Prensa y canon · Canon poético · Textos historiográficos
“Continúan las reflexiones sobre el Plan para una historia filosófica sobre la Poesía Española”
- Autor del texto editado
- D. F. J. R. [don Félix José Reinoso]
- Título de la obra
- Correo de Sevilla, nº 301, 16-08-1806
- Autor de la obra
- Matute y Gaviria, Justino (dir.)
- Edición
- Sevilla:
Imprenta de la viuda de Hidalgo y Sobrino,
1806
- Paginación
- pp. 169-173
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 20 mayo 2024
CONTINÚAN LAS REFLEXIONES SOBRE ELPLAN PARA UNA HISTORIA FILOSÓFICA DE LA POESÍA ESPAÑOLA
Ni es menester bajar a los poetas de segundo orden para encontrar muchos que no pertenecen a escuela alguna; y ved aquí otro reparo contra el Plan. Para mí de las siete escuelas que se señalan solo están averiguadas cuatro, a saber: la primera y segunda italiana, la buena española y la española corrompida; esto es, la de Garcilaso, la de Herrera, la de Lope y la de Góngora. La llamada latina no es escuela, pues solo ha descollado en aquel estilo fray Luis de León, y este es un poeta suelto de más o menos mérito, no una secta o compañía de hombres que siguen un sistema, que eso se ha entendido por escuela hasta ahora. Lo mismo debe decirse de Villegas en sus odas cortas, que es el nuevo género que él introdujo, pues, además de que las odillas de Lope son de otro sabor distinto, Lope en nada tuvo otra guía que su genio. Lo mismo debe decirse de los Argensolas, que tampoco han tenido seguidores, si ya no quieren agregarse a León y formar con él una escuela latina, en la que ninguno imitó a otro, sino todos a Horacio, modificando aquel estilo los Argensolas, con una imaginación más severa y menos sensible que la de León y un ingenio más profundo que el suyo.
Advierto que estas escuelas, cualesquiera que sean, deberán clasificarse no por solo el lenguaje, como parece que tal vez sucede en el Plan, sino por el estilo, o sea, por la manera de adornar los objetos y de expresar los conceptos fundamentales con otros pensamientos secundarios, que los presentan de este o de otro aspecto distinto. Porque en el estilo, entendido así, influyen inmediatamente el ingenio y la fantasía, que son las dotes principales del poeta y las que forman su carácter y lo que llamamos genio. La soltura, urbanidad y grandeza con que se caracteriza en el Plan la escuela propiamente española son palabras algo vagas, que tal vez se entienden o deben entenderse allí de la dicción (¿y a quien mejor convienen la soltura y urbanidad?), pues en seguida se agregan a esta escuela hermanados Lope y Balbuena, cuyo estilo es harto desemejante del de su supuesto corifeo. La imaginación de Lope es fecunda, la de Balbuena delicada; el primero pinta con rasgos fáciles y graciosos los objetos de la naturaleza, el segundo con lineamentos sutilísimos y casi imperceptibles copia de un modo más acabado las cosas, lineamentos que, aunque al verlas se sienten y causan la suavidad y finura de la impresión, son muy difíciles de conocer distintamente, y mucho más de trasladarse con palabras. De aquí nace que son más delicadas las imágenes de Balbuena y más originales que las de Lope, que su lenguaje, aunque fácil y poco estudiado, es más abundante y recargado de epítetos y voces pintorescas; mas al fin su dicción suelta y lozana se parece más a la de Vega que no su estilo, a no ser que llamemos a esta diferencia el carácter peculiar con que modificó el poeta a su modelo; pero me parece muy esencial para graduarse en tan poco.
Es, en efecto, muy esencial. Yo creo que la delicadeza de pincel es opuesta a la fuerza, es su extremo contrario; y la fecundidad es el extremo opuesto de la fogosidad o ardor. Expliquemos estas dotes fundamentales de la fantasía. Una imaginación delicada pinta por menor con rasgos sutiles y escogidos; tal es la de Balbuena. Una imaginación fuerte pinta en grande y con trazos abultados y de relieve; tal es la de Young. Una imaginación fecunda pinta y ofrece con abundancia lo más hermoso de la naturaleza; tal es la de Lope. Una imaginación fogosa se arrebata sobre la naturaleza misma y halla nuevos mundos desconocidos; tal es la de Herrera. Acaso estas prendas esenciales de la imaginación y las del ingenio pudieran abrir el cimiento a la división de los poetas, mas en todo caso deberán tenerse en consideración para calificarlos distintamente.
