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Prensa y canon · Biografías

“El príncipe de Esquilache”

Autor del texto editado
Romero Larrañaga, Gregorio (1815-1872)
Título de la obra
La Iberia musical y literaria, n.º 16, 18/12/1842
Autor de la obra
Espín y Guillén, Joaquín, (1812-1881) (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta del Panorama Español, 1842
Paginación
pp. 125-126
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 16 julio 2025

EL PRÍNCIPE DE ESQUILACHE


Inútil nos parece advertir que solo el deseo de generalizar nombres gloriosos en la república de las armas y de las letras y de que su fama se haga popular nos hace tratar de tan grandes hombres en tan breves líneas, y acaso con tan mal limadas razones. Nuestro fin es su engrandecimiento. El desempeño ligero y fútil en demasía que exige el reducido espacio de un periódico y la franca manifestación que hacemos de reconocer la importancia de tales materias nos disculpará si, al parecer, tan sin mesura las tratamos.

Don Francisco de Borja y Aragón fue, con efecto, célebre en armas y en letras. Caballero comendador de Azagua [sic] en la orden de Santiago y trece de ella, condecorado con el toisón de oro, gentilhombre de cámara del rey don Felipe IV, virrey y gobernador del Perú, no fue menos señalado por su talento y por sus escritos, por los que algunos le apellidaron príncipe de los poetas españoles.

Según suponen autores de aquellos tiempos, y lo persuaden razonables conjeturas, nació en Madrid por los años de 1580. Fueron sus padres don Juan de Borja, conde de Mayalde y Ficalho, hijo tercero del duque de Gandía, don Francisco de Borja y de doña Francisca de Aragón y Barreto, de la grandeza de Portugal.

Dedicose desde su más tierna infancia al estudio de las bellas letras, a que su carácter apacible y benigno, su talento feliz y su imaginación lozana hacíanle dispuesto. Empapado en la lectura de elocuentes modelos, animado del noble genio de sus mayores y alimentada su emulación y entusiasmo por las artes, merced a los profundos consejos de don Bartolomé Leonardo de Argensola, llegó a sobresalir por sus composiciones líricas, la mayor parte del género amoroso, que él mismo denomina Flores de su juventud, y que lo son a la verdad por su aroma y colorido.

Andando los años, contrajo matrimonio con doña Ana de Borja, parienta suya, de donde provino que adquiriese los títulos de su esposa, que era condesa de Simari y princesa de Esquilache. Desde entonces es conocido por el príncipe de Esquilache.

Sus talentos tuvieron una ocasión de desarrollarse con fruto para su país y gloria para su linaje por los años de 1614, en que fue nombrado virrey y capitán general del Perú, para cuyo cargo fue recibido con aclamación en la ciudad de Lima el 18 de diciembre de 1615. Aunque época poco fecunda en memorables hechos, sobresalió por sus conocimientos en el régimen ordenado y pacificador con que administró sus súbditos y en no haberse negado a facilitar cuantas empresas se intentaron de utilidad, de interés o de gloria, como lo demostró en conceder el título de virrey de cuanto descubriese en sus viajes a don Diego de la Vega cuando la conquista de las Maynas en el Marañón.

La época en que se dedicó a las tareas de su ingenio con más asiduidad fue por los años de 1644, en que murió su esposa y en que él había vuelto a España después del fallecimiento de Felipe III.

En una casa de campo en los alrededores de Valencia, retirado y solo con sus pensamientos, compuso algunas de sus obras, que fueron a la verdad suficientes para conquistarle un buen nombre y de no poca consideración para el adelanto de nuestras letras, siendo de lo más notable sus poesías, impresas en Madrid y reimpresas con el mayor lujo en la imprenta Plantiniana en 1664, en Amberes.

Nápoles recuperada, poema, y varias traducciones de mérito, las instrucciones de Séneca a Nerón, y las sentencias filosóficas del doctor Juan Olarte le acabaron de granjear un renombre justamente adquirido, del que no podemos menos de envanecemos los que aspiramos a su gloria como poetas, y a quienes nos cabe no pequeña parte de ella al contarle entre los hijos ilustres de Madrid.



G. Romero L.

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