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Prensa y canon · Biografías

“Juan Luis Vives”

Autor del texto editado
Boix, Vicente (1813-1880)
Título de la obra
El Fénix. Periódico universal, literario y pintoresco, n.º 5. 2 de noviembre de 1845.
Autor de la obra
Carvajal, Rafael de (dir.)
Edición
Valencia: Imprenta de Benito Monfort, 1845
Paginación
pp. 49-50
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 30 marzo 2026

Juan Luis Vives


Hace ya algunos siglos que nuestra culta Valencia, antes y después de la abolición de sus venerandos fueros, ha producido genios inmortales cuyas obras forman la admiración de los sabios. Boscán imitaba la llaneza y simplicidad de estilo, y aun las sentencias, de nuestro célebre poeta valenciano Ausias March, compañero y amigo leal del desgraciado príncipe Carlos de Viana. Don Guillén de Castro y Belvís compuso la famosa comedia Las mocedades del Cid, que sirvió al gran Corneille para la composición de la inmortal tragedia del Cid. Gaspar Gil Polo, cuyas obras admiraba Cervantes, y que se imprimieron en Amberes, Bruselas, París y Londres, era valenciano como el anterior. Juan Esteve, hijo también de la ciudad del Turia, publicó el libro de las elegancias mucho tiempo antes que Nebrija diera a luz sus escritos, a los cuales se atribuye la restauración de las letras en España. Valencianos son asimismo Juan Núñez, apellidado el Cicerón del siglo XVI; el elocuente Perpiñá y el matemático, poeta y literato Jaime Juan Falcó; el famoso botánico y médico Melchor de Villena, y los valientes y sabios caballeros don Francisco de Moncada y don Carlos Coloma, primer marqués de Espinar, que escribió las guerras de los Países Bajos desde 1588 hasta 1599 y vertió en castellano los diez y seis libros de los Anales y los cinco de las historias de Tácito. Tosca, Cabanilles, Pérez Bayer, Borrull y el tan celebrado don Jorge Juan pertenecen también a nuestra patria, donde las artes alzaron un templo, donde Rafael no hubiera desdeñado colocar su nombre, ceñido de gloria, entre Joanes y Ribalta, Pero en el presente artículo no podemos menos de hacer una honrosa memoria del inmortal Juan Luis Vives, cuya biografía se ha escrito tantas veces, y a la que tan poco nos queda que añadir. Hijo de padres de humilde posición, como otros tantos genios distinguidos que han ilustrado al mundo con sus obras, nació en la calle del Torno Viejo de santa Tecla en 6 de marzo de 1492. Su padre se llamaba también Luis, y su madre Clara Servent. Algunos han creído que nuestro escritor fue preceptor de Felipe II, pero no hay ningún dato exacto que lo compruebe. Consagrada toda su vida al estudio, principió en Valencia su carrera literaria, desde donde marchó a París con el objeto de dedicarse a la filosofía, y combatió las cavilosidades sofísticas de Lax y de Dullardo cuando apenas se conocía en Francia el gusto de las bellas letras. Pasó también algún tiempo en la universidad de Lovaina, y allí cultivó con aprovechamiento las lenguas latina y griega, dándose a conocer por un profundo filósofo y excelente humanista y por sus veinte libros titulados Del arte de enseñar, que explicó públicamente a sus discípulos. De Lovaina volvió a París, y en el año 1512 fijó su residencia en Brujas y contrajo matrimonio con Margarita Valldaura, cuyas costumbres suaves y puras formaron el encanto de nuestro célebre escritor. Después de casado estuvo en Oxford con el objeto de visitar aquella universidad, y después regresó a Brujas, donde, atacado de molestas enfermedades, falleció en 1540, a los cuarenta y ocho años de su edad. La inscripción colocada sobre su sepulcro es un elogio magnífico del distinguido literato valenciano, cuyo ingenio tuvo que luchar con el gusto teológico de la época, dando a los estudios literarios una nueva forma, desconocida hasta aquel tiempo. Cierto es que luchó al principio desventajosamente contra el escolasticismo, que dominaba entonces en la mayor parte de las universidades; pero, superior a cuantos escritores filosóficos figuraban en ellas, vio por fin coronados sus esfuerzos por los más brillantes resultados. Se alzaron en contra de sus doctrinas literarias las notabilidades más celebradas de su tiempo, pero confundió sus sofismas y preparó el camino que debía separar las escuelas del gusto de las que con tanto aplauso contaban una existencia inmensa desde los días de Abelardo. Sus afanes continuos, su continuo estudio, y sobre todo su crítica, poco conocida de sus contemporáneos, le han colocado justamente entre los principales restauradores de las letras.

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