“Teatro español. Tirso de Molina”
- Autor del texto editado
- Alcalde Valladares, Antonio (1829-1894)
- Título de la obra
- La Violeta. Revista hispano-americana de literatura, ciencias, teatros y modas, n. 109, 01/01/1865
- Autor de la obra
- Sáez de Melgar, Faustina (1834-1895) (dir.)
- Edición
- Madrid:
Establecimiento tipográfico de B. Vicente,
1865
- Paginación
- pp. 3-5
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Emre Özmen
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 8 enero 2025
TEATRO ESPAÑOL.
TIRSO DE MOLINA
El teatro español es sin duda el más rico, el más variado, el más perfecto de todos los de Europa. Es más, naciones que después han brillado por la grandeza de sus genios nos deben el sol de donde han sacado la luz que alumbra sus literaturas.
A fines del siglo XV empezó a resplandecer en nuestra escena el radiante astro de Torres Naharro, cuyos rayos inmortales reflejan hoy como el primer día. Torres Naharro abrió la gran senda que debía seguir nuestra literatura dramática , y puso, podemos decir, la primera piedra en ese magnífico edificio que se destaca entre nuestras letras como un monumento imperecedero.
Siguiendo las huellas de este entendido sacerdote, apareció el “monstruo de la naturaleza”, según la expresión gráfica de Cervantes, es decir, el hombre que, avasallando la escena, el genio, la inspiración y el arte, inundó a España con sus creaciones y admiró al mundo con su fecundidad.
Veintitrés años después de Lope de Vega, en 1585, arrojó Madrid otro coloso a la tierra, que modelando sus obras a las del Fénix, y salpicándolas de esa sal que el mismo Molière, el rey de la comedia, no ha podido imitar, dio un giro a nuestro teatro tan nuevo y tan sorprendente, que los escritores de hoy pasan las horas contemplando aquel tesoro de belleza, cuya imitación muchos han emprendido, pero ninguno ha llevado a cabo.
Los primeros años del mercedario Gabriel Téllez, conocido por el seudónimo de Tirso de Molina, son todavía un misterio, por más que se conjeture que hizo sus estudios en la Universidad de Alcalá. Como filósofo, teólogo e historiador dio muestras de tener un talento de primer orden.
No se sabe si los desengaños, esos que tan comunes son en nuestra vida, le decidieron a abandonar el mundo y encerrarse en un claustro, donde, envuelto en el sagrado hábito de Nuestra Señora de la Merced Calzada, acabó los días que restaban a su carrera.
Indudablemente, lo vasto de su instrucción y la profundidad de sus conocimientos le dieron una gran superioridad en el claustro, que le valió ser nombrado maestro en teología, predicador, cronista de la Orden y, por último, comendador de la misma, en cuyo destino le sorprendió la muerte en el convento de Soria por los años de 1648.
Gabriel Téllez, si bien su fama la debe al teatro , o más bien a esa colección de comedias donde campean escenas fluidas y ligeras, armonías chispeantes de gracia, desleídas entre sencillas e intencionadas intrigas, también escribió novelas, cuentos, disertaciones y algunas poesías líricas.
Las comedias de Tirso, como dice el erudito Durán , “cada una de ellas es una novela de costumbres, de donde pueden deducirse una o más máximas morales , al modo que de cualquiera poema puede formarse una alegoría, aunque el autor no se lo haya propuesto”. Y tiene razón: cada comedia del ilustre mercedario es una lección moral que lleva al corazón el convencimiento de que el vicio no tiene mejor castigo que la sátira.
Verdad es que algunas veces da un color demasiado subido a sus epigramas, especialmente cuando pinta las redes amorosas que tienden las que, nacidas de nosotros, vienen a ser nuestras eternas compañeras; lo cual, como dice el venerable Lista, “le hace frecuentemente traspasar los límites del pudor y de la decencia”. Esto, sin embargo, es disculpable atendido al estado de nuestro teatro, a las costumbres de la época y, sobre todo, al nuevo camino que él emprendía, que, por medido que lo tuviese, era imposible no se saliese de él muchas veces a pesar suyo.
