“Gloria a Miguel de Cervantes. Cervantes”
- Autor del texto editado
- E. M. de V.
- Título de la obra
- El Argos, n.º 196, 23 de abril de 1872
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Madrid:
Imprenta de El Argos,
1872
- Paginación
- p. 4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 1 abril 2026
Gloria a Miguel de Cervantes
Cervantes
El período más brillante de la literatura española corresponde justamente a la época más gloriosa de la historia patria.
Bajo el cetro de Isabel la Católica (mientras los pendones de Castilla se alzaban sobre el imperio de los árabes, y Colón descubría un nuevo continente, y Gonzalo de Córdoba conquistaba reinos enteros), desarrollábase en España la afición a las bellas letras y a los estudios clásicos, a favor del generoso celo y perseverancia de aquellos insignes españoles que, según el célebre Erasmo, «no sólo debían excitar la admiración, sino servir de modelo a las naciones más cultas de la Europa».
Francisco de Vergara y Antonio de Nebrija (Nebrissensis) fueron considerados como los eruditos más profundos de su siglo; Arias Barbosa y los dos hermanos Ceraldino sobresalían en la ingrata ciencia filológica; Juan de la Encina traducía a Virgilio y escribía las primeras Églogas dramáticas; Diego de San Pedro publicaba su famosa Cárcel de Amor, y Jorge Manrique sus dulcísimas Coplas, dignas de la lira del Petrarca; Galíndez de Carvajal componía sus Anales y Alonso de Palencia sus inapreciables Décadas históricas; el arzobispo Talavera trasformaba su palacio en academia literaria, y Jiménez de Cisneros se preparaba a elevar a las letras y a la imprenta ese grandioso monumento que se llama Biblia Políglota; Gutierre de Toledo, hijo del duque de Alba y primo del rey, enseñaba en la universidad de Salamanca; Pedro Fernández de Velasco, hijo del conde de Haro, daba lecciones sobre Plinio y Ovidio; el esclarecido Pedro Mártir reunía en sus aulas toda la juventud aristocrática que formaba la corte del príncipe de Asturias «a caballeros principales (como él nos dijo) que le oían en silencio y con gusto, y luego se retiraban a sus casas para meditar sobre las explicaciones, y aprenderlas bien, y así adelantar mucho en el estudio de las bellas letras».
Pudo decir un sabio historiador de la época que en aquellos memorables días «ningún español era tenido por noble si se mostraba indiferente al estudio de la literatura».
Estos hombres fueron los que trazaron el camino que, andando los años, durante los largos reinados de los tres Felipes, debían seguir otros españoles no menos insignes: Mariana y Lope de Vega, Luis Vives y Calderón de la Barca, el Brocense y Mira de Amescua, y tantos otros cuyos nombres guarda la patria como joyas de gran valía.
Miguel de Cervantes Saavedra es el primero de todos, el regocijo de las musas, el príncipe de los ingenios.
Él, con su genio poderoso, supo trazar una línea divisoria entre el mundo del pasado y el mundo del porvenir; entre los días oscuros, y aun no bien comprendidos, de los torreones feudales y de los caballeros andantes, y los días, que ya se dibujaban en el lejano horizonte, del renacimiento, de la civilización, del progreso.
En Alcalá de Henares, a 9 de octubre de 1547, nació Miguel de Cervantes, y fue bautizado en la iglesia de Santa María la Mayor por el cura párroco bachiller Serrano.
Todavía existe la partida de bautismo (y el autor de este artículo ha tenido el gusto de leerla) en el libro I de aquella iglesia parroquial, al folio 192.
Lo que no existe es la casa en que nació. El viejo edificio fue comprado con otros varios en el siglo XVII por el presbítero valenciano y protonotario apostólico don Vicente López, para fundar el convento de Capuchinos observantes, bajo la advocación de Santa María Egipcíaca; hecho este, en el frente de la calle de Santiago, quedó convertido en huerta, y hoy es huerta todavía, el solar de la casa de Cervantes.
Un cervantista, don José Casi, ha dicho con amarga ironía:
¡Oh poder de los destinos!
¡En la casa de Cervantes
hoy crecen berzas, guisantes,
coles, nabos y pepinos!
Los padres de Miguel, Juan de Cervantes y Leonor de Cortina, enviáronlo a Madrid, a la escuela del erudito Juan López; compuso, muy joven aun, unas redondillas a la muerte de la reina doña Isabel de la Paz, una elegía al cardenal don Diego de Espinosa, varios romances y sonetos, y luego, cuando ya frisaba en los veintiún años, el poemita pastoral La Filena.
