«La vida de Esopo Frigio, compuesta en griego por Máximo Planude y agora nuevamente traducida de latín en octava rima castellana por Joaquín Romero de Cepeda, repartida en cinco cantos.»
- Autor del texto editado
- Romero de Cepeda, Joaquín
- Título de la obra
- Vida y ejemplares fábulas del ingeniosísimo fabulador Esopo Frigio y de otros clarísimos autores, así griegos como latinos, con sus declaraciones, nuevamente de latín, en todo género de verso, en lengua castellana traducidas por Joaquín Romero de Cepeda, vecino de la ciudad de Badajoz, ms. c. 1647.
- Autor de la obra
- Romero de Cepeda, Joaquín
- Edición
- Sevilla:
Juan de León, a costa de Jácome López,
1590
- Paginación
- ff. 7r.-53v.
Fuentes
Información técnica
:
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
LA VIDA DE ESOPO FRIGIO, COMPUESTA EN GRIEGO POR MÁXIMO PLANUDE Y AGORA NUEVAMENTE TRADUCIDA DE LATÍN EN OCTAVA RIMA CASTELLANA POR JOAQUÍN ROMERO DE CEPEDA, REPARTIDA EN CINCO CANTOS.
CANTO PRIMERO, EN EL CUAL SE CUENTA LA MARAVILLOSA ASTUCIA Y DILIGENCIA DE ESOPO, CON LA CUAL PUDO EVADIRSE DEL PELIGRO EN QUE SUS ACUSADORES LO TENÍAN PUESTO, DESPUÉS DE LA PROPORCIÓN Y HECHURA DE CUERPO, NACIÓN Y ESTADO.
CANTO I
Del gran
fabulador
Esopo canto
las fábulas y vida monstrü[o]sa,
tenida en aquel tiempo en grado tanto
que entre
mil
gentes fue
maravillosa;
si en este no se estima, no me espanto, [5]
pues no es virtud la joya más
preciosa
y vale más un rico acemilero
que ser Platón, Demóstenes ni Homero.
Fue frigio de nación,
pobre,
nascido
en un lugar que Amorio se ha llamado. [10]
Fue
siervo
y como esclavo fue vendido;
ventrudo, negro, feo y corcovado,
de piernas y de cuello fue torcido,
la boca y dientes grandes, y encrespado,
gruesa y roma nariz y la cabeza [15]
aguda, aunque jamás no la endereza.
Muchas veces contrarias se han mostrado
la ley y la natura y diferentes,
pues vemos muchas veces condenado
el que sin culpa fue de malas gentes; [20]
el de ingenio subido y delicado,
de oscuros y pobrísimos parientes;
esclavo, siervo y pobre el virtüoso;
honrado, libre y rico el muy vicioso.
Pues, aunque por la ley esclavo era, [25]
Esopo por natura libre ha sido,
y así se gobernó de tal manera,
que en libertad vivía, aunque vendido.
Fue de doctrina sabia y la primera
que en fábulas los vicios ha argüido. [30]
Los ánimos de todos atraía
con su habla y
moral
filosofía.
Entre muchos defetos corporales
que tuvo, fue de lengua torpe y ruda:
hablaba casi siempre por señales [35]
porque su habla era en todo muda.
Mas los conceptos altos naturales,
no sin divino
afflatu
que le ayuda,
le hacen en la mente tan vistoso
cuanto su cuerpo fue negro y astroso. [40]
Mostró con aparencias de figuras
de aves, de animales mansos, fieros,
en fábula o ficción grandes
dulzuras
para domar los ánimos severos,
porque verdades claras son muy duras [45]
—y así tienen lugar los lisonjeros—.
La
fábula
es razón sabia fingida,
segura y
provechosa
a nuestra vida.
Hacía avergonzar a los
oyentes
con los ejemplos de aves y animales, [50]
que fuesen menos sabios y prudentes
que aquellos sin sentido irracionales,
y ansí los incitaba a ser pacientes,
solícitos, astutos, liberales,
muy cautos, avisados y discretos [55]
y hombres de razón en sus afectos.
Con tal disformidad no fue fatable
hüir la rigurosa
servidumbre;
mas de
natura
e ingenio fue inviolable,
de prudencia dotado y mansedumbre, [60]
fue con solercia tal comunicable,
que no causó a ninguno pesadumbre.
Más que Tersites feo —del que Homero—,
mas de ánimo incorrupto y muy sincero.
Su amo, que por siervo lo regía, [65]
por su disformidad lo ha envïado
a cavar un cortijo a do tenía
un huerto de mil árboles plantado.
Esopo lo acetó con alegría
porque en casa servir le fue negado. [70]
Y así su huerto cava de contino,
sin discrepar un punto este camino.
El amo, como es uso, visitaba
el campo para ver a sus obreros.
Un labrador que junto de él labraba [75]
le presentó unos higos por primeros.
Con gran contentamiento los tomaba,
mandando se los guarden muy enteros
entretanto que al baño va a bañarse,
que tiene por costumbre de lavarse. [80]
Acaso en este tiempo Esopo vino
del huerto a la ciudad, do fue envïado.
Entró en su casa, y de esto sobrevino
que un siervo, que Agatopo se ha llamado,
con otro su consiervo se convino, [85]
que los higos del amo este ha guardado,
y tratan de comellos con engaño
para que venga a Isopo todo el
daño.
Dicen: «Nosotros dos los comeremos,
que no será posible ser hallados [90]
en el huerto, y así condenaremos
a Isopo y pagará nuestros pecados.
Con ánimo constante acusaremos
aqueste tinajón, y así librados
seremos de la pena; y él, sin culpa, [95]
pagará con azotes su disculpa».
«Ya sabes», Agatopo le decía,
«que aqueste es tartamudo y sin sentido,
escusarse de aquesto no podría
y, aunque se escuse, no será creído. [100]
Nuestro amo mandará que con porfía
sea bien azotado y escarnido;
y nosotros los higos comeremos
y la burla del negro la reiremos».
Aquesto entre los dos determinado, [105]
los higos muy contentos han comido.
Comiéndolos decían: «Oh, cuitado
Esopo, qué maraña se te ha urdido».
Contaban los azotes por bocado
que esperan le darán al dolorido. [110]
Su amo de bañarse ya venía
y los higos apriesa les pedía.
Los que los han comido respondieron
que Esopo los comió como malvado
y que ellos ya por ello le riñeron, [115]
y de esto el amo fue en estremo airado.
Mandó que venga Esopo, al cual trujeron,
y el amo con rigor lo ha condenado,
diciendo: «Di, traidor, por qué comiste
los higos y de mí burla heciste». [120]
Esopo, que sin culpa de esto estaba,
no sabe qué responda, ni podía:
por una parte, el miedo le turbaba;
por otra, la inocencia da osadía.
En esto, el amo a voces lo mandaba [125]
azotar, mas Esopo le pedía,
hincado de rodillas, que esperase
un solo punto y luego le matase.
Corriendo parte Esopo a la cocina
y trae un cazo de agua ya caliente, [130]
que con sagaz astucia determina
mostrar que del delito está inocente.
Bebió del agua tibia muy aína
y los dedos metió muy diligente.
Vomita no otra cosa, sino humor, [135]
que no ha comido nada el pecador.
Por señas a su amo ha suplicado
Agatopo y el otro hayan bebido
por que se manifieste su pecado
cuál de ellos por comer lo ha cometido. [140]
De tal sagacidad muy espantado,
el amo lo mandó, y, ansí cumplido,
como del agua tibia se hartaron,
los higos sin defensa vomitaron.
Entonces, manifiesta su malicia [145]
y puesta ante los ojos, confesaron
el delito crüel y, por justicia
muy justa, con azotes la pagaron.
Despierta con la pena, la noticia
de aqueste sabio dicho se acordaron: [150]
«Aquel que contra alguno mal ensaya
para sí hace lazos donde caya».
El otro día siguiente, caminando
dos sacerdotes vienen de Dïana
por el camino, a todos preguntando [155]
la vía más derecha, cierta y llana.
Isopo, que los oye estar llamando,
deja el azada y va de buena gana.
Los caminantes dicen ir errados
por caminos inciertos y no usados. [160]
Por Júpiter Hospicio le conjuran
les enseñe el camino que querían.
Esopo, que entendió lo que procuran,
se vino para donde ellos venían;
con su llegada un tanto se aseguran, [165]
aunque con gran trabajo lo entendían.
A la sombra de un árbol los llevaba
y de cenar copiosamente daba.
Después que del cansancio descansaron,
con ellos se va Esopo y encamina [170]
por el cierto camino que buscaron
con voluntad promptísima y benina.
Los caminantes tanto lo estimaron,
que el noble a regraciar el alma inclina,
que, las manos y ojos levantando, [175]
al cielo por Esopo están rogando.
Esopo, vuelto ya, como solía
a cavar comenzó; mas de cansado
del camino y el sol, que mucho ardía,
durmiendo bajo un árbol se ha quedado. [180]
En sueños le parece que veía
la fortuna, que en todo se ha hallado,
y las ciencias, y habla le concede,
que cuanto quiere Dios tanto dar puede.
Despierto ya del sueño, se levanta [185]
y dice: «Oh, qué a placer que he yo dormido».
De sí mismo, mirándose, se espanta
y habla para ver si está dormido.
Contento de hallarse en gloria tanta,
como el que nuevamente ha revivido, [190]
dice: «Yo bien entiendo dónde gano
tener aqueste don tan soberano.
Sin duda, por haber sido piadoso,
aquellos caminantes ya perdidos,
he yo alcanzado un don maravilloso, [195]
pues siento libres todos mis sentidos;
por lo cual, hacer bien es provechoso
y deben de hacello los nacidos,
pues el bien está lleno de esperanza
y nunca el bien perdió la confïanza». [200]
Zenas el capataz era del huerto,
el cual con un bastón ha maltratado
a un siervo que hizo un desconcierto
en la labor estando descuidado.
Esopo, que en hablar ya estaba experto, [205]
contra su capataz ha voceado
diciendo: «Oh, hombre, ¿tú por qué maltratas
a quien no te injurió y ansí le matas?
A nuestro amo diré cuánto mal haces
sin causa y sin razón, sin su mandado, [210]
pues nos tratas aquí como a rapaces,
sin ocasión que alguno te haya dado.
Y, aunque con mucha furia me amenaces,
yo te haré perder lo que has ganado».
El capataz atónito, esmarrido [215]
está de haber Esopo aquesto oído.
Piensa que muy gran daño le vendría
de la habla de Esopo, si contase
al amo de los dos lo que él hacía,
y que el oficio y honra le quitase. [220]
Con esto determina en aquel día,
antes que más el daño se aumentase,
de ir a la ciudad, do revolviese
a Esopo una maraña do muriese.
