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Prensa y canon · Canon poético

“Un opúsculo de Pacheco. A los profesores del arte de la pintura”

Autor del texto editado
M.Z. /Pacheco, Francisco
Título de la obra
El Arte en España. Revista mensual de arte y de su historia, t. III, 01/01/1865
Autor de la obra
Cruzada Villaamil, Gregorio (1832-1884) (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de M. Galiano, 1865
Paginación
pp, 29-38
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 21 octubre 2024

UN OPÚSCULO DE PACHECO


No hay necesidad de encarecer aquí hasta qué punto se han hecho raros los escritos del insigne pintor sevillano Francisco Pacheco. Dicho se está que los manuscritos lo son ya de suyo; pero no hay menor dificultad en procurarse los impresos. Grandísima es, sin duda, la de tropezar con el opúsculo de cuatro hojas en 4° que publicó en Sevilla a 16 de Julio de 1622, con ocasión del pleito que ciertos pintores seguían contra el famoso escultor Juan Martínez Montañés sobre haber cobrado este seis mil reales por el retablo mayor de las monjas de Santa Clara de aquella ciudad, dando solos mil y quinientos al pintor que lo doró y estofó. Ceán Bermúdez hizo mención de este opúsculo, aunque de pasada, refiriéndose tal vez al códice de papeles varios manuscritos en que está incluido, colección hecha por el mismo Pacheco en 1631, formada de escritos suyos y de otros autores, de la que existe traslado en la Biblioteca Colombina.

Hasta tal punto escasea el impreso de que se habla, que el caballero William Stirling, tan aficionado como entendido en todo lo relativo a las Bellas Artes en España, únicamente nota en su excelente catálogo de libros de Bellas Artes 1 que atesora en su selecta biblioteca del castillo de Keir (Escocia) una copia manuscrita, debida según dice, a la bondad de su poseedor y copista, el difunto don Bartolomé José Gallardo, que le aseguró no haber visto más ejemplar que el suyo. El propio e idéntico que poseía aquel entendido y eruditísimo bibliófilo (y que lleva la firma de Pacheco, quien tal vez rubricó toda la edición, como habían ya hecho con sus libros anteriormente Juan de Arfe y otros autores) para hoy en la magnífica biblioteca que está formando el señor don José de Salamanca. Allí lo he visto primero y copiado después gracias al favor que me dispensa mi amigo el señor don Pascual de Gayangos, a quien es preciso nombrar con estimación siempre que se trata de libros raros y curiosos. A título de tal reimprimo el opúsculo de que se ha hecho mérito.



M. Z.



A LOS PROFESORES DEL ARTE DE LA PINTURA


Hállome obligado por lo que debo a esta noble facultad (aunque el menor de sus hijos) a dar alguna luz de la diferencia que se halla entre ella y la escultura, lo cual yo excusara si hubiera publicado mi libro. Pero con la mayor modestia que pudiere hablaré en este papel, atendiendo a la necesidad presente, para que pueda servir parte de él de memorial a los señores jueces, si se dignasen de hacerle tanta honra como es pasar por él los ojos.


ANTIGÜEDAD


Y digo en primer lugar que en los escritores antiguos se halla expresada la antigüedad de la pintura, particularmente en Plinio, que dedica un libro entero, y es el XXXV de su Historia natural, a las alabanzas de esta arte. La cual lección es recurso de todos los hombres doctos, que lo podrán ver en el capítulo 3 del dicho libro. Y es cosa asentada y llana ser todas las artes donde interviene dibujo derivadas de la pintura y estar en tercer lugar la escultura. Bastarán dos o tres lugares que lo digan, por no alargarme: póngolos en romance por que se puedan fácilmente conferir. El mayor Filóstrato en el libro de las Imágenes, hablando de la pintura, dice: «Si alguno inquiere el nacimiento de esta arte, la imitación es invención antiquísima, y casi de igual tiempo a la naturaleza». Y Atenágoras más particularmente, en la alegación por los cristianos, dice así: «La adumbración inventó Saurias Sancio, cubriendo o manchando la sombra de un caballo mirado a la luz del sol». La pintura, esto es, los perfiles, inventó Cratón, delineando en una tabla blanca la sombra de un hombre y de una mujer, con diferencia y distinción. Y la coroplástica (que es el arte de vaciar) inventó Cora y su padre Dibutades Sicyonio; esta, amando a un mancebo, y habiendo de ausentarse de ella, la noche antes dibujó la sombra que causaba de él la luz del candil en la pared, y su padre, labrando en fondo dentro de aquellas líneas, hinchó el espacio de barro y salió una figura que después coció; y luego, poniendo la escultura, dice: «Dédalo y Teodoro sucedieron a estos, e inventaron la escultura».

