“Poesía. Poetas antiguos castellanos. Artículo 1º”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El guardia nacional, n.º 694, 1837-11-02
- Autor de la obra
- Ferrer, Luis (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta del Guardia Nacional,
1837
- Paginación
- pp. 1-3
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
POESÍA.
Poetas antiguos castellanos.
Artículo 1º.
Quizá el resucitar vejeces en estas materias no sea ni tan inútil ni tan poco grato como pareciera. Y mucho más si se mira a la poca atención que reciben nuestros poetas antiguos, esceptuado: unos […], merecen ahora [sic]. Y, con todo, ¿qué objeto más interesante puede ofrecer al estudio de los hispanistas españoles que el de esas poesías antiguas españolas, monumentos del ingenio de nuestros mayores, trasunto de sus ideas y de sus nombres, indicio de su situación moral y política y del estado de su civilización? Y, con todo, uno solo de nuestros literatos se ocupa de estos estudios con la exactitud y la ímproba y […] laboriosidad que requieren. Hablo del autor del Criticón.
El siglo actual está cansado ya de vanas logomaquias, de máximas huecas y vacías de generalidades, en fin, así en política como en moral, en lo que pertenece al saber humano. Exígense, pues, hechos en todas las materias, presentados a la vista, indudables, para que sobre ellos se establezca la verdad necesariamente reducida.
Bajo este supuesto, hablaré en este y en los posteriores artículos de varios poetas antiguos, sirviéndoles solo de fiel introductor ante los lectores, sin extenderme a juicios aventurados ni a pronunciar máximas generales, exámenes poco atinados. Y hablaré de poetas poco o nada conocidos en cuanto me lo permita la cortísima erudición mía. Podrían presentarse ciento setenta y un poetas españoles, sin contar aquellos cuyas composiciones se hallan en los romanceros, cancioneros y manuscritos anónimos. Y esto sin pasar del siglo XVII. Pero eso no es ni con mucho el número completo de nuestros poetas, ni contribuiría de modo alguno a la claridad el pasar revista a tanto bardo y tantos cantares. A lo menos, la obra no saldría buena de mis manos con plan tan vario, ni aun en un artículo de periódico, razón por la que me contentaré con menos.
Pedro Barrantes Maldonado será el primero de cuyas poesías me ocupe. Fue, según parece, natural de Alcántara de Estremadura. Soldado, militó en las guerras de Alemania y siguió al duque de Béjar cuando este caballero partió de Salamanca en 1538 a Alemania, sabido el cerco de Viena por el turco. En las poesías que de él nos quedan impresas se ve a este poeta ocupado solo de la gloria de las armas españolas en aquel tiempo, y de su amor y su constancia consagrada enteramente a su querida amiga, cuyo nombre no declara, pero que indudablemente era estremeña y de su mismo pueblo. Sus amores no fueron felices.
Nos quedan pocas composiciones de este poeta, conocidamente suyas. Distínguele el amor a la gloria y al renombre de su nación; y en el amor a las mujeres, la constancia y el sentimiento profundo de la impresión que en él hicieron el valor y las prendas de la que amaba. Y entre este vivo afecto que le hace vivir solo consagrado a la gloria y al amor, distínguenle (como a casi todos los poetas españoles de aquel tiempo) religiosidad, devoción llena de entusiasmo, respeto al autor de la naturaleza. Prorrumpe, por ejemplo en uno de sus cantos:
¡Oh, españoles, españoles,
cuánto debéis al Señor,
que todos os han temor!
Y, anteponiendo esta idea religiosa y esta causa del poder de nuestra nación, atribuye a ella todo el esplendor de la gloria española, cuando en el discurso del canto refiere las victorias de nuestras armas y la humillación de los demás países. Leídos estos versos en 1837, en medio de esta vida de estravío y desaliento, cuando nos vemos el indigno juguete de una mísera y villana política extranjera; leídos en medios de este cáncer devorador de nuestras disensiones civiles, tan bien encendido por los que otro tiempo pisábamos, tan ciegamente avivado de Barrantes Maldonado, entristecen, incomodan, avergüenzan, pero interesan.
Si con vosotros tomó
pendencias el rey de Francia,
pregúntele la ganancia
que de este hecho sacó,
que de Italia se le envió
preso al emperador,
que todos os han temor.
Dejemos ora la Galia,
que la tenemos so el pie;
digan, digan los de Italia
si con vos muy bien les fue, etc.
Y, prosiguiendo de este modo el recuento de nuestra gloria, se pinta en estas trovas la sencillez del guerrero que describe con verdad y sin afectación lo que se ve, lo que siente y las impresiones que le causan los hechos y objetos que le rodean. Todos temían al nombre español.
Son muy sonados sus nombres
en el mundo y sus valeres,
son temidos de los hombres
y amados de las mujeres;
sírvenlas, danles placeres,
y ellas les tienen amor,
y los maridos temor».
Todas las naciones, todos los sectarios de falsas religiones,
han os temor africanos,
han os temor los franceses,
los alemanes, ingleses,
moros, judíos, cristianos.
Que quien prueba vuestras manos,
llenas de tanto furor,
siempre le queda temor.
Y obsérvese cómo este temor, este miedo cierto, innegable, que el hombre español infundió en otro tiempo, y que solo sirve ya en algunos países extranjeros para que las madres amedrenten a sus hijos y les hagan callar pronunciándole, ese temor de nuestros nombres ha dado ya su fruto. Que por espacio de dos siglos han ido labrando nuestras instituciones políticas la prematura y débil decrepitud en que se halla la patria. Los frutos del temor no son buenos.
