[Sin título]
- Autor del texto editado
- Escosura, Patricio de la (1807-1878)
- Título de la obra
- El Entreacto. Periódico de teatros, literatura y artes, n.º 46, 5 septiembre 1839
- Autor de la obra
- Boix, Ignacio (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta del Entreacto,
1839
- Paginación
- pp. 179-180
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Laura Hernández Lorenzo
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 4 agosto 2025
Habéis de saber, amados lectores, y no dudéis que sois amados porque sois pocos, habéis de saber o de recordar, si ya de ello tenéis noticias, que allende el Pirineo se publica una multitud de periódicos literarios, los cuales tienen muchedumbre de suscritores; y permitidnos que os digamos que bien pudierais entrar en la moda de suscribiros, como entráis en las de los pantalones de París y dejáis entrar a vuestras mujeres en la de los vestidos largos y huecos. Ahora que, según dicen, progresamos bueno será recordar la necesidad que tiene nuestro editor de que progrese la suscrición; pero no es de eso de lo que nos habíamos propuesto hablar, sino de la manera con que nuestros ricos hermanos de Francia zurcen o hilvanan, que de todo hay, una novelita histórica en menos que cauta un pollo, la dan a la estampa y se meten su dinero en el bolsillo, que es una bendición de Dios.
No creáis que se rompen los cascos en estudiar, ni pierden el tiempo en consultar códices, ni se llenan de polvo registrando archivos; nada menos que eso. Escoge el escritor país y época, agarra el plano de la ciudad dichosa, alguna cronología de los reyes de la tierra elegida y, consultando cuando más algún diccionario biográfico escrito de memoria, ya tiene más de lo que necesita y el lector le pide.
España, por ejemplo, es una mina para novelas históricas: la guitarra y el puñal, la capa y el chambergo, la vanidad y la pobreza son los atributos, traje y caracteres con que los franceses se obstinan en pintarnos. Como eso no falte en la novela, seguro está su autor de que haya quien diga «esta boca es mía.» A la verdad, cuando un escrito de esos (en que se falta a la verdad, quizá por no haberse querido tomar la molestia de estudiarla, en que se calumnia la moralidad del pueblo español porque no se le conoce, o en que se habla de personajes históricos de alta importancia como se pudiera de un ente imaginario) viene a manos de quien nació en Castilla y no por eso ha pasado su vida exclusivamente comiendo garbanzos, dan más ganas de hacer pedazos el libro que de continuar su lectura. Pero, como la paciencia es virtud evangélica, alguna vez basta para llegar a la última línea de la última plana de la novela, como cabalmente nos ha sucedido a nosotros con una Florita que publica la Revista de París, sin embargo de que en sus primeras diez líneas nos encontramos con que en 1641 tenía ya el Prado las calles de árboles que hizo plantar Carlos III algunos años después, y con que había ópera italiana (en 1641) en el gran Teatro de la Cruz.
Bien nos avino con haber pasado por alto esos pecadillos, pues en la siguiente página tuvimos el gusto de saber que don Pedro Calderón de la Barca era poeta de la corte de Felipe IV antes de ser eclesiástico, componía libretos de ópera para que los pusiera en música un caballero llamado don Blas Minco y, por último, que tenía también sus amorcillos.
Vive el cielo, que, si el capellán de los señores Reyes Nuevos de Toledo y de honor de la majestad de Felipe IV, si el único poeta dramático que la Europa culta iguala a Shakespeare, resucitara y se viera puesto en escena haciendo el ridículo papel de un infeliz rival de cierto conde francés amante y amado de la cantante Florita, había de volverse al sepulcro corrido de tan poco lisonjera situación.
Ya que era preciso que la escena fuese en España, y convertir al corral de la Cruz en gran teatro, y darnos una compañía italiana, ¿no pudo el escritor escoger cualquiera otro nombre que no fuese el del más ilustre entre los ilustres ingenios españoles del XVII siglo?
Precisamente, el personaje que Calderón representa en el tal cuento, que no es malo, de paso sea dicho, pudiera haberlo representado lo mismo el organista de san Jorge o el consueta de cualquiera compañía de comediantes. No valía la pena de evocar la sombra del inmortal autor de La vida es sueño para presentárnoslo suspirando en silencio por una mujer, que, sin mucho ruido tampoco, se sale de casa de su madre para irse en busca de un cortesano francés bastante virtuoso para decirla teniéndola a solas en su cuarto: «Mira, hija mía, vuélvete con tu madre, que yo ni me puedo casar contigo ni quiero perderte». Más cristianamente no puede hablar un hombre, nosotros lo confesamos, pero ¿a qué diablos sacar a Calderón sin más objeto que el de hacerle suspirar por la ingrata Florita?
Cuando se escribe así, dando a la imaginación rienda suelta y sacrificando al interés de la composición la verdad histórica, el decoro de los personajes y hasta el respeto debido a los más insignes talentos, no es difícil escribir ni interesar tampoco.
P[atricio de la]. E[scosura].