Canon poético · Textos historiográficos
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- Anónimo
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- Autor de la obra
- Anónimo
- Edición
- ca. 1841
- Paginación
- ff. 1v-20r.
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar Ms. CER-1839-2 del Archivo de la Real Academia. (texto completo)
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Transcriptor: Ioannis Mylonás Ojeda
Transcriptor: Ioannis Mylonás Ojeda
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 27 mayo 2024
A la Real Academia Española.
Discurso en el cual se examina:
«Hasta qué punto es posible y conveniente imitar a los célebres escritores del Siglo de Oro de nuestra lengua, conservándole su pureza y demás dotes peculiares que la distinguen y acomodándose a lo que exige la mudanza de los tiempos y el estado actual de los conocimientos humanos.»
«Usus… arbitrium est, et just, et norma loquendi» Hor. Ad Pisones.
«El uso es del hablar juez, dueño y norma» trad.
Buscar entre dos opuestos extremos el punto medio, como aquel donde están la verdad, la razón y la justicia, es acción recomendada por todos cuantos dan consejos o dictan preceptos, así para regular la humana conducta en los negocios públicos y privados, como para dirigir acertadamente el ingenio cuando se le dedica al cultivo de la letra y de las artes.
Máxima esta, si en alguna mínima ocasión errónea, cierta y juntamente saludable las más de las veces, y máxima cuya observancia conviene con particularidad a quien escribiendo en nuestros días pretenda por una parte conservar pura en sus composiciones la lengua de sus antepasados, y por el lado contrario huya de cometer el pecado de afectación con remedar el acento de otras edades, y quiera ajustar su estilo y dicción a sus pensamientos, hijos de la hora en que vive, y a la índole de los tiempos en que salen a luz, y han de ser saboreadas y purgadas sus producciones.
Pero a fin de dar con el punto medio que se busca, necesario es medir cuidadosamente el terreno, no sea que se equivoquen las distancias, y una crítica sana e ilustrada es el único instrumento con que se puede tomar semejante medida.
Innegable es que la ciencia de la crítica está ahora muy adelantada y floreciente. Había vivido siglos sin tener considerables aumentos, y en una época novísima ha adquirido una perfección singular. Ciertamente, en cuanto a producir obras de primera clase, andamos escasos, si bien quizá no tanto cuanto creen o dicen algunos censores por demás descontentadizos, pero en lo tratante a comprehender y tasar el valor literario o artístico de las preciosidades que nos dejaron legadas nuestros mayores o de los trabajos de nuestros contemporáneos hacemos ventaja no solo a nuestros abuelos, sino también a nuestros padres; aconteciendo como siempre que la era de los mejores críticos es posterior a la de los autores de más nota y monta.
Se ve en la crítica nueva, poniéndola en cotejo con la antigua, no solo adelantamiento, sino lo que bien puede llamarse mudanza, pues de meramente exterior ha pasado a ser interna, no contentándose con juzgar las obras del ingenio por sus formas, sino pretendiendo y consiguiendo con frecuencia averiguar y poner patente el espíritu que las anima y ha criado. Esta crítica, nacida en Alemania, bautizada allí con el nombre de estética, o acompañada del epíteto trascendental, se ha propagado a otras naciones y es cultivada con buen fruto y lucimiento en Inglaterra y Francia, y donde quiera que las letras florecen y aun de ella hay conocimiento en España, si bien corto y somero. Es ciencia atrevida, sutil, oscura, y suele errar en sus atrevimientos, y por adelgazar demasiado se quiebra, y por escudriñarlo todo se descarría, y aun se pierde entre nubes o cae de golpe por remontarse demasiado, pero cierto es que ha descubierto y revelado mucho, ensanchando considerablemente la esfera del saber, y rectificando no pocos errados juicios.
Se ve en la crítica nueva, poniéndola en cotejo con la antigua, no solo adelantamiento, sino lo que bien puede llamarse mudanza, pues de meramente exterior ha pasado a ser interna, no contentándose con juzgar las obras del ingenio por sus formas, sino pretendiendo y consiguiendo con frecuencia averiguar y poner patente el espíritu que las anima y ha criado. Esta crítica, nacida en Alemania, bautizada allí con el nombre de estética, o acompañada del epíteto trascendental, se ha propagado a otras naciones y es cultivada con buen fruto y lucimiento en Inglaterra y Francia, y donde quiera que las letras florecen y aun de ella hay conocimiento en España, si bien corto y somero. Es ciencia atrevida, sutil, oscura, y suele errar en sus atrevimientos, y por adelgazar demasiado se quiebra, y por escudriñarlo todo se descarría, y aun se pierde entre nubes o cae de golpe por remontarse demasiado, pero cierto es que ha descubierto y revelado mucho, ensanchando considerablemente la esfera del saber, y rectificando no pocos errados juicios.
Era antes uso corriente entre los preceptistas reconocer y señalar modelos de belleza absoluta, y de ellos y del buen juicio sacar reglas de formas y proporciones, a las cuales hubiesen de ajustarse las obras de invención, así en letras como en artes, sin que la diferencia de época, de patria, de religión, de leyes y de costumbres tuviese que variar en cosa alguna la índole y modo del trabajo que tocase hacer a los literatos o a los artistas. Así para el arte pagana y para el arte cristiana regía el mismo código de leyes, el cual tanto obligaba al hablante de las regiones septentrionales cuanto al que moraba en la zona tórrida o en climas templados.
De igual modo debían inventar, componer, dibujar y colorear sus obras los súbditos de una monarquía moderna que lo habían hecho los ciudadanos de una república antigua: el rostro de una Venus, o cuando más de una Juno o de una Minerva, no desdecía de la efigie de la Inmaculada madre de nuestro Divino redentor: de las figuras de los Dioses y héroes de la Antigüedad gentílica venía bien tomar tipos que representasen en tablas o lienzos al hijo de Dios hecho hombre o al Santo mártir o penitente: en el Partenón convenía estudiar la traza de las Iglesias católicas. Los palacios y miradas de griegos y romanos cuadraban a los franceses, ingleses, alemanes o rusos para labrar otros idénticos en sus tierras. La musa de Homero y Sófocles era la que había de ser invocada por los poetas de todas las edades: en suma, vivir bajo un cielo despejado o nebuloso, respirar un aire frío, templado o abrasador; morar con frecuencia al aire libre y al cielo raso, o en bien abrigados aposentos al lado de un lugar lleno de leña o carbón encendido; alimentarse de carnes y beber licores o fuertes o pesados, o nutrirse de sustancias ligeras, y apagar la sed con puras y delgadas aguas; adorar a Dios conforme a una religión toda espiritual o contemplativa, o según los ritos de otra en que las pompas del culto ocupan y embargan los sentidos; vivir bajo instituciones que amoldan a la obediencia sumisa, o bajo las que dan ensanche al discurso y a la voluntad; hablar una lengua rotunda, y por lo abundante en vocales llena de sonidos claros, u otra áspera, y por lo compuesta de gran número de consonantes, confusa en sus acentos; ninguna diferencia debían producir en la formación de las ideas, en la mente humana, ni en la creación y lección de las formas que para expresar los pensamientos se discurriesen y empleasen.
