró que este señor permitiera que se calcara cuidadosa y esmeradamente el retrato de Pacheco. En el mismo momento que el calco llegó a manos de Asensio, salía de Sevilla por el correo en carta certificada para nosotros. Este calco grabado al aguafuerte en facsímil por el señor Jimeno, es el que hoy reproducimos en El Arte en España. No nos es lícito extendernos en consideraciones de ningún género sobre este retrato, porque, habiendo de acompañar al libro de Asensio, y debiendo ocuparse allí de él con la detención que exige, adelantaríamos especies que mucho mejor que nosotros sabrá sentir y apreciar el señor Asensio. Bajo el retrato hemos hecho grabar una firma de Pacheco que de Sevilla nos ha enviado nuestro amigo, y de la cual dará detalles en su libro. Tenemos, pues, que agradecer este nuevo servicio prestado a la historia del arte por el señor Asensio. Y, si después de esto vemos en breve plazo publicado el libro de retratos, el nombre de Asensio será inseparable del de Pacheco, y la nueva gloria que este adquiera por la publicidad que a sus obras sabia y convenientemente comentadas dé Asensio habrá también de alcanzar al estudioso crítico.
Y, ya que por primera vez a luz sale el retrato de Pacheco, parece bien que le acompañen las redondillas que al mismo hizo el festivo Baltasar de Alcázar (las cuales tomamos del tomo I, columna 80 del Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos) que dicen así:
BALTASAR DE ALCÁZAR AL RETRATO DE FRANCISCO PACHECO
Pacheco es este que debe
llamarse
Fénix
por solo
favorecido de
Apolo
y de las hermanas nueve.
Dejole el cielo encargada [5]
la perfición y hechura
de la divina figura
por Apeles principiada.
Con
artificiosa
pluma
saca del sepulcro al hombre, [10]
dándole vida y renombre
que el tiempo no lo consuma.
Y así, sin igual alguno,
usa el oficio de Dios,
por estar entre los dos [15]
partido el poder del uno.
Su pincel levanta el vuelo
hasta el ángel Micael,
y de allí sube el pincel
hasta parar en el cielo, [20]
donde pinta en aquel puesto,
seguro de no tener
quien se le puede oponer,
no siendo Dios el opuesto.
Allí sujetó la idea [25]
de su arte no vencida,
deseada, mas no habida
jamás de quien la desea.
Y él, glorioso de tenella,
con ingenio soberano [30]
va sacando de su mano
divinos traslados de ella.
Y así no es de humano intento
lo que Pacheco nos pinta;
de otra materia es distinta, [35]
de celestial fundamento,
pues con destreza invencible
lo que es espiritual,
dándole retrato igual,
le forma cuerpo visible. [40]
Su vida, en suma, nos dice
que le debe el Betis sacro
levantar un simulacro
que su memoria
eternice,
por que saque por la hebra [45]
después la posteridad
que no menos que a deidad
la
Vandalia
le celebra.
G. C. V.