Llegado a la ciudad, alborotado, [225]
dice con turbación y gesto fiero:
«Señor, una gran cosa hoy ha pasado
allá en el campo de infelice agüero».
El amo, que lo siente estar turbado,
le pregunta: «¿Qué hay? Di por entero. [230]
¿Algún árbol sin tiempo ha dado fruto
o sin natural orden algún bruto?».
«Nada de eso», responde Zenas, «pasa;
mas Esopo habló, que antes fue mudo.
El cual con su malicia, más que brasa [235]
quemante, me ha llamado tonto y rudo.
Y, aunque en su maldecir no tuvo tasa,
pues dijo cuanto quiso y cuanto pudo,
yo lo sufriera todo, mas no es dado
sufrir que a ti y los dioses ha ultrajado». [240]
En ira y en coraje fue encendido
el amo con aquesto que le cuenta
Zenas, y así con ira ha respondido:
«Yo te le doy a ti libre y sin cuenta,
o lo trueca o lo vende en mal partido. [245]
Haz de él lo que quisieres en su afrenta,
que no lo quiero más en mi servicio,
pues hizo tal insulto y maleficio».
Contento de este don Zenas estaba
y a Esopo se lo dice cómo es suyo. [250]
Esopo, que lo entiende, no mostraba
pesalle, mas le dice: «No rehúyo
tu sujeción, mas de ello me holgaba.
Harás a tu placer como de tuyo,
que ser tuyo o de otro poco importa [255]
si la fortuna quiere no ser corta».
¶ Fin del primer canto.
Canto segundo, en el cual se cuenta cómo Esopo fue vendido a un mercader por precio de tres óbolos de plata, que, según la moneda de agora ,valía cada óbolo seis maravedís, y cómo de este mercader lo compró Janto filósofo, vecino de la ciudad de Samo.
CANTO II
Cual suele el miserable aherrojado
en triste captiverio y duro asiento
del bárbaro crüel ser maltratado,
que, hecho a padecer, tiene contento [260]
y pésale de ser de allí mudado,
temiendo nuevo daño en su tormento,
mas después lo que teme sale en vano
y queda en libertad, libre y ufano,
ansí temía Esopo la salida [265]
del amo que primero conocía;
mas Fortuna, que a veces no se olvida
del que con más espanto la temía,
le mejoró el servicio en nueva vida
cual su saber e
ingenio
merecía, [270]
mostrando claramente las señales
de la inconstante vida en los mortales.
Aconteció que un mercader pasaba
por el huerto do Esopo residía,
el cual bestias y esclavos barataba, [275]
que lo tenía por uso y granjería.
Zenas que compre a Esopo le rogaba,
del cual el mercader burla hacía,
diciendo: «¿Aqueste es tronco o es tinaja?
¿O relleno bueytrón de mala paja? [280]
¿Es olla de dos asas o hinchado
cuero? Mas, en hablar tan atrevido,
parece que es de hombre algún traslado,
que sola la voz de Eco ha parecido».
Rïendo se despide sin cuidado [285]
de habello en algún precio convenido,
mas Esopo tras él iba corriendo
y le hace esperar esto diciendo:
«¿Por qué ocasión heciste este rodeo
viniendo aqueste campo despoblado?». [290]
Responde el mercader: «¡Oh, bruto feo,
inorme, macilento, mal tallado,
para comprar algún precioso aseo
do pueda mi dinero haber doblado».
Esopo le replica: «Cómprame, [295]
que en algo por ventura te valdré».
El mercader le dice: «¿Y en qué cosa
podrás en algún tiempo tú ayudarme?».
Esopo, que de mente es ingeniosa,
le dice: «La verdad quieras contarme: [300]
¿en tu casa no tienes con tu
esposa
hijos que tú podrás encomendarme?
Yo serviré de azote si lloraren,
y luego callarán si me miraren».
Rïendo el mercader a Zenas dice: [305]
«¿Cuánto por este vaso mal compuesto?».
Tres óbolos pidió, y no contradice
el mercader, mas luego los ha puesto
en su mano diciendo: «Satisfice
a tu querer, oh, Esopo, mas aquesto [310]
ni es precio de que tenga algún despecho,
ni menos compre nada de provecho».
Caminan a su casa, y, en entrando,
los niños, que su madre los regía,
como vieron a Esopo, van llorando. [315]
Y Esopo al nuevo amo le decía:
«Ya no podrás estar de mí dudando,
pues por verdad hallaste en este día
lo que te prometí solo en el huerto,
y así lo que te dijere será cierto». [320]
Con los demás consiervos se ha metido
y a todos los saluda como hermano.
Ellos dicen: «¿Qué mal ha sucedido
a nuestro amo, que compra un tal alano?
Para el aojo de casa lo ha traído [325]
o para que en el huerto sea hortelano,
que para ahuyentar los cuervos basta,
aunque debió nacer de aquella casta».
De ahí a pocos días, deseoso
el amo de aumentar el oro fino, [330]
a sus esclavos manda sin reposo
proveer lo necesario del camino:
partir se quiere a Asia, cuidadoso
de llegar a vender con buen destino.
Lïados ya los cargos que tenía, [335]
Esopo a sus consiervos les decía:
«Hermanos, por ser nuevo en la jornada
y no tener costumbre de este oficio,
os ruego no me deis carga pesada,
que en esto me haréis gran beneficio». [340]
Los otros respondieron: «Siquier nada
lleves, pues no has usado este ejercicio».
Esopo les responde: «No conviene
que, penando vosotros, yo no pene».
Entre las cargas mira un grande cesto [345]
lleno de panes, que es para dos carga.
Aqueste tomó luego muy de presto
y lo lleva con pena harto amarga.
Los otros, espantados de ver esto,
sabiendo la jornada que era larga, [350]
decían entre sí: «Aqueste es loco,
pues lleva lo que es más, pudiendo poco».
Esopo con fatiga lo llevaba,
que la carga era grande en demasía.
La hora del comer ya se acercaba, [355]
que muy cercana era al mediodía.
Orillas de un arroyo que allí estaba,
el amo se paró y ansí hacía
a todos que parasen y comiesen
por que en el caminar fuerza tuviesen. [360]
Los panes distribuye con presteza
Esopo por los siervos muy hambrientos.
No suelen en comer tener pereza,
y ansí quedaron hartos y contentos:
la carga tiene ya menos graveza, [365]
lo que no fue en los otros instrumentos.
Mas la noche venida, da en la cena
todo el pan que le queda y va sin pena.
En la mañana sale diligente
Esopo y más que todos va delante. [370]
Los siervos lo reputan por prudente
y de sutil ingenio y elegante.
Conocen que es en cuerpo diferente,
del ánimo ingenioso y vigilante,
que, si carga grande parecía, [375]
muy presto se acabó y quedó vacía.
A Éfeso finalmente llegaron,
y allí los más esclavos de ellos vende.
De todos, solos tres aquí quedaron:
Esopo, que por feo no lo expende; [380]
los otros, un cantor que no compraron
y un latino que mucho el arte entiende.
De todos, estos tres quedan sin venta,
que no fue al mercader pequeña afrenta.
Un su familiar y conocido [385]
de aqueste mercader le ha aconsejado
que a la ciudad de Samo se haya ido,
que luego venderá los que han quedado.
El mercader su dicho ha obedecido
y en una fusta luego se ha embarcado. [390]
Con próspero vïaje va la barca
y así, llegando a Samo, desembarca.
Con nueva vestidura los compone
al músico y latino muy hermosa,
y al pobre Esopo en medio de ellos pone [395]
con vestidura sucia y andrajosa.
La gente popular, que en sí dispone
a su talle y medida cualquier cosa,
decían mil afrentas contra Esopo:
unos le llaman sapo, y otros, topo. [400]
Un filósofo, Janto así llamado,
que en la ciudad de Samo residía,
mirando bien los dos que están al lado
y a Esopo, que en el medio parecía,
con razón del aviso fue espantado; [405]
que el mercader en esto pretendía,
pues, si entre blancos dos negro ponemos,
muy más hermosos hace los estremos.
Llegándose al cantor, pregunta Janto:
«¿Dónde eres?». «Capadocio», ha respondido. [410]
«¿Y qué sabes hacer?». Responde: «Tanto
cuanto me fuere a cargo cometido».
Esopo se rïo, con tal espanto
de aquellos que con Janto allí han venido.
que unos dicen: «Es vientre, mas con dientes». [415]
Otros le llaman nombres diferentes.
Uno que de saber tiene deseo
por qué ocasión ansí se había reído,
fingiendo en el hablar nuevo meneo,
le dice muy pegado del oído: [420]
«Por qué ocasión reíste di, Proteo,
que nadie la razón ha conocido».
Mas Esopo le dice muy aína:
«Vete luego de aquí, oveja marina».
Pártese el estudiante muy corrido, [425]
que Esopo con astucia lo ha afrentado;
ninguno viene allí tan atrevido,
que a dalle más preguntas sea osado.
El filósofo Janto le ha pedido
al mercader en qué precio habrá dado [430]
el esclavo cantor, y él respondía
que por óbolos mil se lo daría.
Del precio inmenso el sabio descontento,
al otro le pregunta de este modo:
«¿Dónde eres?». «Lido soy de nascimiento». [435]
Pregúntale: «¿Qué sabes?». Dice: «Todo».
Rïose de esto Esopo muy contento;
mas cada cual al triste da un apodo,
aunque ninguno osa preguntalle,
que temen como el otro de afrentalle. [440]
Desean los discípulos de Janto
saber por qué Esopo se reía.
Y llega este deseo al uno a tanto,
que al otro le pregunta si sabía
por qué se ríe Esopo, que es espanto [445]
su risa, que ninguno la entendía.
Dícele el otro: «Id vos aquel infame,
si queréis que cabrón marino os llame».
Janto al mercader le preguntaba
cuánto el latino esclavo costaría. [450]
El mercader responde que él lo daba
por óbolos tres mil, que los valía.
De tan inmenso precio se espantaba
y, sin más replicar, se despedía.
Los discípulos dicen: «¿No os agradan [455]
los dos esclavos blancos que allí estaban?».
El maestro responde: «Sí agradaron
los esclavos, mas yo comprar no oso,
porque nuestros decretos ordenaron
que no se compre esclavo muy precioso». [460]
Los discípulos luego replicaron:
«Si aquello así es verdad, no estés dudoso
de comprar este feo abominable,
pues no había ley que en contra de esto hable.
Nosotros los dineros pagaremos, [465]
y tú lo llevarás en tu servicio,
que, siendo esclavo tuyo, entenderemos
algo de lo que aqueste nos da indicio.
Cumplid lo que nosotros pretendemos,
que nos haréis en ello beneficio». [470]
El sabio les responde: «Es grande precio
llevar el siervo yo, y dar vos el precio.
