Prensa y canon · Canon poético
“Un encuentro (Conclusión)”
- Autor del texto editado
- A.S.G.
- Título de la obra
- El espósito: revista semanal de literatura, ciencias, artes, modas y teatros, nº 10, 8 de noviembre de 1846
- Autor de la obra
- Díez Fernández de Córdoba, Manuel (dir.)
- Edición
- Cádiz:
Imprenta de la Casa de Misericordia,
1846
- Paginación
- pp. 77-78
Fuentes
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Un encuentro
(Conclusión)
Dicho esto, sacó Félix un mugriento y emborronado papel, y como avergonzado de su acción le presento al infortunado compañero, que parte encomendando su contenido al silencio, parte recitándolo en alta voz, detúvose particularmente en los siguientes trozos del escrito, que al parecer le agradaban sobremanera:
Advierte que te llevan
a dar entre las rocas
de la soberbia envidia
naufragio de las honras.
Cuando por las riberas [5]
andabas costa a costa
nunca del mar temiste
las iras procelosas.
Segura navegabas,
que por la tierra propia [10]
nunca el peligro es mucho
adonde el agua es poca.
Verdad es que en la patria
no es la virtud dichosa,
ni se estimó la perla [15]
hasta dejar la concha.
Dirás que muchas barcas
con el favor en popa,
saliendo desdichadas,
volvieron venturosas. [20]
No mires los ejemplos
de las que van y tornan,
que muchas han perdido
la dicha de las otras.
Para los altos mares [25]
no llevas cautelosa
ni remos de mentiras,
ni velas de lisonjas.
...
...
No quieras que yo sea,
por tu soberbia pompa, [30]
Laetonte de barqueros
que los laureles lloran.
...
...
Al bello sol que adoro,
enjuta ya la ropa,
nos daba una cabaña [35]
la cama de sus hojas.
Esposo me llamaba,
y yo la llamaba esposa,
parándose de envidia
la celestial antorcha. [40]
Sin pleito ni disgusto,
la muerte nos divorcia.
¡Ay de la pobre barca,
que en lágrimas se ahoga!
Quedad sobre la arena, [45]
inútiles escotas,
que no ha menester velas
quien a su bien no torna.
Si con eternas plantas
las luces fijas doras, [50]
¡oh dueño de mi barca!,
y en dulce paz reposas,
merezca que le pidas
al bien que eterno gozas
que a donde estás me lleve [55]
más pura y más hermosa.
Mi honesto amor te obligue,
que no es digna victoria
para quejas humanas
ser las deidades sordas. [60]
¡Mas, ay, que no me escuchas!
Pero la vida es corta:
viviendo todo falta,
muriendo todo sobra.
—¡Versos! ¡Poesía! ¡Señor Lope de Vega! —exclamó entusiasmado el desconocido, entregándole otra vez los versos—. Vuesa merced no debe aborrecer esta nuestra vida de angustias y dolores, cuando la gloria con tanto señorío y majestad aparece en sus primeros albores, halagando su dulce y clarísimo numen.
—Me sonrojáis con vuestras lisonjas y alabanzas, soldado de Lepanto —le interrumpió Lope—. Y ¿quién sois para que por solo esos mal trazados renglones os elevéis sobre la esfera del conocimiento humano y oséis decirme lo que la naturaleza no ha querido revelarme? Deseche vuesa merced semejantes pensamientos, olvide esas palabras con que se vale la Italia para deslumbrar a nuestros más leales y valerosos capitanes, y este vuestro amigo no dudará de vuestra sinceridad.
—Mis palabras son tan bijas de mis labios españoles como la conciencia del corazón del hombre; creerlas o no creerlas toca a vuesa merced, pero no me digáis, si estimáis mi honor ofendido, que no son españolas.
El sol llegó ya a su ocaso; la ancha plaza quedó insensiblemente desierta; solo alguno que otro, cuya dama encerraban aquellos contornos, la transitaba. El veterano, embozándose, se despidió del poeta, que, admirado de su protección, preguntole cuál era la causa por que se alejaba de su lado; instole por saber la historia de su vida.
—Mi deber y el vuestro, señor Félix; la gloria ganada por las armas difícilmente se aúna con la de las letras; la una no puede humillarse a la otra; los preceptos que trae consigo la una los reprueba la otra; las dos desean libertad porque son grandes y heroicas; procurad si es posible no envidiar aquella y contentaros con esta que es inmortal. ¿Ansiáis la relación de mis desventuras? ¿Qué interés se halla en ella que llame la atención del señor poeta, sino desdichas sobre desdichas? El deseo de vengar a mi patria y la afición a la afanosa carrera de las armas se ha satisfecho; los gratos recuerdos embriagan y amortiguan mis dolores. Lepanto y sus salobres aguas, Argel y sus profundos calabozos, y los largos remos de las pesadas galeras han conocido mis placeres, han visto hasta dó fueron mis esfuerzos para volver a mi España, porque, si los pobres, aunque mendigos, suelen llevar con paciencia el verse desterrados o ausentes de su patria, donde no dejaron sino los torreones que le sustentaban, ¿qué sentirán los ausentes que dejaron en sus tierras los bienes que de la fortuna pudieron prometerse? He aquí reducida la historia de mis males.
—Espero, valiente soldado, que aguardaréis explicaros más; nuestras penas se enlazan, y el consuelo que las alivie ha de ser recíproco. Dios y el Cielo guíen vuestros pasos.
—Él vaya con vos, poeta, y, en caso que la suerte o el destino nos separe, suplico a vuestra merced, señor Félix Lope de la Vega Carpio, que respete la memoria y el buen nombre de Miguel de Cervantes Saavedra.
A.S.G.