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Prensa y canon · Biografías

“Miguel de Cervantes Saavedra”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, n.º 83, 1 de diciembre de 1840
Autor de la obra
Villalobos, Ángel de (1808-1880)
Edición
Londres: Imprenta de Carlos Wood, 1840
Paginación
pp. 331-336
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Ioannis Mylonás Ojeda
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 marzo 2026

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA


Decaída está sin duda alguna la España de su antiguo esplendor: diezmada su población, descuidada su agricultura, agotado su erario, lánguido su comercio, atrasadas sus fábricas, escasa su literatura y vacilantes sus instituciones políticas. El español, que no ha muchos siglos pudo alzar la altiva frente con orgullo entre las demás naciones europeas, que acataban su conocida superioridad así en las armas como en las letras y la civilización, cuyos dominios eran más extensos que los de ninguna otra potencia moderna, y cuya influencia en la balanza europea era tan solicitada como decisiva; el español, abatido hoy por una cadena no interrumpida de reveses y una combinación de circunstancias desgraciadas, que han colocado a su patria en un rango segundario entre los demás países, ha descendido de la cumbre a que había llegado, cediendo el primer lugar a otros más afortunados; pero ni los reveses que ha sufrido la España, ni otros mucho mayores podrán jamás empañar el lustre de la grandeza pasada, ni privarla del derecho que tiene a la consideración y respeto general por haber producido los varones más esclarecidos de que blasona la historia. ¿Entre ellos podrá acaso olvidar el mundo que la España fue patria del inmortal Cervantes?

«Causa admiración ciertamente» dice el erudito Navarrete en su vida de nuestro célebre poeta, «que Cervantes, el mayor ingenio de su siglo, cuyos servicios militares en las campañas más gloriosas de su tiempo fueron sellados con honrosas heridas y cicatrices, y recomendados por los más insignes caudillos; cuyos trabajos y arriesgadas empresas en el cautiverio le hicieron respetar aun de los mismos bárbaros; cuyas obras y producciones literarias en la paz y en el retiro han sido y serán la gloria de su nación y las delicias del género humano; Cervantes, valiente e intrépido militar en las batallas, arrestado y generoso entre prisiones y cadenas, ameno, sabio y útil como literato, no pudiese despertar la atención de sus contemporáneos, viviendo en medio de ellos pobre y necesitado, y muriendo oscura y miserablemente, tal vez zaherido de los mismos a quienes había tratado con excesiva indulgencia; y acaso también llegando la malignidad a criticar hasta la noble liberalidad y beneficencia con que le sustentaban y socorrían sus mecenas y protectores».

«Tal fue la negra ingratitud que oscureció la memoria de Cervantes aún más allá del siglo en que falleció, en el cual se ignoró su verdadera patria hasta por los mismos que le trataron y conocieron, y parece que se desdeñaron también de transmitir sus noticias a la posteridad, como si esta, más justa e imparcial, no hubiese de acriminar algún día su negligencia y abandono, procurando vindicarle y consagrar a su mérito los monumentos más durables y permanentes de estimación y acatamiento».

Débil pluma es la nuestra para el delicado y difícil cargo de trazar la noticia biográfica de tan insigne varón, y sin duda nos hubiera retraído de esta empresa el conocimiento de nuestras escasas luces, a no poseer en la historia redactada por el distinguido literato a quien hemos citado ya, un índice seguro de los hechos, una guía fiel y un modelo excelente. Esta biografía que ofrecemos a nuestros lectores no será, pues, otra cosa que un sumario de la vida de Cervantes escrita por don Martín Fernández de Navarrete, en el cual adoptaremos frecuentemente el lenguaje mismo del autor, persuadidos de que será nuestro escrito tanto más apreciable cuanto sea menos original.