Sin esto, hay otra cosa que sería
gran pena a mi mujer y descontento:
que de gente aseada se servía, [475]
llevarle aqueste esclavo macilento,
de asco no querrá su compañía,
según aqueste está feo y grasiento;
así que no conviene dalle pena
a mujer que la ira no refrena». [480]
Los discípulos luego le replican
como lógicos diestros en el arte
y con sentencias muchas testifican
no ser aquella escusa en esta parte.
Con esto mil clamores multiplican [485]
que bastan ablandar al fiero Marte,
diciendo: «La sentencia es manifiesta:
no obedezcas mujer, aunque sea honesta».
El filósofo Janto ha respondido:
«No tengamos sobre esto más pendencia. [490]
Yo digo que es así y que argüido
habéis señores bien, sin diferencia.
Mas, para conocer lo que ha sabido,
hagamos de este esclavo la esperiencia
que conviene hacer según derecho. [495]
No demos el dinero sin provecho».
Pues, como cerca de Isopo se ha llegado,
le dice: «Alégrate». Y él respondía:
«¿Por qué? ¿Porque estoy triste y enojado?».
«Salúdote otra vez», Janto decía. [500]
«E yo también a ti», le dice osado
Esopo, que no muestra ya alegría.
El sabio y los que allí más se hallaron
de su pronta respuesta se espantaron.
«¿Dónde eres?», otra vez le replicaba. [505]
«Soy negro», Esopo luego ha respondido.
«No digo aqueso», Janto segundaba,
«mas adónde, si sabes, has nacido».
«El vientre de mi madre me violaba»,
responde luego Esopo. «No he querido [510]
aqueso preguntar», Janto responde,
«mas solo saber quiero de ti adónde».
Con astucia graciosa respondía
Esopo a las preguntas que le hace
y así aquesta de agora le decía [515]
—lo que muy poco a Janto satisface—:
«Mi
madre
cuando yo nacer quería,
aunque con mi respuesta no te aplace,
no me dijo el lugar si
alto
era
ni si en bajo y
humilde
me pariera». [520]
No quiere más entrar en competencia
con nuestro Esopo Janto en la jornada,
porque teme su argucia e inteligencia
y su solicitud tan estremada.
Pregúntale con gran benevolencia: [525]
«¿Qué sabes hacer tú?». Responde: «Nada».
«¿Por qué?». «Porque estos dos lo saben todo,
y ansí me dejan nada por tal modo».
Con inmenso contento y alegría,
los estudiantes de esto que ha pasado [530]
dicen que sabiamente respondía
a todo lo que Janto ha preguntado.
Sin duda, por aquesto se reía,
por donde enseña más ser avisado,
pues no hay hombre mortal tan suficiente. [535]
que pueda saber todo enteramente.
A solo Dios es dado saber todo,
que es infinitamente poderoso;
mas el hombre mortal, hecho de lodo,
de faltas y miserias abundoso, [540]
¿cómo puede tener tan alto modo
en tan flaco sujeto, vil y astroso,
que comprehenda en sí toda la suma
de lo que hay que saber y lo presuma?
De grosero juicio es argumento, [545]
según que la esperiencia nos lo muestra,
pensar uno de sí tan alto intento,
que haga llana y fácil cualquier muestra.
No puede un levantado entendimiento
tener en cualquier cosa mano diestra, [550]
que, si en aquello y esto es abundoso,
será en lo que no piensa infrutüoso.
El que duda ya sabe, porque entiende
que el tosco, torpe y necio nada duda.
El claro entendimiento que pretende [555]
descubrir la verdad en cosa aguda
escudriña, investiga y así entiende;
fuego de claridad con que se ayuda
y sale de lo oscuro que dudaba.
porque el saber y duda le ayudaba. [560]
Dice, pues, Janto a Esopo que desea
oílle responder: «Tú, por ventura,
¿quieres que yo te compre?». «Es cosa fea
—Esopo le responde— y no es cordura
preguntarme eso a mí. Tú ve y emplea [565]
tu dinero, si quieres, y asegura
tu voluntad, si tienes el dinero,
que en eso no seré tu consejero».
«¡Sin duda que al maestro ha aventajado!»,
los discípulos dicen muy contentos [570]
y entre sí todos juntos han tratado
cuán altos son de Esopo sus intentos.
Pues como Janto diga: «Yo he dudado,
según conozco en ti tus movimientos,
comprarte, por que luego no te huyas [575]
y mi casa y hacienda me destruyas»;
Esopo contra Janto ha redargüido:
«Si de huir tuviere algún deseo,
a ti por consultor no habré pedido
como tú poco ha, según que veo, [580]
a mí me deseabas». Respondido,
dice Janto: «Bien has, mas eres feo»;
y Esopo: «No la faz mira, maestro,
mas el ánimo atiende, si eres diestro.
No la hermosa cara al sabio incita, [585]
no buena proporción de gentileza
que dolor y vejez corta y marchita;
mas la prudencia mira y la nobleza,
mira la integridad que resucita
un ánimo dotado de pureza. [590]
No la gracia y color que se deslustra,
mas mira la virtud que al hombre ilustra.
¿A cuántos hermosura y buena gracia,
gentil disposición, aire y meneo
han hecho resbalar de su primacia, [595]
perdiendo de la fama el gran trofeo?
La derramada sangre que se espacia
por
Troya
y la que clama por Tereo
darán en todo el orbe tal respuesta
que se pueda entender cuán caro cuesta». [600]
Llegado al mercader, le dice Janto:
«Aqueste esclavo feo y macilento,
dime, ¿en qué lo darás?». Responde: «¿Tanto,
señor, te agradas de este paramento,
que estotros menosprecies? Yo me espanto. [605]
¿Cómo dejas aquestos, que es contento
vellos hermosos, sabios, diligentes,
de años y de vida suficientes?
Uno de aquestos compra y añadido,
sin premio ni interés, aquese lleva». [610]
Janto le respondió: «Este he querido.
¿Por cuánto lo darás sin otra prueba?».
Sesenta óbolos luego le ha pedido,
que de mayor ganancia no se ceba.
Los estudiantes luego lo pagaron [615]
y a Janto, su maestro, lo entregaron.
Vendido Esopo ya, vinieron luego
los que la gente llama arrendadores,
según suelen, apriesa y sin sosiego,
preguntando quién son los compradores. [620]
Teniendo aquella venta como juego,
el mercader, que hace otras mejores,
no dice «yo he vendido», y Janto calla;
mas Esopo con furia se desmalla.
Dice con voz sonora y entonada: [625]
«El vendido yo soy. Este ha comprado.
Aquese me vendió. Mas, si turbada
la lengua entrambos tienen, o afrentado
el uno y otro está, serame dada
libertad, pues entrambos han callado». [630]
Mas los arrendadores, que esto oyeron,
sin alcabala alegres se partieron.
¶ Fin del segundo canto.
Canto tercero, en el proceso del cual se hallarán cuentos y avisos estraños y dignos de memorias, con los cuales comenzó a publicar Esopo su mucha erudición y doctrina en el tiempo que vivió con el Filósofo Janto.
CANTO III
Bien creo dirá alguno: «Mejor fuera
que cantara Romero alguna historia
donde el furioso Marte se escribiera [635]
o Venus diera al verso eterna gloria.
Cualquiera cosa de estas gusto diera,
y eternizara el tiempo su memoria,
que de Esopo contar la suerte y vida
es cosa, aunque de ingenio, desabrida. [640]
Al soldado le da gusto la guerra,
al celoso amador tratar de amores,
al solitario monje el alta sierra,
los collados sin monte a labradores,
el soto y bosque umbroso do se encierra [645]
el fugitivo corzo a cazadores;
a cada cual agrada el ejercicio
do tiene inclinación o beneficio.
Tratar de amor no sé qué fruto tiene
si no es para avisar de su malicia. [650]
No condeno el valor que le conviene
al ejercicio noble de milicia,
mas el acto inhumano que detiene
la voluntad sangrienta y que cudicia
aquel estruendo de armas y alboroto [655]
no sé por qué valdrá de aqueste el voto.
No digo que la guerra mala sea
cuando de otra manera no se alcanza
la paz que con justicia se desea;
mas, si tu fin postrero es la venganza, [660]
y el ánimo superbo se recrea
en solo el fiero golpe de la lanza,
¿qué fiera habrá en el mundo que tal guerra
apruebe?, ¿dónde tanto mal se encierra?
Por eso es la virtud tan abatida: [665]
porque pocos gustaron su grandeza.
La disoluta, torpe y libre vida
no estima ya los grados de pureza.
El comer, el jugar, la gran bebida
se tiene por adorno y gentileza. [670]
El número infinito de los necios
hace de la virtud tales desprecios.
Cante, pues, quien quisiere de Cupido
el arco y flechas de oro fabulosas,
y del sangriento Marte el que ha querido [675]
encruelecer las almas sanguinosas,
que yo de habello hecho arrepentido
estoy, pues no son cosas provechosas.
Agora, más despierto, cantar quiero
lo que hará más fruto, a lo que espero. [680]
Esopo, pues, a Janto ansí seguía,
cual nuevo siervo al amo le ha seguido.
Su curso hace el sol al mediodía,
cual suele en el estío haber ardido.
Sin detenerse, Janto por la vía [685]
orina; mas Esopo, que lo vido,
le dice congojado con sospiros:
«Véndeme, que no quiero más serviros.
Si vos, que sois señor libre y esento
de toda servidumbre y ligadura, [690]
no pretendéis hacer detenimiento
a ejercitar las obras de natura;
yo, siervo, ¿qué haré si algún momento
el vientre relajado se apresura?
Tendré necesidad hacer volando [695]
lo que pienso que vos haréis andando».
«No te turbes por eso», ha respondido
el filósofo Janto, «que tres males
con lo que agora he hecho he defendido,
que a veces son nocivos y mortales: [700]
deteniéndome, el sol me habría ofendido
la cabeza; y el suelo da señales
de arder y así a los pies me dañaría;
y el mal olor también me ofendería».
Después que en casa juntos han llegado [705]
el filósofo dice: «Ante esta puerta
esperarás, oh, Esopo, mi mandado.
Conviene no ser luego descubierta
tu venida, mas sé muy avisado,
que voy a dar de ti noticia cierta [710]
a mi mujer curiosa y elegante
por que sobresaltada no se espante».
A su mujer, pues, Janto le decía,
fing[i]endo en el hablar grave reposo:
«Agora ya de hoy más, señora mía, [715]
de vuestras siervas no seré quejoso,
que un elegante
esclavo
yo os traía,
diligente, muy hábil y hermoso,
el cual nos servirá como conviene
sin que ningún trabajo le condene». [720]
Las mozas, que de ver son deseosas,
creyendo ser verdad lo que contaba
el filósofo Janto, están penosas
porque el nuevo consiervo se tardaba.