Ya se ve aquí en tercer lugar, como en otros de la antigüedad, la escultura hecha nieta de la pintura; el capítulo 12 de Plinio en el libro referido lo dice claramente así. Praxíteles, excelente escultor, llamaba a la escultura hija de la plática (sic), la cual es hija de la Pintura. No diré más de su antigüedad; vea el docto a san Epifano en el libro I del Panario y en el Anacefaleofio o suma de todas sus obras, tratado del principio de la idolatría, que también la pone en tercer lugar; porque tengo por desacuerdo tomar la antigüedad de la escultura desde que Dios formó a Adán de barro. A lo cual tengo respondido en mi libro asaz. Y digo ahora brevemente que también los sastres hacen a Dios inventor de su oficio, por las túnicas de que vistió a nuestros primeros padres (ya se ve con cuánta razón), pero, antes de formar a Adán, cosa ya sabida es que en aquellos cinco días crió Dios nuestro señor tantas y tan varias cosas, y entre ellas la luz y la sombra, que se podían atribuir mejor a la Pintura, y aun el mesmo hombre de barro no tuvo vida hasta que el Señor con su soplo divino lo pintó de colores, y abrió sus ojos; pero todo esto es obra del Criador, y no de pintor. Y es cierto que la invención de las artes se cuenta desde que hombres las ejercitaron y usaron de instrumentos acomodados a obrar en ellas. Y esto basta a la antigüedad.


NOBLEZA


Su nobleza, entre muchos lugares, dirán estos dos: Plinio en el capítulo 10 de dicho libro, hablando de Pánfilo, pintor, dice: «Que en Cicyon, y después en Grecia, la arte de la pintura vino a recibirse en el primer grado de las artes liberales, y siempre tuvo esta honra, que los nobles la ejercitasen, prohibiéndose por edicto público y perpetuo que no se enseñase a esclavos». De manera que se estableció por ley entre la gente más docta que ha habido en el mundo; por tal arte liberal la tiene Platón en el libro V y X de su República, y Aristóteles en el capítulo 1º de su Política; mas este edito y expresada nobleza que refiere Plinio bien sé que no se hallará en la escultura en ningún lugar de la antigüedad; ni menos el lugar que se sigue fundado en el primero, (como) cosa asentada en las leyes, en el libro XIII del Código Teodosiano, título 4º, de las escusaciones de los artífices, dice: «Los emperadores augustos Valentiniano, Valente y Graciano, a Chilón, lugarteniente de África. Los profesores de la pintura, siendo libres e hijos de libres, habemos constituido que no sean empadronados por su cabeza, ni que en nombre de sus mujeres y hijos estén sujetos a los tributos y pechos; que no sean obligados a registrar sus esclavos bárbaros en el registro censual. Que, así mismo, no sean llamados para la colación y contribución de los tratantes y negociadores, con tal que traten en aquellas cosas que son de su arte. Que puedan tener en lugares públicos sus tiendas y oficinas sin pagar alquiler, con que ejerciten y usen en ellas su propria arte. Habemos mandado también que contra su voluntad no reciban huéspedes. Que no estén sujetos a jueces pedáneos (esto es, de poyo) (sic). Que puedan estar en la ciudad que escogieron. Que no sean llamados para acompañar o llevar caballos, ni para trabajar o dar jornaleros. Ni los jueces los puedan forzar a que pinten los rostros de los emperadores, ni a refrescar las obras públicas sin pagárselo. Todo esto les concedemos, de manera que si alguno viniere contra lo que en su favor se ha establecido sea castigado y sujeto a la pena que los sacrilegios (sacrílegos). Dada a 18 de junio, siendo cónsules Graciano, augusto tres veces, y Equicio».