Contra estas reglas, en cuya verdad y bondad creían todos, se rebelaba, sin embargo, aunque no conociendo su rebeldía, la razón, y así, por instinto, desdecía la práctica de la teoría, pues ni los autores escribían, ni los artistas trabajaban puntualmente según les era mandado, según se figuraban ellos mismos, o según los juzgaban sus censores para darles alabanza o vituperio. Solía acertarse y solía conocerse y aplaudirse el acierto, pero dando para la aprobación erradas razones, y también había primores tachados como lunares, sucediendo por el contrario que pasaba por perfección lo que distaba mucho de serlo, pues era forzado remedo de alguna cosa para admirada, sí, pero no para imitada.
Más advertidos que sus antecesores, los buenos críticos, nuestros contemporáneos, aun errando convengan en reconocer y dar reglas de perfección, seguras y adaptables a todas las ocasiones, divisan y atribuyen diversos orígenes a la belleza de las producciones del humano entendimiento, y por eso en unas cosas recomiendan que se avengan los escritores modernos de todo punto a los de la clásica antigüedad, y en otras cosas aprueban que de ellos se desvíen, diferenciándose asimismo entre sí un tanto, según son diferentes el país de su nacimiento, las leyes bajo las cuales viven, las costumbres de sus respectivas tierras, y el idioma que hablan y de que en sus escritos se valen.
Por la luz de semejante crítica hemos de ser guiados para acertar el mejor modo de resolver la cuestión que la Academia Española ha propuesto a los autores deseosos de tratarla en competencia honrosa, y de que habla el presente escrito.
Porque tratándose de si conviene o no escribir hoy en España, ni más ni menos como escribían en los siglos decimosexto y decimoséptimo los hombres de mayor ingenio, y más extensa y sólida instrucción, bien estará averiguar en qué nos parecemos a nuestros mayores, y en qué de ellos diferimos para buscar semejanza de estilo y dicción, tanta cuanta la hay en nuestras situaciones y a fin de que donde sea notable la diversidad entre ellos y nosotros, evitemos remedarlos en la expresión, no cometiendo la grave falta de dar torcedor al pensamiento, y a la frase un giro violento, y por lo mismo afectado.
Hay en la lengua castellana, como en todas, un natural o carácter suyo privativo, del cual nunca se desprende, aunque las circunstancias le alteren o modifiquen. Hija es de la latina, por más que haya quien por un raro capricho le atribuya origen godo, o quien dé al árabe mayor parte que la que realmente le cabe en su composición, e hija tan parecida a su madre, que en ciertos puntos, su hermana, la italiana, le queda atrás en perfecta semejanza al tiempo de que ambas proceden.
Es claro, pues, que esta conformidad con aquella nuestra lengua madre pide en quien escriba bien en castellano algo de color o sabor latino. Se place nuestra lengua en formar periodos rotundos, no pareciendo en ella violentas algunas transposiciones, ni desdiciendo de su índole sacrificar alguna vez la precisión y el método riguroso de que tanto se envanece la de Francia nuestra vecina a la más melodiosa colocación de las palabras.
Adolecen asimismo el estilo y dicción de los españoles aquel de conceptuoso y verboso, y estotra de lo mismo y juntamente de un tanto hinchada, si ya no es que llamándola grandilocua, damos a una falta el nombre de la perfección que se le asemeja. Hay quien achaque a la prolongada residencia en España de los árabes nuestros hábitos de pensar y ver y juzgar los objetos que se manifiestan en el modo que usamos para expresarnos, pero quizá no sea del todo acertada esta opinión, pues ello es que hasta en los escritores latinos, hijos de nuestra patria, advertimos un tanto de los vicios comunes en los autores que han escrito o escriben en la moderna lengua de Castilla. Hinchado es Lucano y también amante de conceptos demasiado sutiles, y de hinchazón está viciado Séneca, así como de adelgazar con exceso el ingenio, pecando de afectación, tanto en los pensamientos, cuanto en el estilo y hasta en el corte de la frase. Ni lo que llamamos hinchazón, ni lo que calificamos de excesiva sutileza, lo es tanto, según el modo de pensar y ver que tenemos los españoles cuanto lo sería con arreglo a las ideas de los franceses. De esto se hizo cargo Voltaire, no obstante ser crítico de la escuela antigua, al citar «las tinieblas visibles» de que habla Milton, o la expresión parecida de nuestro Solís cuando dice que en un edificio mexicano había la luz bastante «para permitir que se viese la obscuridad» como pensamientos y frases que parecerían mal en un libro francés pero que no disuenan a oídos ingleses o españoles. Y la verdad es que si nosotros, dóciles algún día a los ejemplos y preceptos que nos venían de Francia, dimos en condenar el atrevimiento de nuestro historiador, muy al revés, los ingleses no solo siguen admirando el dicho de un gran poeta, sino que las «tinieblas visibles» son expresión que ha quedado y anda entre ellos corriente, citándose como clásica y aun empleándose en modernos escritos. Prueba ello de que, en las lenguas, como en los pensamientos de los hombres, hay algo natural y característico, o cual, o en balde se procura borrar, o, si procurándolo se logra, es a trueco de despojar el lenguaje de sus castizas galas, y de apagar la fantasía, poniendo en prensa el entendimiento.
Pero si el habla castellana tiene su índole propia, que forzosamente ha de seguirla como pegada a ella, en todos sus progresos y mudanzas, no está por eso exenta de la obediencia a aquellas leyes que gobiernan al linaje humano, influyendo en cuanto se piensa y se dice, y obligando a las ideas y expresiones a ir variando con los tiempos y las cosas. No es la república literaria un cuerpo cuyos miembros no tienen entre sí conexión, sino dependencia los menos de los más principales.