He hablado del Plan en general; hablemos de sus partes más menudas. En la escuela griega se coloca al B[achille]r de la Torre al lado de Villegas, atribuyéndoles indistintamente la viveza, tersura y amenidad ática. Esta es en mi juicio una equivocación notabilísima, que, sin embargo de pertenecer más bien que al Plan a su ejecución, he querido deshacer para que no sirva tal vez de tropiezo si llega a ejecutarse. Pocos hay de nuestros poetas más distantes del candor ingenuo, de la nativa sencillez y tersura griega que el Br. de la Torre. Sírvanos de ejemplo la Bucólica del Tajo, que es la parte más considerable y conocida de sus obras. Los bucólicos griegos solo retratan costumbres y pasiones. Sus pastores cantan solo de sus rebaños, celebran sus zagales y zagalas y solo de paso pintan con sencillez el objeto, sin detenerse a recargar sus imágenes de coloridos ni a formar cuadros muy compuestos. El estilo de pintar por pintar, de pararse muy de propósito a describir un prado entapizado de flores, asombrado por ,un espeso soto que lo cerca del un lado, coronado por el otro de una sierra por donde trepan colgadas un rebaño de cabrillas, de cuya cima se desprende un arroyuelo que travesea luego estendido entre los juncos y retrata en sus serenas ondas las rosas y amarantos, esta manera de pintar de espacio y episódicamente, olvidando el principal objeto de la composición, es enteramente moderna, y acaso enteramente española; la cual, si tuvo origen de la fecundidad y desenvoltura de nuestras fantasías, que no supieron contenerse en el ne quid nimis, ha dado después un gran socorro a los ingenios menesterosos, que, no sabiendo hallar dentro de su asunto galas propias con que adornarlo, lo visten de estos arrapiezos postizos, que son el ornato de todas obras y sirven lo mismo para una oda que para un idilio, lo mismo para una elegía que para un epitalamio. Esta comezón de pintar a diestro y siniestro y derramar por todas partes rosas y alhelíes, reina frenéticamente, más que en otro alguno, en el Br. de la Torre, que tal vez consume diez octavas en introducir a un pastor hablando 1 , en las cuales hay todo lo que hay en el campo, y lo que hay en la égloga siguiente, y en la otra y en la de más allá, y en todas las restantes. Esto no lo aprendió, a fe mía, de los griegos ni aun de los latinos, aunque menos sencillos en sus ornatos. Este lozanear libremente de la fantasía es dote peculiar de la escuela de Lope. La única diferencia que hay en las lozanías y frondosidades de Torre es que se nota en ellas más compostura, más estudio, más recargamiento, en una palabra, más distancia del genio griego que en los mismos de la escuela española. Óiganse estos versos suyos, enteramente herrerianos, y se conocerá que, si en la fecundidad no enfrenada de la fantasía se parece a Lope el Br. de la Torre, en la frase y ornamento de la dicción se acerca mucho a nuestro Herrera, excepto que sus versos son menos- compuestos y más blandos. Helos aquí:
Salve, sagrado y cristalino río,
de sauces y de cañas coronado,
de arenas de oro y de cristal ornado
y de crecientes con el llanto mío.
Salve, y dilata tu ancho poderío
por la orla sabea y el dorado
cerco de perlas, que el licor sagrado
enriquece tu eterno señorío.
Si pudiera creerse que el autor de estos versos precedió a Herrera, como lo supuso Quevedo, su editor, no tardaría yo un punto en asentir a su dictamen de que el poeta sevillano había tomado las principales galas de su dicción del desconocido Br. de la Torre. Empero, las voces que anota Quevedo en prueba (corona, cerco, salve, tan favoritas de entrambos, apena, mientra, aura, mustio, orna, cuidoso, desparciendo, relucientes llamas de oro, de nieve y ostro y de cristal ornada, las repeticiones de y: solo y callado y triste y pensativo), todo esto y cierro giro que da a su expresión, el uso frecuente de la geografía, y otras cosas que pudiéramos señalar, si fuese de nuestro intento, lo hacen parecer un imitador de Herrera. Compárese la canción de este, “Desnuda el campo y valle el yerto invierno” con la de Torre “Deja el palacio cárdeno de Oriente”, y se hallará en esta una copia exactísima de la primera. Si se hubiera reflexionado hasta aquí que el supuesto Br. es de un genio semejante al de Lope, que por estudio se quiso hacer herreriano en aquellos pocos versos, no se hubiera dudado confesar francamente a Quevedo por su autor. Pero esta indagación no es por ahora de mi instituto; esto sí, mostrar que tanto el genio de la escuela española como el estudio de la sevillana, que brilla en las obras del Br. de la Torre, lo alejan mucho, mucho de la greco-hispana, a que se atribuye en el Plan.
(Se concluirá)