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares el día 9 de octubre de 1547. Pretenden varias ciudades de España el honor de ser cuna de este ilustre escritor, pero esta cuestión se halla ya definitivamente resuelta por el testimonio de documentos auténticos. La familia de que descendía, si bien de extirpe esclarecida, no había sido favorecida por la fortuna; y el abuelo Juan de Cervantes apenas legó a su hijo Rodrigo, padre de nuestro vate, más patrimonio que una reputación sin mancilla y la estimación y aprecio que por su rectitud y nobles prendas le profesaban los naturales de la villa de Osuna, de donde era corregidor.

«Es muy regular que recibiese la educación y los primeros estudios en su patria y al lado de sus padres, principalmente en época tan señalada para Alcalá, donde florecían las ciencias y el buen gusto de las letras humanas, cultivadas por los más eminentes sabios de la nación; pero nada consta ni ha podido averiguarse con certidumbre, y solo sabemos que desde sus tiernos años manifestó Cervantes una vehemente inclinación a la poesía y a las obras de invención y de remedo, una aplicación y curiosidad extremada, que le inducía a leer aun los papeles rotos que hallaba en las calles, y una afición tal al teatro, que asistía a oír las representaciones del discreto poeta y famoso representante Lope de Rueda cuando aún no le permitía su corta edad hacer juicio seguro de la bondad de sus versos, sin embargo de que los retenía en su memoria en la edad adulta para alabarlos con discreción y encarecimiento 1 »

Distinguíase ya Cervantes por su talento poético y sus donosos escritos, cuando en 1568 vino de Roma Julio Acquaviva y Aragón, encargado por el papa Pío V de dar el pésame a Felipe II por la muerte del príncipe don Carlos. Prendado del ingenio y penetración del joven poeta, y acaso compadecido de su escasa suerte, le admitió en su familia y comitiva al regresar a Italia, siéndonos conocido por el testimonio del mismo Cervantes, que le sirvió de camarero en Roma.

«Poco tiempo pudo permanecer en este servicio doméstico, respecto de que ya el año siguiente sentó plaza de soldado en las tropas españolas residentes en Italia, abrazando desde entonces una profesión más noble y propia de su nacimiento y circunstancias; porque el ejercicio de las armas (según sus mismas expresiones) aunque arma y dice bien a todos, principalmente asienta y dice mejor en los bien nacidos y de ilustre sangre. No tardó mucho en proporcionarse teatro en que las acreditase con gran reputación y heroísmo». En la campaña sin resultado que hicieron en 1570 las escuadras reunidas de Venecia, España y Roma contra Selim II, sirvió Cervantes en calidad de simple soldado en la compañía del famoso capitán Diego de Urbina, a las órdenes de Marco Antonio Colona, duque de Saliano.

Animados al año siguiente de nuevo espíritu, los príncipes cristianos resolvieron castigar la osadía de los turcos, que, faltando a la fe de los tratados que tenían hechos con la república de Venecia, habían invadido la isla de Chipre, tomado por asalto a Nicosia y extendido considerablemente sus conquistas por el mar de Levante. Equipose una poderosa escuadra, cuyo mando se encomendó al célebre don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V. A ella fue incorporada la compañía en que servía Cervantes. Conocido es de todos el éxito de la memorable batalla de Lepanto, que, comenzando en la mañana del día 7 de octubre de 1571, «terminó al anochecer con la victoria más gloriosa de las armas cristianas que cuentan los anales de los tiempos modernos».