Caminan los siglos y se mudan, y con ellos nos trocamos los hombres: se enlazan y estrechan cada día más los pueblos, y se hacen a todos ellos comunes las ideas capitales, así políticas como literarias. Nace de esta unión semejanza en el estilo de autores no compatriotas que escriben en lenguas diferentes. Adelantan varias ciencias y se vulgarizan, y de ellas se originan modos nuevos de ver y declarar lo que se concibe. Destiérranse preocupaciones y errores, yéndose en su compañía las frases que los expresaban. Alcanza a España esta ley común, pero no es aquí solo donde se conoce su fuerza y se sienten sus efectos. Mucho nos quejamos, y con justo motivo, de ver adulterada nuestra pobre lengua, la cual en manos de infinitos escritores ha llegado a quedar hecha un monstruo, pero pasan alguna vez de raya nuestras quejas tomando por adulterio lo que es forzoso divorcio de lo pasado, y nueva no menos necesaria conexión con lo presente, no reparando por otra parte en que si trocado está el idioma castellano de su antiguo ser, lo están asimismo y si no tanto poco menos, las lenguas extranjeras.
Fue nuestra patria poderosa y dominadora a principios del siglo decimosexto, y continuó con su gloria y poder, aunque con escasa ventura, hasta promediar la centuria siguiente. Se estableció en ella un gobierno absoluto, y, en gran manera, teocrático, y, de tal modo, se dispuso la educación que maridase con la forma del gobierno establecido, y con las ideas a él anejas.
Culto parecía la lealtad española en los tiempos en que con frase peculiar de nuestra nación, aplicando a Dios tratamientos terrenales y al monarca afectos como devotos, con el título de ambas majestades, se equiparaban lo humano y lo divino. A la par con esto, florecían los estudios escolásticos, siendo si no la única planta cultivada en nuestro suelo intelectual, la que más en él prevalecía, extendiendo, por donde quiera, sus raíces y su ramaje, y comunicando algo de su olor, de su sabor, y hasta de su esencia a cuanto la circundaba, todo ello tenido por de valor en comparación muy corto. Por otra parte, quienes aquí sabían tanto cuanto los mejores de más cultos e ilustrados pueblos, sabían las ciencias tales cuales eran en las edades pasadas.
Se formó, pues, entre los autores españoles un estilo general, sin que por eso cada cual dejase de tener el suyo propio, pero eran estos estilos individuales poco diferentes, pareciendo ramas de un común tronco, o más o menos artificiosas variaciones sobre un común tronco. Algo parecido pasaba en las demás naciones, y si era parecido y no idéntico, siendo aquí más que allí uniformes los pensamientos y poco varía la expresión, debíase ello a ser mayor en España que en aquellas tierras la estrechez del carril por donde el entendimiento iba caminando entre vallas insuperables. Del corte de la frase latina se valían nuestros escritores, de entre los cuales, los más entendidos y diestros remedaban a los italianos, siendo acaso tan frecuentes los italianismos 1 , aun en las buenas obras castellanas del siglo décimo sexto, cuanto lo son los galicismos en las composiciones de estos días. Lo cual nació así de la semejanza entre la lengua madre y sus dos hijas, como de la casi identidad en los estudios y en el modo de pensar de los hombres de una y otra tierras, nacidos en clima igual o poco menos, viviendo en la profesión de la misma religión, y unidos por frecuente y estrecho trato.
Allegase a esto que los autores, casi todos, adoptaban unos mismos pensamientos, cortos en número, y tomados la mayor parte de un escritor latino. Así en las bucólicas españolas (y églogas escribieron casi todos nuestros poetas antiguos) era obligación imprescindible traducir más o menos perifraseado el verso del Coridón de Virgilio.
«Nec sum adeo informis: nuper me in littore vidi». Así los historiadores castellanos se creían precisados a encabezar sus trabajos con un remedo de los proemios de Tácito en sus Anales, o en su Historia, como se ve en Mendoza, en Mariana, en Sigüenza, en Moncada, en Melo, y hasta en una ocasión en Antonio de Herrera, el cronista de Indias, el cual, siendo tan desnudo de adorno, y aun árido en su composición, en esta, como necesaria para su tarea, da a su obra más pulimento y elegancia.
Las metáforas y alegorías contenidas en las obras españolas de las antiguas edades eran todas conformes a los conocimientos que a la sazón se alcanzaban y prevalecían. Sacábanse muchas de la astrología o astronomía de aquellos tiempos, de su medicina no pocas, de la filosofía escolástica en abundancia. Así leemos mucho de los polos del estado y de los humores de la república, y con frecuencia vemos usado el verbo argüir donde ahora emplearíamos deducir o suponer.
Pecaban de incorrectos y malos gramáticos nuestros antiguos escritores sin quedar exentos de este vicio los de más nota y fama. Se advierte al mismo tiempo que se aquejaban todos ellos del poco cuidado con que era cultivada su lengua. Y, bien que la imperfección del arte de la imprenta haga aparecer en obras antiguas faltas que no lo eran del autor, todavía se descubre en la poco lógica distribución de los periodos y en el promiscuo uso de algunas partes de la oración cuan a tientas se cuidaba entonces por los caminos de la composición y de la imitación.
Se ha notado que se complacían los escritores de nuestra lengua en formar periodos largos y numerosos, explayando con pensamientos en vez de sugerirlos, de donde ha venido a inferirse y darse por seguro que el estilo llamado periódico es propio del idioma castellano, así como el truncado lo es del francés, y que por ser galicistas los españoles de estos días suelen expresarse en periodos breves. Idea esta no tan cierta como generalmente se supone. Porque, en primer lugar, lo que se achaca a los hombres de España en cierto tiempo, era costumbre de los hombres todos en aquella edad, siendo constante que los italianos en el siglo décimo sexto usaban de periodos dilatadísimos, como se ve en Guicciardini y aun en Machiavello, notándose que los ingleses, hasta en el siglo décimo séptimo, incurrían en el mismo vicio o daban a su composición la misma perfección, y no faltando ni en Francia misma por aquellos tiempos ejemplos de estilo nada cortado. Y por otro lado en nuestros días escritores hay no franceses ni españoles que en hacer periodos cortos por demás exceden a cuantos hoy escriben en lengua francesa o en la castellana moderna y corrompida. 2
En segundo lugar, no todos los periodos que parecen largos lo son efectivamente, pues nace su aparente dilatada extensión de no haber acertado el autor a poner punto redondo donde para o varía el sentido. De esto se ven frecuentes ejemplos en el Quijote, pregonado como un modelo de dicción y aun de estilo castellano, y dado por tal con razón, no obstante haber en él faltas y no pocas. Y, en tercer lugar, periodos breves hay en autores castellanos antiguos, aun sin contar con los de Saavedra cortos en demasía, y cuya cortedad está afeada con afectación visible. No se dilatan mucho los de la Diana enamorada de Gil Polo y hasta el Padre Sigüenza en su narrativa pone bastantes seguidos de harto reducidas dimensiones. De la Historia de la Orden de San Jerónimo en las páginas 229 y 230 y 230 edición de 1600 sacamos los trozos siguientes por ejemplo de los periodos breves seguidos: «No basta esta (la santidad) si no se acompaña con mil reglas de prudencia. Verdad que nunca falta a los santos, mas es otra cosa para gobernar a sí a solas y otra para gobernar a los otros. Muchos hemos visto buenos para en particular, y puestos en público no han acertado… También lo quiere dios ansí, mas no quiere que se olviden de la justicia. Poner esto en fil es casi milagro.» «Turbose con esto un instante la quietud de que gozaban unos y otros. Partiose todo el convento en dos bandos, y tras ellos caminaban los seglares. Unos lo creían, otros no podían ni aún imaginarlo. Los que no estaban tan sanos, ni tan puros, fácilmente les tocó la peste, y se malearon con el aire corrompido. Los que de veras caminaban quedaron enteros. Los buenos aun a lo muy torcido hallan excusa; los enfermos y flacos todos los escandaliza y empeora. Juzga al fin cada cual como quien es».
