“Miguel de Cervantes Saavedra (Continúa el artículo biográfico inserto en el número anterior)”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, n.º 84, diciembre de 1841
- Autor de la obra
- Villalobos, Ángel de (dir.)
- Edición
- Londres:
Imprenta de Carlos Wood.,
1840
- Paginación
- pp. 361-366
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Ioannis Mylonás Ojeda
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 27 marzo 2026
Miguel de Cervantes Saavedra
(Continúa el artículo biográfico inserto en el número anterior)
Dos años después de la muerte de Felipe II, acaecida el 13 de septiembre de 1598, trasladó la corte a Valladolid su hijo Felipe III, a instancias del privado duque de Lerma. Presentose en ella Cervantes en 1603 a consecuencia del informe que, relativamente al desempeño de sus comisiones, pidió el Tribunal de Contaduría Mayor, como ya dijimos anteriormente; pero la mudanza de los personajes influyentes «debió disipar la memoria de este antiguo militar e ingenioso escritor. Sus recientes persecuciones y la alteración que en este tiempo padeció el sistema de Real Hacienda y el mismo Tribunal de Contaduría Mayor influían también contra la brevedad del despacho de los negocios de Cervantes, cuya ausencia de tantos años había reducido sus conocimientos, debilitado sus amistades y desvanecido las consideraciones que merecía. El duque de Lerma, “atlante del peso de esta monarquía”, como le llamaba nuestro escritor, era el dueño de la voluntad del soberano y el árbitro dispensador de los empleos y de la fortuna o desgracia de todos los españoles: favorito sin ilustración ni experiencia; halagüeño y mañero más que bien entendido, según decía Quevedo; imperioso con otros y dominado del valimiento y astucia de sus criados; fastuoso y magnífico, pero con indiscreta profusión y censurada prodigalidad; cuyas elecciones las dictaban, por lo común, motivos de su política particular o sus conexiones de amistad y parentesco. De aquí nació que el mérito, el talento y la virtud fueron desatendidos, no sin censura y sentimiento de los buenos».
«Si Cervantes, como es de presumir, tuvo entonces necesidad de presentarse a aquel ministro poderoso para exponerle sus servicios, sus méritos y sus desgracias, implorando su protección para conseguir algún acomodo que le asegurase una vejez más descansada entre su familia, no es extraño que el duque de Lerma, ignorando sus calidades eminentes como militar y literato, y con equivocado concepto por las persecuciones que padecía, le recibiese con desdén y le tratase con menosprecio, según refieren algunos escritores de aquel siglo. Con tan amargo desengaño halló Cervantes cerrada la puerta a sus esperanzas, de modo que, abandonando sus solicitudes de recompensa, se vio obligado a buscar otros medios de subsistir, ya ocupándose en varias agencias y negocios, ya trazando y escribiendo algunas obras de ingenio, o ya finalmente limando y perfeccionando las que tenía trabajadas para darlas al público. Con tan mezquinos arbitrios, y con el favor que después pudo granjearse por medio de sus amigos y de otros protectores más justos e ilustrados, vivió Cervantes el resto de su vida, aunque pobre y oscuramente, en medio del fausto y pompa de los magnates y próceres de la nación, siendo admirable la cordura y moderación que distinguió su conducta en este último período; pues, si bien en el seno y confianza de la amistad depositó alguna vez las quejas y resentimientos particulares que tenía con el duque; si acaso, a impulsos de su genio, mezcló en sus obras algunas alusiones satíricas en desquite de la injusticia e insensibilidad con que se le trataba, la discreción y el velo delicado con que supo cubrirlas le salvaron de la persecución de un privado despótico y poderoso, de quien, por otra parte, habló siempre en sus obras públicas con aquel decoro y miramiento que la prudencia tributa a los que, por la confianza de los reyes, tienen en sus manos la suerte de los pueblos y la prosperidad o miseria de muchas generaciones».