Considerado Barrantes en sus composiciones amorosas, interesa en ellas por los sentimientos que su pasión le inspiraba. Sale de su pueblo, y en todas partes, por el discurso de sus largos viajes, va dejando escrito el nombre de su amada:
De Alcántara hasta Hungría
vuestro nombre puesto he
en cada
logis
que vía,
y una letra que decía
«Cuanto más lejos, más fe».
Púselo en España y Francia,
Aquitania, Normandía,
y Bretaña y Picardía,
Borgoña, Flandes, Bravancia,
Frisa, Bohemia y Ungría.
En los Alpes lo dejé,
en Suevia y Franconía,
y en Alemania quedé
una letra que decía
«mientras más lejos, más fe».
¿No se pinta aquí el entusiasmado afecto que no pierde de su profundidad, por estar sencillamente desenvuelto? No hay palabras lúgubres, no hay afectación de dolor, pero sí intensidad, resolución, amor noble sin desaliento, con fe 1 . En los nevados y altos montes del Norte, allí se acuerda de su amada, allí pone su nombre y se acuerda de la alteza de su querida.
En estos altos ponía
vuestro nombre a cada salto,
y una letra que decía
«La más alta en lo más alto».
Tiene fe, y con ella noble confianza en el amor de la que ama: prenda de aquellos tiempos en que no estaba convertida en arte liberal la coquetería.
Como lo quiso proveer
el sacratísimo Dios
cuando hizo el bien querer,
que, mudándonos el ser,
vos sois yo, yo sois vos.
Que vos estáis y estaréis
en mi alma aposentada,
y a mí en vos me tenéis,
que en mí mismo no soy nada
más de lo que vos hacéis.
De dos ánimas hizo una,
de cada una hizo dos,
sin ser especial ninguna;
ansí que, sin duda alguna,
vos sois yo, y yo sois vos.
Y, si alguna vez las sospechas, el ardor y la pena vienen a aquejarle, trata siempre de sobreponerse, de amar con el esfuerzo del hombre, de no sucumbir al pesar:
Es fuerza, es fuerza, amador;
pon espuelas al amor,
no te congoje el dolor,
porque debes de pensar
«No hay bien amar
in dolor»
Y eso que la guerra misma que en Alemania iba haciendo le parecía menos que la que le dispensaba amor:
Yo llevo guerra conmigo,
yo conmigo en guerra estoy,
yo de mí soy enemigo,
mas de vuestra guerra digo
que es menor a la que voy.
O, cuando la pena y los tormentos de una parte contrariada le aquejan, aun entonces parece que busca un consuelo en decir:
Sepa, sepa el amador
el amar en qué consiste:
si a los principios amor
trae placer y dulzor,
todo fin de amor es triste.
Y otra que dice:
Cuando estoy apasionado,
descontento del vivir,
este consuelo he hallado:
que el contento y el penado
iguales son en morir.
El que más es pomposo
y de bienes temporales
rico lleno y abundoso,
y al que le falta reposo
y sobra pobreza y males,
aunque no sean iguales
entrambos en vivir.
uno en palacios reales
y otros en los hospitales,
iguales son en morir.
He ahí algunos rasgos de los cantos de Barrantes que le darán a conocer mejor que cuanto pudiese decir sobre ellos, y, si la brevedad lo permitiese, habríanse puesto íntegras las composiciones que he indicado con unos cuantos versos; conoceríase, entonces, que no merecen los versos de este poeta el olvido en que yacen.
Por lo demás, Barrantes es también uno de nuestros mejores escritores de historia. De él nos quedan:
Diálogo en que cuenta el saco que los turcos hicieron en Gibraltar, y el vencimiento que la armada de España hizo en la de los turcos, año 1540. Alcalá, por Sebastián Martínez, 1566, en octavo.
Ilustraciones de la casa de Niebla. Manuscrito. Ambrosio de Morales llama esta «grande obra». Consérvase manuscrita en la biblioteca Oliveres: y cítala también Gonzalo Argote de Molina.
Crónica del rey don Enrique III, de Pedro Barrantes Maldonado. Alábase esta obra en algún catálogo de libros: y Alfonso Chacón dice salió a luz en un volumen en folio.
Juan de Trasmiera. Este poeta es tan poco conocido y tan poco puedo decir de él, que servirá para dar fin a este artículo únicamente el recuerdo de su nombre. Estudió en Salamanca muy a principios del siglo XVI, y se graduó de bachiller en aquella universidad. Él fue por entonces quien trovó en coplas, el famoso pleito de los judíos con el perro de Alba, que mordía con instinto prodigioso a todo judío que veía. ¡Tan bien adiestrado estaba! La extensión de esta poesía original me veda el anotarla, por muestra de estilo de Trasmiera. Solo pondré su principio.
En Alba, estando el alcalde
juzgando muy rectamente,
pareció infinita gente
de judíos cuasi en valde,
quejando de fray Roncalde,
el perro de Antón Gentil,
contra el cual ellos hicieron
y querella se le pusieron
criminal, que no civil.
Pero los lectores quizá no apasionados en gran manera de nuestros fastos poéticos, quedarían hartos ya y fastidiados así más largo fuese este artículo y no leerían en adelante las noticias acerca de otros poetas antiguos, que seguirán a estas y finalizarán con un artículo sobre los poetas anteriores al siglo XV y las conclusiones y doctrinas que deduciré, por último, de esta especie de estudio.