Pero aunque estas contradicciones a la opinión común sean valederas y fuertes, todavía es cierto que el estilo castellano por lo común verboso y con algo de hinchazón, más peca por dilatar que por recoger los periodos. Y cierto es que el hacer periodos cortos coincidió con la época llamada de la corrupción del gusto, en la cual, según es fama, se perdió la clásica sencillez antigua, cediendo el terreno a la invasión de culteranismo y barbarie.
Llamada de la corrupción acabo de decir y no más, y si llamada así con razón o no, materia es que pide examen, aunque sea no muy detenido. En verdad, cotejadas las obras españolas de mediados y fines de siglo décimo séptimo y del primer tercio y aun de gran parte del segundo del décimo octavo, con las de la época inmediatamente anterior, puede afirmarse que la corrupción aparece clara, pero resta saber si se corrompió lo enteramente sano, o si creció y llegó a lo sumo un daño que ya antes existía. Nunca por cierto fue acendrado el gusto de nuestros autores, ni podía serlo, faltándoles juicio crítico, ni este era posible tenerle en las circunstancias de nuestra patria por aquellos tiempos. Aun de los más sabios y graves entre ellos se pueden sacar trozos donde se ven los vicios que se manifestaron en toda su fealdad y fuerza en composiciones posteriores: conceptos sutiles, paranomasias, hipérboles desmedidas. No hay casi uno de ellos que en alguna ocasión no juegue con los vocablos. No le hay que al ponderar grandezas, particularmente si son las de su patria y de sus reyes, no saque de quicios la alabanza, poniéndola en términos de exageración inaguantable. Sirvan para prueba de lo fundado de este aserto las aprobaciones de los libros, los cuales son de las cosas en los libros españoles donde se encuentran mayores y más numerosas ridiculeces. Sin duda los aprobantes desde la segunda mitad del siglo décimo séptimo hasta días de nosotros poco lejanos excedieron notablemente en lo pedante y disparatado a sus antecesores en el mismo oficio, pero aun en aprobaciones escritas a fines del siglo décimo sexto o en los años primeros del próximo siguiente, época que viene a ser la edad áurea de nuestra literatura, no faltaban pedantería y gusto depravado.
Ello es que en las composiciones castellanas de los tiempos más corrompidos hasta que tropezamos con una casta de autores de escuela nueva y francesa notamos semejanza con las obras de anterior fecha y mejores días, apareciendo en aquellas patentes, y llevados al extremo defectos que en estas empiezan y asoman y conservándose hasta en las peores producciones un aspecto español castizo que hubo después de perderse dado a trueco de ajenas, pero buenas calidades.
La generación que tomó de la Corte de Felipe Quinto las modas francesas, traídas a nuestra tierra por aquel monarca extranjero, cambió la faz de la literatura española. Los escritores de la escuela galo hispana, fundada a la sazón, distan de los autores sus compatricios que inmediatamente los precedieron más que distaban estos, sin exceptuar al extremado culterano o al rematado Gerundio, de los Leones o de los Cervantes. Sentencia esta que probablemente causará escándalo, pareciendo por demás injusta y desatinada, pero quien tal la creyere o declárase, se acreditará de juzgar por afuera y someramente en materia de estilos. La alteración y mudanza que hubo en el de los escritos españoles durante el siglo próximo pasado consistió mucho más en la esencia, o digamos en el alma, que en la forma. Manaba el raudal de una vena diferente de la antigua. Los pensamientos habían variado hasta ser completamente otros, hijos de otras ideas madres y oriundos de otras tierras, cuyas costumbres y leyes en nada se parecían a las de España. Por qué el catolicismo de Fénelon, o del más ortodoxo Bossuet, o el de Pascal, o el de Bourdaloue, era muy desemejante del de Granada o Sigüenza, y en cuanto al estado de las ciencias, artes y letras en la nación vecina, reinando en ella su Luis décimo cuarto el Grande, era diversísimo del de las mismas en nuestra tierra, mientras estuvo regida por los príncipes austríacos.
Muy controvertible es y no poco controvierte si ganó o perdió la literatura castellana con haberse mudado tanto y en tal manera. Que la mudanza completa, como fue, era irremediable parece cierto a punto de no admitir disputa, porque hay su linaje de fatalismo en los sucesos políticos y asimismo en los literarios, naciendo ello no de la fuerza del ciego destino, sino porque de ciertas causas indefectiblemente salen ciertos efectos correspondientes. Pero estas consecuencias forzosas son o buenas o malas o mixtas, por donde no estará de más ir averiguando si las que en nuestra literatura produjo el imperio de la moda francesa fueron saludables o dañosas, o como sucede en las cosas del mundo, entreveradas de bienes y de males.
Los defensores extremados de la nueva fe literaria y de las obras que dio ella de sí alegan haber llegado las cosas en España a principios de la décima octava centuria al último punto de barbarie, estar borrados los vestigios del buen gusto, las ciencias casi muertas, puesta en lugar de ellas una desconcertada jerigonza, perdido el arte de bien decir, expresándose de ridículos modos absurdísimos pensamientos, que nada había que destruir o matar donde todo era minas y podredumbre, por lo cual, empezándose vida nueva, bien estaba comenzarla del mejor modo posible, encaminándola por buenos senderos, que en Francia brillaba entonces con fuerza y pura la luz del sabor, despidiendo hermosos destellos por el lado de las letras, así sagradas como profanas, por el de las nobles artes, y también por el de las ciencias todas, que de allí era forzoso tomar ejemplo y pauta, a no inventar nuevos desconciertos, siendo una y no más la verdad, regla tan aplicable cuanto a la moral a la literatura, y a todo aquello en que se ocupa el pensamiento de los hombres.