«Hallábase a la sazón Cervantes enfermo de calenturas, por cuya razón quisieron persuadirle su capitán y otros camaradas que. no tomando parte en la acción. se estuviese quieto en la cámara de la galera; pero él, lleno de valor y de espíritu militar, les replicó que qué dirían de él, que no cumplía con su obligación; y que prefería morir peleando por Dios y por su rey a meterse bajo de cubierta y conservar su salud a costa de una acción tan cobarde. Pidió entonces mismo al capitán le destinase al paraje de mayor peligro; y, condescendiendo este con tan nobles deseos, le colocó junto al esquife con doce soldados, donde peleó con ánimo tan esforzado y heroico, que solo los de su galera mataron quinientos turcos y al comandante de la capitana de Alejandría, tomando el estandarte real de Egipto. Recibió Cervantes en tan activa refriega tres arcabuzazos, dos en el pecho, y otro en la mano izquierda, que le quedó manca y estropeada, contribuyendo por su parte tan gloriosa y bizarramente a hacer para siempre memorable el día 7 de octubre de 1571 por la completa victoria que lograron de los turcos los príncipes cristianos, de lo cual hizo honorífico alarde el resto de su vida, mostrando en testimonio de su valor tan señaladas heridas y cicatrices, como recibidas (dice) en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros, y como estrellas que guían a los demás al cielo de la honra y al de desear la justa alabanza; prefiriendo, en fin, haberse hallado en tan insigne jornada a tanta costa, al estar sano sin haberse encontrado en ella, porque el soldado (según sus expresiones) más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga».

Durante cerca de cuatro años que transcurrieron desde la batalla de Lepanto hasta que en 1575 obtuvo de don Juan de Austria permiso para regresar a España, continuó Cervantes en servir bajo este príncipe a las inmediatas órdenes de los capitanes más distinguidos de la época. Hallose en la jornada de levante que mandó Colona, en la empresa de Navarino, en la toma de Túnez en 1573 2 y en otras funciones de armas, en todas las cuales dio muestras de su valor, granjeándose la estimación y elogios de sus jefes.

«En estas peregrinaciones acabó Cervantes de visitar las magníficas y deleitosas ciudades de Italia Génova, Luca, Florencia, Roma, Nápoles, Palermo, Mesina, Ancona, Venecia, Ferrara, Parma, Plasencia y Milán, de las cuales dejó tan bellas y exactas descripciones en muchas de sus obras. Era aquel país más de un siglo hacía el emporio de las ciencias y del buen gusto en las artes y literatura, cuyos apreciables monumentos habían salvado los griegos que, huyendo del oriente, se refugiaron en él cuando aconteció la perdida de Constantinopla. Los españoles, que dominaban muchos de sus estados, ya por la unión de las casas soberanas de Aragón y Castilla, ya por las memorables conquistas del Gran Capitán y de otros insignes caudillos posteriores, tenían una comunicación frecuente con sus naturales. Quiénes viajaban o permanecían en Roma a pretender beneficios, dispensas o dignidades eclesiásticas; quiénes se encaminaban a recibir su educación en el colegio de Bolonia, fundado exclusivamente para españoles por el ilustre cardenal de Albornoz; quiénes militaban en los tercios que guarnecían aquellas plazas o en los ejércitos que allí se aprestaban y combatían; quiénes, siguiendo la carrera de la jurisprudencia o de los empleos políticos, iban a procurar su acomodo y colocación a la sombra y con el favor de los virreyes. Por otra parte, muchos italianos, ansiosos de conocer su metrópoli, de servir y de obsequiar a su soberano o de hallar sus riquezas y bienestar en el comercio y contratación, venían y se avecindaban en España, siendo por tantos medios recíproca la comunicación de sus conocimientos y de sus luces».

