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Canon poético · Textos historiográficos

Historia de la literatura española desde mediados del siglo XII hasta nuestros días. Tomo I. Lección tercera. Concluyen los poetas y prosadores del siglo XIV (III)

Autor del texto editado
Sismondi, Jean Charles Léonard Simonde de (1773-1842)
Título de la obra
Historia de la literatura española desde mediados del siglo XII hasta nuestros días, tomo I
Autor de la obra
Sismondi, Jean Charles Léonard Simonde de (1773-1842)
Edición
Sevilla: Imprenta de Álvarez y Compañía, 1841
Paginación
pp. 106-111
Más información
Relación de todos los textos preliminares que se encuentran en esta obra:
* “Al Ateneo Español”, José Lorenzo Figueroa, Sevilla, 10 de febrero de 1841
* "Prólogo del traductor", José Lorenzo Figueroa, Sevilla, 10 de febrero de 1841
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Sainte-Geneviève, DELTA 53825 (1) FA. Digitalización disponible en (texto completo)
Información técnica
Encoding: Ioannis Mylonás Ojeda
Transcriptor: Carmen Calzada Borrallo
Edición preparada para el Proyecto I+D "BIOGRAFÍAS Y POLÉMICAS: HACIA LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA LITERATURA Y EL AUTOR" (SILEM II) RTI2018-095664-B-C21 y C22 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 25 julio 2022

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Raras veces escribían obras largas los poetas del siglo XV. Casi todos sus versos son la expresión de un sentimiento vivo, una imagen o un rasgo de imaginación animado por la galantería. Sus poesías fugitivas que son por lo regular líricas y que bajo muchos aspectos se semejan a los cantos de los antiguos trovadores, se bailan coleccionados en una obra que comprende las poesías del siglo décimo quinto y que se llama Cancionero General. Emprendió esta obra el primero Juan Alfonso de Baena en el reinado de Juan II, continuándola después Hernando del Castillo, que la publicó a principios del siglo XVI. Desde esta última época se ha aumentado y reimpreso diferentes veces. Las ediciones más antiguas contienen cauciones y poesías líricas de ciento treinta y seis poetas del siglo XV, sin contar un número considerable de otras que son anónimas. Las poesías devotas o místicas están colocadas en el primer lugar en este cancionero y Bouterwek hace observar en nuestro juicio con mucha exactitud que casi todas carecen de sentimiento y de entusiasmo. La mayor parte de ellas son miserables juegos de las palabras (p. e.) sobre las letras de que se compone el nombre de María, o definiciones y personificaciones escolásticas aún más frías é insípidas. 1

Las canciones amorosas que ocupan la mayor parte de este libro son generalmente monótonas y frías. Los poetas castellanos de esta época tenían la costumbre de apoderarse de una idea y expresarla de diferentes modos y con nuevos giros y frases, lo que perjudica mucho a la verdad y al sentimiento. Algunas veces se halla en sus poesías la misma pobreza de pensamientos que en la de los antiguos trovadores con la misma expresión sencilla y enérgica en que se distingue el estilo español. No se debe esta semejanza a la imitación de los trovadores, sino a la índole del amor romancesco que se propagaba en todo el mediodía de la Europa. En Italia desde la época de Petrarca el amor se expresaba con la pureza de un gusto clásico, pero los poetas de España del siglo décimo quinto no eran tan cultos y sus sentimientos exigían un lenguaje más apasionado que tierno. En vez de los suspiros amorosos de los italianos resonaban en España los gritos del dolor. No eran objeto de los cantos españoles esos éxtasis amorosos que conmueven dulce y agradablemente nuestra alma, sino las pasiones más arrebatadas, los tormentos más terribles que sufre el corazón humano. La pintura repetida incesantemente en estas poesías de la lucha de la razón con las pasiones es uno de los rasgos que más las caracteriza. Los italianos no se esforzaban en las suyas porque el deber triunfase de los instintos que le combaten. Los españoles, que eran más graves y sólidos en su carácter y habitudes, pretendían conservar siempre, aun en los delirios de la locura, una apariencia de filosofía. Pero esta, que las más veces era pedantesca, deslustraba las más bellas inspiraciones, apareciendo en medio de ellas con una frialdad e insipidez prosaicas y vulgares.

Nadie iguala a los españoles cuando pintan los enajenamientos del amor, porque se abandonan ciegamente a toda la impetuosidad de esa pasión, acaso la más fuerte de cuantas combaten el corazón humano. Pueden servir de ejemplo las estrofas de Alonso de Cartagena que fue después arzobispo de Burgos. En ellas se observa ese arrebato y desorden que producen en el alma las pasiones más violentas, expresados con mucha verdad y en un metro que se presta sobremanera a la rapidez de las emociones que sufre un alma apasionada. 2 Gran número de las poesías amorosas de los españoles no son más que perífrasis de oraciones de devoción en que se encuentran mezclados el amor divino y el humano. Rodríguez del Padrón escribió Los siete gozos de amor, imitando los siete gozos de María, como también los diez mandamientos del amor, para imitar los de las santas escrituras. Sánchez de Badajoz, amante desgraciado, compuso un testamento de amor en el que ora imita el lenguaje extravagante y las fórmulas que usan los escribanos para extender las disposiciones testamentarias, ora toma de los pasajes de Job y otros de la Biblia expresiones y frases que semejen el estilo de su obra al de la escritura. 3

La poesía lírica española tiene formas precisas y determinadas, como sucede a los italianos con los sonetos. Las canciones, propiamente dichas, son como epigramas o madrigales escritos en doce versos, de los cuales los cuatro primeros expresan un pensamiento principal que después se desenvuelve y explica en los siguientes. 4

Los villancicos contienen del mismo modo un sentimiento o una idea en los dos o tres versos primeros que después se explica con más extensión en varias estrofas. 5

Por último, las glosas que compara Bouterwek con mucha exactitud a las variaciones musicales sobre un mismo tono, constan generalmente de un cuarteto de otro autor cuyo sentido se amplía en varias estrofas que terminan cada una en uno de los versos que se propone glosar el poeta. A veces se glosa solo un verso y entonces no hay más que una estrofa. 6

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