De manera que por esta insigne constitución se ve claro estar recibida la pintura en el número de las artes liberales, pues se conocía de las causas de sus profesores como de las más nobles artes. Demás de esto, la calidad de muchos de los profesores de la pintura descubre la ventaja que hace a la escultura, fundada en la mesma autoridad de los escritores antiguos (véase Plinio en el libro citado, capítulo 4°), en tantos varones nobles, filósofos, reyes y emperadores que ejercitaron el pintar, y no hallarse alguno que se hubiese aplicado al ejercicio de la escultura. Esto no es por su dificultad y grandeza, porque se aplicaban a otras artes liberales no menos nobles y dificultosas; antes, no la debían de apetecer por lo que tiene de trabajo corporal. Y baste el ejemplo, entre tantos, que cuenta Segisberto en su Crónica de Constantino Octavo, que, despojado de su imperio en el año de 918, se sustentó con el ejercicio noble de la pintura.

Vemos así mesmo que en las sentencias que se traen en favor de las imágenes sagradas, así de santos antiguos como de concilios, se ve más declarada y favorecida la pintura, por ser más viva su representación por la virtud y fuerza de los colores, como lo muestran muchos lugares que yo traigo en el 10º capítulo de la Pintura: pondré sólo dos del gran san Basilio: el primero, de la Homilía de los cuarenta mártires, que dice: «Las flores de la pintura en la iglesia me atraen a mirar, contemplo la fortaleza del mártir, considero los premios de las coronas y como en fuego me abraso con deseo de la imitación, y postrado y humilde adoro a Dios por su mártir, y recibo salud». Y en la Homilía de san Barlaano, mártir dice así: «Levantaos ahora, oh ilustres pintores de los famosos hechos de guerreros fuertes, engrandeced con los primores de vuestro arte la arruinada imagen del emperador, que con la rudeza de mi ingenio yo he pintado; yo me doy por vencido de vosotros en la pintura de los valerosos hechos del mártir; huélgome hoy haberlo sido de vuestro valor con tal victoria; veo las manos en el fuego y la batalla pintada con más perfección y propiedad; veo al luchador y soldado fuerte pintado más ilustremente en vuestra imagen». Bien se ve que nada de esto se puede decir de la escultura a solas, en la madera o el mármol, si no está ayudada de la pintura.


DIFERENCIA


Mas vengamos a la diferencia de estas dos artes, que es lo principal que se pretende. Algunos han querido hacerlas una sola, por razón de ser uno el fin en la imitación de las cosas, así artificiales como naturales e imaginadas; pero lo cierto es que tienen diferentes definiciones, y la de la pintura, que yo estoy obligado a saber, dice de esta manera: «La pintura es arte que enseña a imitar con líneas y colores», como explico en el primer capítulo de mi libro largamente; cuánto más vivamente imite la pintura sin estar pendiente de otra arte diga un ejemplo: el retrato del emperador Carlos V de gloriosa memoria será con más facilidad conocido de todos valientemente pintado de colores de la mano de Ticiano que hecho de madera o de mármol de otro tan gran artífice escultor. Y así mesmo todas las demás imágenes, de que se podrían traer muchos ejemplos, porque los colores demuestran las pasiones y afectos del ánimo con mayor viveza, como se ha dicho, y la figura de mármol y madera está necesitada de la mano del pintor para tener vida, y la pintura no ha menester ayuda de nadie para hacer esto (como se ha visto en muchas ocasiones), y escribe Plinio notables casos de los engaños que hicieron famosos hombres de este arte en la antigüedad. Y para que se vea cuán antiguo es valerse los grandes escultores de grandes pintores para dar vida a su escultura, dice Plinio, capítulo 1° del libro que habemos dicho, que, preguntando a Praxíteles qué obras suyas de mármol aprobaba, respondió que aquella en quien Nicias, famoso pintor, había puesto la mano; de suerte que Nicias retocaba la escultura de Praxíteles. El pintor obra poniendo, el escultor quitando; las obligaciones del pintor son mucho mayores imitando todas las cosas que Dios hizo, los cielos, las aguas, los árboles, los animales y peces, las tempestades, los incendios, etc., con sus diferencias de colores, y las que imita el escultor son limitadas. Es la pintura más universal, más deleitosa, más espiritual, más útil a todas las artes, pues casi todas se valen de ella, y sus profesores han sido aventajadamente honrados más que otros de ninguna profesión, como se ve en todas las edades, con favores, con encomiendas, con hábitos; y, aunque lo han sido los escultores, es como uno entre ciento. Seria nunca acabar hablar en esta materia.