Pasó a Italia en busca de más altas empresas, y solo pudo ser camarero del cardenal Aguaviva, soldado bajo las banderas de Marco Antonio Colonna, herido y estropeado en el famoso combate de Lepanto, y soldado otra vez en los tercios de Nápoles.
Y, para colmo de desventura, cuando en 1575 volvía a España, a bordo de la galera El Sol, fue esta apresada por el corsario Arnaute Mamí el día 26 de septiembre, y el pobre manco de Lepanto, ya mísero cautivo, conducido a la morisca Argel.
No desmayó, sin embargo, su ánimo valeroso: en varias ocasiones intentó romper las cadenas que le sujetaban, y aun aspiró a clavar sobre los minaretes argelinos la bandera de Castilla, y llegó a infundir tal temor su audacia, que el rey de Argel decía: «Como tengo yo bien guardado al estropeado español, estará bien seguro mi reino, y mis cautivos y mis bajeles.»
Fue rescatado en 19 de Setiembre de 1580, y en cambio de quinientos escudos de oro, por los padres trinitarios Juan Gil y Antonio de la Vella; pisó de nuevo el suelo de la patria a principios de 1581 y contrajo matrimonio con doña Catalina Palacios de Salazar, en 12 de diciembre de 1584.
Antes había publicado La Calatea, linda novela que fue leída con gusto, y después, para remediar su pobreza, que era grande, compuso hasta treinta comedias, que se representaron en los corrales de Madrid, y cuyos productos mejoraron algún tanto su posición.
En Sevilla, a donde fue empleado en 1594, escribió Rinconete y Cortadillo; en 1599 estuvo en Toledo; y en la cárcel de Argamasilla, donde fue encerrado el pobre alcabalero, trazó la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que se publicó en Madrid en 1605, dedicada al duque de Béjar; pero el público recibiola fríamente, la crítica pedantesca se ensañó con crueldad en la obra maravillosa, y Cervantes escribió el Buscapié, graciosa crítica de aquella; por este medio excitó la curiosidad del público, y todos leyeron el Quijote, las ediciones se multiplicaron, y bien pronto fue recibido con aplauso general en España entera.
Por Valladolid, donde se hallaba la corte, anduvo solicitando empleo: nada consiguió, y volvió a Madrid, triste y desengañado, avecindándose en la calle de las Huertas, y después en la del León; en 1613 publicó sus novelas, dedicadas al conde de Lemus, don Pedro Fernández de Castro; en 1614, el Viaje al Parnaso, poema de invención ingeniosa; y en 1615 la segunda parte del Quijote, para contestar al libelo de Fernández de Avellaneda, que cubría de oprobios las venerables canas de Cervantes.
No vio Cervantes impresas otras obras suyas: los Trabajos de Persiles y Sigismunda, novela ofrecida al público desde 1613, iba acabándola su autor al mismo tiempo que a él se le acababa la vida.
Postróle cruel enfermedad en los últimos días de marzo de 1616; el 18 de abril, desahuciado ya, le fueron administrados los santos sacramentos; el 19, puesto ya el pie en el estribo, terminó la novela Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, y escribió una carta al conde de Lemus, despidiéndose de él y ofreciéndole su última obra: «Ayer me dieron la Extrema-Unción —decía— y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto llevo la voluntad sobre el deseo que tengo de vivir».
Pocos días antes, el 26 de marzo, había escrito al arzobispo de Toledo don Bernardo Sandoval y Rojas: «Ha pocos días que recibí la carta de vuestra señoría ilustrísima, y con ella nuevas mercedes. Si del mal que me aqueja pudiera haber remedio, fuera lo bastante para tenelle, con las repetidas muestras de favor y amparo que me dispensa vuestra ilustre persona; pero al fin tanto arrecia que creo acabará conmigo, aun cuando no con mi agradecimiento».
En la mañana del 23 de abril, a los sesenta y ocho años, seis meses y siete días, entregó su espíritu a Dios y su cuerpo a la madre tierra.
Hoy cumplen justos 256 años.
La muerte no le permitió acabar la segunda parte de La Galatea, Las semanas del Jardín, El Bernardo y alguna otra obra.
Cervantes nos dejó su retrato en el prólogo de las novelas:
«Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes no crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros, el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; este digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal, perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño: llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra».
Él fue quien dio
...en Don Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohíno,
en cualquiera sazón, en todo tiempo,
porque su obra inmortal «tiene el privilegio de ser con su lectura el consuelo de toda clase de personas, en todas las épocas y situaciones de la vida», y de su héroe «las valerosas hazañas y grandes hechos están escritos en bronces duros y en eternos mármoles».
E. M. de V.