«Así fue como Cristóbal de Mesa, teniendo por maestro durante cinco años al insigne Torcuato Tasso, acabó de completar con él la instrucción que había recibido en España al lado de Pacheco, de Medina y del Brocense; así como Francisco de Figueroa, Andrés Rey de Artieda, llamado Artemidoro, y Cristóbal de Virués, que militaron en aquel país, adquirieron el gusto delicado y la lozanía y amenidad que eran propias de la escuela de Dante y del Petrarca: así como Bartolomé de Argensola, el doctor Mira de Amescua y Suárez de Figueroa supieron hermosear su lengua y su poesía con nuevas galas y bellezas; y así como Miguel de Cervantes, aplicado a la lectura de los poetas y escritores italianos y a su trato y comunicación por más de seis años, adquirió aquel caudal de doctrina y erudición que le hace tan admirable en sus escritos. Verdad es que se le notan algunos italianismos en su lenguaje; pero también lo es que, por este medio, muy general en aquel siglo entre los más clásicos escritores, se enriqueció mucho el castellano, y que los lugares que imitó o tomó de aquellos poetas, singularmente del Ariosto, supo mejorarles y darles toda la gracia y novedad que bastan para calificarlos de originales. Ni por esto perdió de vista a los excelentes maestros de la antigüedad, a quienes contempló siempre como el tipo o dechado del mejor gusto en la literatura, según se ve en las imitaciones que hizo de Apuleyo, de Heliodoro, de Horacio y de Virgilio. Sin sujetarse por esto a caminar servilmente por sus huellas, antes bien remontando atrevidamente el vuelo de su imaginación, halló en la naturaleza nuevos caminos que seguir y mineros intactos y riquísimos de maravillosa invención, de que supo aprovecharse para su propia gloria y utilidad del género humano: elevación de espíritu y energía de carácter que adquirió más con el trato de los hombres sabios, con el conocimiento del mundo y con su profunda meditación que con la estéril especulación de los libros o con los métodos abstractos y sutiles de las escuelas. Pero calidades tan eminentes se miraban ya con desdén en su tiempo por los que creían que para ser sabio era preciso haber obtenido las borlas en una universidad o cursado en ella el estudio de las llamadas facultades mayores. Semejantes preocupaciones, juntamente con otros males y abusos introducidos en aquellos estudios y en la manera de granjear los grados y condecoraciones literarias, no pudieron escapar de la fina sátira del mismo Cervantes y de otros ilustrados escritores de aquel siglo. No era mucho, pues, que varios de sus émulos y rivales, ufanos con tan pomposos títulos, logrados tal vez a poca costa, le tratasen de ignorante y de envidioso, y lo despreciasen por carecer de iguales requisitos, ni que por esta falta le llamasen ingenio lego, como dice el cronista don Tomás Tamayo de Vargas, habiendo apellidado del mismo modo al marqués de Santillana don Íñigo López de Mendoza, a Felipe de Comines, a don Antonio Hurtado de Mendoza, a Rodrigo Méndez de Silva y a otros que no necesitaron, sin embargo, de aquellas distinciones para ser alabados de los varones más sabios de nuestra nación, como lo advirtió oportunamente don Alonso Núñez de Castro».

Viendo Cervantes que los distinguidos servicios que había prestado a su patria no habían sido recompensados según su merecimiento, y hallándose además muy quebrantado de resultas de sus heridas y trabajos, solicitó y obtuvo licencia de don Juan de Austria para regresar a España. Provisto de cartas de recomendación muy expresivas que para el rey Felipe le franquearon sus hermanos don Juan y don Carlos de Aragón, duque de Sera, virrey de Sicilia, y lleno de esperanzas tan favorables como fundadas, se embarcó en Nápoles en compañía de su hermano Rodrigo de Cervantes, que también había servido en las anteriores campañas, y de varios caballeros principales que se restituían a su patria.

Pero había decretado la suerte que por entonces no lograse el objeto de sus deseos, pues el día 26 de setiembre de 1575 fue atacada la galera por tres corsarios argelinos, y, aunque sostuvo un combate tan obstinado como desigual en que se distinguió Cervantes por su valor, hubo de rendirse a fuerzas tan superiores y ser llevada a Argel, quedando cautivos cuantos venían en ella. «Es muy probable que en el libro quinto de la Galatea aludiese a las circunstancias de este combate cuando pintó el que sostuvo la nave en que venía Timbrio a España desde Italia con el mismo Arnaute Mamí, que fue el caudillo principal de la escuadra que lo cautivó».