ORDENANZAS


Resta para acercarnos a nuestro intento principal y acabar este discurso advertir algo en las Ordenanzas de los pintores hechas en tiempo de los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, tan justas y santas. La primera divide la pintura en cuatro partes y oficios, y dice que en el que fuere examinado cada uno aquel use y no más. La tercera a los que solamente son doradores no les permite que encarnen los rostros de las figuras de bulto sin estar examinados de ello. En la octava dice: «El oficial que fuere examinado de uno de los cuatro oficios no pueda valerse de otro examinado de aquella parte de que él no lo está, sino sólo usar de la que está examinado». En la 16 dice: «El que es solamente dorador no pueda tomar aun el dorado donde hubiere pintura o imagen de bulto». Todo esto se entiende con los mesmos del arte de la pintura, y, si a estos estrecha de esta manera para que no usen más que la parte en que están examinados, ¿cuánto más razón será prohibirlo a los escultores, entalladores y carpinteros? Y así lo hizo en la 18, que es la última, diciendo: «Otrosí, que ningún maestro entallador, ni carpintero, ni de otra calidad no pueda tomar ninguna obra de pintura, salvo los mismos maestros examinados del oficio, so la dicha pena, que es la primera 600 maravedís, la segunda 1.200, la tercera los mismos 1.200 maravedís y nueve días de cárcel». Conforme a estas leyes, el refugio que al parecer le queda a Juan Martínez Montañés y a los demás es el examen, pues, haciéndolo y dándolos por suficientes, podrán usar la pintura y encargarse de ella.


RAZONES


Discurramos brevemente sobre las razones que alega en su favor: prueba que busca maestros examinados a quien dar las obras y se las paga mejor que sus dueños; llano es que, si busca quien las haga que no las sabe hacer, dirá que las sabe amaestrar. Fuerte cosa parece que, no habiendo aprendido la pintura ni habiendo estudiado en ella, y no pudiendo obrar lo menos que ella enseña, sepa más que los que gastaron toda la vida en saber la teoría y práctica de ella.

Pero concedamos, por cortesía, que sabe amaestrar esta parte, lo cual no es así; si las Ordenanzas, como he apuntado, lo prohíben a los mismos pintores que no están examinados, ¿por qué lo han de permitir a los que aprendieron otras artes ignorando esta? Y, si a estos, con ser pintores, penan y castigan en virtud de ellas, ¿cuánto mayor razón (como se ha dicho) es proceder contra los de otras facultades y oficios que no tienen noticia de la pintura? ¿Y con cuán justa indignación podían ellos proceder contra los mismos pintores si se hiciesen cargo de las obras de escultura y carpintería? Mas quiero permitir que, por comisión de las Indias y encomiendas de fuera (como cualquier otro de la república), las pueda concertar con pintores examinados y distribuir la cantidad que se le remite, aprovechándose de lo que pudiere. ¿Esto, por ventura, podrá ser ley? ¿Podrá ser estanco para encargarse de las obras principales de Sevilla y de su tierra? ¿Dónde pueden los dueños elegir lo mejor y más acomodado a su honra y provecho? ¿No se ve que es tiranía echarse (después que hay pleito) sobre seis mil ducados de obra del retablo del convento de Santa Clara de esta ciudad, tomando cuatro mil y quinientos para sí y dejando al pobre pintor lo demás, mereciendo otro tanto la pintura como él lleva, que es lo que se ha hecho siempre? Dicen que le buscan los dueños, que le solicitan y ruegan que se encargue de todo, porque quieren tratar con él solamente, fiándose de su conciencia y parecer por que no los engañen los pintores. ¡Sabe Dios quién los inclina a esto, y si son por él persuadidos y reducidos a semejante elección! Pues vemos que, fiándose de él, tenía obligación a buscar los mejores maestros, y esto no lo hace, sino los que le acomodan en el precio, dejándose los más suficientes las más veces; todo esto manifiesta la poca lisura de los conciertos y escrituras, paliados y ascondidos debajo de utilidad común, siendo sólo particular suya, como es muy notorio.