Entre sí combatían envidiosas, [725]
que ya cualquiera de ellas deseaba
que el nuevo esclavo, hábil y hermoso,
se lo diese su amo por esposo.
La mujer, que no menos el deseo
le aflige, manda luego que haya entrado [730]
Esopo, cuya vista hace Enteo
a quien de hermosura se ha preciado.
La una, que se paga más de aseo,
con mucha priesa sale y lo ha llamado;
mas luego que lo vido fue turbada, [735]
de su desformidad muy espantada.
Entrando, pues, Esopo donde estaba
la mujer del filósofo esperando,
de verle negro y feo se turbaba
y contra su marido está clamando, [740]
y dice: «¿Quién tal bestia me compraba,
que enfado y asco da estallo mirando?
No vea yo jamás quien me alborote,
o dame, que irme quiero, aquí mi dote».
Esopo, que la pena está sintiendo [745]
de Janto por aquesto que le oía,
el pie con grande furia está hiriendo
y con voz entonada le decía:
«¡Oh, sabio y gran Eurípides, que, siendo
dechado de la gran sabiduría, [750]
nos diste a conocer esta doctrina,
para los hombres sabios medicina!
Grandes tormentos pasa el navegante,
el estranjero solo y sin amigo,
mortales penas siente el caminante, [755]
temor contino da el fuerte enemigo,
inmensa es la fatiga del amante,
dura cosa es pobreza sin abrigo;
mas no hay cosa más dura y más pesada
que la mala mujer desvergonzada. [760]
Vos, señora, tened ya más reposo,
pues sois mujer de un hombre tan prudente.
No cudiciéis esclavo muy hermoso,
que es a la honestidad inconveniente;
que, aunque al filósofo Janto e[l] ser celoso [765]
no le parezca bien ni sea decente,
a vos conviene ser tan recatada
que no deis ocasión de ser notada».
Otro día después, en compañía
los dos, Esopo y Janto se partieron [770]
a un huerto do el filósofo solía
ir a espaciarse y mil yerbas cogieron.
El hortelano precio no quería,
y así su libre oferta agradecieron;
mas, porque en preguntalles tiene tema, [775]
a Janto le pregunta este problema:
«¿Qué es la causa, señor, que prevalece
la yerba que la tierra frutifica,
y la que yo le siembro menos crece
y tarde y con trabajo multiplica? [780]
A mí la razón de esto me fallece,
pues por razón muy mal se verifica
que aquesta sin sembrarse crece y sale,
y estotra cultivada poco vale».
El filósofo Janto ha respondido, [785]
mas no como filósofo avisado,
y así de su respuesta se ha reído
Esopo, que de más
ciencia
es dotado.
Dícele que a la yerba que ha nacido
y de su natural la tierra ha dado [790]
es como madre propria, buena y casta,
y para la que siembran es madrasta.
Bañándose el filósofo otro día,
le dice a Esopo: «Cuece una lenteja».
Él fue y, sin más echar, una cocía [795]
y la mesa y manteles apareja.
De aquesto Janto afrenta recibía,
y así le dice a Esopo en el oreja:
«Por estos convidados que aquí ves,
cuece de puerco, presto, cuatro pies. [800]
Yo siento que fue mía la torpeza,
pues dije en singular que apercibieras
una lenteja sola, y fue agudeza
demasiada tuya, pues pudieras
remediar con tu astucia mi simpleza [805]
y a mí en tan grande afrenta no pusieras;
mas, pues ya lo pasado es sin provecho,
haz de modo que quede satisfecho».
Esopo cuatro pies luego ha traído
y en un punto los cuece. Mas tenía [810]
su amo gran deseo que haya habido
ocasión de azotalle, que quería
vengarse del agravio recibido;
y así busca lugar en que podía
satisfacer los daños recebidos, [815]
y así le hurta un pie de los cocidos.
Esopo lo echa menos y ha pensado
en un punto el remedio que convino:
de presto va corriendo y ha cortado
uno de cuatro pies de su cochino. [820]
El otro pie que Janto le ha hurtado,
temiendo algún futuro desatino,
en la olla lo echa y salen cinco,
y así para vengarse está propinco.
Arguye a Isopo Janto astutamente [825]
diciendo: «Cuatro pies un puerco tiene».
Mas Esopo responde diligente
que por esto azotalle no conviene,
que en dos puercos son ocho ciertamente,
que cinco están agora allí al presente [830]
y tres que su cebón solos tenía,
con que el número de ocho se cumplía.
Aquesta y otras veces se ha escapado
Esopo por su buena diligencia,
que mil veces su amo lo ha acusado, [835]
mas luego le confunde su prudencia.
De todos en estremo es
alabado,
y en todo Samo suena ya su ciencia,
celebrando su nombre y alta
fama,
que por el mundo todo se derrama. [840]
Por ocasión pequeña y muy liviana,
su mujer de este Janto se ha hüido.
Era rica, hermosa y muy lozana,
mas muy poco obediente. Su marido
sufre su ausencia muy de mala gana, [845]
que de su amor estaba mal herido;
mas Esopo le ofrece de traella,
y así mitiga en algo su querella.
Por la calle do está va voceando
que el filósofo Janto se casaba, [850]
y así muchas gallinas va comprando,
cabritos y otras cosas que encontraba.
La mujer, que lo entiende, va bramando
y en su casa corriendo se arrojaba
y a su marido dice muy airada: [855]
«Yo viva soy, que aún no estoy enterrada».
De aqueste enojo ya reconciliados
y en mayor amistad por él venidos,
después de algunos días ya pasados
que sus enojos fueron fenecidos, [860]
trajeron a su casa convidados
amigos y parientes conocidos;
diciendo a Isopo Janto que trajese
el manjar más precioso que él supiese.
En mucha cantidad luego ha comprado [865]
lenguas de puerco solas, no otra cosa,
y asadas y cocidas las ha dado;
mas ya la gente está fastidïosa.
El filósofo está muy agraviado
y dice: «¿Esta es comida más preciosa [870]
de cuantas hay en Samo? Di, hombrecillo.
Responde, si podrás contradecillo».
Esopo con su voz desentonada
le dice: «Huélgome ser argüido
delante de esta gente tan granada, [875]
que yo pienso serás presto vencido.
¿Qué cosa hay en el mundo más preciada
ni de valor más alto y más subido?
¿Qué cosa hay en la vida más triunfante
que la lengua prudente y elegante? [880]
Por ella la moral filosofía
y el orden de natura es entendida.
Por ella se gobierna y se regía
el consorcio común de nuestra vida.
Por ella la retórica y poesía [885]
y toda dulce gracia es conocida.
Por ella las ciudades se guarnecen,
y los heroicos ánimos florecen.
Convencido quedó de aquesto Janto,
y todos los presentes lo alabaron. [890]
Tienen ya su prudencia por espanto
y así ninguna cosa replicaron.
Mas el amo le manda que, entretanto
—pues del comer pasado se enojaron—
que el sol sus claros rayos no destierra, [895]
apareje el manjar peor de la Tierra.
Esopo así lo hace, y ha traído,
como primero, lenguas, no otra cosa.
El filósofo a voces le ha reñido,
repitiendo su manda cautelosa. [900]
Replica Esopo fuerte y atrevido:
«¿Qué cosa más nociva y más dañosa
que la lengua atrevida y maldiciente
del hombre destemplado e imprudente?
Por ella mil ciudades son perdidas, [905]
grandes provincias, reinos asolados.
Los hombres por hablar pierden las vidas.
Mentiras, testimonios pronunciados,
injurias, maldiciones repetidas;
por ella son mil buenos deshonrados. [910]
Por ella, al fin, padecen los mortales
excesivos tormentos y mil males».
Uno de los presentes, malicioso,
al filósofo dice: «Bien sería
no ser aqueste siervo tan puntoso». [915]
Mas Esopo con ira le decía:
«Mucho sois ignorante, y muy curioso,
pues a ningún prudente convenía
incitar al señor para vengarse
del siervo que no piensa de ausentarse». [920]
Janto lo amenazó y lo reprehende
porque llamó curioso al estudiante,
y dice: «Tú, mal siervo, luego entiende
en buscar algún hombre así ignorante
que, de incurioso y necio, no pretende [925]
de parecer perfeto ni elegante;
y de mi parte luego lo convida,
que ya está aparejada la comida».
Esopo sale luego y en la plaza
un hombre vido estar tan mal tallado, [930]
que en su manera, brío y mala traza
mostraba ser el mismo que ha buscado,
al cual ninguna cosa le embaraza
luego que fue de Esopo convidado.
Y así viene con él, sin preguntalle [935]
por su señor, la casa ni la calle.
Sentados a la mesa, manda Janto
a su mujer las piernas le lavase,
mas él no hizo de ello algún espanto
ni rehúsa los pies le descalzase. [940]
Comiendo está callado como un tanto,
sin que contradijese ni aprobase
cosa de las que Janto contradice,
de suerte que ni bien ni mal le dice.
Mandó Janto azotar al cocinero [945]
porque fue la comida mal guisada,
por ver si le dirá aquel hombre fiero
palabra; mas, al fin, no dice nada.
De Esopo se quejaba muy severo,
mas él, con su prudencia acostumbrada, [950]
dice que su mujer la culpa tiene
si no vino guisado cual conviene.
El filósofo Janto ha respondido
mostrando en el semblante gran fiereza
y a su mujer por señas la ha atraído: [955]
que en todo le obedezca con presteza,
porque de Esopo está muy mal sentido
y quiérele tratar con aspereza,
y así busca ocasión para cogello,
aunque fuese en la punta de un cabello. [960]
«Hágase», dice, «aquí un muy grande fuego
y en él sea mi mujer luego quemada.
No le aprovechen lágrimas ni ruego,
que ya cerca la llama es allegada».
En esto se levanta con sosiego [965]
aquel hombre incurioso que allí estaba
y a Janto muy alegre le decía:
«Un poco os detené: iré por la mía,
que, pues vos por aquí queréis libraros
de la vuestra, señor, siendo hermosa, [970]
yo quiero con la mía acompañaros,
que es dura de sufrir y rencillosa.
Suplícoos me esperéis sin enojaros,
que presto volveré yo con mi esposa,
y a entrambas juntas vivas quemaremos [975]
y de un contino daño ahorraremos».
De su simplicidad quedó espantado
el filósofo Janto, y su rudeza,
y dice a Esopo: «Cierto tú has ganado
gran premio de vitoria y de grandeza. [980]
De hoy más la libertad has alcanzado,
y es justo que se sepa tu agudeza,
pues siempre de tal prueba fui dudoso
hasta esperimentar este incurioso».