Pocas y no buenas razones pueden darse contra las que se acaban de exponer; pero esas pocas no carecen de valor, teniéndole relativo cuando no absoluto. Confesándose lo sumo de la decadencia o diciéndolo con más propiedad lo completo de la ruina de las ciencias y letras en España por los tiempos de la subida al trono de Felipe Quinto, conviniéndose en que para su resurrección hubo de ser forzoso emplear el medio que entonces se empleó, todavía puede lamentarse la que fue necesidad como desgracia.
La semilla literaria traída al suelo español, de origen extranjero era: extranjero fue también el método usado en su cultivo y, si prendió y brotó, y creció el árbol, llegando a florecer y fructificar, nunca dio frutos en la sazón debida, no consintiendo el terreno al cual había sido trasplantado ni la atmósfera en que vegetaba. Además, la recién introducida ley literaria no dejaba de tener defectos, y de ellos estaba contaminado cuanto se hacía prestándole obediencia. Apagóse no poco la fantasía española. Diose al pensar y al decir un sesgo forzado. Cayeron en demasiada desestima autores nuestros antiguos, no dignos de tan dura suerte. Huyóse de imitarlos y se remedó a los franceses sin llegarlos a igualar. Bien había sido de apetecer que los fundadores de la novel literatura castellana se hubieran hecho cargo de que otra tierra era España que Francia, por lo cual no se debía desechar completamente el gusto de nuestros antiguos autores, no estando en nuestra patria cambiadas las leyes, ni trocados del todo los hábitos viejos, ni vueltos en nuevo ser los pensamientos de autores y lectores. Pensando con juicio e imparcialidad, forzoso era convenir en que la mudanza ocurrida había sido inevitable, y era en alto grado provechosa, porque a las naciones les llega un día de renovación, y esta de sí propias no les ha de venir, pero asimismo no iba errado quien lamentaba la mezcla de inconvenientes que el recién adquirido bien traída consigo.
Fue durante algún tiempo muy desigual la contienda entre los nóveles y los rancios críticos y autores, porque militaban, bajo la enseña de los innovadores, las personas de mejor entendimiento y más vasta y sólida y selecta instrucción, sustentando la parte opuesta, a la par, con el ignorante vulgo, autores de poca fama y mediano mérito. Pero a pesar de la desigualdad de fuerzas entre los contendientes, había igualdad en la injusticia de su proceder, condenando los unos con sobrada severidad lo añejo y haciendo lo mismo con lo moderno sus contrarios.
Cuando siguió esta contienda ya en el último tercio del siglo décimo octavo, los nombres de García de la Huerta y aún de Forner, si bien de algún valor, no podían ser puestos en cotejo con los de varios insignes varones que componían la crecida y respetable hueste propagadora y observante de las nuevas doctrinas.
Entre estos mismos esclarecidos autores que en la teórica y en la práctica seguían la escuela francesa, hubo hombres que escribiendo en buen estilo manejaban con maestría la lengua patria. En el gremio de los adversarios de las vejeces y de los abogados y secuaces de la innovación, estaba incluido y sobresalía Jovellanos, norma y pauta del decir castizo, en sentir de no pocos jueces, señalado por el patriota Vargas Ponce como de dechado que a la juventud española tocaba seguir, y escritor en verdad, así como siempre elegante y a menudo elocuente, en lo general puro, aunque en la dicción no limpio de galicismos, y en el estilo muchas veces ajustado a las formas francesas.
De la misma grey era Don Tomás de Iriarte, en lo puro a nadie inferior, por ser en la dicción tan exento de arcaísmos cuanto de palabras o frases tomadas del idioma francés, en el estilo correcto y terso, si bien por desgracia tan frío y pobre que no puede ser contado entre los autores de primera clase. Otros igualmente puristas o que intentaban serlo, no lograban su deseo sino a costa de adoptar un estilo violento, y una dicción afectada. También hacia fines del siglo décimo octavo apareció entre los poetas españoles una secta que siendo francesa en el alma y en parte hasta en las formas quería asimismo imitar a los antiguos castellanos, para hacer perfecta la imitación salpicaba con arcaísmos el tejido de su trabajo, en su origen y apariencia general extranjero.
Ello es que pasada la época de Luzán, de Feijoo y de Montesino, la clase de saber y gusto de que estos y otros sus compañeros fueron introductores, mejoró considerablemente. Aconteció, como era natural que fuese, que establecida y difundida en España la nueva secta, fue tomando bastante de la patria adoptiva. Despertados con las novedades el gusto y afición al estudio, convirtióse la atención a leer y a juzgar a la par con las recién conocidas y admiradas obras de los extranjeros los mejores modelos de nuestra antigua literatura. Entonces, la famosa producción del ingenio español, el Quijote, empezó a ser reimpresa con no menos lujo que frecuencia. Entonces salió a la luz el Parnaso español, compilación hecha con muy corto discernimiento, pero de precio no escaso por los tesoros que hacía circular, y por el bien que produjo. Entonces el impresor Sancha, émulo de Ybarra, dio buenas ediciones de antiguos poetas y prosistas, entonces la colección de Don Ramón Fernández, con sus prólogos críticos, comenzó a propagar doctrinas juntamente con presentar a los estudiosos buenos olvidados ejemplares. Trabajaba en tanto la Academia de la lengua como mejor podía cumpliendo con su instituto y dando de sí tanto cuanto de cuerpo de su clase es justo esperar, lo cual no llega a lo que se prometieron los primeros fundadores de semejantes establecimientos, verdad que es digno de oír y capaz de conocer el cuerpo ilustre al cual se dirigen y a cuyo examen van sometidos estos renglones.
Nunca antes de la época a que se hace referencia habían sido tan leídos ni tan admirados ni tan celebrados, ni estudiados con tan prolijo examen los buenos escritos de la lengua castellana durante los siglos décimo sexto y décimo séptimo, y, sin embargo, con ser grande el conato de imitarlos, y así como grande general, rara era la composición moderna que se los parecía en el estilo y dicción, y aun esas se les semejaban como semeja el nieto mozo al abuelo anciano.
Y para llevar adelante este último adecuado símil, así como contribuye a disminuir lo perfecto de la semejanza personal la diferencia en el ropaje, en el adorno y compostura del cabello y barba, en el continente y en los modales, así otros accesorios de la parte moral de esencia igual a la de los objetos físicos que acaban de apuntarse, oscurecían lo parecido y ponían en clara luz y realce lo disconforme.