«Tal vez la situación apurada en que le pusieron estos destinos y desengaños hicieron a Cervantes acelerar la publicación del Quijote, para que los lectores juiciosos e imparciales, midiendo por esta obra la elevación y amenidad de su ingenio, y recordando por la novela del Cautivo los méritos de su juventud, compadeciesen su mala suerte, y este sentimiento excitase su indignación contra la injusticia e indiferencia de los que la causaban». Ello es que por entonces (en 1605), y no sin dificultades, se publicó la primera parte de esta obra insigne, que desde entonces ha excitado y continuará excitando la admiración del mundo.
Poco después, y cuando Cervantes empezaba a disfrutar de alguna tranquilidad y de la satisfacción que debieron causarle sus triunfos literarios, vino a turbar su reposo y el de su familia un acontecimiento funesto e imprevisto. «Seguía la corte un caballero navarro de la Orden de Santiago, llamado don Gaspar de Ezpeleta, aficionado, según la costumbre del tiempo, a justas, torneos y galanterías, el cual, en la noche del 27 de junio de 1605, se encontró junto a la puentecilla de madera del río Esgueva con un hombre armado, que se empeñó en alejarlo de allí, por cuya razón, después de algunas contestaciones, sacaron las espadas y se dieron de cuchilladas, quedando malherido don Gaspar, que comenzó a dar voces apellidando auxilio, y hubo de refugiarse con trabajo a una de las casas que estaban más próximas. Cabalmente vivía en uno de sus dos cuartos principales doña Luisa de Montoya, viuda del célebre cronista Esteban de Garibay, con dos hijos suyos, y en el otro Miguel de Cervantes con toda su familia. A las voces de don Gaspar acudió uno de los hijos de Garibay, y, viendo que se entraba en el portal derramando sangre, con la espada desenvainada en la una mano y en la otra el broquel, llamó a Cervantes, que estaba ya recogido. Entre ambos le subieron al cuarto de doña Luisa de Montoya, donde se le asistió con cuanto fue necesario hasta que falleció en la mañana del 29».
Por las diligencias judiciales que se practicaron para la averiguación del caso resulta que la familia de Cervantes se componía a la sazón de su mujer, doña Catalina de Palacios Salazar; una hija natural, doña Isabel de Saavedra, soltera, de más de veinte años; doña Andrea de Cervantes, su hermana, viuda, con una hija soltera llamada doña Constanza de Ovando, de veintiocho años; y doña Magdalena de Sotomayor, que también se dice su hermana y era beata, de más de cuarenta años de edad.
Si bien nada resultó de las primeras declaraciones, hubo, sin embargo, algunos indicios de que las heridas y muerte de don Gaspar habían provenido por competencia de obsequios y galanterías dirigidas bien a la hija o a la sobrina de Cervantes, o bien a otras señoras de las varias que habitaban los dos cuartos segundos y otro tercero de la misma casa, por lo que fueron puestas en la cárcel diferentes personas, y entre ellas Miguel de Cervantes, su hija, su sobrina y su hermana viuda, a quienes tomó el juez sus confesiones el 30 del mismo mes de junio; pero luego fueron puestos en libertad, no resultando en manera alguna culpables.
«En el año siguiente de 1606 se restituyó la corte a Madrid, y es muy regular que la siguiese Cervantes, fijando su establecimiento en esta villa, no solo para continuar sus agencias o proporcionarse otros medios de subsistir, sino para estar más inmediato a Esquivias y Alcalá, donde tenía sus parientes. Así lo testifican cuantas memorias se han conservado, de las cuales consta asimismo que en junio de 1609 vivía en la calle de la Magdalena, a espaldas de la duquesa de Pastrana; que poco después se mudó a otra casa que estaba detrás del colegio de Nuestra Señora de Loreto; que en junio de 1610 moraba en la calle del León, casa n.º 9, manzana 225; que en 1614 residía en la calle de las Huertas; que también vivió en la calle del duque de Alba, próximo a la esquina de la del Estudio de San Isidro, de la cual le desalojaron, habiéndose seguido autos ante la justicia sobre este desahucio; y, finalmente, que en 1616 habitaba otra vez en la calle del León, esquina a la de Francos, n.º 20, manzana 228».