Pasado aquesto, luego esotro día [985]
mandole a Esopo Janto que mirase
si por ventura mucha gente había
en el baño, de suerte que estorbase
su ida; que no quiere compañía,
pues no es razón que un sabio se bañase [990]
do la gente vulgar toda acudiese
y de curiosidad notado fuese.
Esopo va, su empresa no olvidando,
y a la puerta del baño se paraba,
donde con diligencia está mirando [995]
que cualquiera que pasa tropezaba,
mas ninguno de todo aqueste bando
la piedra levantó de donde estaba.
Uno solo, que ve el inconveniente,
de allí la desvió como prudente. [1000]
Vuelto a su casa, dice: «Un hombre solo,
señor, está, y no más, allá en el baño».
El amo no lo cree, mas por Apolo
le jura que así pasa, sin engaño.
Con esto Janto va, que al fin creyolo; [1005]
mas, conociendo luego el desengaño,
le dice: «¿Por qué, Esopo, me engañaste
y estar no más de un hombre me juraste?».
Esopo con astuta diligencia
le dice: «Ansí es verdad, mas yo diría [1010]
que solo un hombre está aquí de existencia,
según que nos mostró filosofía,
pues hombre se dirá en el aparencia
aquel que por razón no se regía,
ansí que aqueste solo me parece [1015]
que el nombre de hombre vivo lo merece.
Pues, cuando yo aquí vine el que pasaba,
ora en el baño entrase, ora saliese,
señor, en esta piedra tropezaba
sin que de su peligro se evadiese. [1020]
Uno solo de aquí la desvïaba
por que no tropezase ni cayese,
y aqueste digo yo solo ser hombre,
que los demás no tienen más del nombre».
El filósofo dice: «Ciertamente [1025]
tu aviso y discreción es estremada.
Ninguna cosa habrá que prontamente
no des respuesta aguda y avisada.
Y, pues que en responder eres prudente,
responde sin pensar ni tardar nada: [1030]
¿por qué gruñe el cochino al degollalo
y la oveja no sabe rehusallo?».
En un instante Esopo le responde,
porque es de ingenio agudo y delicado:
«El cochino, señor, gruñe y se esconde [1035]
por no ser en tal acto acostumbrado.
Mas la oveja, que siempre corresponde
con haberse ordeñado y tresquilado,
no teme el ser atada ni el cuchillo.
El puerco sí, que no suele sufrillo». [1040]
¶ Fin del tercero canto.
Canto cuarto, en el cual se prosigue la vida de Esopo el tiempo que estuvo en poder del filósofo Janto hasta que, siendo ya conocida su gran prudencia y doctrina, le fue por los ciudadanos de Samo concedida pública libertad.
CANTO IV
Cuánto daño la gula y embriaguez
en el pasado siglo haya traído
a todos es notorio, y ser soez
aqueste vicio torpe y abatido.
Por él el patrïarca en su vejez [1045]
Noé fue del mal hijo escarnecido;
y las hijas de Lot también por esto
tuvieron con su padre torpe incesto.
Los banquetes y cenas desmedidas,
de mil gentes incautas aprobadas [1050]
—mas entre virtüosos defendidas
y tarde o nunca de ellos visitadas—,
suelen ser ocasiones conocidas
de muchas obras falsas derramadas,
donde resulta infamia, perda y mengua [1055]
del vicio de la gula o de la lengua.
Si la gentilidad mal avisada
fue por esta costumbre corrompida,
afrenta de este siglo es ser usada
de gente por cristiana conocida. [1060]
¿Qué cosa más al hombre ocasionada?
¿Qué cosa más dañosa a nuestra vida
que banquetes sin orden ni concierto,
donde el uno y otro hombre queda muerto?
Janto, noble, filósofo y honrado, [1065]
ejemplo nos será de aqueste hecho,
que, siendo en el beber demasïado,
puso su vida y honra en duro estrecho;
mas Esopo, prudente y avisado,
le fue en tal ocasión de gran provecho [1070]
y a todo Samo puso en grande espanto,
así como veréis en este canto.
Un día festival que celebrarse
entre los samos suele de contino,
do suelen los filósofos juntarse [1075]
y la gente común, que en tal camino
no tiene de costumbre descuidarse
si Baco con la diosa Ceres vino,
Janto con los demás se concertaron,
y un público banquete festejaron. [1080]
Era cerca del mar, do la comida
en abundancia tienen concertada
—no menos fue abundosa la bebida,
que siempre suele ser demasïada—,
en una grande playa guarnecida [1085]
de flores olorosas y adornada
de árboles diversos, que en tal fiesta
defienden el enojo de la siesta.
Allí se halla el bálsamo oloroso,
el líbano y el cedro y el laurel, [1090]
la palma y el ciprés alto y hermoso,
el plátano y el olmo y linaloel,
el castaño frutífero espinoso,
de cidros y naranjos un vergel,
saüces, pinos y hayas con alisos, [1095]
robles, encinas, fresnos, paraísos.
Otros inmensos árboles había,
en fruta y en olor muy estimados,
que el Ocidente tarde o nunca cría
y así nos son ignotos y no usados. [1100]
El licio y aspalato defendía
los rubicundos rayos abrasados
al tiempo que Faetón con su corrida
pierde en el hondo mar la dulce vida.
No falta el tamarisco y el serval [1105]
helenio, y el larince muy sabroso,
el terebinto dulce y el moral,
el abeto y enebro infrutüoso,
malabatro, agaloco y el nogal,
el acino süave y deleitoso, [1110]
la yedra y arrayán y cardamomo,
el nardo y el absintio y cinamomo.
No menos en lo llano resplandece
con flores olorosas la marina,
el azucena y rosa; allí parece [1115]
jazmín, el lirio y casia y clavellina;
el junco babilónico florece;
manzanilla, trébol, mirra es contina,
el cálamo aromático, y circea
el romero, que el ánimo recrea. [1120]
En esta gran pradera deleitosa
los vecinos de Samo en gran contento
su fiesta celebraban suntüosa,
siendo Baco de aquesto el instrumento.
Pues, como la bebida fue abundosa [1125]
y entre ellos se ve Janto temulento,
un discípulo suyo que lo entiende
calladamente arguye y reprehende.
Dícele: «Señor Janto, ¿no sería
a algún hombre mortal cosa posible [1130]
que todo el mar bebiese en solo un día?».
Janto le respondió con voz terrible:
«Grande es tu atrevimiento y osadía;
mas, porque al hombre nada es imposible,
yo me ofrezco a bebello y lo mantengo [1135]
con apostar mi casa y cuanto tengo».
Para confirmación de esta locura
en manos de
jüeces
han dejado
dos anillos por prenda que asegura
lo que cada uno de ellos ha apostado. [1140]
Venida ya la noche fría y oscura
a donde el mucho vino se ha gastado,
y en libertad ya vuelto, el día siguiente
la falta de su anillo Janto siente.
A Isopo le pregunta si lo ha visto, [1145]
que no puede acordarse de lo hecho.
Esopo le responde: «Aunque malquisto
contigo soy, buscando tu provecho
—el cual yo nunca huyo ni resisto,
aunque de mí no vives satisfecho—, [1150]
una cosa por cierto sabe agora:
que perderás tu casa antes de un hora».
El filósofo, de esto alborotado,
le dice: «¿Cómo así? ¿Qué cosa ha habido?».
Esopo le responde: «Ya es pasado, [1155]
mas tú memoria de ello no has tenido:
ayer en el convite has apostado
que todo el mar tú solo habrás bebido,
y tú hacienda y casas apostaste
y el anillo por prendas señalaste». [1160]
Afligido de aquesta inadvertencia,
el filósofo Janto le decía:
«Oh, Esopo prudente, si tu ciencia
bastase a dar remedio a mi osadía,
si con astucia, maña o diligencia [1165]
me haces que yo venza esta porfía,
yo desde agora libre y suelto hago,
aunque sé que a tal bien no satisfago».
«Vencer es imposible aqueste hecho,
mas yo procuraré de deshacello [1170]
y que quede cualquiera satisfecho.
De ti, sin que te ofenda en un cabello,
ten ánimo constante y duro pecho,
diciendo que te obligas a bebello
así como apostaste y prometiste, [1175]
que en afirmallo así tu bien consiste.
Muestra valor robusto y sé constante,
no vengas a perderte por flaqueza;
mas, viendo todo el pueblo allí delante,
dirás con libertad y fortaleza: [1180]
Noble gente de Samo y elegante,
donde hay virtud, valor, poder y alteza,
yo prometí beber el oceano
y agora aquí veréis que no fue en vano.
Yo estoy para vencer determinado. [1185]
El que apostó comigo luego venga,
que yo quiero cumplir lo concertado;
ninguno en estorballo se entretenga.
Mas yo pido le hayáis todos mandado
que los caudales ríos me detenga, [1190]
que no entren en el mar mientras bebiere,
y yo beberé el mar si esto él hiciere».
Oyendo los de Samo este argumento,
tuviéronlo por grande maravilla,
alaban su
saber
y entendimiento, [1195]
y el más prudente y sabio se le humilla.
Todo Samo le hace ofrecimiento,
y el que apostó con él se le arrodilla
diciendo que la apuesta se deshaga,
pues la vitoria le es honrosa paga. [1200]
Todo el presente pueblo le ha pedido
el contrato deshaga, y él lo ha hecho.
Cada cual a su casa se ha partido
del gran saber de Janto satisfecho,
el cual a Esopo mucho ha agradecido [1205]
habelle sido en esto de provecho.
Mas Esopo le dice: «Viejo triste,
dame la libertad que prometiste».
Janto le dice: «Esopo, acelerado
eres en tu demanda presurosa. [1210]
¿Yo por ventura niego haberte dado
la libertad que pides tan preciosa?
Ve agora a la puerta y ha mirado
si ves para tu bien alguna cosa.
Mira si dos cornejas juntas vieres, [1215]
que buen agüero es si lo trajeres».
Esopo sale a ver y acaso vido
dos cornejas estar en un endrino.
A Janto se lo dice, y él ha ido
a vellas, y una estaba cuando él vino, [1220]
que ya la otra del árbol se ha hüido.
Y así quedó enojado el adivino
y dice: «Di, traidor, ¿por qué mentiste
y de mi autoridad burla heciste?».
Enojado de aquesto, manda atallo [1225]
y desnudo azotar muy crudamente.
Estándolo azotando, a convidallo
a Janto viene un siervo del regente;
mas a Isopo no dejan de azotallo,
y así dice, ingenioso, de repente: [1230]
«A mí, que dos cornejas he mirado,
me azotan, y a ti, que una, han convidado».
Con esta exclamación tan ingeniosa
con que a los agoreros confundía,
Janto, con voluntad menos furiosa, [1235]
alaba el grande ingenio que tenía.