En su cautiverio, que duró cinco años, no desmintió Cervantes la bien merecida reputación que había adquirido por su intrepidez, su ingenio y la nobleza de su carácter, antes bien lo añadió nuevos galardones. Hizo varias tentativas no solo para recobrar su libertad, sino para dársela también a otros varios compañeros suyos que como él gemían en duro cautiverio; mas, habiéndose frustrado todas por la traición y mala fe de aquellos de quienes tuvo que valerse para procurar su objeto, sirvieron solo tan nobles esfuerzos para hacer más duras sus prisiones y más inauditos sus padecimientos. Hazán-bajá, su amo, «era en extremo ambicioso, suspicaz y maligno, y tan cruel y tirano con los esclavos, que le temían como a un monstruo del infierno mismo. Horroriza la historia que de su vida y atrocidades refiere el padre Haedo; y el mismo Cervantes, hablando de los trabajos que en el baño de Hazán padecían sus esclavos, que eran cerca de dos mil, le retrata de este modo: “y aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba al suyo, empalaba a este, desorejaba a aquel, y esto por tan poca ocasión y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano”».

Mas no por esto desmayó el esforzado espíritu de Cervantes; antes bien, aunque con inminente riesgo, redobló sus esfuerzos para lograr su libertad y la de sus compañeros, y, aunque siempre le salieron fallidas sus esperanzas casi en el momento mismo en que tocaba al cumplimiento de ellas, conservó en la adversidad una constancia admirable, atribuyéndose asimismo con singular nobleza toda la culpa de la empresa para no comprometer a los demás cautivos, aunque sabía muy bien los crueles tormentos a que le exponía su generosidad. Esto le granjeó (según dice el alférez Luis de Pedrosa, testigo ocular) «gran fama, loa y honra, y corona entre los cristianos».

«Lo cierto es que la industria y sagacidad con que Cervantes había urdido y manejado estas conspiraciones, y el valor y constancia con que había sobrellevado los riesgos a que por cuatro veces se expuso de perder la vida empalado, enganchado o abrasado vivo por salvar a sus compañeros, le granjearon tal concepto y le hicieron tan respetable y temible a los argelinos, que el mismo Hazán Agá llegó a recelar que aspirase a levantarse con Argel y destruir aquel asilo de los piratas del Mediterráneo. El ejemplo de dos valientes españoles que le habían precedido en empresa tan ardua y temeraria, y el considerable número de más de veinte y cinco mil cautivos con que podía contar para su ejecución, le alentaron en la idea de apoderarse de aquella ciudad con el fin de entregarla a su soberano Felipe II, haciéndola parte de la monarquía española, bien persuadido de su importancia y de las desdichadas ocasiones en que se había malogrado su conquista por el ordinario medio de las armas, aunque dirigidas por los más señalados capitanes de aquel siglo. Y hubiéralo conseguido, según las atinadas disposiciones que había tomado, si la ingratitud y malevolencia de algunos conjurados no descubriera sus planes, frustrándolos para siempre y exponiendo su vida a ser víctima de tan abominable perfidia. Empresas que, decía el mismo Cervantes, quedarían por muchos años en la memoria de aquellas gentes, y de las cuales aseguraba el padre Haedo se pudiera hacer una particular historia. No era, por consiguiente, la opresión y custodia en que tenía a Cervantes el rey Hazán un mero efecto de su condición severa y destemplada, sino una medida de precaución por su propia seguridad y la de su república; y por eso solía decir que «como tuviese bien guardado al estropeado español, tendría segura su capital, sus cautivos y sus bajeles».