Expiró al cabo el siglo último, entrando a sucederle el en que vivimos. Los últimos años de la centuria próxima pasada, fueron señalados por un terrible trastorno y trueco acaecido en la nación francesa, trastorno y trueco completos, como antes no los había visto el mundo, pasar en edad o nación alguna en plazo tan breve y con tamaña violencia; mudanza en las leyes y en el orden de la sociedad y en las costumbres, que no quedó encerrada allí donde había ocurrido, sino que, al revés, se difundió y dilató hasta lejanas regiones, y que hubo de alcanzar a nuestra España, sintiéndose aquí primero y entre pocos su influjo moral, y posteriormente haciéndose por demás sensibles en nuestra tierra y fortunas sus efectos materiales.
Que tales sucesos no influyan en la condición y obras del ingenio humano es imposible, porque aun sin contar con que, escribiendo un autor para el público a fin de serle útil ha de serle agradable, y de empezar procurando ser leído, y eso no se logra sino adaptándose al general en gusto y comprensión, los escritores no viven ni piensan fuera del mundo, estando al revés muy dentro de él y dominados y formados por todo cuanto los rodea. Además, nuestra literatura, la cual vino a quedar muy amenguada y lastimada, ya por las contiendas civiles que distrajeron de su cultivo y dañaron sus frutos, y ya por la opresión tirana que persiguió a los sabios, y prohibió o vició los estudios y no consentía escribir, pues ni siquiera que se pensase quería, hubo de resentirse de la época inquieta y revuelta, por mil títulos dura y lastimosa que en nuestros días ha tocado en suerte a la desventurada España.
Otra circunstancia, no de tanta nota, pero de considerable valor, ha venido a influir malamente en el estilo y dicción de los escritos que hoy se trabajan y publican. Se han vuelto aquí ahora autores casi todos cuantos saben la tarea mecánica de formar letras sobre el papel, porque la mayor parte de nuestros compatriotas se han visto en situación de tener que dar al público razón de su propia conducta o de la ajena, y porque la multiplicación de los diarios y otros periódicos ha facilitado medios de dar a la estampa todo linaje de producciones breves, sobre materias de todas clases. De aquí la incorrección suma de las obras que salen a luz, y el haberse hecho vulgares locuciones viciosísimas, hijas de la ignorancia, de manera que difundidos los mismos corruptos por la región literaria, han inficionado el aire, llegando a contagiar a no pocos entre los entendidos. De los solecismos y aun barbarismos de nuevo cuño así introducidos y hoy corrientes en composiciones impresas bien podría formarse una lista nada corta. Por otra parte, está entre nosotros descuidado el estudio de la gramática, árido ciertamente, y varios hay que escriben por instinto y remedo de los buenos modelos, pero sin atenerse a reglas elementales de la sintaxis, medio por el cual suele lograrse el acierto, y hasta se arriba a grande altura en muchos trozos de la composición, pero que expone a quien le sigue a tener tropiezos frecuentes y hasta dar terribles caídas.
Lo cierto es que, según está universalmente conocido, y también confesado, hoy estropean horrorosamente la lengua castellana los más de entre quienes escriben y dan a luz sus escritos, siendo común el lamentarse los mismos culpados y corruptores del delito que han cometido y siguen cometiendo. Bien que por otra parte se descubre en los autores conato de hablar castellano puro y castizo, conato bastante común, pero que mal dirigido, por falta de estudios, aumenta el mal que procura remediar, llevando a hacer una monstruosa mezcla de mal entendidos y no mejor aplicados arcaísmos, 4 con locuciones y palabras, cuales tomadas de lenguas extranjeras, y cuales de nueva y desacertada invención, mezcla donde los barbarismos no andan escasos y los solecismos abundan.
Al mismo tiempo, algunos poquísimos autores, conocedores de nuestra lengua en sus buenos tiempos y dados a estudiarla, y deseosos de conservarle su pureza con loable intento, pero con no inferior desatino zurcen frases de nuestros antiguos buenos escritos, haciendo así composiciones, bien que puras, semejantes a un tejido taraceado, faltas de unidad y de naturalidad, y en las cuales se nota que no corre fluida la frase, saliendo la expresión forzada hasta un grado sumo y muy visible.
No por eso se pretende que no haya quedado hoy en España quien no sepa escribir y componer en su lengua con elegante estilo y dicción correcta, propia y castiza. Algunos hay aunque pocos, y esos resuelven con su ejemplo la cuestión que la Academia propone y de que estos renglones tratan, harto mejor que puede resolverse con preceptos cuya atinada y cabal aplicación es sumamente dificultosa. Habrá quien opine que basta la diaria y nocturna lectura de tan buenos ejemplares para formarse el gusto, el estilo, y aun la dicción, parte principal de este último, siendo por lo mismo ociosa tarea la de dar reglas sobre un punto en que valen o sirven ellas muy poco. Pero si bien el estudio de buenos modelos debe acompañar al de los preceptos o reglas, y aunque sea cierto que en muchas ocasiones basta el primero, adquiriéndose bien por la imitación todo cuanto podría enseñar la más sana y clara teoría, todavía, hasta para conocer bien un modelo presentado, es conveniente averiguar las causas en que consiste su perfección o su hermosura.
Lo que en nuestros días debe tener una buena obra (considerándola solamente por el lado del estilo y dicción, y estos en su relación con los que usaban los buenos escritores castellanos de los mejores tiempos) bien puede inferirse cuales sean en sentir de quien estos renglones escribe con meditar cuanto en ellos se deja expresado. Pero no estará de más asertar aquí las mismas deducciones, recopilando o extractando, y en cierto modo reduciendo a reglas opiniones antes declaradas, dejando de este modo cabal, sino perfectamente desempeñado el trabajo que el escritor ha acometido con mejor deseo que entendimiento o saber, y con más arrojo probablemente que fortuna.
Hablando de imitar el estilo de los antiguos, ya se entiende que se trata de lo bueno, pues en los pasados tiempos, así como en los presentes, había quien le hubiese malo, no existiendo época en que todos cuantos han manejado la pluma lo hayan hecho con acierto, dejando modelos dignos de ser imitados en sus composiciones. Advertencia esta oportuna, pues no falta quien crea o afirme que ha habido días en que escribían su lengua con perfección todos los españoles. El yerro de que acaba de hacerse mención nace de que las faltas de los autores antiguos son otras que las diariamente cometidas por nuestros contemporáneos o los escritores de fines del último siglo, por lo cual, no viendo nosotros en obras de fecha añeja los defectos que ahora más nos enojan, nos llegamos a figurar que no hay en ellas clase alguna de lunares.