«Cervantes, anciano ya, reunido a toda su familia, escaso de medios para mantenerla, perseguido de sus émulos, desatendido a pesar de sus servicios y de sus talentos, y colmado de desengaños por su experiencia del mundo y conocimiento de la corte y los cortesanos, abrazó desde esta época una vida retirada y filosófica cual convenía a su situación; y, “volviendo”, como decía él, “a su antigua ociosidad”, se dedicó enteramente al comercio y trato de las musas para ofrecer después al público nuevos y más copiosos frutos de su ingenio y aplicación, dando campo al mismo tiempo a la práctica de aquellas nobles virtudes a que le inducía su religioso corazón, y que, sostenidas en su juventud con heroico denuedo entre infieles bárbaros y sanguinarios, debían brillar más y más en el ocaso de sus días para ejemplo y confusión de sus émulos y detractores».
Mientras que la fama de Cervantes se extendía cada día más por el mundo civilizado; mientras que en Francia, Alemania, Italia y Flandes se multiplicaban las traducciones de sus obras, y que los extranjeros que venían a Madrid, inducidos del crédito y aprecio con que eran recibidas fuera de España, le señalaban con el dedo por las calles y procuraban con instancia todos los medios de conocerle y visitarle para proporcionarse su trato y comunicación familiar, el ilustre escritor se hallaba no tan solo pobre y desvalido, sino menospreciado y perseguido, abandono tanto más notable cuanto que la fama de su ingenio era justamente apreciada por aquellos en cuya mano estaba remediar sus infortunios. «Hallábase Felipe III en un balcón de su palacio de Madrid, y, espaciando la vista, observó que un estudiante leía un libro a orillas del río Manzanares, e interrumpía de cuando en cuando su lección dándose en la frente grandes palmadas, acompañadas de extraordinarios movimientos de placer y alegría. Atento el rey a todo, adivinó inmediatamente la causa de tal distracción y enajenamiento, y dijo: “Aquel estudiante o está fuera de sí o lee la historia de Don Quijote”».
Presurosos los palaciegos en ganar las albricias del acierto de su príncipe, corrieron a desengañarse, y hallaron que el estudiante leía con efecto el Quijote; pero ninguno de ellos, al participarlo al soberano, le hizo memoria de su autor ni del abandono en que vivía, lleno de años, de méritos y de desgracias; y así se malogró la ocasión más oportuna de haberle conseguido alguna pensión o socorro para su sustento».
En la primavera de 1616 la gravedad de sus males interrumpió sus tareas literarias e indicó la proximidad del fin de su vida. «Tal era su situación el sábado santo 2 de abril, que, por no poder salir de su casa, hubieron de darle en ella la profesión de la venerable Orden Tercera de San Francisco, cuyo hábito había tomado en Alcalá el día 2 de julio de 1613; pero, como al mismo tiempo la naturaleza de su dilatada enfermedad le dejaba algunos intervalos de alivio, creyó conseguirle más radical y permanente con la variación de aires y alimentos, y resolvió pasar en la semana inmediata de Pascua al lugar de Esquivias, donde estaban avecindados los parientes de su mujer, doña Catalina de Salazar. Desengañado después de algunos días de la ineficacia de este arbitrio, y deseoso de morir en su casa, o con más esperanzas de aliviarse en ella, regresó a Madrid con dos amigos que pudiesen cuidarle y servirle por el camino. En él tuvo un encuentro que le prestó materia para escribir el prólogo a su novela de Persiles y Sigismunda, última de sus obras, dedicándola a su insigne mecenas el conde de Lemos, digno apreciador del genio y virtudes de Cervantes, y su constante protector y amigo en la adversidad. Este prólogo nos da la única noticia circunstanciada que tenemos de su enfermedad.»
«Volviendo, pues, de Esquivias, sintieron que por la espalda venía uno picando con gran prisa y dando voces para que se detuviesen. Espéraronle, en efecto, y llegó sobre una borrica un estudiante quejándose de que caminaban tanto que no podía alcanzarlos para ir en su compañía; a lo que contestó uno de los acompañantes que la culpa tenía el caballo del señor Miguel de Cervantes, por ser algo pasilargo. Apenas oyó el estudiante el nombre de Cervantes, de quien era apasionado aunque no le conocía, cuando, apeándose de su cabalgadura, arremetió a él, y asiéndole de la mano izquierda, le dijo: “Sí, sí, este es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las musas”. Cervantes, que tan impensadamente se vio colmado de tales alabanzas, correspondió con su natural modestia y cortesanía, abrazándole y pidiéndole volviese a montar en su burra para seguir juntos y en amigable conversación lo poco que restaba del camino. Hízolo así el comedido estudiante, con quien pasó el coloquio que nos da idea de la enfermedad de Cervantes, y que refiere él mismo en estos términos: “Tuvimos (dice) algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo: ‘Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese; vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna’. Eso me han dicho muchos, respondí yo; pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito como si para solo eso hubiera nacido; mi vida se va acabando, y al paso de las efemérides de mis pulsos, que a más tardar acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado; en esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia”».