Y, si, como publica, es tan eminente, que puede enseñar el arte que no aprendió (ni consta que lo sepa por ciencia infusa) y amaestrar a los pintores, pregunto: ¿podranlo hacer los demás escultores, entalladores y carpinteros de Sevilla o los que han de suceder después? ¿Es justo que se quebranten por él las leyes, o que se hagan leyes nuevas contra el bien común y contra las hechas tan justificadas y santas; que es útil y provechoso (si lo fuera) que los escultores y entalladores se encargaran de más que su madera? Cosa cierta es que, desde que se hicieron retablos en los templos y obras de grande importancia y costa de los prelados en beneficio de las fábricas y conventos, no se hubieran encargado distintamente a cada arte lo que le pertenece, concertando cada cosa de por sí con los maestros examinados, escultores y pintores. Pues, si sucede alguna ruina o reparo, es fuerza llamar a cada uno de por sí para encargarle lo que le pertenece solamente. Y, si esto se ha mudado o alterado alguna vez, encargando a uno solo, escultor o pintor, la obra, ha sido por ser maestro examinado en ambas artes de escultura y pintura y haber hecho demostración públicamente.

Y, aunque algunos pintores interesados o ignorantes condescienden persuadidos con que les enseña, no tienen razón ni justicia en darle título de su maestro, aunque les advierta de algunas cosas, porque no sólo pueden advertir a medianos pintores personas de buen juicio (aunque profesen otras artes), pero a los muy grandes artífices, humildes oficiales, como el zapatero advirtió a Apeles, insigne pintor de la antigüedad, en el calzado de una figura, y no por esto fue su maestro; antes, habiendo tomado atrevimiento para corregir neciamente otras cosas, fue reprendido con severidad de Apeles con las sentenciosas palabras que refiere Plinio en el capítulo 10 del libro referido: Ne sutor ultra crepidam. El zapatero no debe juzgar más que del calzado.

Yo oí a dos hombres cuerdos que en mi propria casa advirtieron a cierto escultor (de igual opinión a Juan Martínez Montañés) el descuido que había hecho en la túnica de un san Jerónimo en la penitencia, diciéndole que el cuello parecía pretina de calzones, y que los botones de él estaban puestos al revés, y trajo los hierros en mi presencia y de los de mi casa y los trocó y recogió la abertura del cuello, porque confesó que los que le corrigieron habían tenido razón; mas preguntémosle si será justo por este hecho que llamemos a éstos maestros de semejante artífice.

A que no es ni se ha de llamar pintura estofar las ropas y encarnar los rostros, ni ayudar las historias de bulto, no respondo, porque ya he dicho que lo es, y porque lo dicen expresamente nuestras Ordenanzas. Y sería mayor disparate mío refutar con seso semejante despropósito. Porque es muy diferente cosa decir que no es esto pintura que ser más fácil que dibujar y pintar un cuadro de una historia, como él también dice.

Tampoco me meto en juzgar los defectos de sus obras, aunque los bien entendidos de Sevilla los hallan en las que ha puesto más cuidado; porque estoy persuadido que es hombre como los demás, y no es maravilla que yerre como todos, y por eso aconsejaría a mis amigos que suspendiesen el alabar o vituperar sus obras, porque lo primero lo hace él mejor que todos, y lo segundo no falta quien lo haga como hemos dicho.

Y por que no me obligué a responder a todas las imaginaciones o sueños de Juan Martínez Montañés esto basta, que es lo que se me ofrece en la ocasión presente, donde ha sido forzoso tratar verdad respondiendo por mi arte. Debajo de la corrección de los doctos a quien pido perdón de haberme alargado. A 16 de julio de 1622 años.

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