Ajustó por fin su rescate en 10 de septiembre de 1580 el reverendo padre fray Juan Gil, procurador general de la orden de Trinitarios, y redentor por la corona de Castilla 3 . Antes de salir de Argel creyó Cervantes deber acrisolar su conducta durante su cautiverio poniéndola a cubierto de las calumnias y asechanzas de algunos malévolos que, envidiosos de su mérito, trataron de denigrarla. A instancia suya recibió el padre Gil las declaraciones de varios testigos y personas principales, con las cuales se formó un sumario donde constan los nobles esfuerzos que hizo en favor de los cautivos cristianos, los actos de benevolencia con que señaló su permanencia en Argel y la pureza de sus costumbres como caballero y como cristiano. Concluidas estas diligencias a su satisfacción, «partió para España con otros compañeros que venían en libertad a fines del mismo año de 1580», logrando (según su propia expresión) «uno de los mayores contentos que en esta vida se puede tener; cual es el de llegar después de largo cautiverio, salvo y sano a su patria: porque no hay en la tierra» (añade en otro lugar) «contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida».

Cuando llegó Cervantes a España se hallaba Felipe II enteramente ocupado de la conquista de Portugal. Convencido aquel de que las circunstancias no le proporcionaban otro medio más oportuno de conseguir sus pretensiones que el de volver a tomar las armas, se reunió a su antiguo tercio y con él se halló en la toma de las Terceras y otros hechos de armas en las campañas navales de 1582 y 1583, a las órdenes del mayor marino de su siglo, el ínclito don Álvaro Bazán, primer marques de Santa Cruz.

«La permanencia y detención que con este motivo hizo en Portugal le proporcionaron estudiar y conocer aquel país y las costumbres y usos de sus habitantes, de quienes fue acogido sin duda con benevolencia y apreciado como lo exigía su distinguido mérito».

«Iguales conocimientos debió a los demás países en que había peregrinado y adonde le condujo su carrera militar; porque, tratando en todos con los literatos más aventajados, estudiando sus obras y sus libros, y examinando con crítica y con imparcialidad su política e ilustración, sus virtudes y sus vicios, sus aciertos y sus errores, adquirió aquel caudal de exquisita erudición, aquel juicio recto y puro, y aquella amenidad y gracia en el estilo que caracteriza sus obras; y sobre todo aquella verdad en las pinturas y descripciones, que, tomada de la misma naturaleza o retratada de sus propios sucesos, embelesa y arrebata el ánimo de los lectores, sean nacionales o extranjeros, porque tal es el efecto de lo sublime en las obras de imaginación. Evitando siempre la ociosidad, se aplicó también durante sus navegaciones y campañas de mar a adquirir las principales nociones de la profesión marinera; y de aquí aquella muchedumbre y variedad de aventuras y sucesos marinos que introduce en sus obras, y aquel uso tan oportuno y adecuado de las voces y frases técnicas de la gente de mar, que, acrecentando la propiedad y elegancia de sus narraciones, le hace tan superior en esta parte a los demás escritores castellanos 4 ».

En 12 de diciembre de 1584 casó Cervantes en Esquivias con doña Catalina de Palacios Salazar y Vozmediano, de una de las familias más ilustres de aquel pueblo. Avecindose en él, mas, como los escasos bienes que en dote fueron adjudicados a su mujer no alcanzasen a mantener sus nuevas obligaciones, y, además, su genio franco y sociable no se acomodase a la vida de un hacendado lugareño, trasladó su residencia a Madrid, si no enteramente, al menos por largas temporadas, con el doble objeto de utilizar sus talentos literarios y lisonjeando al mismo tiempo su decidida inclinación al cultivo de las letras. Publicó varias comedias que se representaron con aplauso, pero tuvo la desgracia de que por entonces empezase a darse a conocer el insigne Lope de Vega. Las producciones dramáticas de este gran poeta eclipsaron muy luego las de nuestro héroe, cuyo maravilloso ingenio propendía a otro género distinto de literatura. Esto mismo conocía Cervantes cuando dijo: «entró a dominar el teatro el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y se alzó con la monarquía cómica, y avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes, llenando el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas».