Cierto que en muchos autores castellanos del siglo décimo sexto y principios del décimo séptimo hay prendas altísimas de estilo, y rica y hermosa dicción, dignas de ser admiradas e imitadas. Granada, Mendoza, León Mariana, Sigüenza, Cervantes y otros pocos en prosa. Garcilaso, el mismo León, Latorre, los Argensolas, Herrera, Arguijo, Rioja, con otros pocos, en verso, son dechados de estilo grave y frase pura. Algunos menos correctos son más galanos y libres, compensados en sus obras grandes defectos con iguales primores.
El estilo y dicción de estos insignes modelos, que se parece al de los buenos de otras tierras y edades, dignos son de servir de pauta para las composiciones al día presente, pero hay cosas que en ellos deben variar quienes ahora escriben, hasta para sacar la imitación perfecta, porque es de sabor que esta suele serlo más siendo menos servil o ajustada. De contado el estilo debe ir en consonancia con la materia de que trata una obra, y así solamente cuando nos ensayemos y ocupemos en trabajo idéntico al de una composición antigua debemos poner en ella la vista corpórea o intelectual para ir buscando y sacar de allí la norma de nuestra conducta.
Grande y admirable escritor es Cervantes. Dignos de ser estudiados e imitados son su dicción y su estilo y, sin embargo, cuadra mal a escritos sobre ciencias o sobre materias ajenas de una amena ficción el puntual remedo de la frase del Quijote, del Persiles o de las Novelas. Las disputas políticas de nuestros días no pueden reñirse en el tono o con las expresiones de la Guía de Pecadores o de los Nombres de Cristo o de La perfecta casada.
Debemos, asimismo, cuando ahora escribamos, apartar la consideración de errores en tiempos lejanos reinantes y hoy desvanecidos que dominaban en el entendimiento de los escritores antiguos, influyendo en sus pensamientos y en sus modos de expresarse; y nos toca, al mismo tiempo, sustituir a las ideas erradas o que nos parecen tales de las pasadas épocas otras en el día presente estimadas ciertas para que estas nos hagan el mismo servicio que las anteriores hacían a nuestros antepasados.
¿Cómo, por ejemplo, hemos de tomar alegorías, metáforas, o símiles de la astrología antigua, o de la judiciaria soñada, o de la no menos imaginaria alquimia, o de la medicina galénica, o de la filosofía escolástica? ¿Y cómo no hemos de tomarlos de las ciencias exactas en el día en que vivimos, tan atendidas y llegadas a ser tan vulgares? ¿Cómo los estudios teológicos antes cultivados por casi todos cuantos escribían y que por el roce y trato comunicaban su influjo a toda persona estudiosa, ocupando uno de los primeros lugares en el pensamiento, han de ejercer influjo ahora en lo que se piensa y se dice, siendo así que son pocos los teólogos entre los autores del día presente, y que en los no teólogos nada influye una ciencia enteramente falta de enlace con los principales ramos del saber moderno?
Ni se crea que solamente en las alegorías, metáforas y comparaciones se descubre la disociación actual entre el entendimiento humano y varias ideas que antes de él apenas se separaban. Dijo el conde de Buffon que el estilo era el hombre entero. Y ciertamente el hombre de los siglos décimo sexto o décimo séptimo, no era semejante a lo que es el del décimo nono.
España dominadora, o España engreída todavía con la grandeza que había tenido y le iba faltando. España, toda obediencia y toda fe, no era lo que es la nación misma caminando en la senda política y en la intelectual en pos de los extranjeros, y cuando no se duda, se cree tras el examen y de la prueba, y cuando no se resiste se sirve por razones o de conveniencia o de conocida justicia y no por mero instinto.
¡Cuánta diferencias, pues, va de situación a situación, y por consiguiente de pensamientos a pensamientos, y cuan diversa debe ser la expresión entre quienes abrigaban y abrigan ideas tan desemejantes! Porque no cabe en lo posible distancia mayor que la que separa el orgullo de la fe del orgullo de la duda.
Pero si en el alma, en el espíritu criador y versificador de las obras del ingenio, fuente de la cual brota el estilo, difiere notablemente la época actual de las pasadas ya distintas, no difiere menos en varias de las formas que antes se daban y ahora se dan o darse deben a las composiciones.
Sirva de ejemplo de esto que se acaba de afirmar la construcción del periodo. Háganse largos o breves los del día, siempre se harán o se hacen con sujeción a reglas o ignoradas o poco entendidas por hombres cuya desgracia fue vivir en tiempos cuando si se escribía correctamente era casi por casualidad, faltando conocimientos filosóficos aplicados al arte de bien decir, y reguladores de la distribución de las ideas en la composición literaria. Nótase en todas tierras y ocasiones que la época de los periodos bien entendidos es posterior a aquella en que florecen los autores cuyo estilo está lleno de más gala y lozanía. Lo cual sucede por la razón antes expuesta de que la época de la aguda y sana crítica es posterior a la de los autores más esclarecidos.
Todo cuanto acaba de sentarse declara y (si la presunción de quien lo afirma no le engaña) hasta prueba la opinión de ser punto menos que imposible en quien escribe ahora hacer un remedo exacto en cuanto al estilo y dicción de las composiciones correspondientes a la antigua y mejor era de la literatura castellana, y asimismo de que si se lograse sacar una semejanza perfecta entre obras de tan diferentes edades sólo se conseguiría sacrificando la naturalidad de los conceptos y de la expresión, y dando en el trabajo moderno una afectada y forzadísima copia, donde faltase la espontaneidad y con ella el brío y la verdadera belleza.
Y a una cosa es conveniente y aun necesario atender. En la conversación ordinaria los hombres de estos días poco nos parecemos a nuestros mayores. Remedándolos, pues, en los escritos destinados a ver la luz pública disociamos la lengua literaria de la común, lo cual no hacían los escritores del tiempo de nuestros Reyes austriacos, y lo cual no se puede hacer sin crear un género demasiado artificial de literatura.
Pero, si queda supuesto y quizá probado que ni es posible ni, aun cuando fuera fácil de alcanzar, sería de apetecer que en el momento presente se escriba o se aspire a escribir puntualmente como lo hacía Granada, Mendoza, León, Mariana, Sigüenza o Cervantes, o siquiera como Saavedra, Quevedo, Moncada, Melo o Solís, ¿habremos por eso de aprobar que nuestros contemporáneos en sus obras den muestras de haber olvidado enteramente la lengua patria, sustituyendo un lenguaje desusado de gala y ritmo y servilmente metódico al habla sonora y rotunda en sus giros, atrevida y varia que tanto deleita la fantasía a la par que regala el oído en las buenas composiciones del Siglo de Oro de nuestra literatura? Nada menos.