Seguro que estos que ahora apuntamos como defectos nadie los condenó en el tiempo en que vivía, por más que, como hemos dicho, presenten escenas en que casi se tradujera la disolución y la impudencia de algunos personajes. No creemos, con todo, como Lista, que la altivez y entereza de las damas de Calderón destruyó el teatro de Tirso, que se distinguía por la liviandad de las suyas.
La superioridad de Calderón sobre Tirso, más que nada, la trajo la moda, aparte de la novedad y el vuelo de su fantasía. Entonces, baste decir, se puso en moda el culteranismo, que ha sido condenado en todos tiempos, y el cual, fuera de pasión, no creemos fuera mejor que la sencillez y llaneza de Tirso. La sátira de este es, si se quiere, punzante, maligna, picaresca; pero nunca encaminada a ridiculizar la humanidad en conjunto, a despertar el odio ni alimentar sentimientos ni amarguras.
Pinta las costumbres de su tiempo, si no como son, como él las comprende: retrata la sociedad cortesana con vivos colores, y presenta sus personajes revestidos de los caracteres que necesita para desarrollar su fábula, y entre animados diálogos satiriza la deformidad del vicio que se propone desterrar.
“Una imaginación traviesa y lozana, una filosofía profunda al par que halagüeña, estudio feliz del corazón humano, rica vena poética, gracejo peculiar el decir y admirable conocimiento de la lengua patria : tales son, entre otras varias cualidades, las que distinguen notablemente a Tirso de la multitud de autores que con algunas de ellas conseguían por su tiempo alcanzar una parte del aplauso popular.
Los defectos que pueden achacarse a Tirso fueron sin duda hijos del siglo en que escribió, y más particularmente debidos al influjo poderoso que en él debía ejercer la portentosa fama de Lope de Vega”.
He aquí retratado por Mesonero Romanos al famoso comendador con todo el colorido y la verdad que emplea en sus bocetos el autor de las Escenas matritenses. Lo mismo que nosotros, perdona las inconveniencias que pudieran resaltar en los escritos de fray Gabriel, achacándoles a la necesidad y a la época.
Corramos un velo sobre el atrevimiento de algunos de sus cuadros, cerremos los ojos ante la desenvoltura de algunos de sus personajes. ¡Qué!, ¿no merece una palabra de generosidad, una mirada de benevolencia la mano maestra que sombrea aquellas costumbres palaciegas, aquellas danzas, aquellos saraos, aquellos torneos y romerías, aquellos juegos y aquellas travesuras?
No diremos, sin embargo, que Tirso, en medio de su clara inteligencia, en medio de su recta razón, no cometiese errores literarios, que parece mentira nacieran de aquella alma templada, que tan dignamente sabía conducir su pluma en pos de las auras populares. Verdaderamente, sus concepciones ofrecen un contraste raro, casi se resienten de una desigualdad perniciosa. Tirso, como dice Burgos: “al lado de cuadros magníficos tan notables por sus pinceladas clásicas, como por el efecto brillante del conjunto, no tiene el menor reparo en presentar otros irregulares, y aun extravagantes, que cuesta trabajo atribuir al mismo pincel”.
Juzgado Tirso a doscientos años de distancia, necesariamente tiene que ser vencido en la palestra. ¿Quién puede contestar los severos cargos que se le hacen, al parecer injustificados, y mayormente cuando esos argumentos y esas pruebas provienen de personas tan competentes en la materia? Lo repetimos: Tirso tiene sus defectos, pero Tirso emprendió una senda no trillada y precisamente tenían que herirle dificultades inmensas, y tenía que resentirse de una inexperiencia grande. Así, después que él abrió el camino, ha sido más fácil enmendarle la plana y evidenciar las faltas que cometió, pequeñas en nuestro pobre concepto. El ciego que por primera vez huella el ámbito de una ciudad, ¿dejará de tropezar algunas veces? He ahí a Tirso. Después todos han caminado con sol, y su vista completa. Otro día diremos cuatro palabras sobre sus obras.
(Continuará en próximos números)
A. ALCALDE VALLADARES.