Manda cesar la furia sanguinosa
que la ira crüel causado había,
espantado de ingenio tan profundo
en un cuerpo tan feo y tan inmundo. [1240]
Algunos días después de esto pasados,
los dos juntos al campo se partieron,
donde hay muchos sepulcros fabricados
de los antiguos nobles que murieron.
Los escritos que están entretallados [1245]
en ellos con gran gusto los leyeron,
que de hechos antiguos la memoria
a los prudentes vivos da gran gloria.
El filósofo Janto ver pretende
lo que en los monumentos se escrebía, [1250]
y así con gran cuidado ve y atiende
lo que más bien escrito parecía.
Unas letras halló y no las entiende,
y a Esopo ha rogado si podía,
con su saber,
astucia
y diligencia, [1255]
entender de las letras la sentencia.
Esopo las estudia con cuidado
y al fin las entendió, como prudente.
Y dícele: «Señor, ¿qué me habrás dado
si te declaro aquesto sabiamente?». [1260]
Janto le respondió: «Tú habrás ganado
tu libertad preciosa en continente,
y, si lo que declaran es tesoro,
la mitad te daré de todo el oro.
Esopo declaró lo que decía [1265]
el letrero en el mármor esculpido
y, tras esto, cavó donde sabía
estar el gran tesoro detenido.
Pídele la mitad que prometía,
mas Janto dalle el tercio no ha querido, [1270]
ni menos la libertad, porque teme
que, libre y rico, al fin no le condene.
Teme el que hace mal porque el mal hecho
el tiempo lo descubre, aunque olvidado.
Cuando la propria culpa hiere el pecho, [1275]
el más cierto testigo es el culpado.
De sí mismo temió, no satisfecho,
aquel que su conciencia le ha acusado,
y así de causa leve se ocasiona
a temer algún daño a su persona. [1280]
Esopo, como astuto e ingenioso,
conociendo que Janto le es ingrato,
le dice: «Yo haré seas perdidoso
y no lleves el oro tan barato.
Aqueste gran tesoro tan precioso [1285]
es del rey de Bizancios Ariodato.
Delante del pretor he de acusarte,
y perderás el todo por la parte.
Recela Janto ver estos estremos
que Esopo con él hace del tesoro, [1290]
y así le dice: «Ven y partiremos
en dos partes iguales este oro,
y de tu libertad también haremos
lo que tú me demandas con decoro,
que a sin razón ni causa te entretengo, [1295]
pues yo por ti hacienda y honra tengo».
Llegados a su casa, determina,
con acuerdo cobarde y cudicioso,
no se sepa de Esopo la dotrina,
que ya comienza en Samo a ser
famoso.
[1300]
La cudicia y temor tanto le inclina
a ser en uno y otro perdidoso,
que, ciego de la fama y la cudicia,
en Esopo ejecuta su malicia.
En la cárcel lo pone aprisionado, [1305]
que teme le descubra sus defetos,
pues quedará entre sabios infamado
si declara en el pueblo sus secretos.
Con esto, Esopo está desesperado
de ver que no descubre sus concetos, [1310]
y así se queja y clama con razón
por tan mal tratamiento y galardón.
A voces dice: «¡Oh, flaco ofrecimiento
de filósofos falsos y engañosos!
¿Y en esto se remata el cumplimiento [1315]
de tus prometimientos cautelosos?
¿Niegas mi libertad con falso intento
y, al fin de tantos hechos vitoriosos,
me pones en la cárcel con crueldad,
negándome el tesoro y libertad? [1320]
¿Qué más ingratitud, qué más dureza
en una cruda fiera se hallara?
¡Oh, qué inhumanidad! ¡Oh, qué fiereza!
¿Quién tal en hombre sabio ver pensara?
¡Oh, cudicia bestial! Si tu torpeza [1325]
los ánimos humanos no cegara,
cuán libre fuera el mundo de pasiones,
de mentiras, engaños y traiciones».
Con esto que oye, Janto a Esopo dice:
«No niego ser verdad cuanto me arguyes, [1330]
mas por temor de mi honra aquesto hice,
que, si hablas, oh, Esopo, me destruyes».
«Yo siempre —dice Esopo— satisfice
la fuerza de razón de quien tú huyes
y, con tu voluntad, oras sin ella, [1335]
mi libertad espero de tenella».
Por este mismo tiempo ha sucedido
en Samo un caso estraño y espantoso.
Fue tal, que otro como él no se ha leído
en prosa o verso; cierto, fabuloso. [1340]
Testigo todo Samo de esto ha sido
y el gran Planude, antiguo valeroso,
entre griegos histórico facundo,
grave, docto, fïel, grato y jocundo.
Cual yo lo cuento agora, así ha pasado: [1345]
en una fiesta pública y honrosa
que entre los samos siempre se ha guardado,
alegre, rica, grande y suntüosa,
un águila real que ha penetrado
la primera región fría y nublosa [1350]
tomó del consistorio el civil sello
y en el seno de un siervo fue a metello.
Del estraño prodigio alborotados,
quedaron los de Samo temerosos,
tristes y descontentos, espantados. [1355]
De nuevos infortunios recelosos,
los principales de ellos ayuntados
—que siempre temen más los poderosos
en los peligros públicos— a Janto
consultan sobre el caso con espanto. [1360]
Era Janto filósofo, letrado,
entre los samos noble y poderoso,
y en público respecto venerado,
que suele ser mil veces engañoso
el vulgo de ignorancia apasionado: [1365]
por apariencias juzga presuroso
y con pasión aquí y allí se inclina,
y aquel por sabio o necio determina.
El que habla, negocia y es tratante,
solícito, puntoso, entremetido, [1370]
recatado, revuelto y arrogante,
astuto, liberal, suelto, atrevido,
quien habla de Ocidente y de Levante
y el que se muestra sabio y entendido,
aquesto el vulgo tiene por prudente, [1375]
que tras esto va el hilo de la gente.
El virtüoso, sabio y avisado,
de profundo y altivo entendimiento,
si pobreza le tiene arrinconado
o por virtud se da al recogimiento, [1380]
el que con discreción vive apartado
de la gente vulgar y con asiento
habla, calla y se rige con cordura,
el nombre que ha cobrado es de locura.
No sé si ser Demócrito bastara [1385]
por que de todo aquesto se rïera,
o si Heráclito tanto aquí llorara,
que el mundo su locura conociera.
El que libre de aquesto se hallara
unas veces llorara, otras rïera, [1390]
porque siempre llorar es imposible,
y el contino reír es de insensible.
Pues, como Janto fuese preguntado
por público decreto declarase
lo que el nuevo prodigio ha señalado [1395]
y él sobre el caso tiempo demandase,
el pueblo estaba triste y encerrado
hasta que del temor se asegurase.
Y así le dan a Janto tiempo cierto
para que fuese el caso descubierto. [1400]
Un día y otro día se pasaba,
y Janto la sentencia no entendía.
Ninguna cosa buena adevinaba
ni qué responda al pueblo no sabía;
por esto de contino triste andaba. [1405]
Esopo, que lo entiende, le decía:
«¿Qué contino cuidado y qué graveza
es esta que os aflige con tristeza?
Estad de mí, señor, tan confïado,
que yo procuraré en todo alegraros. [1410]
Este negocio a mí me se ha encargado,
que yo saldré con él por contentaros.
Olvidad ya, señor, este cuidado,
que puede a mucho enojo provocaros,
que a vuestra gravedad nunca convino [1415]
ser en prodigios sabio ni adivino.
Diréis a los de Samo: Yo no he sido
usado a declarar agüeros tristes,
mas un
esclavo
mío lo ha aprendido
que vosotros, señores, conocistes. [1420]
En muchas cosas es muy
entendido
y él os satisfará de lo que vistes,
declarándoos el caso, a lo que espero,
que a mí no me está bien ser agorero.
Si bastare mi seso y mi memoria [1425]
a dar declaración de esta figura,
vuestra será, señor, toda la gloria.
Si no, a mí la deshonra y pena dura.
Alcanzaréis de aquesto gran victoria
si fuere favorable la ventura; [1430]
y, si yo no acertare a declarallo,
con azotes por fuerza he de pagallo».
Con esto queda Janto persuadido
de Esopo, que procura señalarse,
y así el siguiente día se ha subido [1435]
en el teatro, que quiere disculparse.
Presente todo el pueblo, ha referido
lo que oístes atrás certificarse.
Todos dicen se llame el adivino
y, así llamado, Esopo luego vino. [1440]
Subido en el teatro donde estaba
la justicia, el gobierno y el senado,
el pueblo todo a voces profanaba
la presencia de Esopo mal tallado.
Con mucha risa el pueblo voceaba: [1445]
«¿Aqueste los prodigios ha anunciado?
¿Aqueste negro feo y de mal gesto
alguna cosa buena habrá propuesto?».
Esopo, que es dotado de prudencia,
conociendo el lugar do está subido, [1450]
les dice sosegado, con paciencia,
en voz que todo el pueblo lo ha entendido:
«Ciudadanos de Samo, mi presencia
no es justo que la hayáis así argüido,
que a veces en un cuerpo mal dispuesto [1455]
se halla gran virtud y ser honesto.
No la cara mirad, negra y escura,
mas el ánimo noble y elegante,
que a veces donde se halla hermosura
faltó el ingenio y ánimo constante. [1460]
A quien dio fea cara la natura
le puede dar
saber,
que es importante:
que no está el ser del hombre en ser hermoso,
sino en ser sabio, recto y virtüoso».
Oyendo, pues, el pueblo esta sentencia, [1465]
entienden que grande ánimo tenía,
y así dicen con grande reverencia,
cual su saber e ingenio merecía:
«Si en algo con tu astucia y diligencia,
oh, Esopo, y natural filosofía, [1470]
puedes a esta ciudad ser de provecho,
dilo, que serás bïen satisfecho».
Esopo, que conoce haber llegado
la hora, tiempo, suerte y coyuntura
cuando espera de ser libre y honrado, [1475]
con suma confïanza se asegura
y así les dice, alegre y muy osado,
conociendo acercarse su ventura:
«¡Oh, varones de Samo, quién tuviera
segura esta jornada que se espera! [1480]
Sabed que la natura diligente
de contención es grata y estudiosa,
y así entre el hombre libre y el sirviente
puso contienda dura y peligrosa.
Si más que el amo el siervo fue prudente, [1485]
azotes le dará, y no otra cosa;
y, si el señor el premio ha conseguido,
será azotado el siervo y escarnecido.
Así que, gran senado y pueblo amplísimo,
si por mi libertad entercediésedes, [1490]
sería un favor grande y nobilísimo.
Si acaballo con Janto aquí pudiésedes,
yo entonces con amor excelentísimo
el prodigio haré que lo entendiésedes,
y, sin temor ni pena declarándole, [1495]
veréis nuevo suceso interpretándole.