Forzado y violento es asimismo en el ingenio español acomodarse al molde en que vacían o vaciaban sus conceptos los autores franceses. Y vaciaban está dicho adrede porque de algún tiempo acá en Francia misma hay atrevimientos de que se habrían horrorizado los anteriores preceptistas y escritores, habiendo el idioma francés perdido un tanto de su corrección, y adquirido en cambio un vigor de que carecía en el atildamiento de los años que corrieron desde la era de Luis XIV hasta los días inmediatamente posteriores a la caída del imperio de Napoleón Bonaparte.
Algo del estilo de los buenos autores antiguos de Castilla y de una parte principal del estilo que es la dicción casi todo debe tomar quien quiera escribir en castellano con acierto en los días en que vivimos.
Bien es verdad que de las voces y frases usadas en los escritos españoles de los siglos décimo sexto y décimo séptimo han envejecido algunas, pasado varias de nobles a humildes, y trocado otras la acepción que tenían por una diferente, y que los superiores conocimientos gramáticos de nuestra edad han dado a ciertas partes de la oración valor fijo y determinado, cuando antes le tenían vago y mudable. Es muy cierto que de algún tiempo a esta parte se ha enriquecido un tanto nuestra lengua con palabras y aun con locuciones de buena ley, porque de las espurias no hay que hacer cuenta, pues muchas veces en vez de servir de legítimo aumento a su caudal han venido a corromper su pureza, a viciar su ser, y, en suma, a deteriorarla. 4 Pero, aun así, todavía es poquísimo lo que se debe descartar del vocabulario y de la sintaxis antigua, y mucho lo que conviene desechar con enojo y desprecio de las modernas añadiduras y alteraciones. Para el estudioso y dotado de buen tino, hacedero es usar en la hora presente de una dicción pura y castiza, así como propia y correcta, sin por eso violentar el estilo ni dar torcedor al pensamiento. Y aunque ideas nuevas pidan voces y hasta frases de no menos novedad con que expresarlas, entiéndase ello con restricción, pues a menudo acontece que, bien mirado, con palabras y sintaxis castellanas puras, puedan declararse conceptos que resultan de estudios hechos en lenguas extranjeras. Concédase por otra parte que nuestra lengua, no tan rica cuanto la suponen sus fogosos apasionados, a quienes ciega el amor, carece de no pocos vocablos y giros, en los cuales se expresan sin rodeos y con propiedad ideas poco ha nacidas, y ahora reinantes, por donde en muchos casos como que viene a ser necesario, o es a lo menos muy conveniente, emplear palabras y locuciones si usadas por el vulgo y hasta por cierto escritores, no admitidas por los puristas y sin más derecho de ciudadanía en la España literaria que el que nacer pueda de haberlas usado quien con darles terminación o forma castellana pretendió dejarlas incorporadas en el vocabulario o la gramática del habla de Castilla. De la legítima absoluta necesidad de que se acaba de hablar habrá varísimo legítimo ejemplo, porque hay nombres y verbos y modismos castellanos que el estudioso y entendido conoce, y la moderna y muy común presunción ignora, y, además, en varios casos puede decirse con corto rodeo en lenguaje puro lo que por ahorrar tiempo y palabras se dice sacrificando el idioma patrio, siendo de advertir que cada lengua tiene sus faltas y sus sobras, y no debiendo por lo mismo una sola pretender alzarse con el caudal de todas ellas, empresa que acometida no se lleva felizmente a cabo, porque se encuentra confusión donde se buscaba y se esperó tener abundancia.
En verdad, los adulteradores de nuestro idioma rara vez lo son por necesidad, introduciendo en él lo que falta en ocasiones donde la introducción o se ha menester de todo punto o es por lo menos de suma conveniencia. Muy al revés, corrompen el castellano haciéndolo como adrede, por puro gusto o voluntariedad, a menudo empobreciendo, y las más veces convirtiéndole en cacófono y monótono, siendo él de suyo lo contrario. Descartados se ven de las composiciones españolas nuestros contemporáneos vocablos y giros castizos, notables por su belleza y gala y sonoridad, puestos en su lugar otros que valen harto menos. En suma, en la mayor parte de los escritos que ahora se dan a la estampa, el estilo y más que todo la dicción dan muestras de estar a tal punto corrompidos, que con razón puede decirse que está dañada hasta el punto de haber variado de aspecto, amenazada de muerte, y con escasa probabilidad de encontrar remedio a su mal el habla hermosa de nuestros antepasados, tan admirada por los propios y extraños que bien la conocían en la entereza de su índole y perfección pasada.
Escasa probabilidad le queda, pero aún le queda alguna, y en estas dolencias, así como en las corporales, mientras haya esperanza, siquiera sea corta, mandan la razón y la prudencia hacer cuanto quepa en el humano esfuerzo para, en vez de abandonar la enfermedad, procurar su cura, o si tanto no se puede conseguir, para lograr la disminución de su malignidad y del daño que produce.
Conviértase pues la atención del público español al estudio de la lengua patria, háblese una vez y otra del lastimoso estado a que está reducida, pondérese y llórese el mal, convídese a buscarle remedio que le extirpe o alivie, desígnese y explíquese bien la enfermedad, con lo cual se facilita más o menos el hallazgo del medio que ha de emplearse para sanarla o mitigarla.
Desacredítese el uso de arcaísmos revueltos con neologismos, principalmente cuando aquellos son mal entendidos y aplicados, y aun de cualquier modo porque la moda vicia la dicción en vez de mejorar.
Repruébese también el recurso de coser con medianía o aun con suma habilidad frases de antiguos escritos, porque haciéndolo así, aun cuando en el tejido de la composición no haya extranjero, tampoco saldrá terso y hermoso, sino al revés, abigarrado, escabroso y por eso disforme.
Pero procúrese que la frase de un escrito tenga el corte castellano y que esté compuesta con palabras asimismo de nuestra lengua, y más usadas en su verdadero, propio sentido, y no se tenga miedo o escrúpulo de emplear más de una locución anticuada, o más de una voz hoy fuera del común uso, porque este varía; y resucitan y conviene que resuciten expresiones por largo tiempo amortecidas y como difuntas, y en el tesoro de nuestra lengua hay preciosidades que son de todos tiempos, bastando sacarlos a luz para que brillen y sean estimadas en todo su valor, y aun lleguen a pasar a modo de moneda corriente.
Hermosa es el habla castellana y admite adornos de diversas modas que cuadran bien con su figura, poniendo en claro y realzando su belleza. Presentémosla despojada de la fea máscara que se le ha puesto en tiempos modernos, ataviada no con antiguallas ridículas, pero si con sus galas naturales acomodadas con leves alteraciones al gusto de la generación presente, y por cierto se debe tener que bien vista su hermosura enamorara en este momento como enamoraba en tiempos pasados, y así conservada en su pureza y lustre, recibirá los cultos de que es altamente merecedera.