En tales circunstancias. y empeorando cada día su situación, abandonó la pluma y las comedias entrado ya el año de 1588, y resolvió solicitar un empleo: trasladose con este fin a Sevilla, donde el consejero de hacienda Antonio de Guevara, proveedor general de las armadas y flotas de Indias, le nombró su comisario. En este encargo continuó hasta el año de 1592, en que fue nombrado por el gobierno recaudador de rentas reales y comisionado para el cobro de las contribuciones atrasadas que adeudaban varios pueblos de Andalucía. El desempeño de tan delicada y molesta comisión hubo de ocasionarle muchos sinsabores y persecuciones individuales durante los diez años que es de presumir la obtuvo, a vista del informe que en 14 de enero de 1603 pidió el tribunal de Contaduría Mayor a los contadores de relaciones relativo al recaudador Cervantes. Si pudiéramos prescindir del sentimiento natural por los padecimientos de este grande hombre durante dicha década, deberíamos felicitarnos de unas vicisitudes a las cuales, por haber puesto en juego los resortes de su peregrino ingenio, debemos en gran parte las producciones más célebres de su pluma. Con efecto, su larga residencia en Sevilla, donde también se ocupó en varias agencias de negocios de personas ilustres y calificadas, le puso en disposición de penetrar y conocer el modo de vivir y de pensar de tanta gente baldía y holgazana como se abrigaba en tan extensa población, de sus vicios y preocupaciones y aun de las hablillas e historietas más admitidas en la credulidad del vulgo: «Quien examine con cuidado y perspicacia las obras de este escritor, conociendo su carácter particular y los sucesos de su vida se convencerá muy fácilmente de que su trato e intimidad con los andaluces y la agudeza, prontitud y oportunidad de los chistes y ocurrencias que les son propias y naturales fueron tan de su genio y amenizaron tanto su fecunda imaginación, que puede asegurarse dispuso allí la tabla de donde tomó los colores que después hicieron tan célebre e inimitable su pincel, por aquella gracia nativa, aquella ironía discreta, aquel aire burlesco y sazonado que produce un deleite cada vez más nuevo, singularmente en las obras posteriores a su residencia en Andalucía».

Hacia fines de 1598 salió Cervantes de Sevilla para la Mancha con una comisión que le ocasionó grandes disgustos y persecuciones. «Unos aseguran que, comisionado para ejecutar a los vecinos morosos de Argamasilla a que pagasen los diezmos que debían a la dignidad del gran priorato de San Juan, lo atropellaron y pusieron en la cárcel. Otros suponen que esta prisión dimanó del encargo que se le había confiado relativo a la fábrica de salitres y pólvora en la misma villa, para cuyas elaboraciones empleó las aguas del Guadiana en perjuicio de los vecinos que las aprovechaban para beneficiar sus campos con el riego; y no falta, en fin, quien crea que este atropellamiento acaeció en el Toboso por haber dicho Cervantes a una mujer algún chiste picante, de que se ofendieron sus parientes e interesados. Lo más singular es que en Argamasilla se ha transmitido sucesivamente de padres a hijos la noticia de que en la casa llamada de Medrano en aquella villa estuvo la cárcel donde permaneció Cervantes largo tiempo, y tan maltratado y miserable, que se vio obligado a recurrir a su tío don Juan Bernabé de Saavedra, vecino de Alcázar de San Juan, solicitando su amparo y protección para que le aliviase y socorriese; debiendo de ser su situación tan apurada como lo daba a entender el exordio de su carta que decía: “luengos días y menguadas noches me fatigan en esta cárcel, o mejor diré caverna”». En este encierro escribió Cervantes la primera parte de su inmortal Quijote, ridiculizando oportunamente en él la fantástica presunción de los vecinos de Argamasilla por los títulos de nobleza e hidalguía, aun cuando carecían de los medios de sostener con decoro sus prerrogativas. Se ignora el tiempo y los motivos que le indujeron a hacer a este pueblo patria del ingenioso hidalgo, pero, como quiera que fuese, el modo con que fue tratado por sus naturales le dio sobrado fundamento para decir que era lugar de cuyo nombre no quería acordarse.



(Se continuará)

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