Oyendo aquesto el pueblo convocado,
en alta voz a Janto le decía:
«Da libre a Esopo». Aqueste gran senado
concede lo que el pueblo le pedía, [1500]
mas Janto cuanto puede se ha escusado
y darles libre a Esopo no quería.
Mas el pretor, a quien el pueblo espanta,
contra Janto con furia se levanta
y dice: «Si no estás muy satisfecho [1505]
de hacer lo que el pueblo te pedía,
yo libre a Esopo luego aquí habré hecho
y, puesto en libertad, tu igual sería».
Janto, cuya conciencia y duro pecho
de los pasados males se temía, [1510]
a hacello por fuerza al fin se ofrece,
y todo el pueblo allí se lo agradece.
Con público pregón que declaraba
la libertad por Janto concedida,
según que en tales actos se guardaba, [1515]
fue por el pregonero repetida.
El filósofo Janto libre daba
a Esopo a esta ciudad esclarecida.
Mas yo cantar no puedo agora tanto:
lo que más sucedió dirá otro canto. [1520]
¶ Fin del canto cuarto.
Canto quinto, en el cual, prosiguiendo la vida de Esopo, se cuenta cómo, siendo libre por la ciudad de Samo, declaró el prodigio del águila y del público sello o anillo de la ciudad; y cómo Creso, rey de los lidos, lo pidió a Samos; el cual, saliendo de Lidia, fue al rey Licero de Babilonia y en su casa y corte fue el más principal; y como, al fin de algún tiempo que la fama de su sabiduría era en todo el mundo conocida, los moradores de Delfos le dieron cruel muerte.
CANTO QUINTO
Verdad en estos tiempos es rarísima,
que siempre su contrario va arruinándola;
mas es de su cosecha tan fortísima,
que no podrá jamás ir acabándola.
Es la verdad discreta excelentísima, [1525]
el alma está contino deseándola,
y a la fin prevalece, aunque arguyéndole
el mundo falso esté y contradiciéndole.
Así que esta verdad siempre guardada,
si fuere en algún tiempo detenida, [1530]
saldrá con fuerza grande y mano armada,
que no puede faltar, aunque oprimida.
Mirad la libertad tan deseada
de Esopo y de su amo prometida,
cómo la favorece, y a luz sale, [1535]
que sobre todo al fin la verdad vale.
Pues, como el sabio Esopo libre fuese
y en público pregón favorecido,
el senado le ruega que dijese
lo que del gran prodigio ha conocido. [1540]
Pide que alguna seña se hiciese
de suerte que rumor no se haya oído
y, estando en gran silencio el pueblo todo,
a hablar comenzó de aqueste modo:
«Oh, varones de Samo, a quien ha sido [1545]
por permisión celeste declarado
cómo el favor mundano más sabido
en un momento suele ser mudado,
ya sabéis cómo el águila ha tenido
entre las aves nombre sublimado [1550]
y cómo vuestro anillo y civil sello
en el seno de un siervo fue a ponello.
Un rey de nuevos reinos deseoso,
de vuestra libertad mal satisfecho,
desea que le tengan por famoso, [1555]
y así muy crudas guerras siempre ha hecho.
Aqueste, de esta isla cudicioso,
ora por guerra, trato o por derecho,
os quiere sujetar como absoluto
y que le paguéis siempre gran tributo». [1560]
Declarando el prodigio, y entendido
por todos los de Samo, gran tristeza
en todos los vecinos ha venido,
aunque tienen valor y fortaleza.
De toda suerte de armas se han proveído, [1565]
hacen fosas, reparan con presteza
lo más antiguo y flaco del gran muro,
con que hacen al pueblo estar seguro.
Algún tiempo después de esto pasado,
el rey Creso de Lidia les envía [1570]
con sus embajadores un mandado
en que muy gran tributo les pedía.
También los ha asimismo amenazado
que le obedezcan luego sin porfía
y que, si no quisieren tal concierto, [1575]
armado le verán dentro en su puerto.
Temen, pues, los de Samo sujetarse,
porque es la libertad incomparable.
Al fin determinaron de juntarse
y tomar el consejo más loable. [1580]
Ordenan con Esopo aconsejarse
—que entre ellos el consejo es varïable—,
el cual a su llamado luego vino
y dijo el parecer que les convino:
«Dos vías nos enseña la fortuna [1585]
en esta miserable y triste vida:
de libertad preciosa y dulce es una,
otra de servidumbre aborrecida.
Aquesta, triste, oscura e importuna;
la otra, amable, grata y favorida. [1590]
Aquesta en el principio es trabajosa,
la otra es en el fin triste y penosa».
Pues como los de Samo conocieron
el fin de esta sentencia, reclamaron
y a voces «¡libertad!» todos dijeron, [1595]
pues en ella sus padres los dejaron.
A los embajadores despidieron
y con esto el acuerdo remataron,
que más quieren morir que sujetarse,
pues libertad no puede compararse. [1600]
Aquesto por el rey Creso entendido,
por mar y tierra hace grande armada,
que quiere haber a Samo destrüido,
pues no le obedecieron su embajada.
Mas el embajador le ha referido [1605]
la sentencia de Esopo celebrada,
diciendo: «Mientra Esopo está en la tierra,
por demás es, señor, hacelles guerra.
Aqueste bastará con su consejo,
señor, a resistirte de contino; [1610]
es astuto, sagaz, muy
sabio
y viejo,
intérprete, agorero y adivino.
Fuera de aquesto, en Samo hay aparejo
cual para defenderse les convino,
así que envía por él no se destruya, [1615]
que, venido, yo sé que Samo es tuya».
Con esto, Creso envía su legado
y a los de Samo a Isopo les pedía.
De mala voluntad lo da el senado,
y al fin Esopo a Lidia se partía. [1620]
El rey Creso de vello se ha enojado
y con indignación esto decía:
«¿Por este feo monstruo y espantable
pierdo yo una ciudad tan admirable?».
Esopo dice: «Rey muy poderoso, [1625]
por sabio entre los reyes conocido,
por ninguna ocasión me fue forzoso
venir a te servir, como he venido;
solo de tu servicio deseoso
de Samo a Lidia agora me ha traído. [1630]
No te pese, señor, un poco oírme,
que sin tu voluntad no he de partirme.
Un labrador en un tiempo tomaba
langostas que el sembrado defendía
y, luego que las toma, las mataba. [1635]
Y una cigarra entre ellas parecía,
la cual, vista su muerte, cherrïaba
y al hombre con suspiros le decía:
—No me seas crüel, hombre inhumano,
pues que matarme a mí te es muy en vano. [1640]
Yo jamás tus espigas he comido
ni hice daño alguno en tu sembrado.
Yo otro que cantar nunca he sabido
—con esto al caminante he recreado—,
otra cosa que voz yo no he tenido; [1645]
y, así, matarme agora es escusado—.
El hombre, que esto oye, no la mata,
y la cigarra va de mata en mata.
Pues yo, rey poderoso, a quien suplico
mitigues contra mí tu enojo fuerte, [1650]
no puedo hacer mal; mas certifico
que en todo he de contino obedecerte,
y, pues a nadie nunca damnifico,
no merezco, señor, me des la muerte,
que en este inútil cuerpo generosas [1655]
sentencias
hablo, al mundo
provechosas».
El rey, de su llorar enternecido,
usó con él de gran benevolencia,
y así le dice: «Esopo, pues has sido
libre por tu saber y diligencia, [1660]
no dudes de pedir lo que has querido,
pues que te doy la vida, y doy licencia
para que libre vayas do quisieres
y en mi reino te den lo que pidieres».
Esopo por el suelo se arrodilla [1665]
y el amistad de Samo le pedía.
El rey Creso no quiere diferilla,
mas luego a su demanda concedía.
Con su firma real quiere escrebilla
la paz que con los samos prometía; [1670]
y así se parte Esopo muy contento
y a los samos libró de servimiento.
Pues, como los de Samo conocieron
de su caudillo Esopo la venida,
a recebillo alegres se partieron [1675]
con presuroso paso y gran corrida.
Muchas danzas y juegos le hicieron,
como a quien libertad les dio cumplida,
y así su defensor todos le llaman
y con amor común
honran
y aman. [1680]
En el tiempo que Esopo en Samo vive,
honrado, rico, alegre y con ventura,
sus
ejemplares
fábulas
escribe,
cuya doctrina sabia y de dulzura
el ahogado espíritu revive, [1685]
regenerando en él nueva natura,
que hace al hombre hábil y dispuesto,
libre y en dulce paz, sin desconcierto.
Al rey Creso de Lidia le
presenta
sus fábulas Esopo, y se partía [1690]
por una parte y otra, donde inventa
nuevos secretos de
filosofía.
Con unos sabios y otros argumenta
y a todos con su argucia los vencía.
De esta manera cobra nombre y fama [1695]
y el mundo en voz común
sabio
lo llama.
Saliendo, pues, de Lidia —do ha dejado
al rey Creso su lúcida doctrina,
siendo del rey muy bien gratificado—,
a Babilonia ya se determina. [1700]
Allí su gran prudencia ha publicado,
que recebida fue como divina.
El rey de Babilonia, el gran Licero,
le hizo entre sus
grandes
el primero.
Los reyes de aquel tiempo mantenían [1705]
unos con otros paz, sin guerrearse.
En sus reinos seguros residían,
que no hay de qué temer ni recelarse.
Por causa de placer se desafían,
no para destrüirse ni matarse, [1710]
pues las que entre ellos tienen por pasiones
son subtiles preguntas y razones.
Sofísticas cuestiones y argumentos,
problemas delicadas y curiosas,
entre ellos proponían, y otros cuentos [1715]
de invenciones subtiles, ingeniosas.
En esto están los reyes muy atentos,
sin atender las armas belicosas,
y al que era más experto y más astuto
le pagaba el vencido gran tributo. [1720]
Esopo por Licero declaraba
cualquier problema oscuro que venía
y luego por respuesta otra envïaba,
a la cual ningún rey no respondía.
Con esto, cualquier rey tributo daba [1725]
a Licero, que Esopo esclarecía
haciéndole clarísimo y famoso
y de todos los reyes vitorioso.
Esopo, conociendo su ventura,
el amor de Licero y su riqueza, [1730]
determina
casarse,
si es cordura
en tan disforme y torpe gentileza,
que la mujer amiga de hermosura
al hombre feo tiene por vileza,
y así muy tarde ama y apetece, [1735]
sino lo que hermoso le parece.
No tiene Esopo hijos, y ha adoptado
un mancebo gentil, noble y hermoso.
Aqueste como a hijo lo ha crïado,
que Eno —que así se llama— es generoso. [1740]
Al rey por hijo proprio lo ha entregado
y en todo es muy cabido y poderoso,
mas al fin de su amor y su halago
Eno como veréis le ha dado el pago.