«Todo el contexto de este prólogo, su desaliño, sus interrupciones y su conclusión están manifestando cuán deplorable era la situación de Cervantes cuando le escribía. Fluctuaba entonces entre el temor y la esperanza, pero sin desmentir por esto su genio festivo y donoso, como lo prueba la pintura que hizo del traje, montura y ademanes del estudiante. Por una parte, anunciaba el término de su vida para el domingo próximo, que era el 17 de abril, y se despedía para siempre de sus amigos, de sus gracias y de sus donaires; y por otra confiaba continuar y extender este discurso en mejor ocasión, para decir lo que en esta hubiera sido conveniente y oportuno. La enfermedad disipó todas estas ideas, porque, agravándose considerablemente, y no quedando esperanza de remedio, se administró a Cervantes la extremaunción el lunes 18 de aquel mes».
«Todavía conservaba al día siguiente serenidad de espíritu, firme y fecunda la imaginación, y tiernamente impresa en el corazón la memoria de su bienhechor el conde de Lemos, cuya venida de Nápoles (donde se hallaba de virrey) a presidente del Consejo de Italia estaba muy próxima. Ansiaba Cervantes este momento de ofrecerle personalmente los respectos de su gratitud; pero, ya que no era posible conseguirlo, le dirigió como último obsequio los Trabajos de Persiles y Sigismunda, con una carta digna (como observa Ríos) de que la tuviesen presente todos los grandes y todos los sabios del mundo, para aprender los unos a ser magníficos y a ser agradecidos los otros. “Aquellas coplas antiguas (le dice Cervantes) que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: “Puesto ya el pie en el estribo”, quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras puedo comenzar diciendo:
Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, esta te escribo.
Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo esta: el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera ya ponerle coto hasta besar los pies a V. E., que podría ser fuese tanto el consuelo de ver a V. E. bueno en España que me volviese a dar la vida; pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y por lo menos sepa V. E. este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aun más allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de V. E., regocíjome de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las bondades de V. E.” La situación de Cervantes al escribir o dictar tan tiernas y nobles expresiones les da tal energía y sublimidad, que las hace dignas de la misma veneración y respeto con que se escucharon en Grecia y Roma los últimos discursos de Sócrates y de Séneca».
El sábado 23 de abril de 1616 murió el gran Cervantes, el mismo día en que perdió la Inglaterra a su celebrado poeta, creador de su teatro, Guillermo Shakespeare. Sus restos mortales fueron depositados en el convento de monjas trinitarias, sito en la calle del Humilladero, en el que se hallaba de religiosa profesa su hija doña Isabel: «Su funeral fue pobre y oscuro; ninguna lápida ni inscripción ha conservado la memoria del lugar en que yace; ni en los tiempos posteriores, en que las letras y las artes han prodigado sus bellezas a la lisonja y al poder, y acaso al crimen y a la iniquidad, ha habido quien intente honrar las cenizas de aquel varón insigne con un sencillo y decoroso mausoleo, en el cual, ostentando las nobles artes su filosofía, inspirasen aquel acatamiento y veneración que, sirviendo de perenne estímulo a las generaciones venideras, las dirigiese por el camino de la virtud y de la sabiduría».
Cuando en 1818 escribía el señor Navarrete estas palabras, no había sido aún honrada la memoria de Cervantes con la erección de monumento alguno que mostrase el aprecio y respeto debido a sus virtudes e ingenio admirable, a pesar de haber transcurrido ya dos siglos desde su muerte, negligencia vergonzosa por la cual han sido repetidas veces motejados sus compatriotas; pero recientemente ha querido la España vindicarse de tan merecida inculpación, erigiendo el monumento representado en el grabado que encabeza esta segunda parte del artículo, el cual se halla colocado en la plaza de Santa Catalina, frente al palacio de las Cortes: homenaje tardío, pero grato a todos los españoles amantes de la gloria de su país. La calle de Francos, donde murió Cervantes, ha tomado recientemente el nombre de su esclarecido inquilino, habiéndose colocado además un medallón con su busto en relieve y una inscripción apropiada sobre la puerta de la casa que habitó; obsequio justo y merecido que honra la ilustración del marqués viudo de Pontejos, corregidor a la sazón de Madrid, a quien se deben estas muestras de respeto a la memoria de aquel donoso escritor 1 .
Consta que los distinguidos artistas don Juan de Jáuregui y Francisco Pacheco, contemporáneos y amigos de Cervantes, pintaron ambos su retrato; mas estos han perecido, conservándose solo una copia «que, siendo indudablemente del reinado de Felipe IV, se atribuye por unos a Alonso del Arco, creyendo otros descubrir en ella el estilo de las escuelas de Vicencio Carducho o de Eugenio Cajés. Pero, de cualquiera mano que sea, es cierto que conforma en todo con la pintura que Cervantes hizo de sí mismo en el prólogo de las Novelas, diciendo: “Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz curva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes; la boca pequeña; los dientes no crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies: este digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso a imitación del de César Caporal, perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño; llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra”. Confiesa además que era tartamudo, y es preciso apreciar esta descripción por el candor e ingenuidad que la dictó y por la gracia inimitable con que está escrita».
«Pero, si Cervantes merece mucho por su fecundo ingenio y exquisita erudición, no es menos digno de aprecio y de la memoria de la posteridad por las altas prendas y virtudes de su corazón. Supo, como verdadero filósofo cristiano, ser religioso y timorato sin superstición, celoso de su creencia y del culto sin fanatismo, amante de su patria y de sus paisanos sin preocupación, valiente y alentado en la guerra sin presunción ni temeridad, generoso y caritativo sin ostentación, agradecido con extremo, pero sin abatimiento ni adulación; ingenuo y sencillo hasta apreciar tanto que le advirtiesen sus errores como que le alabasen sus aciertos; moderado e indulgente con sus émulos, habiendo contestado a sus sátiras e invectivas sin descubrirlos ni herir a sus personas; y, finalmente, jamás vendió ni prostituyó su pluma al favor ni al interés, jamás la tiñó con la sangre ni con el deshonor de sus prójimos, jamás la usó sino para el bien y la felicidad de sus semejantes, y siempre fue pródigo de alabanzas, hasta el punto de haber sido severamente censurada esta facilidad, que, aunque honorifica a su corazón, contradice la rectitud de su juicio y la imparcialidad de su crítica».
«Tal es la historia de la vida de Miguel de Cervantes Saavedra, de aquel esclarecido español que, después de haber derramado su sangre sirviendo a su patria con ardimiento y valor en la guerra, de haberla ilustrado en la paz con obras tan sabias como útiles y deleitables, y de haber dejado a los demás hombres tantos ejemplos de virtud en su conducta privada, terminó su vida con la tranquilidad que inspiran la religión y la filosofía: semejante al sol que, después de fecundar y consolar con su luz al universo, desciende majestuoso hacia el ocaso y parece mayor al declinar la tarde de un hermoso día. Si las pasiones mezquinas de sus contemporáneos estorbaron por algún tiempo que se tributase el honor debido a su elevado mérito, desaparecieron con ellos estas densas nieblas de la ignorancia y de la envidia; y la posteridad incorruptible e imparcial ha llevado en alas de la fama el nombre de Cervantes por doquiera que reina la civilidad y el amor a las letras, para que, siendo en todas partes acatado y aplaudido, se le contemple como uno de aquellos ingenios privilegiados que el cielo concede de cuando en cuando a los mortales para consolarlos de su miseria y pequeñez, y a quienes reserva exclusivamente la prerrogativa de ilustrar al mundo y de influir en la reforma de las opiniones y costumbres de sus semejantes».