Una carta escribió Eno fingida, [1745]
así como si Esopo la notaba,
con sello y firma propria conocida,
que a los contrarios reyes avisara
diciéndoles que tengan entendida
su voluntad, que en todo deseara [1750]
servilles cual será en lo venidero
y que en todo será contra Licero.
Al rey aquesta carta le fue dada
y con indignación, sin más mirallo,
manda que Esopo muera, y fuele dada [1755]
a Hermipo licencia de matallo.
Hermipo, como amigo, en su posada
en un sepulcro viejo fue a encerralo
y allí con gran cuidado lo sustenta
sin que Eno, ni el rey ni otro lo sienta. [1760]
De Esopo era Hermipo grande amigo
y agora lo mostró serlo de vero
—buena es el amistad que trae consigo
verdad y religión, pecho sincero—.
Parécele a Hermipo que es abrigo [1765]
Esopo del contento de Licero
y que sucederá presto tal suerte,
que le pese en estremo de su muerte.
Por esto con astucia lo ha guardado,
que está de su virtud muy satisfecho. [1770]
Sabe que por engaño es
acusado
y que para matallo no hay derecho.
Entiende que también le habrá pesado,
estando el rey contento de lo hecho,
y así le reservó la dulce vida, [1775]
que teme ser de Esopo el homicida.
Nectenabo, que a Egipto gobernaba,
oyendo que ya Esopo es fallecido,
al rey Licero luego envïaba
una carta que aquesto ha referido: [1780]
«Si en vuestro reino algún cantero estaba
que más que otro ninguno haya sabido,
a Egipto luego venga y edifique
una torre que al mundo clarifique.
No tenga de venir algún recelo, [1785]
que yo procuraré de en todo honralle.
La torre ha de ser tal que nunca el suelo
por ninguna ocasión pueda tocalle,
tampoco tocará en el alto cielo,
y entre estos dos estremos ha de dalle [1790]
el fundamento, medio y el remate,
y que cualquier problema me desate».
Pues, dada aquesta carta al rey Licero,
ninguno hubo tan sabio en su reinado
que la duda declare, y el severo [1795]
de la muerte de Esopo le ha pesado.
Decía ser amparo verdadero
de su reputación, honra y estado
Esopo, que por muerto así lo llora,
que diera por su vida un reino agora. [1800]
Hermipo, que conosce cuánta ha sido
la fatiga del rey, le ha descubierto
estar Esopo vivo y que él ha sido
crïado
verdadero, fiel y cierto.
El rey por todo estremo ha agradecido [1805]
a Hermipo que Esopo no sea muerto,
y así mandó que luego al punto venga
sin que en alguna cosa se entretenga.
Pues, como el rey a Esopo vivo viese,
cual dentro en el sepulcro se guardaba, [1810]
no pudo menos ser que no sintiese
que de su ausencia mucho le pesaba.
Mandó se aderezase y se vistiese
así como primero acostumbraba,
y así mostró con lágrimas amallo, [1815]
pues luego que lo vido fue [a] abrazallo.
Esopo después de esto ha refutado
las causas de su muerte mal sabidas.
Eno de sus oficios fue privado,
mercedes de sus culpas merecidas. [1820]
A muerte por el rey fue sentenciado,
mas Esopo, sus lástimas oídas,
con el rey concertó lo perdonase
y en su poder por hijo lo entregase.
Entretanto la carta le leía [1825]
el mismo rey a Esopo, y él callaba.
Mas, después de entendida, se reía
y al rey su entendimiento declaraba.
Con los embajadores respondía
que, luego que el invierno se pasaba, [1830]
iría quien la torre edificase
y todos sus problemas declarase.
El administración y regimiento
de Eno, su adoptivo, fue quitado,
y [a] Esopo, con más honra y crecimiento, [1835]
le fue segunda vez por el rey dado.
Esopo no le muestra sentimiento
por la traición que Eno ha levantado,
mas con amor de padre lo bendice
y estos avisos sabiamente dice: [1840]
«A Dios primeramente reverencia,
que a él solo se debe el alabanza,
y a tu rey amarás con obediencia,
que mantiene justicia sin tardanza.
Ten a tu amigo amor, benevolencia, [1845]
y no procures nunca de él venganza.
Serás en tus conciertos muy afable,
agradecido, fiel, comunicable.
De tu mujer serás aficionado,
amoroso en palabras y en el trato, [1850]
que es vaso tierno, frágil, delicado,
ligero en ofender con desacato.
Sus secretos no creas ni el llorado,
que, si te siente olvido, sin recato
procurará mandar y ser terrible, [1855]
arrogante, furiosa, incorregible.
En oír ni hablar no seas ligero,
que es de vil condición muy cierto indicio.
Sé grave con cordura, no severo.
De aquellos que procuran tu servicio [1860]
serás en todo cierto y verdadero
y nunca olvidarás el beneficio.
No te pese aprender mientra vivieres.
No creas los halagos de mujeres.
De ninguno jamás seas envidioso [1865]
ni digas mal de nadie, que es vileza.
Huye de ser pesado y enojoso,
que en hombres de razón es gran torpeza.
De ajena vida nunca seas curioso,
que es vicio muy contrario de nobleza. [1870]
Al siervo susurrón, torpe y parlero
expélelo, temiendo mal agüero.
No te pese de ser en todo bueno.
Apártate de mala compañía.
Huye la ociosidad como veneno. [1875]
En la noche sosiega, vela el día.
Al afligido sé dulce y ameno.
Huye la sinrazón y tiranía.
Sé para todos tal que te convides
medir a los demás como a ti mides. [1880]
Si recibieres mal, no te entristezcas,
que el ánimo está muerto si está triste.
Tampoco con el bien te ensoberbezcas,
mas con prudencia a ti mismo resiste.
Del ánimo constante no fallezcas, [1885]
que virtud en obrar siempre consiste.
Palabras sin provecho nunca digas,
que son de la virtud muy enemigas».
Con aquestos consejos conmovido
y de su propria culpa mal llagado, [1890]
cual si el siniestro pecho malherido
la venenosa bala haya dejado,
así Eno murió triste y afligido,
que su propria conciencia lo ha acusado,
y con su presta muerte satisfizo [1895]
el daño que a su padre Esopo hizo.
Esopo, que agradar quiere a Licero,
su rey y su señor, cual convenía,
por cualquier cazador o pajarero
que en toda Babilonia vive envía. [1900]
Piensa que en el verano venidero
la torre que en Egipto le pedía
Nectenabo, que iría a edificalla,
y así comienza agora [a] aparejalla.
Cuatro águilas pequeñas le han traído, [1905]
las cuales con tal orden ha crïado
—si puede aqueste cuento ser creído—,
que en alto cuatro espuertas han llevado,
en cada cual un mozo está metido.
Las aves obedecen su mandado [1910]
igualmente volando por el viento,
de los mozos siguiendo el regimiento.
Cual Ganímedes Frigio, del troyano
hijo pequeño, niño y muy hermoso,
que su afligida madre llora en vano [1915]
mirándole en tal vuelo peligroso,
mas, viendo que de Júpiter la mano
le ayuda, tiene un tanto de reposo;
así de esta manera parecían
aquestos que las águilas traían. [1920]
Ante el rey Nectenabo se presenta
Esopo, que le lleva este instrumento.
El rey mucho se espanta y descontenta,
porque creyó de Esopo el finamiento.
De Esopo al fin ha hecho mucha cuenta, [1925]
después que ha conocido el vencimiento,
pues los que van volando les pedían
con que la torre allá edificarían.
Un general banquete el rey ha hecho,
al cual con su presencia quiere
honralle.
[1930]
De su consejo está muy satisfecho,
pues manda todo sabio en él se halle.
Desea ver a Esopo en grande estrecho,
pues hace muchas dudas preguntalle.
Uno, que más que todos se dispunta, [1935]
este nuevo problema le pregunta:
«Hay un templo muy grande, gobernado
de una sola coluna, que tenía
doce ciudades fuertes, que han cercado
treinta tablas por orden cual cumplía. [1940]
A las tablas contino han torneado
dos mujeres, no más, que el tiempo cría.
Si en declarar aquesto sois astuto,
Egipto os pagará muy gran tributo».
Esopo con presteza ha respondido: [1945]
«El templo que decís es este mundo.
La coluna es el año, que ha regido
de nuestra vida el orden tan profundo.
Las ciudades, los meses que han tenido.
Treinta tablas, que en término jocundo [1950]
el mes en treinta días fenecía.
Las dos mujeres son la noche y día».
Nectenabo y su corte se ha espantado
del profundo saber que Esopo tiene,
y el tributo que pide se le ha dado. [1955]
Y a Babilonia va, que le conviene.
El gran Licero mucho ha regraciado
la victoria y riquezas con que viene,
y entre las grandes fiestas que inventaba
su misma
estatua
de oro levantaba. [1960]
Después que algunos días se pasaron
que en Babilonia vive muy contento,
do siempre sus fortunas se aumentaron
en honra, en fama, suerte y crecimiento;
después que entre los sabios estimaron [1965]
su doctrina, saber y regimiento,
a Grecia irse Esopo determina,
y el rey le da licencia y encamina.
En manos de Licero ha prometido
volver a Babilonia con presteza [1970]
después que toda Grecia haya sabido
su doctrina, saber y subtileza.
Con esta condición se ha despedido
del rey, que al despedir muestra tristeza,
pues sin Esopo el reino solo queda, [1975]
y así teme algún mal no le suceda.
Entrando en las ciudades del greciano
imperio, poderoso en fuerza y arte,
Esopo con su
ciencia
hace llano
lo más dificultoso en toda parte. [1980]
No levantó el de Esmirna y Mantüano
en su felice tiempo el estandarte
tan alto en su loor cuanto florece
Esopo en toda Grecia y resplandece.
Por una parte y otra
celebraba
[1985]
el mundo su doctrina tan copiosa,
mas en muy poco tiempo se mudaba
la fortuna, que nunca es perezosa.
Esopo, pues, a Delfos allegaba,
do se acabó su suerte venturosa, [1990]
pues le dieron la muerte cruel y dura,
sin honra, funeral ni sepultura.
¡Oh, mundano favor, falso y ligero,
con temporal honor azucarado,
cuán amargoso fin y paradero [1995]
espera aquel que en ti está confiado!
¡Qué cierto, qué infelice y triste agüero
es tu subir soberano apresurado!
¡Cuán breve es el placer de la subida
y cuán largo el dolor de la caída! [2000]
Pues, como los de Delfos lo
prendieron
y un grande testimonio levantaron,
a todas sus ofertas resistieron
y entre ellos sin justicia sentenciaron.
Al fin, si[n] tener culpa, muerte dieron [2005]
y de una grande roca despeñaron,
mas su temprana muerte fue vengada
viniendo sobre Delfos grande armada.
FIN DE LA VIDA
de Isopo